GUERRA DE LAS GALIAS

 

Narradas in situ por Julio César,

su conquistador y cronista a la vez

 


Julio César, conquistando con sus legiones romanas la Europa Central

Madrid, 1 diciembre 2019
Manuel Arnaldos, historiador de Mercabá

            La República Romana se estructuraba sobre la base de un auténtico polvorín romano interior, y distaba mucho de aquel modelo democrático que Atenas había inventado bajo fórmula de ejemplaridad a cambio de remuneración. En Roma, todo a la vez entraba en la carrera política, y todo ello sin remuneración de antemano, ni consecuente obligación a la ejemplaridad.

            En el seno de Roma, los patricios enardecían a todos como padres de la patria, los senadores maquinaban las decisiones y leyes a tomar, los magistrados aprovechaban su tiempo en el gobierno para acumular riqueza, y las facciones populares intentaban en todo no quedarse sin tajada. No había dinero de antemano, pero sí que lo podía haber, y repartir, si éste se adquiría del exterior.

            Ese fue el leit motiv de las campañas constantes de la Roma Republicana hacia el exterior, basadas en que todos a una podían conquistar los botines y riquezas primas de los vecinos, y al final a cada uno le podía tocar un pedazo.

            Desde el 509 a.C. Roma había ido conquistando toda Italia, los Alpes, los Balcanes, Grecia, Turquía, el Caucaso, Mesopotamia, Egipto, Africa y España, apoderándose de todo lo que en ellas había. Llegado el año 60 a.C, había llegado el momento de hacerse con la Galia, su más correoso vecino, y cerrar así el círculo perfecto del poder y riqueza romana.

a) Contexto

            El sistema republicano romano, o Res pública, había sido diseñado desde el 509 a.C. para que ningún individuo o grupo social se hiciese con el poder absoluto de manera perpetua. Por ello el poder estaba dividido en varias instituciones, las más importantes de las cuales eran las magistraturas, el Senado y las asambleas populares.

            Las magistraturas estaban investidas con el imperium, o poder civil y militar; sus cargos se compartían y eran temporales por 12 meses. Los magistrados podían ser enviados a las distintas provincias como procónsules o propretores, durante un año o dos. Esto generaba una gran competencia entre magistrados y, debido al corto plazo de los cargos, la necesidad de acumulación de grandes triunfos al servicio de la República.

            El Senado lo constituían por aquel s. I a.C. 300 senadores, que procedían de los patricios o de los equites (familias adineradas). El Senado no tenía función legislativa, y sus decretos pasaban a las asambleas populares, que generalmente los ratificaban. El Senado funcionaba también como consejo para los magistrados:

-prolongando el imperium a los magistrados,
-recibiendo a las embajadas extranjeras.

            Senadores y magistrados competían por aumentar su auctoritas, prestigio e influencia, a través de honores y triunfos. A lo que también tuvo que añadirse la multiplicación de asambleas populares, en las que la plebe (grupo social más pobre y mayoritario) ejercía de votante[1].

            Este fraccionamiento socio-político fue aprovechado por las clases superiores, que poco a poco fueron aumentando sus propiedades y creando grandes latifundios y villas, como muestra de su poder y prestigio. Fue Tiberio Graco, tribuno de la plebe el año 133 a.C, el que intentó llevar a cabo una reforma agraria para solucionar este problema, no logrando triunfar[2] y desatando por primera vez la violencia política en Roma[3].

            A partir de este momento emergieron los problemas latentes en la República, y se configuraron dos facciones sociopolíticas entre continuas conspiraciones:

-el partido aristocrático, u optimates,
-el partido popular, o populares.

            En marzo del 58 a.C. el Senado recibe la noticia de que un grupo de galos (los helvecios) habían empezado a emigrar desde su hábitat natural, y que se disponen a cruzar la Galia Cisalpina y Transalpina para establecerse en Aquitania. Encomiendan entonces su sofoco al general y cónsul Julio César, y la conquista de la Galia entra en acción.

b) Guerra de las Galias de César

            Comienza con una descripción geográfica del territorio de las Galias, limitado por el Báltico al Norte, los montes Pirineos al Oeste, el Mediterráneo al Sur y el río Ródano al Este, todo ello cruzado en su centro por el río Rihn:

La parte que hemos dicho ocupan los galos comienza del río Ródano, confina con el Carona, el Océano y el país de los belgas; por el de los secuanos y helvecios toca en el Rin, inclinándose al Norte. Los belgas toman su principio de los últimos límites de la Galia, dilatándose hasta el Bajo Rin, mirando al Septentrión y al Oriente. La Aquitania entre Poniente y Norte por el río Carona se extiende hasta los montes Pirineos, y aquella parte del Océano que baña a España” (Libro I, cap. 1).

b.1) Conquista de Suiza

            Los helvecios, pueblo galo establecido entre el monte Jura y el Rihn[4], habían decidido una masiva emigración al oeste bajo el caudillaje de Orgetórige, y combatir a todos los pueblos que se le opusieran por el camino, para enseñorearse de que eran los más poderosos de la Galia:

Los helvecios están cerrados por todas partes en sus 240 millas de largo por 180 de ancho. De una parte por el Rin, río muy ancho y muy profundo, que divide el país helvético de la Germania; de otra por el altísimo monte Jura, que lo separa de los secuanos; de la tercera por el lago Lemán y el Ródano” (Libro I, cap. 2).

Entre los helvecios fue el más noble y el más rico Orgetórige. Éste ganó a la nobleza y persuadió al pueblo a salir de su patria con todo lo que tenían; diciendo que les era muy fácil, por la ventaja que hacían a todos en fuerzas, señorearse de toda la Galia” (Libro I, cap. 2).

Los helvecios se concertaron de apercibir todo lo necesario para la expedición, comprando acémilas y carros cuantos se hallasen. Y fueron haciendo las paces con los pueblos que visitaban, convencidos de que si se juramentan entre sí y unían sus naciones, serían poderosos y fortísimos, y podrían apoderarse de toda la Galia” (Libro I, cap. 3).

            El ejército de Cesar decide entonces la quema de todas sus aldeas y cosechas, aprovechando esa campaña helvecia hacia el Oeste, y para que los helvecios no tuvieran posibilidad de volver a su tierra de origen:

Entonces llevamos adelante la resolución concertada, en cuanto los helvecios salieron de su comarca. Cuando nos pareció estar ya todo a punto, prendimos fuego a todas sus ciudades, que eran 12, y a 400 aldeas con los demás caseríos. Y quemamos todo el grano, para que perdieran la esperanza de volver a su patria” (Libro I, cap. 5).

            Los helvecios intentaron entonces la vuelta a sus territorios:

-a través de la Galia Cisalpina, pero César fortifica posiciones y se lo impide,
-a través del territorio de los eduos, pueblo aliado de Roma, al que saquean:

Sólo por dos caminos podían volver a su tierra: uno por los secuanos, estrecho y escabroso entre el Jura y el Ródano, por donde apenas podía pasar un carro entre la elevadísima cordillera; el otro por nuestra provincia de Galia Ulterior, más llano y ancho” (Libro I, cap. 6).

Informado yo de que pretendían hacer su marcha por nuestra provincia, di orden a toda la provincia de aprestarme el mayor número posible de milicias, mandé cortar el puente junto a Ginebra (Libro I, cap. 7) y levanté un muro de 19 millas de largo, 16 pies de alto y su foso correspondiente, con guardias de trecho en trecho” (Libro I, cap. 8).

Cuando los helvecios supieron de esto, enviaron embajadores para proponernos pasar por la provincia sin agravio de nadie, pero yo se lo negué, explicándoles que no podía abrir el paso a territorio romano a ningún extranjero, y recordándoles sus fechorías en tiempos del cónsul Lucio Casio (Libro I, cap. 7).

Los helvecios, viendo frustrada su pretensión, partieron en barcas y muchas balsas que formaron, vadeando el Ródano por donde corría más somero (Libro I, cap. 8). Quedábales sólo el camino angosto de los secuanos, cosa que hicieron tras obtener el consentimiento de éstos, a cambio de una entrega de rehenes (Libro I, cap. 9). Tras el país de los secuanos, se adentraron los helvecios en el país de los eduos, y empezaron a correrlos y saquearlos. Los eduos, no pudiendo defenderse de la violencia, enviaron mensajeros para pedir socorro a César, por ser leales al pueblo romano. Y lo mismo hicieron los ambarros y alóbroges, sus parientes” (Libro I, cap. 11).

            César interviene en ayuda de aquellos y empieza el hostigamiento a los helvecios, hasta que los masacra en la gran batalla de Bribacte, en plenas alturas de los Alpes:

Me avisaron entonces que los helvecios estaban atravesando el país de los eduos hacia el de los santones, poco distantes de los tolosanos, que caen dentro de nuestra jurisdicción. Por este motivo, mandé traer de Italia 2 legiones y reuní a las 3 que invernaban en Aquileia, atravesando con las 5 legiones los Alpes” (Libro I, cap. 10).

Atravesamos los Alpes por el camino más corto, rebatiendo en sus alturas a los centrones, gravocelos y caturiges que se nos opusieron. Al llegar a Ocelo, último lugar de la Galia Cisalpina, esperamos allí durante 7 días la llegada de los helvecios, pues habían de pasar con sus tropas por aquellos desfiladeros” (Libro I, cap. 10).

Al llegar los helvecios a media noche al río Arar, esperé a que atravesaran 3 partes de sus tropas el río, y lancé 2 legiones sobre la 4ª parte, y las otras 3 sobre el grueso helvecio, a través de un puente que dispuse trazar. Allí quedó desbaratado su ejército, y los que sobrevivieron echaron a huir hacia los bosques cercanos (Libro I, cap. 12 y 13).

            Los helvecios derrotados regresan a su tierra original por orden de César, que se compromete a devolverles sus tierras a cambio de lealtad a Roma. Tras esto, numerosos pueblos galos muestran su amistad a César:

Divicón, que acaudilló a los helvecios en esta batalla, me dijo que si el pueblo romano hacía paz con los helvecios, estaban ellos prontos a ir y morar donde yo lo mandase y tuviese por conveniente. A estas razones respondí que vacilaba en la resolución porque ya en el pasado habían hecho daño al pueblo romano. Pero que con todo hacía la paz, si los helvecios restituían a los eduos y sus aliados los daños cometido” (Libro I, cap. 14).

Al día siguiente, envié 4.000 hombres para llevar a los enemigos a su patria (Libro I, cap. 15), y fueron enviados a los eduos y sus aliados el trigo que la República les tenía acordado (Libro I, cap. 16). Terminada la guerra de los helvecios, vinieron legados de casi toda la Galia los primeros personajes de cada república a congratularse con César” (Libro I, cap. 30).

b.2) Conquista de Alemania Sur

            El pueblo de los secuanos, antiguos enemigos de los eduos, piden ayuda a César para que los libere de la opresión del traicionero y cruel reyezuelo germano Ariovisto, al que ellos mismos habían llamado para enfrentarse contra los eduos:

Pasado el tiempo, los alvernos y los secuanos llamaron en nuestro socorro y amistad, implorando nuestro auxilio con sollozos junto a otras gentes de la Germania, porque sus 120.000 habitantes se hallaban en gran miseria tras haber sido vencidos por los eduos, y porque el rey de los germanos Ariovisto había ocupado la 3ª parte de su país, avecinándose en ella (Libro I, cap. 31).

Me dijeron que Ariovisto era un hombre bárbaro, iracundo y temerario, que había conseguido una completa victoria sobre los galos en la batalla de Amagetobria, ejerciendo un imperio tiránico, exigiendo en parias los hijos de la primera nobleza y tratándolos con la más cruel inhumanidad (Libro I, cap. 31).

Yo mismo me di cuenta que si Ariovisto seguía así, en pocos años desterraría a todos los germanos a la Galia, y éstos se verían obligados a pasar el Rin, no teniendo nada que ver el terreno de la Galia con el de Germania, ni nuestro trato con el suyo, inundando la Galia y poniendo en peligro el imperio de la República Romana (Libro I, cap. 31).

            El romano César contacta con Ariovisto pidiéndole que libere a los secuanos, y que no introdujera más tropas de Germania[5]. Ariovisto se negó, soberbio y desafiante.

Envié a Ariovisto una embajada,  con la demanda de que señalase algún sitio proporcionado donde pudiésemos ambos avistarnos, y tratar asuntos importantes. A esta embajada respondió Ariovisto que si yo pretendiese algo de él, fuese en persona a buscarle” (Libro I, cap. 34).

Repetí entonces la embajada, replicándole que si quería ser amigo de Roma, que no condujese ya más tropas de Germania a la Galia, que restituyese a los eduos los rehenes que tenía en prendas, y permitiese a los secuanos soltar los que les tenían, que no hiciese más agravios a los eduos, ni tampoco guerra contra ellos o sus aliados” (Libro I, cap. 35).

Respondióme Ariovisto ser derecho de la guerra que los vencedores diesen leyes a su arbitrio a los vencidos, y que tal era el estilo del pueblo romano, disponiendo de los vencidos a su voluntad y no al arbitrio ni voluntad ajena. Y pues que él no prescribía al pueblo romano el modo de usar de su derecho, tampoco era razón que viniese el pueblo romano a entremeterse en el suyo” (Libro I, cap. 36).

            Tras lo cual César, adelantándose a los acontecimientos, decide la conquista de Besançon, importante ciudad aliada cuya ocupación le serviría de base de apoyo:

Al mismo tiempo que me contaban la contrarréplica de Ariovisto, vinieron a verme mensajeros de los eduos y trevirenses, a quejarse de que los harudes, trasplantándose a la Galia, estaban talando su territorio, y de que las milicias de 100 cantones suevos cubrían las riberas del Rin con intento de pasarle (Libro I, cap. 37).

Irritado con tales noticias, resolví anticiparme, temiendo que si la nueva soldadesca de los suevos se unía con la vieja de Ariovisto, no sería tan fácil contrastarlos. A grandes jornadas, salí al encuentro de Ariovisto” (Libro I, cap. 37).

A tres días de marcha tuve aviso de que Ariovisto iba con todo su ejército a sorprender a Besanzón, plaza muy principal de los secuanos, con toda clase de municiones y bien fortificada bajo un monte empinado. Hice todo lo posible para que no se apoderase de aquella ciudad, y marché hacia ella de día y de noche, llegando a ella antes que él. Al llegar, puse una guarnición en sus muros, y llené la ciudad de trigo y víveres, para mantener desde ella la guerra contra los germanos, con gran seguridad” (Libro I, cap. 38).

            Desde allí, las tropas romanas salen en busca de los germanos, produciéndose la gran batalla del Rihn, no muy lejos de Besançon:

Cuando Ariovisto estuvo a 24 millas de Besanzón, salimos con nuestras tropas a su encuentro (Libro I, cap. 41), hasta que los dos ejércitos se encontraron en una gran llanura, entre altozanos (Libro I, cap. 43). Yo me adelanté unos 200 m. junto a la legión X, e igual hizo Ariovisto con algunos de los suyos. Yo seguí avanzando hacia Ariovisto, y él hacia mí (Libro I, cap. 43). Hasta que nos juntamos, y yo le sugerí que se retirase de la Galia a la Germania, a cambio de ser amigo de Roma (Libro I, cap. 43), y él me respondió que estaba en la Galia porque los galos lo había llamado y lo querían por rey” (Libro I, cap. 44).

En estas razones estaban cuando me avisaron que la caballería de Ariovisto, acercándose a la colina, venía para los nuestros arrojando piedras y dardos. Dejó César la plática y se retiró a los suyos (Libro I, cap. 46). Los germanos atacaron con 6.000 caballos, 6.000 de infantería, 16.000 hombres ligeros y las mujeres encima de sus carros, repartidos todos por tribus y a trechos iguales (Libro I, cap. 49). Nosotros resistimos en 3 cuerpos de 3 columnas, avanzando hacia adelante y desde las 4 de la tarde a la noche” (Libro I, cap. 50).

           La victoria fue para los romanos, que ejecutaron a los prisioneros enemigos. El resto de supervivientes, incluido Ariovisto, cruzó el Rihn con el resto de germanos, de vuelta a Germania:

Al tercer día de batalla, y ver Ariovisto las heridas recibidas de su ejército, al anochecer tocó a retirada, dejando los cuerpos de los heridos en el campo de batalla (Libro I, cap. 50) y huyendo hasta tropezar con el Rin, distante de allí unas 50 millas y donde se salvaron los que pudieron, a nado o con canoas que allí encontraron” (Libro I, cap. 53).

Todos los demás germanos fueron alcanzados de nuestra caballería, y fueron pasados todos a cuchillo. Perecieron en la fuga dos mujeres de Ariovisto, la una sueva y la otra nórica. De dos hijas de éstas una fue muerta y otra presa” (Libro I, cap. 53).

b.3) Conquista de Bélgica

            Belicosos y peligrosos de entre todos los bárbaros, según César, los belgas se dedicaban a combatir habitualmente a los germanos, y no habían recibido influjo alguno de civilización:

Los más valientes de todos son los belgas, porque viven muy remotos del fausto y delicadeza de nuestra provincia. Los belgas toman su principio de los últimos límites de la Galia, dilatándose hasta el Bajo Rin, mirando al Septentrión y al Oriente (Libro I, cap. 1). Los belgas forman la tercera parte de la Galia y son los más poderosos de ella en el arte militar, deteniendo a los germanos en muchas ocasiones (Libro II, cap. 2).

            Viendo éstos el avance de los dominios romanos en la Galia, prepararon entonces una coalición contra Roma, el año 56 d.C, de entre todos sus pueblos vecinos:

Los belgas forman la tercera parte de la Galia, conjurándose contra el Pueblo Romano, dándose mutuos rehenes e impidiendo que los romanos invernasen en sus territorios, muchas veces alistando tropas a sueldo de entre nuestros aliados” (Libro II, cap. 1).

Me avisaron también que los belgas estaban unánimemente haciendo levas, y que sus tropas se iban juntando en un lugar determinado (Libro II, cap. 2), armándose y conjurándose con los germanos del Rin” (Libro II, cap. 3).

En orden al número de gente de guerra que vi yo que los belgas podían reclutar, los beoveses ya le habían prometido 60.000 combatientes, los suesones le habían ofrecido 50.000 combatientes, los amienses 10.000, los morinos 25.000, los menapios 9.000, los velocases y vermandeses 9.000, los aduáticos 29.000, los condrusos, eburones, ceresos y pemanos hasta 40.000” (Libro II, cap. 4).

            César fue informado por sus embajadores de esto, y la reacción de César no tardó en llegar, apresurándose para la batalla y conformando una estrategia ya antes de que atacaran los belgas:

En fuerza de las noticias y cartas que me trajeron de los belgas los diputados Iccio y Antebrogio, alisté dos nuevas legiones en la Galia Cisalpina, y a la entrada del verano marché contra ellos, en menos de 12 días (Libro II, cap. 2). Llegué allí de improviso, y más presto que nadie lo creyera (Libro II, cap. 3), y todo se ejecutó puntualmente al plazo señalado” (Libro II, cap. 5).

Me esforcé allí en ganarme con buenos oficios a los remenses, y con Diviciaco el Eduo acordamos la estrategia a seguir: dividir las fuerzas del enemigo, para no tener que lidiar a un tiempo con tantos. Lo cual se lograría si los eduos rompiesen por sus tierras y empezasen a talar sus campos” (Libro II, cap. 5).

            Al cruzar el río Aisne, y en torno a Reims, César y su ejército fueron atacados por la coalición belga, pero en esta batalla de Aisne resultaron salir finalmente victoriosos:

Cuando los belgas atacaron todos contra nuestro alido Diviciaco, junto a 6 cohortes de mi legado Quinto Tiburio, éste los fue trayendo hacia el río Aisne, donde remata el territorio belga, y allí fijó sus reales, con el costado defendido por las márgenes del río, y seguro el camino desde Reims para el transporte de bastimentos. Entre los nuestros levantaron allí un parapeto de 12 pies de alto y un foso de 18 pies de profundo” (Libro II, cap. 5).

Los belgas se pusieron a batir aquella plaza, acercándose por todas partes y tirando piedras y dardos hasta que no quedó defensor alguno en la almena. Tras eso, se arrimaron a la puerta en empavesada (con techo protector de escudos) y abrieron brecha, haciéndose entonces de noche y teniéndose que retirar para descansar” (Libro II, cap. 6).

Entonces llegué yo en ayuda de los sitiados a medianoche, con un ejército de flecheros cretenses y honderos baleares, y acampamos a 2 millas de la plaza (Libro II, cap. 7). Vi que el enemigo era muy numeroso, y sondeé que su coraje también lo era, y que tenía sus tropas bien alineadas” (Libro II, cap. 8).

Al día siguiente, los enemigos marcharon de su campamento hacia el río Aisne, para intentar desalojar la fortificación de Quinto Tiburio y romper luego el puente del río (Libro II, cap. 9). Pero yo me lancé con la caballería ligera sobre ellos, junto a los honderos y flecheros. Los nuestros, acometiendo a los enemigos metidos en el puente, mataron a muchos, y a fuerza de dardos rechazaron a los demás. Obráronse allí prodigios de valor, en el complejo tránsito del río y por encima de los cadáveres” (Libro II, cap. 10).

            Los belgas decidieron retirarse para ofrecer resistencia en sus territorios, pero tampoco les sirvió de nada:

Viendo los enemigos fallidas sus esperanzas de conquistar nuestra plaza, concluyeron ser lo mejor retirarse cada cual a su casa, con el pacto de acudir de todas partes a fin de hacer la guerra con más comodidad dentro de su comarca, y sostenerla con sus propias y abundantes cosechas” (Libro II, cap. 10).

Yo di orden a los legados Quinto Pedio y Lucio Arunculeyo de picar la retaguardia enemiga, y al legado Tito Labieno de perseguirlos con 3 legiones. A los postreros los alcanzaron tras muchas millas, y a los fugitivos hicieron gran matanza. Los nuestros siguieron matando gente todo lo restante del día, hasta la puesta del sol” (Libro II, cap. 11).

Al día siguiente, yo mismo no quise dar tiempo a los enemigos de recobrarse del pavor y de la fuga, y me dirigí contra los suesones y su ciudad de Novo, formando el terraplén y levantando las bastidas. Se espantaron los galos de aquellas máquinas, para ellos nunca vistas ni oídas, y me enviaron enseguida una petición de perdón y vasallaje (Libro II, cap. 12), junto a las prendas de ganados y los dos hijos de su mismo rey Galba” (Libro II, cap. 13).

Al día siguiente marché contra los beoveses, los cuales salieron de allí cuando ya estábamos a 5 millas, viviendo a nuestro encuentro sus ancianos y rindiéndose a discreción, junto a todos sus niños y mujeres” (Libro II, cap. 13).

            De entre los belgas solamente resistieron hasta el final los nervios, que eran los más belicosos y que lograron reclutar al resto de tribus belgas. No obstante, estas últimas tribus belgas fueron también derrotadas y aniquiladas[6], en la brutal batalla de Sambre:

Llevaba ya tres días de jornada por aquellas tierras, cuando me dijeron los prisioneros que a 10 millas de nuestras tiendas corría el río Sambre, en cuya parte opuesta estaban acampados los nervios, aguardando allí su venida unidos con los arrebates, vermandeses y resto de tribus, con 60.000 combatientes más todas sus mujeres y personas inhábiles” (Libro II, cap. 16).

Por la cercanía del enemigo, llevé conmigo 6 legiones sin más tren que las armas, y dejé 2 legiones junto a los equipajes. Las 6 legiones que vinieron conmigo, al pasar el río empezaron a delinear el campo, y empezaron a fortificarlo” (Libro II, cap. 19).

Los enemigos, cubiertos en las selvas, avistaron nuestros bagajes traseros y lanzaron todas sus tropas sobre ellos, trabándose allí la batalla (Libro II, cap. 19) y viniendo al río los caballos que huían de allí. Yo enarbolé el estandarte e hice tocar la bocina, dejando todos mis hombres de trabajar la fortaleza y yendo a socorrer a los nuestros del avituallamiento (Libro II, cap. 20). Nuestras legiones salieron corriendo hacia los enemigos con un ímpetu valeroso, sin ajustarse yelmos ni desfundar los escudos (Libro II, cap. 21), cada una por su parte y sin más orden que el de urgencia, apiñando las banderas” (Libro II, cap. 22).

Al llegar al lugar, nuestros soldados empezaron a sentir las voces y alaridos de los que conducían el bagaje, que corrían despavoridos unos acá y otros allá. Vieron luego nuestros reales cubiertos de enemigos, y nuestras 2 legiones estrechadas y cogidas (Libro II, cap. 24), perdido el estandarte y con nuestros soldados muertos o heridos” (Libro II, cap. 25). Yo mismo me puse al frente, y exhorté a todos a avanzar y ensanchar filas para servirse mejor de la espada. Les pedí un último esfuerzo en medio de este gran peligro, y cerrar todas las banderas a una” (Libro II, cap. 25).

Los nuestros recobraron el aliento, embistieron allí a los enemigos, que se defendían con gran valentía y reemplazaban a los que iban cayendo. Los soldados de las legiones IX y X masacraron por el ala izquierda a los belgas con los dardos, persiguiéndolos luego con la espada hasta que los agotaron y degollaron, dejando vivos a 500 de 60.000” (Libro II, cap. 27).

Acabada la batalla, y con ella casi toda la raza y nombre de los nervios, los viejos que estaban con los niños y las mujeres recogidos entre pantanos y lagunas, sabedores de la desgracia, enviaron embajadores a César para entregarse a discreción” (Libro II, cap. 28).

b.4) Conquista de la Bretaña

            Mientras invernaba en Iliria, César recibió la noticia de que los pueblos galos del Cotentin, en la península oceánica de Vannes, se rebelaban contra las guarniciones romanas allí instaladas, por el retraso en la llegada de víveres romanos a la comarca:

Entonces envié a Publio Craso con una legión para dar aviso a los vénetos, únelos, osismios, curiosolitas, sesuvios, aulercos, reñeses y vaneses, pueblos marítimos sobre la costa del Océano, de que todos quedasen sujetos al Pueblo Romano (Libro II, cap. 34), mientras yo me iba a invernar a la Iliria, tras la victoria contra los belgas” (Libro II, cap. 35).

Estando Publio Craso con la legión VII en las costas del Océano, cerca de su cuartel invernal de Anjou, y yo en el cuartel de invierno del Ilírico, se suscitó entonces una improvista contienda con los vénetos, por carecer de grano aquellos territorios (Libro III, cap. 7).

Los vaneses, pues, dieron principio a las hostilidades, arrestando a Silio y Velanio. Movidos de su ejemplo los confinantes arrestan por el mismo fin a Trebio y Terrasidio. Igualmente, las demás de la costa se van uniendo al partido de los sublevados, con la idea de conservar la libertad heredada antes que sufrir la esclavitud de los romanos” (Libro III, cap. 8).

            César acudió inmediatamente con su ejército a aquel territorio, y comenzó los preparativos para atacar fuertemente sus núcleos. Sabiendo que todos ellos eran pueblos navegantes, mandó por ello también la construcción de una flota naval, para derrotarles por mar:

La república de estos últimos es la más poderosa entre todas las de la costa, por cuanto tienen gran copia de navíos con que suelen ir a comerciar en Bretaña. En la destreza y uso de la náutica se aventajaban éstos a los demás, y como son dueños de los pocos puertos que se encuentran en aquel golfo borrascoso y abierto, tienen puestos en contribución a cuantos por él navegan” (Libro III, cap. 8).

Enterado yo mismo de estas novedades por Craso, y viendo lo distante que estaba, di orden de construir galeras en el río Loire, que desagua en el Océano, y de traer remeros de la provincia, y juntar marineros y pilotos (Libro III, cap. 9).

Los vaneses y demás aliados, sabida mi llegada y del delito que habían cometido, hicieron los preparativos para la guerra en su ciudad de Vanes, mayormente todo lo necesario para el armamento de los navíos, muy esperanzados del buen suceso por la ventaja del sitio, y de que ellos por mar serían superiores en fuerzas (Libro III, cap. 9).

            A pesar de las ventajas galas en la navegación, finalmente fueron vencidos todos aquellos pueblos sublevados por el ejército romano, en una batalla naval de abordaje:

Por aquellos parajes los caminos estaban a cada paso cortados por los pantanos, la navegación era embarazosa, y eran muy contados los puertos. Los romanos no tenían navíos adecuados al lugar, ni conocimiento de los bajíos, islas y puertos en que habían de hacer la guerra; además, no era lo mismo navegar por el Mediterráneo entre costas, como por el Océano, mar tan dilatado y abierto (Libro III, cap. 9). Además, aquellas poblaciones estaban fundadas sobre cabos y promontorios, y no eran accesibles por tierra, por la alta marea que se experimenta. Ni tampoco por mar, pues en la baja marea nuestras naves quedaban encalladas en la arena (Libro III, cap. 12).

Confederados los vaneses y vénetos con únelos, osismios, curiosolitas, sesuvios, aulercos, reñeses y vaneses, pronto se les unieron en su puerto de Vienes los osismios, lisienses, nanteses, ambialites, merinos, dublintes, menapios, acudiendo en su socorro desde la Bretaña, isla situada enfrente de estas regiones (Libro III, cap. 9).

Cuando los enemigos avistaron nuestras naves, salieron contra nosotros 220 naves de su puerto, bien tripuladas y provistas de toda suerte de municiones. Bruto, director de nuestra escuadra, no sabía cómo entrar en batalla, hasta que decidió atacar con las hoces bien afiladas que llevábamos a los mástiles de los barcos enemigos, haciendo pedazos su cordaje y que cayese sobre sus tripulantes el peso de las vergas. Así perdieron los galos su ventaja de velas y jarcias, y quedaron inservibles sus barcos (Libro III, cap. 14).

Perdidos los galos sus barcos, lo restante del combate dependió del valor, y de que todos los cerros y collados que tenían vistas al mar estaban ocupados por nuestras tropas. A cada navío inutilizado saltaban y abordaban los nuestros, y uno a uno los fueron masacrando (Libro III, cap. 15).

            Quedaron así totalmente sofocados los focos de sublevación en la Galia norte, esclavizada toda su población y a disposición de César de unos conocimientos y materiales navales de gran valor:

Muchas fueron las dificultades de hacer la guerra allí,  pero no eran menos los incentivos que yo tenía cuando la emprendí: el atentado de prender a los caballeros romanos; la rebelión después de ya rendidos; las deslealtad contra la seguridad dada con rehenes; la conjura de tantos pueblos, y sobre todo el recelo de que si no hacía caso de esto, no siguiesen su ejemplo otras naciones (Libro III, cap. 10).

Con esta batalla terminó la rebelión de los vaneses y todos los pueblos marítimos, y fueron condenados a muerte todos sus senadores, y vendida toda su población como esclava (Libro III, cap. 16).

c) Comentario del Guerra de las Galias

            Durante su juventud Julio César no había mostrado gran interés por la política, a pesar de recibir una educación digna de su rango. Elegido cónsul más joven en la historia de Roma, César resolvió la guerra en Africa[7] y venció a los cimbrios y teutones. Ostentó el cargo de cónsul más tiempo del que era legal, algo insólito en la República. Favoreció a las clases populares y nutrió su ejército de las clases más pobres.

            Tras esto, César fue enviado con el procónsul Minucio Termo a combatir en la rebelión de Mitilene, donde ganó su primer trofeo militar. Vuelto a Roma, se dedicó principalmente a la vida privada, acrecentando sus deudas.

            Tras el año 74 a.C. Cesar decidió comenzar sus progresos políticos:

-entrando en el colegio sacerdotal,
-siendo elegido tribuno militar de la plebe,
-siendo propuesto para cuestor.

            El 61 a.C. fue enviado a Hispania Ulterior como pretor. Allí venció y conquistó a los lusitanos y a los galaicos, y empezó a acumular méritos. Al volver a Roma, y aunque el Senado aún le detestaba, César obtuvo la magistratura más importante: la de cónsul.

            El Senado le concedió entonces el gobierno de las provincias de la Galia Cisalpina, la Galia Transalpina e Iliria, provincias a las que se encaminó el año 58 a.C[8]. Tras su victoria ante los belgas[9] el Senado declara quince días de festejos, siendo este hecho un honor inédito en Roma[10].

            Cuando dejó completada la conquista total del terreno galo, y derrotado en todas sus campañas a los bárbaros, el año 51 a.C. decide César que era la hora de la vuelta a Roma. Al volver a Roma la República concedió a Cesar enormes privilegios, y toda la ciudad fue un clamor popular. Hasta que una conspiración de enemigos acaba con su vida, a traición y a las puertas del Senado. Era el año 44 a.C.

c.1) Análisis historiográfico

          César escribió todas sus campañas en la Galia según las iba terminando de ejecutar. Volvía del campo de batalla, y se ponía a escribir lo sucedido. Sobre todo, insistió en que su conquista total de Francia tuvo 3 partes: la de los aquitanos, la de los belgas y la de los celtas[11].

            Son elementos subyacentes en esta Guerra de Galias de Julio César:

-estilo elegante, preciso y directo, sin adornos retóricos y con las palabras exactas,
-textos escritos de cualquier parte, y de forma rápida,
-descripciones geográficas y etnográficas
[12],
-atención a la cronología de algunos hechos,
-sentido pragmático, ayudando al estado con finalidad moralizante
[13],
-el providencialismo, siendo los hechos del pasado vengados por los dioses en el futuro
[14],
-la fortuna, a través de la naturaleza, y con fuerza en el devenir de las tropas,
-sentencias ante hechos concretos,
-emisión de juicios de valor, siempre dentro del esquema de los consilia
[15],
-consideración de la historia como magistra vitae
[16],
-consecuencias moralizantes y propagandísticas
[17],
-la arenga, y capacidad de aprender,
-propaganda de sí mismo, en tercera persona,
-orgullo de Roma,
-respeto a los enemigos,
-sensación de pervivencia de Roma, en medio del caos bárbaro.

            No obstante, no se sabe si:

-primero escribió César informes breves al Senado, que luego fue completando,
-o si directamente hizo Cesar los Commentarii tal cual están hoy en día.

            Tampoco se sabe cómo fueron estos recibidos en Roma, tanto en el Senado como en el pueblo. Existen varias hipótesis:

-que fueron publicados tras su elaboración  para ser leídos por el público culto,
-que fueron leídos públicamente según iban llegando.

c.2) Análisis militar

            La principal fuente de triunfos en Roma era la guerra. El ejército romano se nutría de los equites[18] y la plebe[19], y su grueso lo componían los pequeños propietarios. Se servía en el ejército básicamente por patriotismo y obtención de botín, fama y honor. Al principio de los tiempos de la República este servicio duraba pocos meses, y los pequeños propietarios podían volver a tiempo a sus cosechas. Sin embargo, a medida que Roma extendía la guerra a regiones más distantes y ante enemigos más poderosos, el servicio militar empezó a alargarse durante años[20].

            En el caso de la Guerra de las Galias, las tropas reclutadas por César en Roma oscilaron entre las 6 y 10 legiones de infantería pesada, con grandes conocimientos militares. Mientras que las reclutadas entre los aliados extranjeros no superaron el equivalente a 2 legiones, siempre de caballería e infantería ligera.

            La lealtad del ejército romano se basaba en el sacramento (o juramento) de fidelidad y obediencia a los superiores, y de no desertar de la batalla. Las faltas de disciplina se castigaban de acuerdo a su gravedad con la suspensión del sueldo, con azotes o hasta con la muerte. El castigo para unidades completas consistía en el diezmo, o aplicación de la pena de muerte a uno de cada diez legionarios.

            En el caso de la Guerra de las Galias, ésta fue una de las claves del éxito romano, sobre todo en la Batalla del Sambre ante el último reducto de belgas, en que los galos pillaron por sorpresa a las 2 legiones que guarnecían la retaguardia y el avituallamiento. Así como fue la clave de la derrota enemiga, pues en el peso de la batalla los galos no sostenían sus posiciones (porque no estaban obligados a ello), y huían por todas partes en cuanto la cosa se ponía fea.

            En cuanto a los mandos del ejército, cada ejército romano quedaba bajo el mando de un cónsul (político provincial), elegido por el Senado para un periodo de un año y una prórroga, y con capacidad para elegir a su propio legatus (legado militar) para cada una de sus legiones. Cada legión se reorganizaba en 6 cuerpos (dirigidos cada uno por un tribuno electo), y cada cuerpo se dividía en 10 centurias (bajo el mando de sus centuriones), de 100 hombres por centuria. Al frente de la legión marchaban los velites, exploradores del terreno y de las posibles trampas o ventajas.

            En el caso de la Guerra de las Galias, la pericia llevada a cabo por el mando romano (por César) fue lo que llevó a la victoria, con una combinación de astucia política, campañas efectivas y una mayor capacidad de anticipación que sus oponentes galos. Para ello, César llevó a cabo la estrategia de dividir a los enemigos, poniéndose del lado de las tribus que estaban sufriendo acoso por parte de sus tribus vecinas. Así se ganaba por la buenas a muchas tribus galas, y recibiría apoyo gratuito y sobre el terreno para vencer a las otras.

            El campamento romano (castrum) desempeñaba un papel fundamental en las tácticas romanas. No era establecido nunca al azar, y siempre debía seguir unos rígidos protocolos. Externamente tenía que estar rodeado por un foso (fossa) de 4 x 3 m. y un terraplén defensivo (agger) con la arena excavada, tras el cual se levantaba la empalizada de madera (si era de tránsito) o piedra (si era invernal). Interiormente, la tienda del general se levantaba en la intersección de las 2 calles que cruzaban el territorio en forma de cruz latina: la via cardo (de norte a sur) y la via decumana (de este a oeste). En cada barrio del campamento se distribuían las tiendas de los soldados, según el cuerpo al que perteneciesen.

            En el caso de la Guerra de las Galias, los romanos plantaron sus campamentos en las riberas de los ríos o faldas de las montañas (a forma de cubrirse las espaldas), y con acceso directo hacia alguna de las poblaciones aliadas que pudiesen facilitar alimentos y materias primas intermitentemente, por si la batalla se alargaba en exceso o había que invernar. Caso totalmente distinto al de los galos, que carecían de campamento fijo, no edificaban estructuras de guerra y comían y sesteaban por los bosques, sin más organigrama militar que la estampida a una contra los romanos.

Madrid, 1 diciembre 2019
Mercabá, artículos de Cultura y Sociedad

________

[1] No obstante, sus votos servían sólo para elegir a sus propios representantes de la plebe, y cuando se decidían a presentar alguna propuesta al Senado, solían ser derrotados por los patricios y equites, que eran los que realmente ostentaban el poder y mayoría de voto.

[2] Nada más surgir la propuesta de reforma agraria, los senadores empezaron a temer el respaldo popular de GRACO, y tras acusarlo de pretender el regnum, le asesinaron junto con sus partidarios, lanzándolos al río Tíber.

[3] De hecho, el cargo de tribuno de la plebe fue continuado por su hermano CAYO GRACO, que mantuvo y amplió las reformas de su hermano, y consiguió el apoyo de muchos equites. Sin embargo, las tensiones entre el bando senatorial y el bando de Cayo terminaron en conflicto abierto. Finalmente, Cayo murió en la lucha, arrojado al río Tíber.

[4] Sobre los que CESAR ofrece toda una serie de demográficos, al decir que in castris helvetiorum tabulae repertae sunt litteris graecis confectae et ad Caesarem relatae, quibus in tabulis nominatim ratio confecta erat, qui numerus domo exisset eorum qui arma ferre possent, et item separatim, quot pueri, senes mulieresque. [Quarum omnium rerum] summa erat capitum helvetiorum milium CCLXIII, tulingorum milium XXXVI, latobrigorum XIIII, rauracorum XXIII, boiorum XXXII; ex his qui arma ferre possent ad milia nonaginta duo. Summa omnium fuerunt ad milia CCCLXVIII”.

            Es decir, quehalláronse en los reales helvecios unas Memorias, escritas con caracteres griegos, que contenían la cuenta de los que habían en su patria en edad de tomar armas, y en lista aparte los niños, viejos y mujeres. La suma total de personas, era: de los helvecios 273.000; de los tulingos 36.000; de los latóbrigos 14.000; de los rauracos 22.000; de los boyos 32.000; los de armas eran 92.000, y entre todos componían 368.000” (cf. JULIO CESAR, Guerra de las Galias, I, 29).

[5] En el fondo, tanto galos como romanos temían:

- una invasión germana de la Galia, que provocase el movimiento de tribus,
-a los mismos germanos, por su corpulencia, manejo de armas y costumbres.

            Es lo que nos narra el mismo CESAR, al decir que percontatione nostrorum vocibusque gallorum ac mercatorum, qui ingenti magnitudine corporum germanos, incredibili virtute atque exercitatione in armis esse praedicabant (saepe numero sese cum his congressos ne vultum quidem atque aciem oculorum dicebant ferre potuisse), tantus subito timor omnem exercitum occupavit ut non mediocriter omnium mentes animosque perturbaret”.

            Es decir, que los nuestros oyeron decir a los galos y negociantes la desmedida corpulencia de los germanos, su increíble valor y experiencia en el manejo de las armas, y cómo en los choques habidos muchas veces con ellos ni aun osaban mirarles a la cara y a los ojos, por el pavor repentino que provocaban en los espíritus y corazones de todos” (cf. JULIO CESAR, Guerra de las Galias, I, 39).

[6] Genocidio por el que fue CESAR muy criticado en el Senado.

[7] La revuelta del rey de Numidia.

[8] Sabiendo muy bien CESAR que “gallos novis rebus studere et ad bellum mobiliter celeriterque excitari, omnes autem homines natura libertati studere et condicionem servitutis odisse”, como bien describirá en su campaña contra las costas normandas.

            Es decir, que “los galos son amigos de novedades, fáciles y ligeros en suscitar guerras y que todos los hombres naturalmente son celosos de su libertad y enemigos de la servidumbre” (cf. JULIO CESAR, Guerra de las Galias, III, 10).

[9] Cuya victoria envía CESAR al Senado en un informe detallado, describiendo que “tanta huius belli ad barbaros opinio perlata est uti ab iis nationibus quae trans Rhenum incolerent legationes ad Caesarem mitterentur, quae se obsides daturas, imperata facturas pollicerentur”.

            Es decir, que “fue tan célebre la fama de esta guerra divulgada hasta los bárbaros, que las naciones trans-renanas enviaban a porfía embajadores a César prometiéndole la obediencia y rehenes en prendas de su lealtad” (cf. JULIO CESAR, Guerra de las Galias, II, 35).

[10] Tras lo cual, el Senado Romano decide que “ipse in Carnutes, Andes, Turonos quaeque civitates propinquae iis locis erant ubi bellum gesserat, legionibus in hiberna deductis est. Ob easque res ex litteris Caesaris dierum XV supplicatio decreta est, quod ante id tempus accidit nulli”.

            Es decir, que “fueron repartidas las legiones en cuarteles de invierno por las comarcas de Chartres, Anjou y Tours. Y por tan prósperos sucesos, leídas en Roma las cartas de César, se mandaron hacer fiestas solemnes por quince días demostración hasta entonces nunca hecha con ninguno” (cf. JULIO CESAR, Guerra de las Galias, II, 35).

[11] Como explica el propio CESAR, al decir ya de inicio que “Gallia est omnis divisa in partes tres, quarum unam incolunt belgae, aliam aquitani, tertiam qui ipsorum lingua celtae, nostra galli appellantur. Hi omnes lingua, institutis, legibus inter se differunt”.

            Es decir, que “la Galia está dividida en tres partes: una que habitan los belgas, otra los aquitanos, la tercera los que en su lengua se llaman celtas y en la nuestra galos. Todos estos se diferencian entre sí en lenguaje, costumbres y leyes” (cf. JULIO CESAR, Guerra de las Galias, I, 1).

[12] Que ayudan a entender mejor el devenir de los sucesos y el desarrollo de la contienda.

[13] En este sentido, menciona numerosas veces que lo que él hace es en favor de la República (“rei publicae causa, ad rem publicam defendendam”). Alaba también  la “bondad salvaje” de los galos y germanos, que no han sido corrompidos por la civilización, como si han hecho los romanos (por el vino, lujo, soberbia…).

[14] Asistencia divina que, en este caso, es siempre favorable a CESAR. Por ejemplo, una parte del ejército helvecio que derrota César coincide en ser la misma que años antes ya había derrotado y humillado a las tropas romanas.

[15] Siempre usando el mismo esquema:

-concilia de los enemigos, o debates entre los enemigos y César,
-concilia de César consigo mismo, que le lleva a pasar a la acción.

[16] Para animar a sus tropas, por ejemplo, ante la inminente lucha contra ARIOVISTO, donde CESAR les recuerda que sus antepasados ya derrotaron antes a los germanos.

[17] Como es que el enemigo recibe siempre su castigo y los soldados de CESAR reciben siempre una recompensa.

[18] Que conformaban sobre todo el cuerpo de caballería.

[19] Que, según la propia capacidad de cada plebeyo, podía proveerse de armamento pesado o ligero.

[20] Motivo por el que muchos de los minifundios acababan arruinándose.