El Dios Uno del AT

Madrid, 23 enero 2023
Inmaculada Moreno, Lda. en Historia

           En estas dos próximas semanas vamos a analizar cómo es Dios en la Biblia, intentado sintetizar un tema que nos podría llevaría todo un curso de estudio detallado. Proyectaré dos miradas: desde el AT (esta semana, en primer lugar) y desde el NT (en segundo lugar, la semana que viene).

           Como ya sabéis, fueron 4 las fuentes a partir de las cuales se escribieron los libros del AT[1]:

-la Tradición Yahvista, del 950 a.C, escrita en el Reino de Judá,
-la Tradición Elohista, del 850 a.C, escrita en el Reino de Israel,
-la Tradición Deuteronómica, del 621 a.C, escrita en Jerusalén durante el período de reforma religiosa,
-la Tradición Sacerdotal, del año 550 a.C, escrita en Babilonia durante el exilio de Babilonia.

           La Tradición Yahvista es la más antigua y se caracteriza por llamar a Dios Yahveh (Gn 2,4-25). Presenta un vocabulario característico, un recorrido histórico que pone de relieve el primer relato patriarcal y los acontecimientos del Éxodo, revelando optimismo.

           La Tradición Elohísta llama a Dios Elohim, como un documental que evita el antropomorfismo. Su moralidad es estricta, y se caracteriza por la alianza de Dios con Israel. Tiende a la universalidad religiosa, y aparece en ella el espíritu profético.

           La Tradición Deuteronomista tiene su redacción en tiempos de crisis religiosa, y hace ver que la salvación sólo puede lograrse por medio de una leal respuesta a las leyes impuestas por Yahveh en la Alianza, y en el puro culto de Dios. Sus conceptos se refieren al Reino del Sur, y sus leyes y costumbres al Reino del Norte.

           La Tradición Sacerdotal es la fuente más cercana a la caída del Reino de Israel, y sus autores fueron posiblemente los sacerdotes de Jerusalén. Se interesa por las genealogías, ritos, leyes y fechas, y se refiere a Dios en términos de el Elohim o el Shaddai, como ser trascendental y distante. Dios es justo para esta tradición, y a veces despiadado.

a) Dios es el Creador

           Si hay un aspecto de Dios que deja claro el AT, es que Dios es Creador. Así comienza el Génesis, con unos relatos complementarios de la Creación que abren el libro bíblico. Están allí como un prólogo a la alianza con Noé, o como el primer acto del drama que, a través de las variadas manifestaciones de la bondad de Dios y de la infidelidad de los hombres, constituye la historia de la salvación.

           En Gn 1,1-31 tenemos el Relato I de la Creación de la Tradición Sacerdotal, mediante la descripción de un cuadro grandioso. Dios crea el universo del caos primitivo, apareciendo él en medio de él al final de todo, con toda su riqueza y belleza.

           En la creación hay orden, armonía, majestuosidad. Todo ha sido hecho con la fuerza de la palabra de Dios, y todo es obra de un Creador que culmina su obra con la creación del hombre, a su imagen y semejanza y como co-dominador del universo. Acabada la obra creadora, Dios reposa y descansa en medio de lo que ha creado. Dios es todopoderoso y actúa según un plan determinado, en favor del hombre al que ha creado a su imagen.

           La Tradición Yahvista presenta el Relato II de la Creación, mostrando la imagen de un Dios más cercano. Tras haberlo creado casi todo, Dios crea finalmente al hombre, sin la mujer y del barro de la tierra, plantándolo en un entorno paradisíaco que le permitirá vive feliz. Dios crea un hombre totalmente libre, y muy cercano al árbol de la ciencia y de la vida. El hombre pide a Dios una mujer, que también es creada por Dios. Dios es gratificante y actúa según su magnanimidad, sin que sea necesario y dotando de plena autonomía a todo lo creado, entrando en relación directa con ello (e incluso paseándose por el Paraíso).

           El salmo 8,1-7 expresa este ser de Dios como Creador. Se trata de un salmo que parte de cómo es la creación (cielo, luna, estrellas, hombre...) para llegar desde ella al Dios creador, lleno de gloria y dignidad, y Dios admirable:

“Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
Al ver el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que cuides de él?
Lo hiciste poco inferior a un dios, lo coronaste de gloria y esplendor;
le diste el mando sobre las obras de tus manos; todo lo sometiste bajo sus pies”.

           La doctrina bíblica de la creación no está basada en la especulación teológica ni en nociones religiosas, sino en las actitudes del alma humana. Del hombre brota ante el Dios creador un sentimiento profundo de admiración y de reconocimiento. O brota una alabanza entusiasta ante la contemplación de la belleza de la creación, que le lleva a reconocer en ella al Dios bello, excelso y sublime.

           El NT iluminará la esencia del Dios Creador, al presentarlo como el Dios de Jesucristo y Padre de Jesucristo, que es quien inaugura la nueva creación. Esto se aplicará también al hombre bautizado, renovado por Cristo a una nueva imagen de su Creador. Y también se aplicará al universo, que adquirirá un nuevo sentido desde Pentecostés.

           Se trata de una recreación en que el hombre recreado gemirá interiormente en espera de la redención de su cuerpo (Rm 8,23), aspirando a verse liberado de la corrupción (1Cor 15,42-44; Rm 7,24) para tener acceso a una plena libertad, la de los hijos de Dios (Rm 8,21), en unos cielos nuevos y la tierra nueva (2Pe 3,13). Entonces, el Creador hará nuevas todas las cosas (Ap 21,1-5), a imagen de la victoria definitiva de Jesucristo (Ap 5,5).

b) Dios es el Primero

           La conciencia sobre Dios Creador llevó al AT a las cuestiones sobre la existencia de Dios, que se impone como un hecho inicial sin necesidad de explicación. Dios no tiene origen ni devenir. El AT ignora las teogonías que en las religiones del Antiguo Oriente explicaban la construcción del mundo por la génesis de los dioses. Dado que el mundo entero fue obra suya, sólo él pudo ser el Primero de los Seres.

           Pero esta conciencia del Dios Creador lo es a su vez por la relación que establece con el hombre en la historia. Por ello, Dios es el Dios de tus padres (Ex 3,6) y el Dios de ternura y piedad (Ex 34,6), estableciéndose así una relación inseparable con el hombre.

           En la Tradición Elohísta, Dios era el Elohim, nombre común que designaba a la divinidad en general, cuanto nombre propio que designaba a una persona única y definitiva: Dios. Y es que, en los principios del mundo semítico, El era la palabra empleada para designar a la divinidad. Pero con la llegada del mundo fenicio, y la posible confusión de esta terminología con respecto a la del dios supremo fenicio, el AT empezó a decantarse por el término Yahveh para referirse a Dios, de la vieja Tradición Yahvista.

           Se trata de un término, Yahveh, que revela lo que es Dios (su esencia) y lo que hace (su acción), su realidad suprema y su acción maravillosa, a través de un nombre inaudito (de Yav y El) y misterioso. Yahveh pasó a ser, pues, en casi todo el resto del AT, el que se manifiesta y el que responde a la obra que tiene entre manos, sin perder para nada ese misterio inaccesible en el que nadie jamás puede penetrar.

c) Lo que dice el hombre de Dios

           El hombre dio nombre a Dios en base a la experiencia que tuvo de él. De ahí que el AT dijese que Dios es mi roca (Sal 18,3), mi escudo, fortaleza, libertador, bienhechor, alcázar y baluarte (Sal 144,2) y mi pastor (Sal 23). Porque Israel experimentó la protección de Dios, su defensa ante el peligro y su acompañamiento “por cañadas oscuras”, ante lo cual “nada temo, porque tú vas conmigo, y tu vara y tu callado me acompañan” (Sal 23,4).

           Estos versos expresan que la relación de Israel con Dios fue algo personal y totalmente vivo. Pues, como también relata el AT, Dios es el fuerte de Jacob (Gn 49,24), mi Señor (Sal 3,2; 4,2; 5,2; 6,2; 7,2; 8,2; 9,2; 10,2...) y el Santo cuya santidad es algo que pertenece al pueblo[2].

           Recordemos el texto de la vocación de Isaías (Is 6). Pues en él se aprecia la sensación humana de estar ante Dios, una sensación de pequeñez e impureza ante el tres veces Santo, con guiño incluido a la Trinidad:

“El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado en un trono alto y excelso. La orla de su manto llenaba el templo. De pie junto a él había serafines con seis alas cada uno: dos para cubrirse el rostro, dos para ocultar su desnudez y dos para volar. Y se gritaban el uno al otro: Santo, santo, santo es el Señor todopoderoso, toda la tierra está llena de su gloria. Los quicios y dinteles temblaban a su voy y el templo estaba lleno de humo. Yo dije: ¡Ay de mí, estoy perdido! Yo hombre de labios impuros, que habito en un pueblo de labios impuros, he visto con mis propios ojos al Rey y Señor todopoderoso”.

           Dios es para el pueblo un Dios celoso, fruto de un monoteísmo israelita alejado de la reflexión metafísica, y de una experiencia de afirmación de fe tan antigua como el pueblo de Israel, desde la certeza de ser el pueblo elegido. Yahveh es el único Dios, y es experimentado por Israel como el único capaz de salvar (Is 43,11), como Dios y no hombre (Os 11,9), como espíritu y no carne (Ez 36,26-27), alejado de lo frágil y perecedero (Is 44,6-7). Dios supera siempre las expectativas humanas, y se hace presente en la dirección que menos lo esperamos.

d) Lo que dice Dios de sí mismo

           Dios dice de sí mismo que es:

-el Dios santo (Os 11,9), con un ardor que devora y hace revivir lo muerto, a la vez que irradia y purifica a su pueblo,
-el Dios vivo (
1Sm 17,26), con una presencia extraordinariamente activa, una espontaneidad inmediata y total, y una vitalidad irresistible y anterior a cualquier otra iniciativa.

           No obstante, el texto más relevante sobre qué dice Dios de sí mismo se produce en el Episodio de la Zarza (Ex 3,1-14), en el que se ven expresados los aspectos más importantes de la fe y doctrina veterotestamentaria:

“Moisés pastoreaba el rebaño de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián. Trashumando por el desierto llegó al Horeb, el monte de Dios y allí se le apareció un ángel del Señor como una llama que ardía en medio de una zarza. Al fijarse, vio que la zarza estaba ardiendo, pero que no se consumía. Entonces Moisés se dijo: Voy a acercarme para contemplar esta maravillosa visión y ver por qué no se consume la zarza. Cuando el Señor vio que se acercaba para mirar, le llamó desde la zarza: ¡Moisés, Moisés! Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Moisés se cubrió el rostro porque temía mirar a Dios, y contestó: Si ellos me preguntan cuál es su nombre, ¿qué les responderé? Dios contestó a Moisés: Yo soy el que soy. Explícaselo así a los israelitas: Yo soy”.

           Si analizamos el texto desde la perspectiva contextual, encontramos en la propia imagen de la zarza (que arde sin consumirse) algo que ya nos está hablando de quién es Dios. Tras lo cual, nos encontramos con que Dios es:

-tierra sagrada, como algo que trasciende la cotidianeidad humana, y el hombre no es digno de pisar,
-fuego que no se consume, prefiguración del Espíritu Santo en Pentecostés,
-voz que llama a Moisés por su nombre, como detalle de inmanencia divina, que trata de hacerse cercano al hombre.

           También queda claro que es Dios mismo quien se revela a Moisés, y por su medio a todo Israel. Y lo hace sin papeles de por medio, y sin ceñirse a un texto por escrito. En cuanto al “yo soy Dios de tus padres” (Ex 3,6), “yo soy el que soy” (Ex 3,14a) y yo soy (Ex 3,14b), hay que decir que Dios es el Dios Creador de la historia, el Dios Salvador que acompaña al hombre en su vida y el Dios Santificador, o símbolo de santidad.

           También es un Dios que ve la aflicción (Ex 3,7.17) y el clamor del pueblo (Ex 3,9), y que está con el hombre (Ex 3,12) acompañando (Ex 3,12), enviando (Ex 3,10) y yendo él mismo en persona (Ex 3,13), y dando señales (Ex 3,12) de liberación (Ex 3,8). Es un Dios que desea que el hombre colabore con él, en una historia de la salvación que remite continuamente a los antepasados (Ex 3,6.13.15.16). Es el Dios que tiene una coherencia rotunda, entre el ser y el hacer.

           La respuesta “Yo soy el que Soy” ha hecho correr tinta entre los exegetas. Yo diría que se puede interpretar desde una perspectiva esencialista y existencialista. Esencialista (o metafísica) en cuanto a que Dios es esencia absoluta, que permanece en el ser en su plenitud, y no en función de otro ser[3].

           Pero también se puede ver a un Dios que hace ser a los demás (interpretación existencialista) porque lo desea y porque así es él. En ese sentido, la existencia y la esencia vienen a unirse en Dios en un punto común: el amor, relacionado simbólicamente en el Episodio de la Zarza con esa llama (esencia) que arde (existencia) sin consumirse (eternamente).

           El nombre que se da a sí mismo Dios, a través de sus yo soy, explica algo profundo de su ser. Que es lo mismo que hará en el NT Jesucristo, a través de sus yo soy: Yo soy el pan de vida (Jn 6,35), Yo soy la luz del mundo (Jn 8,12), Yo soy la puerta (Jn 10,9), Yo soy el buen pastor (Jn 10,11), Yo soy la Resurrección y la Vida (Jn 11,25-26), Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6), Yo soy la vid (Jn 15,5)... todos ellos relatados por el evangelista Juan.

           Pero si se observa el carácter esponsal con el que está escrito el evangelio de Juan, que comienza con la boda de Caná (Jn 2,1-11) y su relación entre el viejo y nuevo vino (dado al pueblo), bien podría aplicarse a Jesucristo que es el “el auténtico esposo” del pueblo, en relación a aquel primer enviado por Dios al pueblo, que fue Moisés.

INMACULADA MORENO, Colaboradora de Mercabá

 Act: 23/01/23     @taller de biblia         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A 

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[1] No me meto en cuestiones de crítica a la hipótesis documentaria, pues eso sobrepasaría los objetivos de este taller bíblico.

[2] cf. LEON DUFOUR, X; Vocabulario de Teología bíblica, ed. Herder, Barcelona 1988, pp. 241-250.

[3] Y no como el hombre, que no ha podido ser por sí mismo, sino que es porque ha sido llamado por otro ser a la existencia.