15 de Julio

Lunes XV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 15 julio 2024

a) Is 1, 11-17

         Nos dice hoy Dios mismo, a través del profeta Isaías, que nuestras prácticas religiosas no tienen ningún valor a sus ojos. O peor aún, que le repugnan si no son sinceras: "Harto estoy de vuestros holocaustos, y la sangre de los toros me repugna. No soporto ya vuestras fiestas, y vuestros novilunios y vuestras peregrinaciones las aborrece mi alma".

         En efecto, los gestos exteriores no tienen valor alguno si no expresan algo íntimo y profundo. Y sin embargo, todos esos ritos (holocaustos, sacrificios, sábados, peregrinaciones...) habían sido ordenadas por Dios (Lv 1, 1-17; 23, 1-8), con maldiciones terribles para quien no observare esos ritos (Lv 26, 14).

         Y por si no creemos esta vuelta atrás de Dios, sigamos escuchándole a través del profeta Isaías: "Cuando venís a presentaros ante mí, ¿quién os ha ordenado pisotear mis atrios? No sigáis trayendo oblaciones vanas". Es exactamente como si hoy se dijera: "No sigáis viniendo a misa". Y si esto os choca, pensemos que Jesús dijo lo mismo: "Deja tu ofrenda y ve primero a reconciliarte con tu hermano" (Mt 5, 24), citando textualmente otro pasaje del mismo Isaías: "Bien profetizó de vosotros Isaías, hipócritas, cuando dijo: Este pueblo me honra con sus labios, al mismo tiempo que su corazón está lejos de mí. Pero en vano me rinden culto" (Is 29,13; Mt 15,8).

         Así, pues, "al extender vosotros vuestras manos, Yo me tapo los ojos. Y aunque multipliquéis las plegarias, Yo no las oigo". ¿De veras, Señor? Cuando tantos cristianos están reunidos en la iglesia el domingo, o cuando el sacerdote extiende las manos hacia ti, en nombre de la Iglesia, ¿te tapas los ojos? Sin embargo, no es posible que tú condenes las plegarias sinceras, porque tú nos las has pedido.

         Añadamos a todo esto que el profeta Isaías fue aquel que vio a Dios en el marco de una liturgia grandiosa (Is 6, 18), para estar exclamando día y noche al Señor: "Santo, Santo, Santo es el Señor. Los cielos y la tierra están llenos de tu gloria". Sería una falta de honradez, por tanto, utilizar tales textos para justificar una condena de todo culto, o de todo esplendor litúrgico.

         Lo que por desgracia se ve, y eso es lo que denuncia Isaías, es que mucha gente vive en el confort y la belleza de sus hogares, mientras que para la casa de Dios llevan las migajas de su espíritu. ¿Qué diría Jesús de esta nueva forma de hipocresía?

         Lo que dijo Isaías está bien claro: "Purificaos y quitad vuestras fechorías de delante de mi vista. Desistid de hacer el mal y aprended a hacer el bien. Buscad la justicia y dad sus derechos al oprimido y al huérfano, y defended a la viuda". El verdadero culto que Dios espera es el de nuestra vida cotidiana: al servicio de los demás, especialmente de los más débiles.

Noel Quesson

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         El sábado pasado leíamos la vocación profética de Isaías, el profeta más importante de Israel. Y hoy ya le vemos actuando, y con valentía. Se hace sobre todo portavoz de un Dios que se queja de su pueblo, de un Dios que no aparece como juez, pero sí como parte litigante contra la forma de vivir el culto y la liturgia del Templo. De un Dios que está "harto de los sacrificios y holocaustos", de "dones vacíos" y de "incienso execrable". De un Dios que "detesta y no aguanta" las fiestas que se celebran en el templo, y que para él se han convertido en "una carga que no soporta más". Y de un Dios que preferiría que no viniesen al templo: "¿Por qué entráis a visitarme?".

         A 1ª vista, parece una crítica feroz de Isaías, respecto de la liturgia. Pero si no fijamos bien, lo que Dios rechaza es la liturgia vacía y no interior, el culto hecho de palabras y mucho incienso y no de forma sencilla, y una religión vivida "con las manos llenas de sangre" y no de forma inocente. Por eso, el remedio está claro: "Purificaos y apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal y buscad la justicia, defendiendo al oprimido, al huérfano y a la viuda". Una vez más, Dios se solidariza con los débiles y oprimidos. Una lección que sigue teniendo plena actualidad.

         No podemos engañar a Dios con oraciones y ritos, si a continuación nuestro trato con los demás es injusto o egoísta. La liturgia no puede ser encubridora de nuestros fallos, ni un valium tranquilizante de las conciencias. El salmo responsorial de hoy prolonga la voz del profeta: "No te reprocho tus sacrificios, pero no aceptaré de ti un becerro ni un cabrito, porque tú que te echas a la espalda mis mandatos. Esto haces ¿y me voy a callar?".

         A muchos les gustaría que todo consistiera en cantar bien y en ofrecer unas ofrendas simpáticas. Pero a eso (que es bueno) debe acompañarle la caridad y la justicia. A los que vamos a misa, ¿se nos podría acusar de ser peores que los demás, en el trato laboral o social?

         Hoy tenemos que preguntarnos si nuestros sacramentos están vacíos, y nuestras palabras y gestos son algo hueco. O si lo que buscamos es que los ritos sean una cierta garantía de salvación. El salmo responsorial nos dice dónde está la clave: "Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios". Los cristianos tenemos muy marcado ese camino por Jesús, como un camino de caridad, de paz y de misericordia. Si no es así, van para nosotros las duras palabras de Dios: "Ante vuestros ritos Yo cierro los ojos, y ante vuestras oraciones Yo no os escucho".

José Aldazábal

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         El profeta Isaías da hoy un vuelco al orden de valores en el mundo bíblico, y viene a poner el valor máximo de la espiritualidad bíblica en los corazones limpios e inocentes, en las manos generosas y en la práctica de la justicia social, desde la comprensión y acogida al pobre, a la viuda y al necesitado, sin condenar a las personas.

         Eso supone que donde nosotros cultivamos intereses materiales, pongamos espiritualidad, y que donde había mezquindad pongamos ideales sociales, aunque ello suponga doloras rupturas con las viejas costumbres, o arrancar de cuajo los vicios inveterados. Que no seamos nosotros los que renuncien a la paz y convivencia, porque todo lo bueno se puede conjuntar. Seamos justos y nobles, y seámoslo con delicadeza, que es el buen traje de convivencia.

           En la liturgia de hoy resuenan las palabras de Isaías como un grito a la verdad, a la sinceridad, a la sensatez humana y a la sabiduría divina. Si queremos ser amigos de Dios, no podemos tener doblez.

Dominicos de Madrid

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         Los cap. 1-39 de Isaías contienen una serie de oráculos y enseñanzas, donde los discípulos de Isaías han ido recopilando atemporalmente la predicación del profeta.

         El texto de hoy debe ser leído como un todo, si lo que queremos es encontrar su sentido (Is 1, 10-20). La tensión central gira en torno al culto y la justicia social, como búsqueda de un camino adecuado para el encuentro con Dios. Así, el texto de Isaías no va contra el culto de forma exclusiva, sino que habla de la relación que debe darse entre el culto y la acción.

         El v. 10 hace una llamada a "oír la palabra del Señor" a toda la comunidad, pero particularizando a cada uno su responsabilidad (distinguiendo a los jefes del pueblo, y llamando a los primeros "príncipes de Sodoma" y al segundo "pueblo de Gomorra"). No hay que olvidar que Sodoma era el prototipo del pecado, y Gomorra de la hostilidad al forastero.

         Los vv. 11-15 hacen una apretada síntesis de los actos de culto que configuraban la fe de aquel pueblo, basadas en exterioridades y carentes de compromiso vital. Lo cual era para Isaías un insulto a la vida, y una forma de blanquear los delitos.

         En los vv. 16-17 Dios ve las manos manchadas de aquel pueblo. Y manchadas no de sangre animal, sino de sangre humana por las injusticias cometidas contra los pobres. Dios no pide un baño de purificación exterior, sino un cambio de actitudes (de la injusticia a la justicia, del mal al bien...), consistente en buscar el derecho de los demás y en respetarlo.

         Aunque en la Biblia es frecuente que se hable de 2 categorías sociales (huérfanos y viudas), en Israel hay 4 categorías sociales que encarnan al desvalido: las viudas (que no tienen marido, y a veces ni hijos), los huérfanos (que no tienen padres, o a quien cuide de ellos), los inmigrantes (que no tienen patria ni trabajo) y los levitas (que no poseen tierras, ni independencia económica). Todos ellos representan una clara muestra de indefensión, que el culto y comunidad del templo de Dios debería estar obligado a cubrir, antes que ponerse a ofrecer incienso o hacer sacrificios.

         Los vv. 18-20 plantean la oferta de Dios a su pueblo, en diálogo abierto: un compromiso social sincero, que ayude a encontrar un camino de bienestar para todos y todas. De lo contrario, el poder enemigo acabará ciñéndose sobre todos en Israel, oprimidos y opresores.

Servicio Bíblico Latinoamericano

 Act: 15/07/24     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A