13 de Septiembre
Viernes XXIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 13 septiembre 2024
a) 1 Cor 9, 16-19.22-27
La parábola del atleta que corre en el estadio se emplea pocas veces para explicar la actitud del que predica el evangelio por vocación. Quizás no sean muchos los que la conocen, pero no es halagadora para los profesionales. De ordinario, el atleta es una persona admirada durante la competición. Pero su vida no consiste sólo en este momento, pues hay muchos otros momentos (los más importantes) que no son brillantes y que están hechos de silencio, de esfuerzo, de soledad y de constantes sacrificios.
La Parábola del Atleta de Pablo, referida a su propio apostolado (pero aplicable a todos los apóstoles), acentúa precisamente esos momentos que hacen que un atleta auténtico, a diferencia de un aficionado, "se mantenga en forma" (v.27).
En la perícopa de hoy expone Pablo un principio general de su trabajo misionero, y nos permite comprender por qué puede repetir que es un "hombre libre" (vv.1.19) El principio está claro: renunciar a las libertades personales, con el fin de ganar a todos para la causa de Cristo (v.23).
Parece sencillo, pero no lo es. Y no lo es porque para poder renunciar a una cosa hay que ser dueño de ella y tener libertad para hacer de ella lo que se quiera. Para desvincularse de la ley es preciso haber estado sometido a la ley y sentirse libre de ella. De otro modo, tal desvinculación no pasa de ser una trasgresión que produce angustia.
El texto de hoy es importante, porque la confesión de Pablo nos lleva hasta el umbral de una situación personal en la que no sólo se ha superado la cuestión de los derechos y deberes (como en el caso de la renuncia a vivir a costa del evangelio), sino también otros condicionamientos más profundos, como el étnico.
Pero también es evidente que las renuncias de Pablo tienen una finalidad, ya apuntada al explicar su opción por el celibato (1Cor 7, 32) y confirmada ahora: "Todo lo hago por el evangelio, para que la buena noticia me aproveche también a mí" (v.23). La Iglesia, y especialmente quien ha recibido la misión de predicar el evangelio, debe ejercitarse en la libertad para dar credibilidad a su anuncio. Y mientras esté aferrada a cualquiera de sus seguridades (viejas o nuevas), su carrera sólo puede obtener la categoría de aficionado.
Antón Sastre
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A los problemas suscitados por los corintios, Pablo dio respuestas ágiles y relativas, y eso había dado pie a que se le tachase de oportunista. Lo cual llevó al apóstol a precisar el "sentido profundo" que daba a su propia misión apostólica: "Predicar el evangelio no es para mí ningún motivo de gloria, sino más bien un deber que me incumbe". Es decir, una humildad extraordinaria, cuando se sabe históricamente el papel irremplazable que tuvo Pablo en la 1ª extensión del evangelio.
En efecto, la predicación no fue para Pablo ningún privilegio ni gloria, y el propio apóstol estima que fue Cristo quien tuvo en ello la iniciativa. De hecho, hasta se considera Pablo como un esclavo que cumple su tarea, porque no puede dejar de cumplirla: "Ay de mí, si no predicara el evangelio".
¡Qué vehemencia, qué grito! ¡Y cuán irrisoriamente mediocres son nuestras vidas, al lado de tales exigencias! Y del mismo modo, ¡qué irrisoria resulta la figura del "buen cristianismo, pequeño y tranquilo" de ciertos consumidores del evangelio, frente a esta exigencia!
El evangelio no es un objeto de consumo o de conserva, sino que una nueva noticia que ha de ser difundida y anunciada. ¿Soy yo un cristiano para mí? ¿O qué hago del evangelio? Porque dice Pablo que "no predico por propia iniciativa, sino que esto es una misión que me ha sido confiada". Pablo no eligió su vocación de apóstol, sino que ésta le fue encomendada como una carga confiada por el mismo Dios. Efectivamente, "siendo libre con relación a todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda".
El griego usa el término esclavo, es decir, servidor de todos. Así, el cargo apostólico de Pablo es una réplica de la misión de Jesús, concebida como la del Servidor Paciente de Isaías. El apostolado es así concebido como un servicio, y de hecho la palabra ministerio significa servicio. ¿De quién soy servidor?
Porque recuerda Pablo que "los atletas se privan de todo por una corona corruptible", y que "yo golpeo duramente mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo proclamado el mensaje a los demás, resulte yo mismo descalificado".
La ascesis, o el dominio de sí mismo, es útil en muchos deportes, y también en muchos oficios. Y para la vida cristiana y apostólica es indispensable, pues ¿cómo pretender evangelizar sin imitar a Jesucristo? La evangelización no es un dulce o una golosina, sobre todo desde que Jesús adquirió el recio rostro de la crucifixión. Pablo, para evangelizar, trataba "duramente su cuerpo" y se "imponía toda clase de privaciones". ¿Continuó siendo yo un cristiano mediocre y comodón?
Noel Quesson
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Razona hoy Pablo sobre la renuncia que uno debe saber hacer de sus derechos en vistas a un bien superior. Y en concreto se refiere a 2 de esos derechos a los que él ha renunciado por amor a los hermanos: el casarse (como lo había hecho Pedro, por ejemplo), y el poder vivir a costa de la comunidad (ya que trabaja por ella).
Es este 2º aspecto el que hoy leemos, pues el resto del cap. 9 no aparece en la liturgia: "Dar a conocer el evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación de esta buena noticia". Varias veces alude Pablo en sus cartas (en las 2 dirigidas a los de Tesalónica, por ejemplo) a que no ha querido vivir a costa de los demás, sino trabajando con sus propias manos en el oficio que tenía de fabricante de tiendas de lona.
Así funciona su argumento: yo podría exigir manutención por parte de la Iglesia, pero renuncio a ella, pues ya me siento bien pagado por el hecho mismo de evangelizar y anunciar a Cristo. ¡Qué imagen más noble la de este apóstol, que se hace "débil con los débiles" y "todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos"!
Lo principal para Pablo no son los derechos adquiridos, sino la misión que ha recibido de evangelizar, y para poder cumplirla bien, es capaz de renunciar a cosas que le apetecerían. Como hacen los atletas en el estadio, que "se imponen toda clase de privaciones, para ganar una corona". Los corintios entenderían bien esta comparación, porque cada 2 años se celebraban allí los famosos Juegos Istmicos de Corinto, sólo superados en importancia por los Juegos Olímpicos de Olimpia y los Juegos Píticos de Delfos.
No se nos está invitando al masoquismo, a sufrir por sufrir. Sino a sufrir, si hace falta, por ayudar a los demás, y para mejor cumplir la tarea de evangelizar a los que encontramos por el camino. Los religiosos, por ejemplo, renunciamos a formar una familia, pero para dedicarnos totalmente a la evangelización. Del mismo modo los casados saben renunciar a muchas cosas para bien de los suyos, o para dedicar su tiempo libre a la catequesis o a otros ministerios de la Iglesia. Como decía Pablo, "hago todo esto por el evangelio".
¿Somos tan generosos en el planteamiento de nuestra vida de cristianos? ¿Buscamos el bien de los demás, o siempre estamos dispuestos a defender nuestros derechos y gustos? ¿Estamos convencidos de que como cristianos debemos hacer el bien a nuestro alrededor hasta el punto extremo? Porque, como decía Pablo: "Ay de mí si no anuncio el evangelio". Es decir, ay de mí si no hago el bien a los demás, además de no hacerles ningún mal.
José Aldazábal
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La Iglesia tiene la misión de anunciar a Cristo, para que todos alcancen en él la salvación. Pero antes debemos anunciárnoslo a nosotros mismos, no sea que procuremos que otros alcancen la corona de la vida y nosotros seamos descalificados. Por eso el anuncio del evangelio no lo hemos de realizar sólo con las palabras, ni desde la ciencia humana, sino desde nuestra experiencia personal del Señor como Salvador nuestro.
En tiempos de frialdad religiosa, como son los tiempos en que vivimos en la vieja Europa, las palabras de Pablo a los corintios son una auténtica confesión de vida fiel. Pero también son una denuncia de la cobardía de cuantos languidecemos en nuestra fe, y vivimos acobardados y tristes, y provocamos que el Cristo que anunciamos no sea válido para el s. XXI.
Proclamemos a diestro y siniestro que todos los incorporados al reino de Dios (a la Iglesia, al apostolado...), por medio de los sacramentos, estamos comprometidos en el servicio al evangelio. Mas ¿cuándo y cómo podremos pasar a la acción en medio de la indiferencia o del desprecio de nuestros conciudadanos, si éstos colocan lo religioso en últimos lugares de su interés?
Para estos momentos difíciles se requiere temperamento, espíritu, vocación y capacidad de persuasión, como los de Pablo. Y ¿por qué no vamos a pedir al Espíritu que more en nosotros y nos dé fuerza y nos ilumine como a Pablo en el camino de la evangelización? No nos limitemos a predicar superficialmente, sino hagámoslo desde lo más profundo de nuestra fe, y desde nuestra confianza en Dios. ¿Y cómo hacerlo? Pablo nos dice que su secreto es este: "Vivo con mucha disciplina, y trato de dominarme a mí mismo".
Dominicos de Madrid
Act:
13/09/24
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