Semana XVII Ordinaria: Itinerario del perdón de José

Madrid, 27 julio 2020
Inmaculada Moreno, Lda. en Historia

           Todos conocemos la historia de José, hijo predilecto de Jacob y de Raquel y al que sus padres tejieron una túnica muy especial, signo de ese amor preferencial. Es verdad que el padre debería haber querido a todos sus 12 hijos por igual, y que esas diferencias hicieron de José un chico inmaduro, al hacer ver a sus hermanos que él sabía interpretar sueños y ellos no (Gn 37,8). Se trata de un chico ingenuo, incapaz de comprender los recovecos del corazón humano y dedicado a hurgar en las heridas de sus hermanos, al contar sus sueños y multiplicar las rencillas, sin percatarse lo más mínimo.

           El resto de hijos de Jacob sigue el ejemplo de su padre, y empiezan a no quererse todos por igual, dejando entrar en su convivencia los celos y las rivalidades, y alcanzando su mayor grado de insoportabilidad con José: “¿Es que vas a ser tú rey y señor nuestro?” (Gn 37,8). No era ya una cuestión de tenerse envidia entre ellos (Gn 37,11), sino de mantener una aparente normalidad mientras en lo oculto se perdía el diálogo, se levantaban murallas familiares y cada uno iba por su lado. Una situación latente que ocurría en la familia de las promesas de Dios, y que de seguir así hubiese cambiado la historia del pueblo de Dios.

           Por ello decidieron matar a José (Gn 37,18). Sin embargo, Rubén modera la situación y decide echarlo temporalmente a un pozo, para no manchar de sangre la familia de Dios (Gn 37,21-22) y no cerrar la puerta a una posible solución, sobre la línea heredera de Jacob. Hasta que deciden entre todos venderlo a una caravana de ismaelitas (casualidades de la vida), que lo venden como esclavo en Egipto (Gn 37,28).

           Otra casualidad de la vida hizo que José fuese vendido a Putifar, ministro y alto funcionario del faraón (Gn 39,1). Allí pasó a vivir en un contexto urbano y culto, haciendo valer las cualidades infundidas por Dios en él (Gn 39,2). Hasta que la serpiente trató de hacer morder a José la manzana, de la mano de una mujer de Putifar que insistía a diario en tener relaciones con él (Gn 39,10), poniendo así en entredicho el futuro de la familia de Dios, e incluso tendiéndole una treta cuando se vio fracasada:

“Cuando José entró en la casa para despachar sus asuntos, la mujer lo agarró del manto y le dijo: Acuéstate conmigo. Más él, soltando el manto entre sus manos, salió afuera y huyó. Viendo ella que había dejado el manto entre sus manos, llamó a sus criados y dio falso testimonio contra él, diciendo que se había querido acostar con ella” (Gn 39,11-15).

           El no de José le supuso la vuelta a un pozo oscuro, el de la cárcel egipcia (Gn 39,20), y ya eran varias las veces en que se veía rechazado, vendido, esclavizado, ultrajado y condenado, pasando de las elegancias de una casa a la miseria de un pozo.

           Tras dos años de soledad y oscuridad, Dios decide intervenir, enviando un sueño poderoso al faraón (Gn 41,1-7), cuyo copero se acuerda de las facultades sonámbulas de José. Pero éste ya no es el mismo de antes, y contesta que no es él quien interpreta los sueños, sino que “es Dios quien dará al faraón la respuesta conveniente, a pesar mío” (Gn 41,16). Se percibe que José ha pasado de ver los sucesos desde sí mismo a verlos en los demás, y de usarlos a su favor a verlos desde el mensaje que Dios quiere proclamar. Digamos que la exclusión y el vacío social han cambiado el eje de visión de José, y le han hecho madurar. El faraón reconoce en José al espíritu de Dios (Gn 41,38), cuya sabiduría es superior a la de los egipcios (Gn 41,39), y le pone al frente de todo lo suyo, como visir de Egipto (Gn 41,42-43).

           José supo perdonar a los demás en la angustia, supo perdonar a sus verdugos, y así aprendió que sus cualidades no eran suyas sino de Dios para los demás (Gn 41,16), siendo el primer miembro de Israel (familia de Dios) en poseer el Espíritu de Dios (Gn 41,38), así como en adquirir sabiduría y cultura (Gn 41,39). Había llegado el momento de la verdad para el preferido de Jacob, y el encuentro con sus 11 hermanos no se volvió perdón, sino dulzura y reparación: “No estéis angustiados por haberme vendido como esclavo, pues Dios me envió delante de vosotros para salvar vuestras vidas, y así perpetuar vuestra descendencia sobre la tierra” (Gen 45,5.7).

INMACULADA MORENO, Colaboradora de Mercabá

 Act: 27/07/20     @taller de biblia         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A