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Ejercer la misericordia con los enfermos y menesterosos
La Orden de los Ministros de los Enfermos fue fundada en 1585 por San Camilo de Lelis. En 1586 recibió la aprobación de Sixto V, bajo nombre de Compañía de Hombres Buenos, y en 1591 Gregorio XIV le otorgó el estatus de Orden. Como recordó el propio San Camilo, dichos ministros debían tener como modelo a Cristo, que "no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida". Hoy en día, los camilos participamos en la misión viva y operante de la Iglesia, que se compromete en el cuidado de los enfermos y en el servicio a los más necesitados en todas las partes del mundo. En concreto, la Orden Camila lo hace en 35 países repartidos por los 5 continentes. Los camilos nos dedicamos a la práctica de las obras de misericordia hacia las personas, tratamos que el hombre sea colocado en el centro de atención en el mundo de la salud, consagramos nuestras vidas al servicio de los enfermos, pobres, moribundos o infectados por la peste. Lo hacemos a riesgo de nuestras propias vidas, y por sincero amor a Dios. Fieles a dicho compromiso, cientos de camilos han muerto sirviendo a los enfermos infectados por diversas epidemias. Los camilos tenemos como fin el servicio completo del enfermo, en la totalidad de su ser, para la edificación del reino de Dios y la promoción del hombre. Lo hacemos a través del camino de fe y amor, con una entrega gozosa y servicio desinteresado. Lo hacemos dando nuestro corazón, manos y espíritu, al servicio de la humanidad herida. San Camilo se preocupó de mejorar, con su presencia, a los que sufrían. Trató de mejorarlos con toda la perfección de los cuidados, pero también con esa voz interior del Espíritu que "anima y conforta en la tribulación". A continuación, San Camilo se preocupó por enseñar este método a sus seguidores, inculcándoles ser de "gran ganancia morir por Cristo, y éste crucificado". ¿Por qué? Porque así "completo en mí lo que falta a la pasión de Cristo" (Col 1,24). Aparte de San Camilo, los ministros de los enfermos seguimos el ejemplo de la Virgen, y la invocamos como mediadora de gracia y de salud para los enfermos. Especialmente imitamos su solicitud y ternura, asistiendo lo mejor que podemos a los moribundos y menesterosos. .
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