13 de Agosto

Martes XIX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 13 agosto 2024

a) Ez 2, 8; 3, 4

         La Visión del Libro, que hoy escuchamos, pertenece a la 1ª profecía de Ezequiel, que relata la elección del profeta. Como la de otros grandes profetas, la vocación de Ezequiel se inscribe en una acción simbólica, que trata de explicar cómo la palabra de Dios se encuentra en los labios de un hombre.

         Ya un ángel había purificado mediante el fuego los labios de Isaías (Is 6, 5-7), y el mismo Dios había introducido sus palabras en la garganta de Jeremías (Jr 1, 9). En el caso de Ezequiel, éste vive ya en una época marcada por la civilización escrita, y no es una palabra lo que el profeta recibe de Dios, sino un libro. En este aspecto, Ezequiel es un antecesor de los escribas y rabinos.

         Mientras que Jeremías e Isaías recibían la palabra de Dios pasivamente (sin hacer nada), Ezequiel "come, digiere y asimila" la voluntad divina, que por otra parte sólo se revelará a través de la visión de las cosas. Es decir, no habrá palabra de Dios sino allí donde se dé, al mismo tiempo, la palabra del hombre. Como el resto de profetas, pero en mayor medida, Ezequiel ha tenido que poner en obra todas sus facultades, desarrollar sus recursos y respetar sus características.

         Dios ha corrido un gran riesgo al querer que su Palabra no se halle más que donde ya se encuentra la palabra del hombre. Y lo ha logrado plenamente en Jesucristo, tan unido e identificado con la voluntad del Padre, que su palabra (y todo su ser) no ha podido ser más que Palabra y revelación de Dios. En el caso de Ezequiel, cuando se aborda el estudio de su profecía importa descubrir el funcionamiento de sus facultades humanas, el género literario que adopta para expresarse, y las mentalidades y tradiciones que han ejercido su influencia sobre él.

         Como se ve, la palabra de Dios ha aprendido el lenguaje del hombre, y ha tenido la humildad de contentarse con revelar lo que debía revelar. Dios ha dejado de lado un super-lenguaje reservado para los iniciados, y se ha insertado dentro del lenguaje del hombre, y de las comunicaciones que este lenguaje establece entre los seres.

Maertens-Frisque

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         Escuchamos hoy cómo Dios dijo a Ezequiel: "Tú, hijo de hombre, escucha lo que voy a decirte, y no seas rebelde como esta casa de rebeldes". Es decir, que nunca se escucha bastante, y a veces no escuchamos al otro sino a nosotros mismos, o bien interpretamos lo que queremos o preparamos interiormente lo que diremos después. Escuchar es una de las formas mas importantes del amor y del respeto, y para escuchar de veras al otro hay que vaciarse de sí mismo, y deshacerse de todo prejuicio.

         Lo que dijo Dios a Ezequiel fue: "Abre la boca y come lo que te voy a dar". Como a otros profetas, Dios conduce a Ezequiel a hacer signos, a través de gestos simbólicos y significativos.

         Entonces Ezequiel vio "una mano tendida hacia mí, que tenía un libro enrollado y escrito por ambas caras, lleno de cantos lúgubres, lamentaciones y gemidos". Y esa mano le dijo: "Hijo de hombre, come lo que se te ofrece, y ve luego a hablar a la casa de Israel".

         El símbolo está claro: el profeta tendrá que transmitir la palabra de Dios, y su palabra humana tendrá un alcance divino. Pero para eso habrá tenido que asimilar 1º el pensamiento de Dios, para luego ser su portavoz. Y porque lo que se habla es acerca del exilio, con su cortejo de sufrimientos, lo que tendrá que comer es muy amargo: "luto, lamentaciones y gemidos".

         En el caso presente, Dios pide a Ezequiel no recibir pasivamente la palabra de Dios, sino de forma dinámica: "Aliméntate y sáciate de este rollo que te doy". Es decir, sé tú el 1º en digerirla, asimilarla y hacerla tuya, antes de darla a conocer.

         La imagen de la manducación de la Palabra evoca irresistiblemente, en los cristianos, el gran discurso de Jesús del cap. 6 de Juan, en el que Jesús afirma que él es el "verdadero Pan de vida", e invita a comer y vivir todos de ese pan: "Quien coma de este pan, vivirá eternamente". ¿Qué clase de hambre es la mía? ¿Me alimento suficientemente de la palabra de Dios? ¿Transformo esta Palabra en mi propia carne? Eso habría que hacer, de tal manera que no quedara todo en palabras, sino en comportamientos.

         Ezequiel se comió el libro, el cual "fue en mi boca dulce como la miel". Así, las amarguras de la existencia, y las lamentaciones y gemidos de cada día, se suavizaron, al contacto apaciguador de la palabra de Dios. Aquí hay también un símbolo.

         Sucede a veces que la palabra de Dios abre una herida, o una cuestión incómoda de afrontar. Así como sucede a veces que esa misma Palabra es dulzura y apaciguamiento. Eso es normal, pues en cualquier situación, la palabra de Dios es siempre una nueva noticia. Aconsejan muchos espirituales a repetir una frase muy sencilla de la Escritura, prestando atención a cómo la pronunciamos por los labios, y la vamos interiorizando en nuestra boca y espíritu.

         Tras lo cual, dijo entonces Dios a Ezequiel: "Hijo de hombre, ¡levántate! Ve a la casa de Israel, y háblale con mis palabras". La manducación de la palabra de Dios pasa a ser responsabilidad apostólica: hay que ir a los hermanos.

Noel Quesson

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         Tras la teofanía relatada ayer, Ezequiel recibió su vocación profética, que es la que hoy se describe. Como todo profeta, él es un hombre mortal ("hijo de hombre"; vv 8.1.3.4.10.16), que es enviado por Dios (v.1) para hablar en nombre de Dios (v.4).

         Por eso, como 1ª obligación, el profeta ha de asimilar y hacer suyo el mensaje de Dios, interiorizándolo en su corazón y no pronunciándolo de oídas. Es lo que Ezequiel hace de manera gráfica, en la acción simbólica de "comerse el rollo", o libro en que estaba escrito todo lo que él había de decir al pueblo.

         Como 2º deber, el profeta había de ser fiel a las palabras, por más que éstas fuesen desagradables para el pueblo, o ayes interminables de lamentación. Y en 3º lugar había de ser fuerte y valiente, para cumplir con éxito su deber. Y no sólo por las adversidades, sino porque tenía que predicar a los que no quieren escuchar (los desterrados, que continúan siendo "la casa de Israel"), y le podrían venir dudas de si seguir predicando o no.

         Ezequiel tenía que cumplir su deber, para que "al menos sepan que hay un profeta entre ellos". Y Ezequiel cumple ese deber, haciéndose incluso responsable de la suerte de aquellos a los cuales es enviado. Les ha de avisar y amonestar (como un centinela que avisa del peligro que se acerca), y les ha de recordar que el que se acerca es el propio Dios (que castigará al que no se convierta).

         No obstante, Ezequiel deja intacta la libertad de sus oyentes, para que libremente tomen su propia decisión. El lenguaje de Dios es siempre inteligible, hasta cuando habla en lengua extraña (como en Pentecostés). Pero la mala voluntad del pueblo lo hará ininteligible, incluso en su propio idioma (como en Babel).

Pedro Tosaus

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         Ezequiel nos cuenta hoy con un gesto simbólico lo que le mandó Dios realizar: comer el rollo de su Palabra, antes de predicarla a los demás.

         Dicha Palabra no era nada fácil ni agradable, pues estaba llena de "elegías, lamentos y ayes". Sin embargo, el profeta reconoce que le supo "dulce como la miel". Algo parecido a lo que le pasó a Jeremías, que también tuvo que decir palabras desagradables a sus contemporáneos, y que no podía dejar de decirlas, porque eran como "fuego devorador dentro de su ser" (Jr 20, 9). Sólo después de haber comido el rollo, recibe Ezequiel su misión: "Anda, vete a la casa de Israel y diles mis palabras".

         A un profeta, y todos lo somos (porque se nos encarga ser testigos de Dios en el mundo), le resulta muy significativo este gesto de Ezequiel. Y a los que explicamos catequesis (o escribimos) nos interpela de modo especial. Porque antes de hablar a los demás, tenemos que comer nosotros esa palabra de Dios, acogiéndola, rumiándola, digiriéndola e interiorizándola. Sólo entonces podremos transmitirla de forma creíble, y no diremos palabras oídas o aprendidas en un libro, sino vividas primero por nosotros.

         Ezequiel era un desterrado en medio de su pueblo, solidario con su dolor (más o menos a la fuerza). Pero ahora se hace su mediador, a través de su propia oración interior. Nos recuerda así a Jesús, que también tomó en serio su papel de sacerdote mediador, que todas las noches salía a rezar a los descampados.

         Ojalá hagamos nosotros como Ezequiel y Jesús, como bien cantaba el salmista responsorial de hoy: "Tus preceptos son mi delicia, y tu promesa es dulce al paladar, más que miel en la boca. Tus preceptos son la alegría de mi corazón". No comuniquemos a los demás las palabras que a nosotros nos gustan, sino todas las que Dios ha pronunciado, aunque parezca que este mundo no las quiera oír.

José Aldazábal

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         Los objetivos de un libro litúrgico deben trascender los límites de una estricta utilización cúltica, al igual que un árbol puede y debe dar distintas ramas y diversos frutos. En ese sentido, todo leccionario puede servir para la propia meditación, para la oración comunitaria, para la revisión de vida y para la animación de grupos y movimientos. Al igual que el Misal, el leccionario puede y debe convertirse en un libro para comer (de forma espiritual).

         Y esto porque la palabra de Dios sólo estará viva (y no será un libro muerto) si hemos conseguido interiorizarla, compartirla y transfigurarla en oración. Así como convertirla en fuente de conversión, al igual que le ocurrió al todavía indeciso Agustín, cuyas voces interiores le decían "tolle, lege" (lit. toma y lee).

         Tomar el libro sagrado, frecuentarlo asiduamente, y escuchar cómo habla Dios a través de él, es lo que hoy nos propone el profeta Ezequiel, a quien Dios pidió "comer su Palabra" (Ez 3, 1) para hacerse una sola cosa con ella. Un momento al que jamás llegaremos del todo, pero que hemos de perseguir constantemente, en la constancia de cada día.

Dominicos de Madrid

 Act: 13/08/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A