20 de Febrero
Viernes de Ceniza
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 20 febrero 2026
Is 58, 1-9
La lectura de hoy se hace eco del movimiento profético que se levantó en Israel contra el formalismo del culto judío, tras el destierro de Babilonia (s. VI a.C). Un movimiento espiritual en que la voz del profeta empezó a sustituir a la trompeta judía, que hasta entonces convocaba al pueblo a las ceremonias del ayuno (v.1).
Se trata, en efecto, de invitar al pueblo a un nuevo género de ascesis: no ya al ayuno egocéntrico de quien se viste de saco e inclina la cabeza (v.4), extrañado de que Dios no le escuche (v.3a), sino al ayuno que renuncia a tratar egoístamente sus negocios (v.3b) y trata de reconciliarse con los demás (v.4).
El ayuno agradable a Dios pertenece, pues, a una política de coparticipación (vv.6-7), y constituye per se una etapa en la preparación para la era escatológica (vv.10-13). A lo que se añade una nueva observancia del mandato sabático (vv.13-14).
Al igual que la mayoría de las religiones de su tiempo, Israel consideraba el ayuno como un acto esencial de su religión, sobre todo con motivo de la fiesta de expiación (Lev 23, 26-32) y en el recuerdo de los días angustiosos del Asedio de Jerusalén (Zac 8,19; 7,3-5; 2Re 25,1.4.8.25).
No obstante, algunos profetas empezaron a temer que dichas prácticas se fuesen ajustando más a la letra que al espíritu, sobre todo cuando empezaron a invitar a la abstención de alimentos (so pretexto de impureza de la materia) o a desarrollarse en un clima formalista (Is 58; Zac 7,1-14).
Algunos profetas aceptaron, sin embargo, el ayuno, para determinadas ocasiones (Jl 1,13-14; 2,12-17) y siempre que se hiciese desde una conversión sincera, y no como simple sacrificio. El ayuno ha de reflejar, pues, un deseo de conversión, y nunca ha de considerarse legítimo si no se observa desde el amor, oración y culto a Dios (Zac 7), el amor, limosna y justicia a los hombres (Is 58) o como signo de la espera de los últimos tiempos (Jl 2).
La Iglesia ha permanecido fiel a este concepto del ayuno, y su reciente legislación depende de él. Hoy día, el ayuno no se concibe sin caridad personal (limosna) ni espíritu comunitario (oración). Aunque debe tener cuidado para no convertirse en una pachanga cuaresmal más, o diluir su carácter institucional cristiano por perderse en las diferentes actividades caritativas profanas, como sugiere Mt 6, 3.
El ayuno cristiano es también ocasión para un encuentro con Dios, pues la Iglesia no está todavía en los últimos tiempos, y todavía camina a la espera de una plenitud todavía lejana. En este sentido, el ayuno (y también la penitencia) es celebrado conjuntamente por todos los cristianos (y no cada uno por su cuenta), en determinados períodos del año en que hay que activar algo más la vigilancia.
Por eso, puede decirse que lo que importa en el ayuno no es la privación de alimento, sino en dotar de mayor seriedad todavía a nuestra fe y tareas de la vida, para que sean la expresión más viva del servicio a Dios y a los hombres.
Maertens-Frisque
* * *
El pueblo de Dios ha vuelto del destierro de Babilonia y se ha instalado en Judea, mientras las obras de reconstrucción del templo (y de las murallas) son lentas y desalentadoras. Paralelamente, los sacerdotes han empezado a multiplicar los días de ayuno, mientras la Ley de Josué sólo prescribía uno al año (el día de la expiación) y en los tiempos de calamidad (desde los tiempos de Samuel).
Probablemente, los sacerdotes hebreos post-exilio tratasen de conmemorar la Caída de Jerusalén (del 589 a.C), y no encontraron otra manera mejor que proclamando y multiplicando los ayunos (posible origen de los 5 lamentos del Libro de las Lamentaciones).
El pueblo se queja a Dios, y explica que su fidelidad a la escrupulosa observancia del ayuno no sirve para nada, porque parece ser que Dios ni oye ni entiende. Cunde el desánimo y están dispuestos a abandonar incluso la estricta observancia ritual, si la salud del pueblo no es lo que prima, o por lo menos aparece reflejada por alguna parte.
En esta situación, el profeta de Dios sale al paso y se presenta ante el pueblo, abriendo los ojos de los sencillos (cuyos gritos eran sinceros) y reprochando la hipócrita maldad de las clases dirigentes. Y proclama que el ayuno debía ser, ante todo, un acto de igualdad social, en que el rico (el único que puede realmente ayunar, por ser el único que tiene algo de qué privarse) se igualará al pobre, y pasará hambre si éste también lo pasa, al menos en dichos días preceptivos de ayuno.
Por otra parte, previene el profeta ante el peligro de convertir el día de ayuno en un día de grandes aglomeraciones, para que la buena fe de los peregrinos no fuese aprovechada para los pingües negocios de los estafadores, y sirviese así para que los humildes acumulasen más deudas todavía. Lo cual podía degenerar en gente malhumorada, ayuno meramente exterior, y ocasión de riñas y disputas. Este ayuno, grita el profeta, es la forma más perversa de engreimiento, y por tanto no llega al cielo.
El ayuno que Dios quiere es el cumplimiento de los deberes morales y humanos con el prójimo, desde los más elementales (comida, bebida y habitación) hasta los más básicos (derechos, respeto, libertad, ruptura de ataduras y quebrantamiento de yugos). El ayuno que Dios quiere es ése, recalca el profeta.
Quizás nunca nos hemos preguntado en serio cuáles son las mortificaciones que prefiere el Señor. Porque no todas las penitencias que nos impongamos en cuaresma pueden ser agradables a Dios. A lo mejor o a lo peor estamos instalados en la falsa ilusión de que cualquier mortificación que hagamos tiene que se bien vista por Dios.
Una norma muy sencilla: la penitencia o práctica cuaresmal que intentas llevar a cabo hace crecer en ti, además del amor a Dios (cosa muy difícil de medir), el amor a los demás (cosa muy fácil de comprobar en términos concretos). Y una regla muy práctica: hacia el próximo más próximo es hacia quien deben orientarse nuestras mortificaciones. O sea, es la comunidad en la que uno vive la que debe beneficiarse de las prácticas penitenciales de cada uno.
Por ejemplo: ¿puede agradar a Dios el madrugón que se pega un padre de familia para asistir al Vía Crucis de los viernes, si durante la semana es tan comodón que siempre consigue que sea su mujer la que se levante de la cama para atender al pequeño que llora? ¿Puede agradar a Dios que te decidas a venir a comulgar todos los días de cuaresma, si luego no te esfuerzas por tragar a ese prójimo que te resulta tan antipático?
Noel Quesson
* * *
La denuncia del profeta Isaías contra un ayuno mal entendido es enérgica. El pueblo de Israel (o sus dirigentes) cree poder aplacar a Dios y reparar sus pecados con un ayuno que el profeta tacha de falso e hipócrita.
El fallo está en que la abstinencia de alimentos no va acompañada de lo que Dios considera prioritario, el amor, la justicia, la misericordia con los demás: "El día del ayuno buscáis vuestro interés, y ayunáis entre riñas y disputas". El ayuno se queda en unos formalismos exteriores: "Os mortificáis elevando vuestras voces, movéis la cabeza como un junco, os acostáis sobre saco y ceniza. ¿Y a eso le llamáis ayuno?".
Lo que quiere Dios, el día del ayuno (que no se desautoriza, naturalmente), es "abrir las prisiones injustas, partir el pan con el hambriento, no cerrarte a tu propia carne". Entonces sí que escuchará Dios las oraciones y ofrendas.
Lo dice también el Salmo 50, el Miserere, que se vuelve a cantar hoy como responsorial. Cuando la conversión es interior y se muestra en obras, no sólo en ritos o palabras, es cuando agrada a Dios. No valen los ritos exteriores si no van acompañados de un amor desde dentro: "Los sacrificios no te satisfacen. Pero mi sacrificio es un espíritu quebrantado, y un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias".
José Aldazábal
Act:
20/02/26
@tiempo
de cuaresma
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()