25 de Noviembre
Lunes XXXIV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 25 noviembre 2024
a) Ap 14, 1-5
Estamos en la última semana del año litúrgico, y Juan, para dar ánimo y esperanza a los perseguidos, les hace ver el término de la historia y su objetivo final, a través de símbolos expresivos. No nos paremos hoy en esos símbolos, sino tratemos más bien de contemplar, también nosotros, "aquello hacia lo cual nos encaminamos", y que es lo que ilumina el hoy de nuestras pruebas terrestres y pasajeras: "Vi al Cordero, de pie sobre el monte de Sión".
Es decir, que todo lo que tenemos que ver, y contemplar, es a Jesucristo, de pie y en la gloria del cielo. Sobre todo a ese Jesús que fue rechazado de su pueblo, que fue abandonado por sus amigos, que terminó su vida terrestre en la ignominia del fracaso (condenado a muerte) y que fui inmolado. Es decir, al "Cordero conducido al matadero, mudo ante aquellos que le atormentaban", y hoy ¡feliz, victorioso y de pie! Es el Cordero Pascual, la víctima voluntaria que ofreció su vida, y que en cada misa nos entrega su cuerpo y su sangre.
Pero sigamos con la visión de Juan, porque nos dice que "he visto también, junto con él, a ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban escrito en la frente su nombre y el del Padre". En 1º lugar, "ciento cuarenta y cuatro mil" es una cifra que no hay que tomar al pie de la letra, pues se trata de una cifra simbólica. En nº 12 es la cifra de Israel, el nº 144 es el resultado de 12 x 12, y el nº 1.000 representa una cantidad muy grande.
Por tanto, el "he visto ciento cuarenta y cuatro mil alrededor del Cordero" quiere decir, aplicados los números a las realidades, que: He visto el nuevo Israel, el pueblo de Dios, innumerable. O como hoy diríamos: He visto millones y millones de cristianos.
La víctima del Calvario ya no está abandonada, ni en la soledad del Gólgota. Ahora Jesús está rodeado de millones de amigos y hermanos, que llevan todos "su nombre" porque son cristianos.
Contemplemos el proyecto de Dios, que por fin se ha cumplido y que se compone de innumerables hombres y mujeres introducidos (por su Hijo) en su propia familia y en sus relaciones diarias. Ese es el proyecto de un Dios que es Padre, cuya paternidad es infinita, y que ha dado su vida y su nombre a múltiples hijos. Se trata de la humanidad hija de Dios y amada de Dios, cuyos miembros llevan "marcada la frente" por Dios (es decir, llevan ya impresa su dignidad infinita).
Nos dice Juan que también "oí un ruido como de grandes aguas, como el fragor de un trueno y con muchos citaristas que tocaban sus cítaras". Los símbolos, como se ve, se acumulan, a veces incoherentes y contradictorios. Pero eso no tiene ahora importancia, porque lo que Juan quiere decir está muy claro. Estos hombres, reunidos en torno a Cristo, no son un florero chino, sino que abren la boca, cantan, dan gritos de alegría, y exultan como una avalancha de agua de un torrente imposible de contener. De ello resalta el potente fragor del trueno, y la dulce armonía de una orquesta de cítaras. Experimentemos esa misma alegría de esos elegidos, y de esa humanidad en su plenitud.
Para finalizar, nos dice Juan que nadie podía aprender aquel cántico, salvo los 144.000 que fueron rescatados. ¿Seré uno de ellos, Señor? ¿Y del número de los que oyen y comprenden? Porque la historia de la humanidad es incomprensible, e inaudible para los que no tienen fe. Y porque hay hombres cuyos oídos son sordos a la música de Dios, por mucho que ésta se haya esparcido entre aromas sobre la humanidad rescatada. Abre sus oídos, Señor.
Noel Quesson
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La antítesis entre los primeros versículos de este pasaje, y la narración del pasaje precedente, pone de relieve la oposición tajante que hay entre la bestia (y sus seguidores) y el Cordero (y los suyos). Y a través de unas descripciones paralelas, resalta la separación radical entre "los habitantes de la tierra" (adoradores de la imagen idolátrica) y los 144.000 escogidos (propiedad indiscutible del Padre y del Cordero).
Estos 144.000 (cifra simbólica) son los cristianos que han permanecido fieles hasta el final, hayan sido o no mártires (expresión máxima del testimonio). Ellos son los que han guardado la fe y los mandamientos, los que han sabido responder a la elección divina, y los que ahora comparten la victoria del Cordero. Su actitud martirial, modelo y punto de referencia, puede describirse con 3 características.
En 1º lugar, ellos son los que "siguen al Cordero adondequiera que va", tal como los 12 apóstoles iban siguiendo a Jesús por los caminos de Israel ("siguieron a Jesús"; Jn 1,37; "le siguieron"; Mt 4,20). En 2º lugar, ellos son los que aman la verdad, y no han querido profesar la falsa doctrina de Satanás y la bestia. Y en 3º lugar, ellos son vírgenes, porque no se han prostituido en la adoración de las imágenes idolátricas del Imperio del mundo.
La 2ª visión de hoy, que no escuchamos en la 1ª lectura de la misa, pero que es consecuente con la 1ª, hace referencia a la conducta de los idólatras, a quienes se dirige el juicio de Dios. Y es pregonada a través de 3 ángeles.
El 1º ángel anuncia el evangelio eterno, o mensaje fundamental de Jesús sobre el reino de Dios, que ahora es proclamado con la fuerza de su próxima y definitiva realización. La invitación última va dirigida a todos ("respetad a Dios y dadle gloria"; v.7), y se hace eco de la 1ª palabra de Cristo ("enmendaos y creed en el evangelio"; Mc 1,15).
El 2º ángel esparce la noticia de la caída de Babilonia (el Imperio Romano), orgullosa de su poder y autosuficiente ante el Dios único. Y el 3º ángel predice el castigo terrible de los adoradores de la bestia, a base de las comparaciones del AT sobre el fuego, el azufre y la copa de la cólera del Señor, que contiene el vino de la ira de Dios (en contraposición con el vino orgiástico de los que se han prostituido al servicio de la bestia).
En definitiva, mientras que a los prostituidos por la bestia les está reservado un tormento eterno ("día y noche") en la gehenna, los santos celebrarán un culto también eterno ("día y noche"; Ap 7-15) en el templo de Dios.
Según la bienaventuranza final, los que al morir sellen su testimonio serán por siempre bienaventurados, participando de la alegría y del reposo eternos. Porque habrán sufrido como sufrió el Cordero, y por eso serán glorificados con él en el reino del Padre.
Armand Puig
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El apóstol Juan explica hoy que 2 bestias (el paganismo social y el poder político) se enfrentan al reino del Cordero (Ap 13, 9-16), el cual está sobre el monte Sión con el pueblo que le prestó su adhesión, y que constituye un pequeño resto perdido en el mundo enteramente dominado por las 2 bestias enemigas.
Este resto se compone, sobre todo, de vírgenes (v.4), aunque también de mártires (Ap 7, 14). De vírgenes porque la virginidad es lo contrario a la idolatría, la cual es presentada como una prostitución desde la visión veterotestamentaria.
Los 144.000 son vírgenes porque se negaron a adorar a la bestia. Y así la virginidad pasa a convertirse, al igual que el martirio (Ap 7), en una de las característica del pueblo de Dios, en la medida en que rompe con el culto a los falsos dioses y a los poderes terrestres.
Maertens-Frisque
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Toda esta semana conservará la tónica inaugurada por el domingo pasado, en que proclamamos la soberanía de Dios y del Cordero sobre la historia, y el triunfo definitivo del reino de Dios. Y seguiremos leyendo el libro del Apocalipsis, a través de las tribulaciones de los justos y del triunfo del Cordero degollado, constituido Señor de la historia.
El mensaje del Apocalipsis es una radiante afirmación de fe y esperanza, y por eso hoy nos presenta al Cordero de pie sobre el Monte Sión, en la Nueva Jerusalén y con los 144.000 justos que "llevan en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre", y que fueron quienes que se negaron a recibir la marca de la bestia, y fueron capaces de resistir hasta el final.
El nº 144.000 se ha interpretado equivocadamente muchas veces, en sentido literal y como si fuera un nº exacto de personas las que podrían salvarse, sin excederse en 4 ó 5 más. En realidad, el sentido del texto es todo lo contrario, y viene a expresar un nº ilimitado de gentes de todas razas, tiempos y lugares. Recordemos que en la cultura judía los números tienen un sentido simbólico.
El nº 12 representa la totalidad de los pueblos. Pero aquí aparece multiplicado por 12, lo que es una manera de enfatizar que se trata de la totalidad (sin excepciones) de un mundo en el que caben todos los mundos, todos los justos y todos los que fueron capaces de tener la resistencia martirial. Además, para remarcar por 3ª vez este mundo inclusivo, la cifra 144 (producto de multiplicar 12 x 12) se multiplica a su vez por 1.000.
El salmo responsorial que leemos hoy, uno de los más bellos tanto teológica como literariamente, se hace la pregunta "¿quién puede subir al monte santo?". Y ofrece una respuesta: "La persona de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos". Es decir, todos aquellos que no se hayan contaminado con la idolatría y la fascinación de la bestia.
Miguel Gallart
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Obligado a pararme ante la palabra de Dios, me sorprende hoy el testimonio de Juan, que repetidamente reclama la atención con un "yo, Juan, vi", "yo, Juan, oí". Como si nos invitara a ver y oír los días de los últimos tiempos. Y yo, enredado en esta historia local y alocada.
En concreto, hoy Juan ve a 144.000 que llevaban grabado en la frente el nombre de Jesús ("del Cordero") y de Dios ("del Padre"). A través de los ojos de Juan, veo los rostros de los adolescentes que buscan la verdad, y entre los cuales sólo unos cuantos llevan con valentía, en su frente, el nombre de Jesús.
Juan oye "un sonido de arpas y de voces que bajaba del cielo". Era la voz de los salvados, en cuyos labios "no se encontró mentira". A través de los oídos de Juan, oigo las voces de los adolescentes que hablan de sus cosas y aclaran sus medias verdades. Vidas adolescentes que dentro de poco llevarán vidas de adultos, y quién sabe si manteniendo sus labios puros o adulterados por la mentira.
Llega el final del año litúrgico, y nos preparamos para un tiempo nuevo. Últimos días que nos enfrentan al destino al que están encaminadas nuestras acciones cotidianas, y que portan el billete de entrada para acompañar al "cortejo del Cordero, adondequiera que vaya". Días penúltimos para quienes estamos en camino, y precedemos a los que un día serán "rescatados como primicias de la humanidad, por Dios y por el Cordero". Últimos días para desterrar de nuestros labios la mentira, y ser depositarios de la marca de los irreprochables.
Miguel Angel Niño
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En varias ocasiones el Apocalipsis compara la voz del Señor (o de alabanza al Señor) con una multitud de aguas (Ap 1,15; 19,6). La experiencia enseña que el "estruendo de las aguas" es capaz de imponerse a cualquier voz que esté cerca, sobre todo por una sencilla razón física: las gotas de agua, al chocar unas con otras (en tan diversas velocidades, cantidades y ángulos), producen un elenco de frecuencias que recubre, casi al completo, cualquier sonido.
Si la voz del Señor es como "muchas aguas", esto quiere decir que su palabra domina sobre toda otra palabra. Y esto es importante porque a veces creemos que las palabras del pesimismo, de la amargura o de la fantasía, se van a imponer, y no es así.
El vidente Juan pasa hoy a darnos otra descripción: "un canto que nadie puede aprender, sino los elegidos". El canto une la idea de la palabra con la fuerza de la música, y así la palabra de Dios se convierte en poderosa por excelencia (Ap 19, 13).
Por otra parte, la música es símbolo de la inspiración, y supone compartir un mismo espíritu musical. Poseídos por la Palabra y el Espíritu, los elegidos tienen su propio modo de cantar, que no puede ser falsificado por nadie porque nadie puede reemplazar ni esa Palabra ni ese Espíritu.
Nelson Medina
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El Apocalipsis da hoy una razón por la que los elegidos de Dios serán bendecidos: porque "sus labios son sinceros, y su conducta irreprochable" (Ap 14, 5). Pero no queramos entender estas palabras en términos de calificación moral, ni creamos que la Biblia está diciendo: se portaron muy bien, luego merecen estar con el Cordero.
La perspectiva entera del Apocalipsis es profética, y por eso los que son alabados son los que han sostenido ya en sus labios "el testimonio" (Ap 1,9; 6,9; 12,11). Los "labios sinceros" (o mejor, labios sin engaño) son aquellos que han mantenido el testimonio, y no han caído en la falsedad (que, en lenguaje de profetas, es la idolatría).
Algo parecido hay que decir de la "conducta irreprochable", que más que un apelativo moral (construido por el esfuerzo humano) se trata del fruto natural de los redimidos. De hecho, ya San Pablo llamaba así, amomoi (lit. irreprochables), a los redimidos: "Él os ha reconciliado en su cuerpo de carne, mediante su muerte y a fin de presentaros santos, sin mancha e irreprensibles delante de él" (Col 1, 22).
Por tanto, el sentido de la frase que venimos analizando debería ser: aquellos en quienes está viva la gracia de la redención. Porque de esta manera no se excluye el esfuerzo (voluntad, buenos hábitos...), pero se funda todo en la obra de Dios. Aquellos que vivan así, en esa dimensión de permanencia en la gracia, serán los elegidos.
Vivir con la gracia de la redención en el alma supone una radical apuesta por Dios, porque el mundo tiene sus propias propuestas, y constantemente reclama sus propios tributos. Tarde o temprano, ese cristiano redimido descubrirá que, aunque su vida sea normal, está en conflicto con los intereses e ídolos del mundo. Y por eso hablamos de una apuesta.
Está claro que, en la medida en que el conflicto se hace más intenso, la apuesta se hace más radical, si es que logra subsistir. Es lo que acontece en tiempos de persecución. Y los tiempos finales serán sin duda tiempos de persecución. Por eso la perspectiva apocalíptica es siempre una perspectiva de apuesta: apostarlo todo para ganarlo (o perderlo) todo.
Nelson Medina
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Naturalmente no podemos leer todo el Apocalipsis, y día tras día vamos saltando capítulos. Así que hoy nos encontramos, así de sopetón, con "el Cordero de pie, sobre el monte Sión" y librando la gran batalla contra el mal.
Y con él un ejército de 144.000 seguidores, que "llevaban grabado en la frente el nombre del Cordero y del Padre". Por supuesto, estos números no son aritméticos sino simbólicos, pues 144.000 = 12 x 12 x 1000 (es decir, la plenitud aplicada a las 12 tribus de Israel). Se trata de los que han permanecido fieles y no se han dejado manchar por la idolatría, y por eso forman el cortejo triunfal de Cristo y son las primicias de la nueva humanidad.
La visión de Juan es, por tanto, optimista, presidida por ese Cordero que conduce a los suyos a la victoria. Desde el bautismo y la confirmación, tenemos grabado en nuestras personas el nombre de Jesús y del Padre, y estamos marcados por su Sello (que es el Espíritu Santo).
Por tanto, estamos enrolados en el ejército del Cordero que lucha contra el mal, con la esperanza de formar parte del pueblo de los salvados. Lo cual nos debe dar ánimos para seguir en la lucha, que para nosotros todavía no ha terminado. Es verdad que algunos se quedan en el camino (engañados por el Maligno), pero otros muchos resisten y son fieles.
Vuelve a aparecer también hoy, en la visión de Juan, la liturgia del cielo, que ya veíamos la semana pasada. Y lo hace con cánticos que sólo pueden aprender los rescatados de la tierra. Además, se ve que los cantan con fuerza en sus gargantas, con "un sonido parecido al estruendo de grandes cataratas y al estampido de un trueno poderoso". Y todo ello acompañado "al son de arpistas, que tañían sus arpas delante del trono".
Cuando en Vísperas entonamos los cánticos del Apocalipsis (sobre todo el domingo), o cuando en misa cantamos la aclamación del Sanctus en honor del Dios trino, estamos sintonizando con otro coro que canta lo mismo, pero con voces más convencidas: la voz de la esposa del Cordero, que también participa en la gloria del Vencedor de la muerte.
El camino nos lo dice ya el salmo responsorial de hoy: "El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos, ése recibirá la bendición del Señor. Éste es el grupo que busca al Señor".
José Aldazábal
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Muchos grupos religiosos hablan hoy de la salvación, incluso hasta de números de salvados y la manera en que se salvarán, desde una visión fatalista de la historia y de Dios. Así, muchos hermanos y hermanas de nuestro pueblo son invadidos por temores de amenazas apocalípticas, sobre todo tras la visita a sus casas de estos grupos sectáreos, que acosan a los vecinos con mensajes que nada tienen que ver con el Dios de la Biblia. El libro del Apocalipsis les sirve de instrumento, y una carencia de formación hace que no lleguen a interpretar su mensaje de salvación y esperanza.
Los 144.000 de este pasaje, símbolo de la multiplicidad de las personas salvadas, ha causado muchos interrogantes. Pero se trata de un nº simbólico, producto de la multiplicación del nº 12 (en referencia a las 12 tribus de Israel) x 12 (en referencia a los 12 apóstoles de la Iglesia) x 1.000 (en referencia a una cantidad incontable). Por tanto, sobre todo por el último nº bíblico (1.000), no es posible establecer una cantidad predeterminada de salvados. De hecho, la condición de salvación no está en la predestinación de Dios, sino en la libre opción de quienes han optado por seguir al Cordero con el testimonio con sus vidas.
El pasaje apocalíptico de hoy es, por tanto, una llamada a la esperanza. Porque esos seguidores de Cristo "cantan un canto nuevo" (el canto del triunfo), que gozosamente emerge no sólo de sus bocas sino de lo más hondo de sus corazones. Han sufrido persecuciones, han soportado difamaciones, y hasta han muerto martirialmente a manos del Imperio del Mal. Pero lo han hecho por sus ideales de un mundo nuevo y reconciliado, y ahora les toca cantar.
Se trata del canto del pueblo liberado, igual que el canto del pueblo que salió de la opresión de Egipto. O igual al canto de María ante Isabel, o igual que el canto de las fiestas patronales de nuestros pueblos. Porque la liberación no terminará en nuevas opresiones, ni en un acto de venganza. La liberación culminará con una fiesta, junto al Cordero degollado, en la morada eterna de Dios.
Los que cantan no supieron de mentiras, ni tuvieron dobleces en sus opciones. Sino que se lo jugaron todo por Dios, y por eso ahora les toca cantar. Ése el el canto de la esperanza, porque mientras vivimos en el exilio de las opresiones, sentimos que esta situación no es eterna, y que la palabra de Dios se cumplió en su tiempo y se cumplirá en el día final. El salmista también cantaba, sobre todo en tiempos del exilio en Babilonia:
"Grandes cosas hizo el Señor por nosotros, y estamos rebosantes de alegría. Cambia nuestra suerte, Señor, como los torrentes del Negueb. Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones. El sembrador va llorando cuando esparce la semilla, pero vuelve cantando cuando trae las gavillas" (Sal 126, 3-6).
Y es que el salmista sabía que su retorno a la tierra prometida no era una ilusión, sino una esperanza fundada en la promesa del Dios de la Alianza. Hoy también creemos lo mismo, y sabemos que la palabra de Dios no es una ilusión sino algo que siempre se ha cumplido. Y no solamente en el más acá, sino también en el más allá.
Dominicos de Madrid
Act:
25/11/24
@tiempo
ordinario
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A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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