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Mostrar a los jóvenes la alegría del evangelio
La historia de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada es la historia de un joven de Aix en Provence, San Eugenio de Mazenod, que en la Francia de 1816 experimentó el amor misericordioso de Dios, manifestado en Jesucristo crucificado, y reunió un grupo de colaboradores para mostrar con sus vidas la alegría de la buena noticia de Jesús. Conmovido ante la deplorable situación de la Iglesia de su tiempo, en que la llama de la fe estaba muriendo en muchos corazones franceses, Mazenod se entregó al anuncio del alegre y liberador mensaje del evangelio, y empezó por los más abandonados. Ése es nuestro carisma, y lo que tratamos de hacer sus seguidores. Los oblatos somos misioneros, o según Pío XI "especialistas en las difíciles misiones de la Iglesia". Como misioneros, dedicamos nuestras vidas a aquellos que no conocen a Jesucristo, o bien han olvidado a Jesús en sus vidas, o las distancias han apagado su camino de santidad. Los oblatos somos oblatos, o totalmente entregados, incondicionalmente y sin marcha atrás. A Dios pertenecemos realmente, y la vida consagrada es el marco en el cual vivimos nuestra oblación. Oblación significa dedicación radical y sin reservas a la obra de Cristo, y a que su oración sacerdotal llegue a su plenitud ("que todos sean uno"). Los oblatos somos de María Inmaculada. Ella es nuestro modelo, nuestra patrona y nuestra madre. En ella vemos a Cristo, en su fiat nos entregamos a la voluntad de Dios, y con ella estamos al pie de la cruz de Jesús. Como dijo León XII, nuestra misión es "llevar al seno de la madre a aquellos hijos a los que Cristo ha redimido". La primera finalidad de nuestra congregación es llevar la buena noticia a aquellos cuya condición está "pidiendo a gritos" la salvación. Para cumplir este mandato atravesamos fronteras extranjeras, derribamos barreras y llegamos a las circunstancias de vanguardia, para llegar a ellos. Allí les atendemos en hospitales, cárceles, colegios o centros de peregrinación. Nuestra segunda finalidad es la formación juvenil, forjando para ellos un itinerario de maduración en vida y en fe. En nuestras escuelas formamos los corazones, las mentes y las habilidades de nuestros estudiantes, así como intentamos contribuir al desarrollo de sus ideas y espiritualidad. Con los jóvenes no nos conformamos con "hacer lo de siempre", ni tampoco vamos de "llaneros solitarios". Es decir, elaboramos trabajos desafiantes en equipo, y los llevamos a cabo con paciencia y como meros cooperantes. En concreto, dejando que sean los jóvenes los que lleven la iniciativa, para que sean ellos los que acaben evangelizando (y no nosotros) y llevando su propia vida de santidad (sin necesidad de nosotros). .
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