22 de Junio

Sábado XI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 22 junio 2024

a) 2 Cro 24, 17-25

         Leemos hoy otra interpretación de la historia. Joás I de Israel ha sido un rey fiel, durante cierto tiempo del s. VIII a.C. Pero al final de su vida se dejará llevar a los cultos de Baal, por su inestable temperamento y seducido por los atractivos que ofrecen los ídolos fenicios, en vez de seguir el culto al verdadero Dios. El autor de Crónicas subraya el papel del sacerdocio y del templo de Jerusalén, para mantenerse en la fidelidad a Dios.

         En efecto, a la muerte del sacerdote Yehoyadá, vinieron los jefes de Judá a postrarse delante del rey, y Joás los escuchó. Pero poco después todos ellos "abandonaron el templo del Señor y empezaron a adorar a los árboles sagrados y a los ídolos".

         Toda la historia del mundo está llena de este conflicto, entre el verdadero Dios y los ídolos que el hombre se fabrica para su satisfacción. Evidentemente, es más tranquilizador para el hombre fabricarse un dios a su propia talla y necesidades, que encontrarse delante del verdadero Dios (que es siempre el Otro, el que no se esperaba, y que a menudo interviene desbaratando nuestras ideas).

         Pero tengamos cuidado, y no juzguemos a la ligera a nuestros antepasados por haberse dejado atraer por "árboles sagrados y por ídolos". Porque también nosotros tenemos tenemos nuestros propios ídolos: todo aquello que sacralizamos o absolutizamos, o todo aquello a lo que damos una importancia excesiva, como la ideología, el confort, la salud, la belleza...

         Y aunque no tengamos el aquel antiguo modo de ofrecer culto a esas realidades, ¿no tendemos, quizás, a reducir a Dios al servicio de nuestras necesidades elementales? Porque a menudo ponemos a Dios a nuestro servicio, y hacemos de Dios el motor auxiliar de nuestras necesidades. ¿Es siempre la nuestra una oración de petición?

         Entonces, la cólera de Dios estalló sobre Jerusalén, y "les envió profetas para que los hombres volvieran a él". Los profetas son los que echan abajo nuestra tendencia utilitarista, y los que nos recuerdan que a Dios no se le utiliza, sino que se le venera y se le sirve. Señor, ¡envíanos tus profetas! Señor, ¡purifica nuestras actitudes religiosas! Sánanos de ese egoísmo sutil que nos haría utilizar nuestra fe, y nuestra oración, en provecho propio.

         Dios nos pregunta al respecto, al igual que hizo a los hebreos: "¿Por qué transgredís las órdenes de Dios, para perdición vuestra?". Dios nos hace esta pregunta, Dios me hace esta pregunta.

         Tomemos el tiempo necesario para contestar esa pregunta de Dios, porque ya no soy yo quien pone los interrogantes. Sin embargo, no hay que cambiar los papeles. Señor, quiero ser muy pequeño y humilde ante ti. Reconozco que tú quieres mi bien. Ayúdame a no transgredir tu voluntad, porque sé que tu voluntad es mi salvación, y que mi trasgresión es mi perdición.

         Efectivamente, el hombre está perdido cuando olvida al verdadero Dios, y es capaz de encadenarse a los ídolos más vacuos, que no tienen ningún valor. Respecto a lo que hicieron los hebreos, "apedrearon al sacerdote Zacarías en el atrio del templo", un hecho que el propio Jesucristo tendrá que interpretar (Mt 23, 35).

Noel Quesson

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         El reinado de Joás I de Israel fue largo, y eso hizo que aunque empezara bien (con una notoria restauración de la vida social y religiosa), cuando murió su mentor Yehoyadá (el sumo sacerdote que le había ayudado a subir al trono) se olvidó de sus buenos consejos y siguió los de otros menos acertados, que le condujeron de nuevo a la idolatría y al capricho de una autoridad mal entendida.

         Más aun, el hijo de Yehoyadá (Zacarías, profeta de Dios), que le había recriminado su cambio de conducta, fue asesinado por sus secuaces en el propio atrio del Templo de Jerusalén. Un hecho que, siglos más tarde, Jesús echó en cara a sus contemporáneos: "Que caiga sobre vosotros la sangre de Zacarías, a quien matásteis entre el templo y el altar" (Mt 23, 35).

         El autor del libro de las Crónicas, libro que hemos intercalado en la lectura que vamos haciendo del libro de los Reyes, atribuye a este pecado la ruina que le sobrevino a Joás I a manos del ejército de Siria. Es lo que también afirma el salmo responsorial de hoy: "Si sus hijos abandonan mi ley y no siguen mis mandamientos, castigaré con la vara sus pecados". Aunque no por ello se va a interrumpir la línea mesiánica de las promesas de Dios: "No les retiraré mi favor, ni desmentiré mi fidelidad".

         Sabemos muy bien que en nuestras vidas puede haber idas y vueltas, conversiones y recaídas, tanto en nuestra relación con Dios como en la conducta con los demás. Y que no adoraremos estelas ni baales. Pero sí que podemos faltar al 1º mandamiento, que nos sigue diciendo "no tendrás otro dios más que a mí". El dinero, el éxito, el placer, o la esclavitud de ideologías y modas... todo eso puede ser nuestro ídolo particular, que nos acarreará, a corto o largo plazo, la ruina. Leamos la historia antigua de Israel, para aplicárnosla a nosotros y a nuestro propio tiempo.

José Aldazábal

 Act: 22/06/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A