ILIADA, II PARTE

 

Sobre la Batalla de Ilion, en su 2ª parte

bajo el caudillaje de Aquiles

 


Embestidas fratricidas entre aqueos y teucros, ejes de los ejércitos griego y troyano

Madrid, 1 octubre 2019
Manuel Arnaldos, historiador de Mercabá

            La Ilíada, o Batalla de Ilion, fue el más popular conflicto civil de la Antigüedad, sucedido el 1.190 a.C. en la vieja Hélade griega. Tuvo que ver con el conglomerado de de colonias griegas micénicas que, desde Micenas y sus alrededores, se habían ido implantando en todo el mar Egeo y mar Negro, en plena Edad Oscura de la Antigüedad.

           Veamos el relato de la batalla que nos ofrece el genial Homero, cuya intención fue la de crear una obra literaria sobre la base de un hecho real, que uniese patriotamente a todos los griegos de forma caballeresca y apasionada, de forma refinada y animalesca, y bajo la añoranza por un pasado que no perdiese nunca su fresca actualidad. Un Homero que para ello se sacó de la manga una lengua propia inventada para el caso: el griego de hexámetros dactílicos (de vocal larga-breve-larga), revolucionario respecto al ya arcaico griego espondeo (de final larga-larga).

           Leamos ahora la 2ª parte de la Ilíada, en la que se nos ofrecerán los acontecimientos de la batalla tenidos lugar bajo el liderazgo del rey Aquiles, tras la 1ª parte en la que leíamos los acontecimientos de la batalla que tuvieron lugar bajo el liderazgo del rey Agamenón. En ambos casos, grandes caudillos de los helenos, el 1º de Ftía y el 2º de Micenas, que se enfrentaron al gran guerrero y príncipe Héctor de Troya.

a) Contexto de la Ilíada

            Troya (Ilion) no era sino una más de las colonias micénicas fundadas desde Grecia. Pero su posición geográfica y estratégica, en pleno Helesponto (en el estrecho de Dardanelos, que conectaba el mar Egeo con el mar Negro), la había hecho diferente y fundamental, para la circulación de todo el comercio micénico helénico. Troya se había hecho monopólica, había empezado a entablar relaciones con los enemigos asiáticos, y empezaba a obstaculizar a sus hermanos griegos el libre movimiento de mercancías.

            Nos cuenta Homero que fue entonces cuando el rey de Micenas, hegemónico en toda la Grecia Antigua, decidió reclutar al resto de colonias micénicas y enviar una misión de castigo a Troya. No obstante, sus 80.000 hombres chocaron una y otra vez contra la inexpugnable muralla de Troya, y con los enemigos asiáticos que Troya había logrado reclutar.

            El asedio heleno a Troya duró 10 terribles años, llenó de hambruna y enfermedad a ambas partes, arruinó a todas las metrópolis implicadas y acabó con la petición de rendición por parte de Troya. Es lo que nos relata Homero, al decir que mientras vivió Héctor, la ciudad del rey Príamo no fue expugnada, pues su gran muralla se mantuvo firme frente a los aqueos. Pero, cuando hubieron muerto los más valientes troyanos, de los argivos unos perecieron y otros se salvaron, y la ciudad de Príamo fue destruida en el décimo año (Ilíada, cap. XIII, 1).

b) Contenido de la Ilíada

            La Ilíada fue un poema épico de 24 cantos y 15.690 versos, escrito en el s. IX a.C. sobre los precedentes y conocidos episodios de la guerra troyana, y en el que destacaban 3 partes:

-los inicios, o año 1º de la guerra, con el juicio sobre Troya, reunión de fuerzas griegas en Calcis y primeros combates,
-el desarrollo de la contienda, o años 2º al 8º de la guerra, con la sucesión de ataques y contraataques entre ambos bandos, sin avance por ninguna parte,
-el final, o año 9º de la guerra, con la muerte de Héctor y Aquiles, episodio del caballo y toma de la ciudad.

            Antes y después de Homero, estos y otros episodios de la guerra de Troya ya habían sido objeto de cánticos épicos en la Antigüedad, y a ellos mismos alude Homero. En este caso, la finalidad homérica no fue la de ir describiendo todos esos episodios de la batalla, sino la de describir el ambiente general a través de uno solo de ellos: el enfrentamiento Aquiles-Héctor.

            Ya antes de la guerra, el rey Aquiles de Ftía era uno de los muchos agraviados por el rey Agamenón de Micenas. De ahí que cuando Agamenón decidiera comandar todas las fuerzas helénicas hacia Troya, Aquiles prefiriese retirarse con sus soldados (los mirmidones) de las naves, hasta que los griegos no restituyesen su honor.

            Hasta que comienza la batalla, y durante la contienda sobreviene la muerte de Patroclo, gran amigo de Aquiles, por parte del príncipe troyano Héctor. Pues los troyanos habían empezado a poner en aprietos a las naves helenas, y el infantil Patroclo había intentado por su cuenta, y con apoyo de los suyos, asaltar por sorpresa Troya, para desgracia suya y final ardoroso bajo la espada de Héctor, príncipe de Troya.

            Tras la muerte de Patroclo, Aquiles decide intervenir en la batalla de Troya con el único fin de vengar la muerte de su amigo, retando a Héctor a un cara a cara, consiguiendo doblegar al príncipe troyano y entregando el cadáver al rey Príamo de Troya.

b.12) Canto XII

            Describe los combates en la muralla de Troya, inexpugnable para los griegos:

            Ardía el combate al pie del bien labrado muro de Ilio, y las vigas de las torres resonaban al chocar de los dardos. Los troyanos se mantenían unidos con gran alboroto en torno al bien construido muro, levantando los escudos. Por doquiera ardía el combate al pie del lapídeo muro, y también habían quienes peleaban delante de sus puertas (XII, 34 al 175).

            Los aqueos arrancaban las almenas de las torres troyanas, demolían sus parapetos y derribaban los zócalos salientes que los troyanos habían hecho estribar en el suelo para que sostuvieran las torres. Mas los troyanos no les dejaban libre el camino, y, protegiendo los parapetos con boyunas pieles, herían desde allí a los enemigos que al pie de la muralla se encontraban (XII, 264).

            Los troyanos y el esclarecido Héctor no dejaron que se rompieran las puertas de la muralla, y el gran cerrojo que era ésta para los aqueos (XII, 290).

            En él, los troyanos deciden seguir los consejos de Polidamante, y atravesar el foso previo a la muralla que habían construido los griegos, para evitar que salieran de Troya los troyanos. Pero sin dejar desprovista la muralla, para no perder la fuerza defensiva:

            Héctor exhortaba a sus compañeros a pasar el foso de los aqueos. Pero los corceles, de pies ligeros, no se atrevían a hacerlo, y parados en el borde relinchaban, porque el ancho foso les daba horror. No era fácil, en efecto, salvarlo ni atravesarlo, pues tenía escarpados precipicios a uno y otro lado, y en su parte alta grandes y puntiagudas estacas, que los aqueos clavaron espesas para defenderse de los enemigos (XII, 60).

            Entonces llegóse Polidamante a Héctor, y dijo: Héctor y demás troyanos. Dirigimos imprudentemente los veloces caballos al foso, y éste es muy difícil de pasar, porque está erizado con agudas estacas, y a lo largo de él se levantan numerosas trampas de los aqueos. Allí no podríamos apearnos del carro ni combatir, pues se trata de un sitio estrecho donde temo que pronto seríamos heridos. Ea, pues. Que los escuderos tengan los caballos en la orilla del foso, y nosotros sigamos a Héctor a pie, con armas y todos reunidos (XII, 61).

            Los troyanos apeáronse de sus carros, mandando a los aurigas que pusieran los caballos en línea junto al foso; y habiéndose ordenado en cinco grupos, emprendieron la marcha con los respectivos jefes (XII, 80).

b.13) Canto XIII

            Describe los combates junto a las naves griegas, en que Poseidón acude a la batalla para animar a los griegos a resistir, frente a las cargas de varios contingentes troyanos:

            Los troyanos, enardecidos y apiñados a Héctor Priámida con alboroto y vocerío, tenían esperanzas de tomar las naves de los aqueos, y matar entre ellas a todos sus caudillos (XIII, 39).

            Los aqueos tenían los miembros relajados por el penoso cansancio, y se les llenó el corazón de pesar cuando vieron que los troyanos salían en tropel de la gran muralla hacia sus naves. Contemplábanlo con los ojos arrasados de lágrimas y no creían escapar de aquel peligro (XIII, 81).

            Pero el poderoso Posidón estaba al acecho en la cumbre más alta de Samotracia, contemplando la lucha y la pelea y divisando desde allí la ciudad de Príamo y las naves aqueas. Pronto bajó Posidón del escarpado monte y, asemejándose a Calcante en el cuerpo y la voz, incitó a los argivos desde que salió del profundo mar, infundiendo el deseo de combatir a los ayantes (XIII, 10 al 43).

            Héctor amenazaba con atravesar fácilmente las tiendas y naves aqueas, matando siempre y no deteniéndose hasta el mar. Pero encontró las densas falanges, y tuvo que hacer alto tras un violento choque. Y se trabó una refriega, sostenida con igual tesón por ambas partes, junto a las popas de las naves. Pues los atenienses habían sido designados para las primeras filas, al mando de Menesteo (XIII, 136 al 330).

            Entre los griegos se destaca el rey Idomeneo de Creta, que logra detener a los troyanos Héleno y Deífobo:

            Idomeneo, caudillos de los cretenses, se encaminó entonces a la batalla, armado de luciente bronce. Aunque ya semicano, Idomeneo animó a los dánaos, arremetió contra los troyanos y mató a Otrioneo, a Ascálafo y a Enomao. Al ver esto, Asio fue a herir a Idomeneo, pero anticipósele éste y le hundió la pica en la garganta. Inmediatamente acudieron a su rescate Eneas, Paris y Agenor, pero nada pudieron hacer ante Idomeneo (XIII, 295 y 361).

            También Deídofo y Héleno fracasaron con estrépito ante Idomeneo, cuando salieron a hacerle frente, deseosos el uno de alcanzar al contrario con la aguda lanza, y el otro de herir a su enemigo con una flecha arrojada por el arco (XIII, 445).

            También Héctor es detenido en su destrucción de naves griegas, en este caso por parte de Ayax:

            Héctor aún no se había enterado, e ignoraba por entero que sus tropas fuesen destruidas por los argivos a la izquierda de las naves (XIII, 673).

            Los beocios, los jonios, los locrios, los ptiotas y los ilustres epeos detenían al divino Héctor, que porfiaba como una llama en su empeño de ir hacia las naves. Todos ellos se habían armado, y habían sido reunidos por Ayante Telamonio para ponerse a defender las naves aqueas. Lo cual lograron hacer los aqueos ya a duras penas, pues la fatiga y el sudor llegaban hasta sus rodillas, y no podían apenas sostener una lucha a pie firme (XIII, 685).

b.14) Canto XIV

            Ayax hiere a Héctor en su afán por destruir naves griegas, y los troyanos se retiran del asedio a las naves, para llevar a su comandante a la ciudad:

            El preclaro Héctor arremetió contra Ayante, y contra él arrojó su lanza, y no le erró. Pero Ayante, al ver que Héctor se retiraba al darlo por herido, cogió una de las muchas piedras que servían para calzar las naves, y con ella hirió a Héctor en el pecho (XIV, 402).

            Los amigos de Héctor lo levantaron en brazos, sacáronlo del combate y condujéronle adonde tenía los ágiles corceles con el labrado carro y auriga, y se lo llevaron hacia la ciudad, mientras daban profundos suspiros (XIV, 432).

            A pesar de la resistencia de Polidamante y Acamante, los griegos toman una breve iniciativa en la batalla:

            Los argivos, cuando vieron que Héctor se ausentaba, arremetieron con más ímpetu a los troyanos, y sólo pensaron en combatir (XIV, 440).

            Fue entonces a frenar a los argivos el troyano Polidamante, hábil en blandir la lanza, e hiriendo en el hombro derecho a Protoenor (XIV, 450).

            También Acamante envasó la lanza al beocio Prómaco, cuando éste cogía por los pies a un muerto a intentaba llevárselo (XIV, 486).

            Entonces Penéleo arremetió contra Acamante, e hirió a Ilioneo. Ayante hirió a Hirtio Girtíada; Antíloco hizo perecer a Falces y a Mérmero, despojándolos luego de las armas; Meriones mató a Moris e Hipotión; Teucro quitó la vida a Protoón y Perifetes; y el Atrida hirió en el ijar a Hiperenor, atravesándole con el bronce los intestinos. Así mismo, el veloz Ayante, hijo de Oileo, mató a muchos (XIV, 511).

b.15) Canto XV

            Héctor se recupera de las heridas sufridas y, con numerosos troyanos, decide volver a la carga, con una nueva ofensiva troyana sobre las naves griegas:

            En un sueño, Héctor apercibió cómo Apolo le decía: Cobra ánimo, pues el Cronión me manda desde el Ida como defensor, para asistirte y ayudarte, para proteger tu persona y tu excelsa ciudad. Dijo esto, e infundió un gran vigor a Héctor (XV, 253).

            Héctor retornó a las hileras de los suyos, y les incitó a grandes voces: Troyanos, licios y dárdanos, que cuerpo a cuerpo peleáis. No dejéis de combatir en esta angostura. Sed hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor junto a las cóncavas naves (XV, 425).

            Los troyanos acometieron apiñados las naves aqueas, y arremetieron con gran furia a los argivos, sólo pensando en combatir. Como las olas del vasto mar salvan el costado de una nave y caen sobre ella, cuando el viento arrecia y las levanta a gran altura, así los troyanos peleaban junto a las popas con lanzas de doble filo; mientras los aqueos, subidos en las negras naves, se defendían con pértigas largas y punta de bronce, que para los combates navales llevaban (XV, 306 al 379).

            Los troyanos, semejantes a carniceros leones, asaltaban las naves y cumplían los designios de Zeus, el cual les infundía continuamente gran valor y les excitaba a combatir (XV, 592).

            Los griegos empiezan a verse rodeados y sin recursos, e incluso el mismo Ayax se ve obligado a lanzar la orden griega de retirada:

            Los aqueos sostenían firmemente la acometida de los troyanos, pero no podían rechazarlos ya de las naves(XV, 405).

            Ayante ya no resistió, porque estaba abrumado por los tiros. Y aseveró a sus compañeros: Qué vergüenza, argivos. Ya llegó el momento de morir o de salvarse, alejándonos con las naves de los troyanos. ¿Esperáis acaso volver a pie a la patria tierra? Pues Héctor está tomando los bajeles. ¿No oís cómo anima a los suyos y desean quemar las naves? Ea, volvamos a nuestra tierra en nuestras naves, que vinieron aquí contra la voluntad de los dioses, y nos han ocasionado tantas calamidades (XV, 500 y 718).

b.16) Canto XVI

            Describe el incendio troyano a las naves griegas, que destruye toda posibilidad griega de combate, y deja a los ejércitos helenos al borde de la rendición:

            Entonces los troyanos, movidos por las excitaciones de Héctor, llevaron fuego ardiente a las naves aqueas, y lo fueron extendiendo por los bajeles (XV, 742).

            Los troyanos arrojaron voraz fuego a las veleras naves, y pronto se extendió por las mismas una llama inextinguible, rodeando el fuego las popas de las naves (XVI, 125).

            Momento en que tiene lugar la intervención de Patroclo, que pide permiso a Aquiles para tomar sus armas e ir a repeler el asedio a las naves griegas:

            Patroclo, viendo que se producía el clamoreo y fuga entre los dánaos, gimió; y bajando los brazos, golpeóse los muslos, suspiró y dijo a su compañero de tienda: Eurípilo, ya no puedo seguir aquí, aunque me necesites, porque se ha trabado una gran batalla. Te cuidará el escudero, y yo volveré presuroso a la tienda de Aquiles para incitarle a pelear. ¿Quién sabe si con la ayuda de algún dios conmoveré su ánimo? (XV, 390 al 399).

            Mientras los aqueos se hundían en sus naves, Patroclo se presentó a Aquiles, derramando ardientes lágrimas: Oh, Aquiles, hijo de Peleo. Los que antes eran fuertes, ahora están heridos y yacen en las naves. Si te animas a combatir, rechazaríamos fácilmente de las naves y de las tiendas a los troyanos hacia su ciudad. Pero si rehúsas hacerlo, dime cómo he de hacerlo yo (XVI, 1 y 101).

            Aquiles le contestó: Patroclo, del linaje de Zeus y hábil jinete. Ya veo en las naves las llamas del fuego destructor, y que se están apoderando de ellas, y de los medios que tenemos para huir. Apresúrate a vestir mis armas, y yo entre tanto reuniré la gente (XVI, 126).

            Así dijo, y Patroclo vistió la armadura de Aquiles y cogió todas sus armas. Tan solo dejó su pesada y grande lanza, que el eximio Eácida había sido capaz de fabricar (XVI, 130).

            Patroclo y los suyos acometieron vociferando y a chillidos en el combate, por en medio de las naves (XVI, 426).

            Hasta que, en un intento suicida por contraatacar la muralla de Troya, tiene lugar la muerte de Patroclo, al ser alcanzado por Euforbo y rematado por Héctor:

            Tras lo cual, tres veces encaminóse Patroclo a los ángulos de la elevada muralla, siendo tres veces rechazado (XVI, 698).

            Hasta que una aguda piedra de Patroclo dio en la frente del dárdano Euforbo, auriga de Héctor, frente a las puertas Esceas. Tras lo cual, Euforbo corrió hacia el héroe con la impetuosidad de un león que devasta los establos. Y entrambos se entabló una lucha, como dos hambrientos leones. Al punto los ojos del héroe padecieron vértigos, y Euforbo lanzó a Patroclo un golpe de lanza que lo dio por vencido (XVI, 721 al 783).

            Cuando Héctor advirtió que Patroclo se alejaba y había sido herido, fue en su seguimiento por entre las filas, y le envainó la lanza en la parte inferior del vientre, que le atravesó de parte a parte. El héroe cayó con estrépito y fue cubierto por el manto de la muerte, causando gran aflicción en el ejército aqueo (XVI, 818).

b.17) Canto XVII

            Describe la gesta de Menelao, que acude a socorrer el cuerpo sin vida de Patroclo, dando muerte a Euforbo:

            No dejó de advertir el Atrida Menelao que Patroclo había sucumbido en la lid a manos de los troyanos, y armado de luciente bronce, se abrió camino por los combatientes delanteros y empezó a moverse en torno del cadáver para defenderlo. Y colocándose delante del muerto, enhiesta la lanza y embrazado el liso escudo, se aprestaba a matar a quien se le opusiera (XVII, 1).

            Tampoco Euforbo se descuidó al ver en el suelo al eximio Patroclo, sino que salió al encuentro de Menelao, lanzando sobre él su lanza. Pero la lanza de Euforbo dio un bote en el escudo liso de Menelao, y no pudo romper el bronce, porque la punta se torció al chocar con el fuerte escudo (XVII, 11).

            El Atrida acometió con la pica a Euforbo, se la clavó en la parte inferior de la garganta, y la punta atravesó el delicado cuello. Euforbo cayó con estrépito (XVII, 43).

            Los troyanos hacen retroceder a Menelao, y Héctor se hace con las armas de Aquiles que llevaba Patroclo:

            Héctor ojeó las hileras y vio en seguida a Menelao que despojaba de la espléndida armadura a Euforbo. Acto continuo, abrióse paso por los combatientes delanteros, en busca de las magníficas armas de Patroclo (XVII, 82 y 91).

            Menelao dejó el cadáver y retrocedió ante la venida de Héctor, apartándose de Patroclo y yendo a buscar a Ayante (XVII, 106).

            Héctor despojó a Patroclo de sus magníficas armas, y se lo llevó arrastrando para separarle con el agudo bronce la cabeza de los hombros, y entregar el cadáver a los perros de Troya. Entregó las magníficas armas de Aquiles a los troyanos para que las llevaran a la ciudad, donde causaron inmensa gloria (XVII, 123).

            Numerosos refuerzos griegos consiguen, entre medias, llevar el cuerpo de Patroclo a las naves:

            Al llegar Menelao a Ayante, le dijo: Ven, amigo, y apresurémonos a combatir por Patroclo muerto, y quizás podamos llevar a Aquiles el cadáver desnudo, pues sus armas las tiene Héctor. Y Ayante salió corriendo hacia Héctor, que llevaba arrastrado el cuerpo de Patroclo (XVII, 120).

            Siguieron a Ayante Idomeneo y su escudero Meriones, igual que el homicida Enialio. ¿Y quién podría retener en la memoria y decir los nombres de cuantos aqueos fueron llegando para reanimar la pelea? (XVII, 256).

            Los troyanos acometieron apiñados, con Héctor a su frente, mientras Hipótoo ataba una correa al tobillo de Patroclo, y arrastraba el cadáver por el pie, a través del reñido combate, hacia Ilio (XVII, 262 y 288).

            Pero el hijo de Telamón, acometiéndole por entre la turba, le hirió de cerca por el casco. Hipótoo perdió las fuerzas, dejó escapar de sus manos el pie del magnánimo Patroclo, y cayó de pechos al suelo (XVII, 290).

            Encaminóse Menelao hacia el cadáver de Patroclo, y logró arrastrarlo hasta las naves aqueas (XVII, 567).

b.18) Canto XVIII

            Antíloco y Néstor dan a Aquiles la noticia de la muerte de su amigo Patroclo, y éste decide volver a la lucha para vengarse de la muerte de su amigo:

            Mientras los troyanos y los aqueos combatían ardorosamente, el mensajero Antíloco fue en busca de Aquiles. Hallóle junto alas naves, de altas popas, y le dijo: Ay de mí, que temo que los dioses hayan causado la desgracia cruel para tu corazón, pues sin duda ha muerto el esforzado hijo de Menecio, tu apreciado Patroclo (XVIII, 1 y 6).

            Mientras Aquiles revolvía en su mente y en su corazón, llegó el hijo del ilustre Néstor y, derramando ardientes lágrimas, dióle la triste noticia: Ay de mí, hijo del aguerrido Peleo. Sabrás una infausta nueva, una cosa que no hubiera de haber ocurrido. Patroclo yace en el suelo, y troyanos y aqueos combaten en torno del cadáver desnudo, pues Héctor tiene la armadura (XVIII, 18).

            Una negra nube de pesar envolvió a Aquiles. El héroe cogió ceniza con ambas manos, derramóla sobre su cabeza, afeó el gracioso rostro y la negra ceniza manchó la divina túnica; después se tendió en el polvo, ocupando un gran espacio, y con las manos se arrancaba los cabellos. Dio Aquiles tan horrendo gemido que oyóle su veneranda madre Tetis, que se hallaba junto al padre anciano y prorrumpió en sollozos (XVIII, 22).

            Contestó muy afligido Aquiles a Néstor: Muera yo en el acto, ya que no pude socorrer al amigo cuando lo mataron. Ahora, puesto que no he de volver a mi patria tierra, dejemos lo pasado, pues es preciso refrenar el furor. Yo iré a buscar al matador del amigo querido, a Héctor. Yo moriré cuando lo dispongan los dioses, y yaceré en la tumba cuando muera, mas ahora ganaré gloriosa fama para los aqueos (XVIII, 97).

            Cae la noche y los troyanos se reúnen en asamblea troyana, para analizar la vuelta de Aquiles al combate. Polidamante es partidario de concentrar todas las fuerzas en las murallas de Troya y dentro de la ciudad, pero prevalece la opinión de Héctor de seguir peleando en la playa, a campo abierto:

            Los troyanos, por su parte, se reunieron en el ágora antes de preparar la cena. Celebraron el ágora de pie y nadie osó sentarse, pues a todos les hacía temblar el que Aquiles se presentara después de haber permanecido tanto tiempo apartado del combate (XVIII, 243).

            Fue el primero en arengarles el prudente Polidamante Pantoida, el único que conocía lo futuro y lo pasado. Y arengándoles benévolo, les dijo: Pensadlo bien, amigos, pues yo os exhorto a volver a la ciudad en vez de aguardar a Aquiles en la llanura, junto a las naves, y tan lejos del muro como al presente nos hallamos (XVIII, 245 al 254).

            Mirándole con torva faz, exclamó Héctor: Polidamante, no me place lo que propones de volver a la ciudad y encerrarnos en ella. Ea, acordaos de la guardia y vigilad todos, sin romper filas. Y mañana, al apuntar la aurora, suscitaremos un reñido combate junto alas cóncavas naves (XVIII, 285 al 285).

            Así se expresó Héctor, y todos los troyanos aplaudieron a Héctor por sus funestos propósitos, y ni uno siquiera a Polidamante, que les daba un buen consejo (XVIII, 310).

            Mientras tanto, la nereida Tetis consigue que Hefesto fabrique las nuevas armas de Aquiles, para su entrada en combate:

            Tetis, la de argénteos pies y madre de Aquiles, llegó al palacio imperecedero de Hefesto, y hallólo bañado en sudor y moviéndose en torno de los fuelles, pues fabricaba veinte trípodes (XVIII, 368).

            Y díjole Tetis, derramando lágrimas: Hefesto, Zeus me concedió que pariera y alimentara un hijo insigne entre los héroes, que yo mandé a Ilio en las corvas naves para que combatiera con los troyanos. Y él ya no regresará de allí, ni yo le recibiré otra vez, ni él volverá a mi casa, a la mansión de Peleo. Yo vengo a abrazar tus rodillas por si quieres dar a mi hijo, cuya vida ha de ser breve, escudo, casco, hermosas grebas y coraza, pues las armas que tenía las perdió su fiel amigo al morir a manos de los troyanos (XVIII, 428).

            Contestóle el ilustre cojo de ambos pies: Cobra ánimo y no te apures por las armas, pues yo le fabricaré una hermosa armadura, que admirarán cuantos la vean (XVIII, 462).

            Hefesto puso al fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata; colocó en el tajo el gran yunque, y cogió con una mano el pesado martillo y con la otra las tenazas (XVIII, 463).

            Hefesto hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una abrazadera de plata. Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol y la luna llena, y las estrellas que el cielo coronan. Allí representó también dos ciudades de hombres: una que celebraba una boda, y otra cercada por dos ejércitos. Representó también una blanda tierra noval, un campo fértil y vasto. Y una danza como la que Dédalo concertó en la vasta Cnoso en obsequio de Ariadna. Y en la orla del sólido escudo representó la poderosa corriente del río Océano (XVIII, 478 al 606).

            Después que construyó el grande y fuerte escudo, hizo para Aquiles una coraza más reluciente que el resplandor del fuego; un sólido casco, hermoso, labrado, de áurea cimera, y que a sus sienes se adaptara, y unas grebas de dúctil estaño (XVIII, 609).

            Cuando el ilustre cojo de ambos pies hubo fabricado todas las armas, entrególas a la madre de Aquiles. Y Tetis saltó, como un gavilán desde el nevado Olimpo, haciendo llevar a Aquiles la reluciente armadura que Hefesto había construido (XVIII, 614).

b.19) Canto XIX

            Describe la entrega de las armas que Tetis hace a su hijo Aquiles, aparte del ánimo y consejos que le da:

            Cuando Tetis llegó a las naves con la armadura que Hefesto le había entregado, halló al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, llorando ruidosamente. La divina entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles y hablóle de este modo: Hijo mío, aunque estamos afligidos, recibe tu nueva armadura. Renuncia a la cólera contra Agamenón, ármate para el combate y revístete de valor (XIX, 1 al 8).

            La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el suelo y delante de Aquiles las labradas armas, y éstas resonaron. A todos los mirmidones les sobrevino temblor, y huyeron espantados. Mas Aquiles, así que las vio, sintió que se le recrudecía la cólera. Y le contestó: Madre mía, la divinidad te ha dado unas armas propias de los inmortales. Ahora me armaré (XIX, 12 al 21).

            Así mismo, tiene lugar la reconciliación entre Aquiles y Agamenón, jefe de las tropas griegas. Éste le devuelve a Briseida junto con varios regalos, además de jurarle que nunca se acostó con ella:

            Aquiles se encaminó a la orilla del mar y, dando horribles voces, convocó a los héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el recinto de las naves, y hasta los pilotos que las gobernaban, y los dispensadores de los víveres, fueron entonces al ágora, porque Aquiles se presentaba, después de haber permanecido alejado del triste combate (XIX, 40).

            Agamenón, rey de hombres, llegó el último y también estaba herido, pues Coón Antenórida habíale clavado su broncínea pica durante la encarnizada lucha (XIX, 55).

            Nada más verlo, díjole Aquiles: Atrida, mejor hubiera sido para entrambos continuar unidos que sostener esta roedora disputa por una joven. Mas dejemos lo pasado, para que los aqueos no recuerden por largo tiempo nuestra disputa (XIX, 56).

            Contestóle el rey: Oh, Pelida, muchas veces los aqueos me han dirigido las mismas palabras, increpándome por lo ocurrido.  Hija veneranda de Zeus es la perniciosa Ofuscación. Voy a darte ahora mismo cuanto hace tiempo te ofrecí, cuando fue a tu tienda el divino Ulises, para ver si apaciguábamos tu ánimo (XIX, 78).

            Respondióle Aquiles: Atrida Agamenón, ya podrás regalarme esas cosas más tarde y como es justo, pero ahora pensemos en la batalla (XIX, 146).

            Entonces intervino el ingenioso Ulises: Oh, Aquiles, que sepas y todos los aqueos sepan que el Atrida Agamenón nunca subió al lecho de Briseida, ni con ella se juntó. Ahora mismo llevo a tu nave todos los presentes, sin dejar las mujeres, y celebraremos un banquete (XIX, 154).

            Replicó Aquiles: Atrida Agamenón, todo esto debiérais hacer cuando se suspenda el combate, pues yacen insepultos todos los que Héctor Priámida mató. No comamos ahora, sino luchemos, y después de vengar la afrenta celebraremos el banquete (XIX, 198).

b.20) Canto XX

            Aquiles inicia un furioso ataque contra el primer troyano que encuentra, Eneas, el cual es salvado in extremis por Poseidón:

            Aquiles deseaba romper por el gentío en derechura a Héctor, pues el ánimo le impulsaba a saciarse con su sangre. Mas Apolo movió a Eneas a oponerse al Pelión, poniéndose en su camino, y el Pelida se topó con Eneas como un voraz león (XX, 75 y 156).

            Eneas arrojó a Aquiles su fornida lanza, clavándola en su escudo. Tras lo cual Aquiles despidió su ingente lanza, dando a Eneas de lleno. Y al punto hubiera privado a Eneas de la vida, si no es porque lo hubiese advertido Posidón, que arrancó al punto la lanza de Eneas y sacó al troyano de la arena (XX, 259 al 273).

            Aquiles logra dar con Polidoro, hijo pequeño del rey Príamo de Troya, al que mata y ante el cual reclama la presencia a duelo de Héctor:

            Seguidamente, Aquiles acometió con la lanza a Polidoro Priámida, hundiéndole la lanza en medio de la espalda y sacando su punta por el otro lado, cerca del ombligo. El joven cayó de rodillas, dando lastimeros gritos y sujetando con sus manos los intestinos, que le salían por la herida (XX, 393).

            Tan pronto como Héctor vio a su hermano Polidoro cogiéndose las entrañas y encorvado hacia el suelo, se le puso una nube ante los ojos y ya no pudo combatir a distancia; sino que, blandiendo la aguda lanza e impetuoso como una llama, se dirigió al encuentro de Aquiles (XX, 419).

            Al verlo venir, y mirando con torva faz al divino Héctor, Aquiles le gritó: Acércate, para que lleve cuanto antes tu perdición a término (XX, 428).

            Pero Apolo arrebató al troyano de allí, cubriendo todo con densa niebla (XX, 438).

b.21) Canto XXI

            En otra embestida, Aquiles y los suyos logran acorralar a los troyanos en torno al río Janto, haciéndolos huir o perecer en sus aguas:

            Así que los troyanos llegaron al vado del vertiginoso Janto, Aquiles los dividió en dos grupos. A los del primero echólos el héroe por la llanura hacia Ilio, haciéndolos huir en espantada. Los otros trataron de rodear el caudaloso río, pero cayeron en sus corrientes con gran estrépito, nadando acá y allá, gritando y siendo arrastrados en torno de los remolinos (XXI, 1).

            Dentro del río, Aquiles captura a 12 troyanos vivos y logra dar con Licaón, otro de los hijos de Príamo, al que mata a sangre fría:

            Entonces, Aquiles dejó su lanza arrimada a la orilla, saltó al río y, con sólo la espada, comenzó a herir a diestro y siniestro. Cuando tuvo las manos cansadas de matar, cogió vivos a 12 mancebos dentro del río y se los encargó a sus compañeros de la orilla, para que los llevasen a las naves y los inmolasen en expiación de la muerte de Patroclo (XXI, 17).

            Allí se encontró Aquiles con Licaón, hijo de Príamo Dardánida, el cual, huyendo, iba a salir del río (XXI, 34).

            Así que logró asirlo, desfallecieron las rodillas y el corazón del troyano, que soltó la lanza y se tendió ambos brazos. Aquiles puso mano a la tajante espada a hirió a Licaón en la clavícula, junto al cuello. Metióle dentro toda la hoja de dos filos, y el troyano dio de ojos por el suelo, y su sangre fluía y mojaba el agua. El héroe cogió el cadáver por el pie y lo arrojó al río, para que la corriente se lo llevara (XXI, 114).

            Tras ello, Aquiles mata a una docena de troyanos más, y da alcance al joven Asteropeo, al que aplasta en el suelo y da en pasto a las anguilas del río:

            Aquiles se fue para los peonios que huían por las márgenes del voraginoso río y, tras alcanzarlos, dio muerte a Tersíloco, Midón, Astípilo, Mneso, Trasio, Enio y Ofelestes (XXI, 135).

            Inmediatamente Aquiles se dirigió hacia Asteropeo, hijo de Pelegón. Asteropeo, que era ambidiestro, lanzó las dos lanzas que llevaba en ambas manos contra el Pelida, dando una en su impenetrable escudo y rasgando la otra el codo del héroe, del cual brotó sangre negra (XXI, 136 y 161).

            Aquiles logró llegar a Asteropeo y metióle la espada en su ombligo, derramando en el suelo sus intestinos. Allí abandonó Aquiles al troyano, bajando su cadáver al agua y dando sus grasas y riñones a las anguilas y peces del río (XXI, 200).

            Es entonces cuando el río Janto se enfurece y rodea a Aquiles con sus aguas, estando a punto de ahogarlo. Hasta que Poseidón y Hera tienen que acudir en su socorro, enviándoles a Hefesto para que con sus llamas secase el río:

            Estando Aquiles en el centro del río, éste le atacó enfurecido: hinchó sus aguas, revolvió la corriente y, arrastrando los muertos por Aquiles que había en el cauce, arrojólos a la orilla. Las revueltas olas rodeaban a Aquiles, la corriente caía sobre su escudo y le empujaba, y el héroe ya no se podía tener en pie. Asióse con ambas manos a un olmo corpulento y frondoso, pero éste rompió el borde escarpado y, arrancado de raíz, oprimió la hermosa corriente con sus muchas ramas, cayendo entero al río (XXI, 233).

            Enseguida Posidón se acercó donde estaba Aquiles, y le asió de las manos (XXI, 284).

            Pero el Escamandro no cedía en su furor, irritándose aún más contra el Pelión y levantando a lo alto sus olas (XXI, 298).

            Hera, temiendo que el gran río derribara a Aquiles, envió en seguida a Hefesto, su hijo amado, para que socorriese pronto a Aquiles (XXI, 331).

            Hefesto, arrojando una abrasadora llama sobre el río Janto, incendió primeramente la llanura y los cadáveres de los guerreros, y luego secó el campo y el agua cristalina, que dejó al punto de correr, y empezó a hervir por todas partes (XXI, 342).

b.22) Canto XXII

            Tras la batalla del río Janto, la retirada del ejército troyano se va concentrando en torno a la muralla de Troya, hasta que el rey Príamo les abre la puerta y se refugian en la ciudad:

            Los troyanos que habían sobrevivido al río Escamandro, huyendo en tropel, llegaron corriendo a la ciudad. Ni siquiera se atrevieron a esperarse los unos a los otros, fuera de la ciudad y del muro, para saber quiénes habían escapado y quiénes habían muerto en la batalla (XXI, 600).

            Los troyanos, refugiados en la ciudad como cervatos, se recostaban en los hermosos baluartes, refrigeraban el sudor y bebían para apagar la sed; y en tanto los aqueos se iban acercando a la muralla, con los escudos levantados encima de los hombros (XXII, 1).

            No obstante, Héctor decide queda fuera, extramuros, y con con ánimo de pelear cara a cara contra Aquiles:

            Sólo Héctor se detuvo fuera de Ilio, en las puertas Esceas, esperando inmóvil la llegada de Aquiles y con vehemente deseo de combatir con Aquiles. Y eso que el anciano Príamo, tendiéndole los brazos, le decía en tono lastimero: Héctor, hijo querido, no aguardes a ese hombre, solo y lejos de los amigos (XXII, 7 y 37).

            En el duelo entre Héctor y Aquiles, Héctor busca el lugar más idóneo para la pelea, mientras Aquiles busca el lugar más desprotegido del cuerpo de Héctor. Hasta que Aquiles logra matar a Héctor, ata su cadáver a su carro de combate y empieza a dar vueltas al cadáver de Héctor alrededor de la ciudad:

            Al llegar Aquiles, Héctor dejó las puertas Esceas y salió corriendo hacia las murallas más protegidas de Troya. Cuantas veces el troyano intentaba encaminarse a las puertas Dardanias, Aquiles, adelantándosele, lo apartaba hacia la llanura (XXII, 131 al 188).

            Cuando por fin ambos guerreros se hallaron frente a frente, Aquiles arrojó su fornida lanza sobre Héctor, que se inclinó y provocó que ésta se clavara en el suelo. Héctor despidió su lanza sobre el Pelida y no erró el tiro, pero dio un bote en medio del escudo del Pelida (XXII, 246).

            Entonces sacaron ambos sus sendas espadas, y se lanzaron al vuelo como dos águilas que van a por la liebre. Hasta que Aquiles observó la parte del cuerpo de su oponente ofrecía menos resistencia, por el escudo que llevaba, y clavó su pica en las clavículas que separaban el cuello de sus hombros. La punta atravesó el delicado cuello de Héctor, y éste cayó moribundo al polvo (XXII, 306).

            Aquiles ató los tobillos de Héctor a las correas del buey, ató éstas al carro, y picó a los caballos para que arrancaran. El cadáver de Héctor fue arrastrado por los caballos, armando gran polvareda, y yendo a desembocar en los campamentos aqueos (XXII, 395).

b.23) Canto XXIII

            Describe los juegos funerarios en honor de Patroclo, con las 7 pruebas de carrera, carrera de carros, pugilato, lucha, lanzamiento de peso, tiro con arco y lanzamiento de jabalina:

            Mientras gemían los troyanos en la ciudad, los aqueos, una vez llegados a las naves y al Helesponto, se fueron a sus respectivos bajeles (XXIII, 1).

            Pero a los mirmidones no les permitió Aquiles que se dispersaran, y puesto en medio de los belicosos compañeros, les dijo: Mirmidones, mis compañeros amados. No desatemos del yugo los solípedos corceles; acerquémonos con ellos y los carros a Patroclo, y llorémoslo. Recojamos después los huesos de Patroclo Menecíada, y pongámoslos en una urna de oro, y organicemos para él los sagrados juegos (XXIII, 6 y 236).

            Así habló el Pelida, y los veloces aurigas se reunieron para celebrar los juegos, así como los expertos en pugilato, famosos por la lanza, adiestrados para la lucha, dotados para la velocidad, lanzadores de lanza, forzudos en tirar bolas de hierro y arqueros de azulados hierros (XXIII, 287 y ss).

            Sonrióse el divino Aquiles, holgándose de sus amigos (XXIII, 555).

b.24) Canto XXIV

            Describe el rescate de Héctor. En él, el rey Príamo y un viejo heraldo se dirigen desapercibidos hacia el campamento aqueo, y gracias a Hermes logran dar con la tienda de Aquiles:

            En el palacio de Príamo, todo eran llantos y alaridos. Los hijos, sentados en el patio alrededor del padre, bañaban sus vestidos con lágrimas, y el anciano aparecía en medio, envuelto en un manto muy ceñido, y tenía en la cabeza abundante estiércol que al revolcarse por el suelo había recogido. Las hijas y nueras se lamentaban en el palacio, recordando los muchos varones esforzados que yacían en la llanura (XXIV, 159).

            Entonces fue enviado Hermes por Zeus a Troya, deteniéndose cerca de Príamo y hablándole quedo: Cobra ánimo, Príamo Dardánida, y no te espantes, que no vengo a presagiarte males, sino a participarte cosas buenas: soy mensajero de Zeus, que aunque esté lejos, se interesa por ti y te compadece. El Olímpico te manda rescatar al divino Héctor, llevando a Aquiles dones que aplaquen su enojo. Ve solo, sin que ningún troyano se te junte, acompañado de un heraldo más viejo que tú, para que guíe los mulos y el carro. Yo te guiaré hasta él (XXIV, 171).

            El anciano subió presuroso al carro y lo guió a la calle. Cuando llegaron al campamento de los mirmidones, Príamo saltó del carro a tierra, dejó a Ideo con el fin de que cuidase de los caballos y mulas, y fue derecho a la tienda en que moraba Aquiles (XXIV, 322 y 468).

            En la tienda de Aquiles, Príamo ruega a Aquiles que le entregue el cadáver de Héctor, y consigue que Aquiles acepte tras ofrecerle regalos:

            Cuando Príamo entró en la tienda de Aquiles, hallóle dentro y sus amigos le servían, pues acababa de cenar. El gran Príamo entró sin ser visto, acercóse a Aquiles, abrazóle las rodillas y besó aquellas manos terribles (XXIV, 486).

            Príamo suplicó a Aquiles: Acuérdate de tu padre, Aquiles, semejante a los dioses, que tiene la misma edad que yo. Mas yo, desdichadísimo, después que engendré hijos excelentes en la espaciosa Troya, puedo decir que de ellos ninguno me queda. A por Héctor vengo ahora a las naves aqueas, a fin de redimirlo de ti, y traigo un inmenso rescate (XXIV, 505).

            A Aquiles le vino deseo de llorar por su padre, y asiendo de la mano a Príamo, contestole: Ah, infeliz, muchos son los infortunios que tu ánimo ha soportado. ¿Cómo osaste venir solo a las naves de los aqueos? De hierro tienes el corazón. No me irrites más, oh anciano. Tengo acordado entregarte a Héctor, pues para ello Zeus me envió como mensajera a la madre que me dio a luz (XXIV, 518).

            En seguida desengancharon caballos y mulas, y quitaron del lustroso carro los inmensos regalos troyanos por el rescate de Héctor (XXIV, 571).

            Entre Aquiles y Príamo deciden darse una tregua de 11 días, para celebrar los funerales de Héctor:

            Antes de partir Príamo de la tienda de Aquiles, con el cuerpo de Héctor, díjole Aquiles: Ahora, Príamo, habla y dime con sinceridad durante cuántos días quieres hacer honras al divino Héctor, para, mientras tanto, permanecer yo mismo quieto y contener el ejército (XXIV, 650).

            Respondióle en seguida el anciano Príamo: Si quieres que yo pueda celebrar los funerales del divino Héctor, durante nueve días lo lloraremos en el palacio, el décimo lo sepultaremos y el pueblo celebrará el banquete fúnebre, el undécimo le erigiremos un túmulo y el duodécimo volveremos a pelear, si necesario fuere (XXIV, 659).

            Así, diciendo, Aquiles estrechó por el puño la diestra del anciano para que no sintiera en su alma temor alguno. El heraldo y Príamo, prudentes ambos, se acostaron, allí en el vestíbulo de la tienda (XXIV, 671).

            Cuando entró Príamo con el cadáver de su hijo por las puertas de Troya, prorrumpió todo el pueblo en sollozos y fue clamando por toda la ciudad. Y el anciano rey les dijo: Venid a ver a Héctor, troyanos y troyanas, si otras veces os alegrasteis de que volviese vivo del combate, pues él era el regocijo de la ciudad y de todo el pueblo (XXIV, 694).

            Dentro del magnífico palacio, pusieron el cadáver en torneado lecho, y ningún hombre ni mujer de la ciudad quedaron sin ir a visitarlo (XXIV, 718).

            Por espacio de nueve días acarrearon abundante leña. Cuando por décima vez apuntó la aurora, sacaron llorando el cadáver del audaz Héctor, lo pusieron en lo alto de la pira y le prendieron fuego. Así hicieron las honras de Héctor (XXIV, 782 y 804).

c) Comentario II de la Ilíada

            La guerra de Troya fue un conflicto bélico entre los propios pueblos helénicos en torno a la ciudad de Troya. Posiblemente, una expedición de castigo por parte de las principales metrópolis helénicas contra su colonia de Troya:

-según Homero, por el rapto que habían hecho de Helena de Esparta para su príncipe Paris,
-según Herodoto, por las alianzas de amistad que habían hecho con los persas y reinos asiáticos.

            Los antiguos y clásicos griegos nunca tuvieron ninguna duda respecto al relato de los hechos, que ellos mismos se transmitían de forma oral y escrita, y a pesar de los pasajes poéticos y mitológicos que ellos mismos fueron introduciendo. Así como la arqueología también corrobora esta versión, desde que el alemán Schliemann excavase en 1870 la colina de Hisarlik en busca de Troya, y hallase bajo la Nueva Ilión las ruinas de las diversas ciudades habían sido habitadas durante épocas distintas. 

c.1) Sobre Troya

            Troya fue fundada por los griegos de la isla de Samotracia, que en plena Edad Oscura se habían adentrado en las costas de Asia Menor a través del Estrecho de Dardanelos, único punto de unión entre el mar Mediterráneo y mar Negro. Los samotracios denominaron teucros a sus nuevos habitantes, surgidos de la mezcla que hicieron los propios colonos samotracios con las indígenas anatolias, posiblemente emparentadas con los vecinos reinos asiáticos. Así como llamaron Ilion a la ciudad, pusieron a Atenea como su protectora y fortificaron sus muros, para que la ciudad no cayese en manos orientales.

            En base a las excavaciones arqueológicas, se puede decir que la ciudad había pasado por las fases históricas:

-prehistórica, del 2.900 al 1.900 a.C. y bajo nombres de Troya I, II, III y IV, con posibles poblamientos intermitentes, de escasa continuidad cultural,
-fundacional, del 1.900 al 1.300 a.C. y bajo nombre de Troya V, con claro establecimiento de población y estructuras, así como riquezas que fue acumulando,
-esplendorosa, del 1.300 al 1.000 a.C. y bajo nombre de Troya VI y VII, durante la cual debió suceder una hecatombe a la misma, seguida de una total destrucción,
-decadente, del 700 al 100 a.C. y bajo nombre de Troya VIII y IX, en que fue asimilándose a los periodos helenísticos y romanos gracias a su puerto de Troade,
-final, hacia el año 500 d.C. y bajo nombre de Troya X, en que desaparece del mapa tras la caída del Imperio romano.

            En base a las crónicas escritas sobre la ciudad, fuera del mundo griego, se puede decir que:

-hacia 1.300 a.C, Troya recibió una campaña militar por parte de los hititas y su general Piyamaradu, bajo el reinado del hitita Muwatalli II y según la Crónica de Manapa Tarhunta, rey del Río Seha y vasallo del Reino Hitita,
-hacia el 1.250 a.C, Troya fue causa de confrontación entre los hititas y los ahhiyawa, resuelta de forma amistosa en tiempos del rey hitita Hattusili III,
-hacia el 1.240 a.C, Troya intenta ser ocupada en su trono por el hitita Walmu, bajo el apoyo del rey hitita Tudhaliya IV y según la Crónica de Millawanda,
-hacia el 1.215 a.C, Troya deja de tener referencias escritas dentro del Reino Hitita,
-hacia el 1.188 a.C, Troya fue sometida y sucumbió bajo el reinado del egipcio Twosret I, según la Lista de Manetón, sacerdote egipcio.

c.2) Sobre la Guerra de Troya

            Tuvo lugar en plena Edad Oscura de la Antigüedad, basculando entre:

-el 1.250 a.C, según Herodoto, por coincidir con el reinado de Agamenón en Micenas,
-el 1.218 y 1.208 a.C, según la Crónica de Paros del s. IV a.C,
-el 1.194 y 1.184 a.C, según Eratóstenes, gran matemático griego.

            Lo que sí parece evidente es que Troya fue arrasada por este conflicto, posiblemente a través de dos embestidas que tuvieron lugar:

-en su Troya VI, del 1.250 a.C. y con apoyo hitita incluido a la colonia griega, según demostró Kretschmer en 1924 sobre el hitita Tratado de Alaksandu,
-en su Troya VII, del 1.200 a.C. y con destrucción de los restos micénicos que se habían ido imponiendo sobre la Troya VI, según demostró Latacz en 1934 en sus análisis de las arenas troyanas.

            La mayoría de los habitantes troyanos murieron o tuvieron que emigrar al exilio. Respecto a los atacantes, todavía no hay acuerdo total, pero sí evidencias arqueológicas de que:

-partieron a nivel conjuntado desde la isla de Chipre, durante la Troya VI y según demostró Demietrou en 1996, en base a coincidentes artefactos arqueológicos a ambas partes del mar Egeo,
-tuvieron que ver con los piráticos pueblos del mar, durante la Troya VII y según demostró Carlos Moreu en 2005 sobre la egipcia Crónica de Medinet Habu, sobre la coalición marítima que se enfrentó a Ramsés III.

Madrid, 1 octubre 2019
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