14 de Noviembre
Jueves XXXII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 14 noviembre 2024
a) Flm 7-20
La Carta a Filemón, que hoy leemos, es una de las más breves y entrañables de San Pablo. El tono que emplea el apóstol no es de mandato (que podría haber empleado, dada su autoridad), sino de súplica humilde en nombre de la caridad. Le pide a Filemón que reciba de nuevo a Onésimo, un esclavo que se le había fugado, y que ahora regresaba convertido al cristianismo: "Si me tienes como hermano en la fe, acógelo como si fuera yo mismo".
Y agrega con buen humor y afecto: "Si en algo te perjudicó o te debe algo, cárgalo en mi cuenta". Nosotros hemos de aprender de aquellos primeros cristianos a vivir la caridad con hondura, muy especialmente con nuestros hermanos en la fe (para que perseveren en ella) y con quienes se encuentran lejos de Cristo (para que a través de nuestro aprecio se le acerquen y sigan).
La fraternidad es la mejor defensa contra los enemigos, y la caridad bien vivida nos hace como una plaza inexpugnable a los ataques. "Llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo", exhortaba San Pablo en otra de sus cartas (Gál 6, 2).
Es responsabilidad de los cristianos estar siempre atentos al bien de los demás, especialmente al de aquellos que, por diferentes razones, el Señor nos ha encomendado. No podemos permitir que nadie sienta la dureza de la soledad en momentos difíciles. La caridad es nuestra fortaleza.
La caridad lleva consigo una serie de virtudes anejas, a través de las cuales se manifiesta: la lealtad, la gratitud, el respeto mutuo, la amistad, la deferencia, la afabilidad, la delicadeza en el trato, el buen humor, la serenidad, el optimismo. Y no hay odio tan fuerte que pueda con ello.
Los defectos contarios suelen revelar ausencia de finura interior, de vida sobrenatural, de unión con Dios. San Juan nos dejó un programa de vida: "En esto hemos conocido el amor, en que él dio su vida por nosotros, y nosotros debemos dar la nuestra por nuestros hermanos" (1Jn 3, 16). Y el Señor nos dice por medio del apóstol: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos: "Si tenéis caridad unos para con otros" (Jn 13, 34-35).
Francisco Fernández
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La Carta a Filemón es tan breve que ni siquiera está dividida en capítulos. Y sin embargo, en pocos versículos aborda una cuestión que nos dará guerra siempre: ¿cómo debe influir la experiencia cristiana en la transformación de las estructuras sociales?
Pablo ofrece algunos criterios a partir de la historia de 2 cristianos que se encuentran en situaciones diferentes: Filemón (que es un amo) y Onésimo (que es un esclavo). Recordemos a grandes rasgos lo esencial de su historia.
Onésimo, esclavo fugitivo de su amo Filemón, llega donde Pablo y se convierte a la fe. Pablo reconoce los derechos civiles de Filemón sobre Onésimo, y por eso devuelve el esclavo a su amo con una carta de recomendación. Le da a entender a Filemón que podría obligarle a dejar libre a Onésimo, en virtud de su autoridad apostólica (pues Filemón es cristiano), pero prefiere renunciar a este derecho y apelar a la propia conciencia de Filemón.
Pablo espera, además, que Filemón saque consecuencias civiles de este hecho, implícitas en una fe que no hace distinción entre esclavos y libres: "Quizás se apartó de ti para que lo recobres ahora para siempre. Y no como esclavo, sino mucho mejor: como hermano querido". Es decir, que Filemón debe acoger ahora a Onésimo como "hermano querido en la fe", y no como su esclavo.
Hoy nos enfrentamos a muchas realidades nuevas sobre las que la palabra de Dios no nos ofrece una receta para ser aplicada sin más. Pensemos en las complejas cuestiones relacionadas con la economía, con la ingeniería genética, con la política internacional, con la sexualidad... Y por eso hemos de hacer lo de Pablo: apelar a la conciencia.
En el fondo, cualquier cuestión, por compleja que parezca, siempre se reduce a una pregunta sencilla: ¿Cómo se puede vivir mejor el amor en esta situación? Pero no nos preguntamos esto en el vacío, ni abiertos a cualquier viento de doctrina, sino desde la experiencia de haber sido amados y desde nuestra vocación al amor. En esto consiste el reino de Dios. Y esto no depende de nuestra capacidad para ir encontrando respuestas. Jesús nos dice que "el reino de Dios está dentro de nosotros".
Gonzalo Fernández
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La auténtica conversión del cristiano sólo llega a su plenitud cuando, además de aceptar a Dios por Padre, se acepta al prójimo como hermano. Entre nosotros no debe haber esas distinciones que existen en la sociedad civil y que son propias de ella. Todos nosotros somos uno en Cristo, pues participamos de un mismo Espíritu. Y por eso recibir (o rechazar) a nuestro prójimo significa recibir (o rechazar) a Cristo mismo, pues lo que hagamos a los demás se lo hacemos al Señor.
Cristo nos ha liberado de la esclavitud de nuestros pecados, pagando nuestro rescate con su propia sangre. Por eso "no hemos de vivir ya para nosotros mismos, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó". Así nuestra vida ya no debe ser de inutilidad, sino de un auténtico y constante trabajo a favor del evangelio, pues "los que hemos sido rescatados por Cristo" hemos de dar testimonio de lo misericordioso que ha sido Dios para con nosotros.
No vivamos ya, pues, como esclavos de nuestras pasiones ni de lo pasajero, sino como hijos de Dios que, sin olvidar sus obligaciones temporales, se esfuerzan en ganar a todos para Cristo.
José A. Martínez
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La Carta a Filemón es un documento breve y coloquial que deja asomar una lógica diversa. Y en ella Pablo renuncia a su autoridad, y prefiere hablar en nombre del amor, con un planteamiento que es fascinante en su sencillez.
Resulta que Filemón era dueño de un esclavo llamado Onésimo, que se fugó y fue a parar junto a Pablo. Tanto Filemón como Onésimo han sido evangelizados por Pablo, y el incidente de la fuga motiva una carta tan cálida en su expresión como profunda en sus propuestas.
Pablo no propone una ley que prohíba la esclavitud, y ni siquiera pide que se proscriba esa palabra. Pero dinamita por dentro la idea de que alguien pueda disponer de otra persona a su antojo. A Filemón le recuerda que "Cristo es el Señor de todos", que todos somos esclavos de este bendito Señor, y que él ha sido el 1º en servirnos y en amarnos. Con ello, lo que realmente importa no es ya tanto la escala social, sino ser todos uno en la asamblea de los elegidos y redimidos.
Nosotros estamos quizás acostumbrados a cambiar los nombres de las cosas (eutanasia, por ejemplo), para luego decir que las cosas son lo que nosotros queremos que sean (muerte digna). Aquí Pablo procede al revés: no cambia los nombres (esclavitud), pero hace nacer realidades nuevas (la libertad). No proclama unos derechos humanos, pero los hace realidad. Los cambios de palabras son a menudo son el instrumento de la propaganda ideológica, mientras que los cambios de corazones son siempre el instrumento del amor de Dios.
Nelson Medina
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La carta de hoy de Pablo a Filemón es breve y entrañable. El esclavo Onésimo, perteneciente a Filemón (un cristiano de la Iglesia de Colosas) había huido, con evidente enfado de su amo. Hasta que por casualidades de la vida este esclavo, que debía ser una buena pieza, se encontró con Pablo en su cautiverio de Roma, y se convirtió al cristianismo.
Pablo le llama "Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión". Y ahora intercede con esta carta ante Filemón para que le perdone y le acepte de nuevo. Pero "no como esclavo, sino como hermano querido", ya que ahora los dos (el amo y el esclavo) son cristianos. Pablo apela al amor y a la gratitud que Filemón siente por el apóstol, para que reciba bien a Onésimo: "Si te debe algo, ponlo en mi cuenta. Yo, Pablo, te firmo el pagaré de mi puño".
El efecto que busca Pablo no es tanto la supresión de la esclavitud, ni la intromisión en cuestiones políticas y económicas, ni cambiar de golpe la situación social. Pero sí que pide a Filemón la libertad para Onésimo. Y sobre todo da unas consignas que, a su tiempo, harán evolucionar desde dentro la situación social y llegarán a suprimir la esclavitud en el Imperio Romano.
A nosotros esta carta nos interpela sobre el trato que damos a los demás, libres o esclavos, familiares o extraños, hombres o mujeres, niños o mayores. ¿Qué es lo primero que se nos ocurre esgrimir? ¿Nuestros derechos y agravios? ¿O tenemos sentimientos de misericordia y tolerancia? Los que nos sabemos gratuitamente perdonados y salvados por Dios, ¿tenemos luego con los demás sólo exigencia e intransigencia?
Cada vez que celebramos la eucaristía, recibiendo al "Cristo que se entrega por nosotros", deberíamos hacer el propósito de conceder alguna amnistía a nuestro alrededor, sabiendo olvidar agravios y liberando a alguien de nuestros juicios condenatorios, cerrando un ojo ante sus defectos y mostrándonos disponibles y serviciales. Y todo ello "no por la fuerza, sino con toda libertad", sin darnos importancia ni pregonar nuestra generosidad. Entre padres e hijos, empresarios y trabajadores, ¿nos tratamos como hermanos?
José Aldazábal
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Filemón y Onésimo eran siervo y amo, y si eso no se tiene en cuenta no se entiende el texto tomado de la carta de Pablo a Filemón. Pablo, conforme al contexto histórico de la época (esclavitud), entendía que Onésimo, siervo que había huido de su señor, tenía que volver a su propiedad. Y que él no podía retenerlo, violando así la ley imperial. Por eso se lo devuelve pidiendo para él el perdón, la acogida y la libertad.
Pero hoy debemos subrayar de este párrafo, más que el lamentable estado romano de esclavitud (afortunadamente, hoy superado), lo que significan las bellísimas palabras de Pablo a Filemón: "Tengo poder para indicarte lo que conviene hacer, pero no voy a decírtelo, sino que prefiero rogártelo, apelando a tu caridad".
Es decir, Pablo cree que puede ordenar a Onésimo lo que debe hacer, pero estima que a un buen cristiano debe bastar sugerirlo en conciencia, para que obre en justicia y caridad. ¡Qué maravilla sería la sociedad si bastara insinuar el bien para hacerlo, "apelando a la caridad"! Dios estaría dentro de nosotros.
Dominicos de Madrid
Act:
14/11/24
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ordinario
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