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Mantener vivas las raíces patrísticas de la Iglesia
Los Canónigos Regulares de la Congregación Suiza de San Mauricio es una orden para monjes fundada el 515 por Segismundo I de Burgundia en Agaune, y reconvertida por Honorio II para canónigos regulares en 1128. Según la tradición, San Mauricio fue martirizado con sus compañeros (la legión tebana) en Agaune (Suiza), y según la historia eso sucedió el año 286. De ahí que el rey Segismundo I fundara en ese mismo lugar la Abadía de San Mauricio (ca. 515), y en ella instaurara un monacato masculino a su servicio. Años después, los monjes de Agaune adoptaron la Regla de San Agustín (ca. 1128), y por orden del papa asumieron la pastoral parroquial. La Orden se convirtió en una canonjía regular dependiente directamente de Roma, y años después en una federación de canónigos regulares de San Agustín (ca. 1959). Los mauricios ofrecemos a Dios y a la Iglesia nuestros 15 siglos de fidelidad y de alabanza perpetua. Son ya 551.875 días desde que nuestra abadía abrió sus puertas, como testigo vibrante de Dios y frágil guardián del mensaje cristiano, en medio de un mundo en constante cambio. Nuestra fidelidad se manifiesta en piedra, en escritos y en objetos. Sobre todo, en la voluntad de perpetuar una tradición siempre ligada a Roma, al episcopado y a la Iglesia. Nuestra fidelidad no es discorde con el mundo, sino que modestamente intenta iluminar su discurrir en los siglos. La liturgia es el alma de nuestra vida comunitaria, la cultura siempre nos ha acompañado, la música y el arte son huellas que se siempre se han conservado en nuestra casa, la renovación pastoral siempre nos ha preocupado. Por supuesto, también nos preocupa la disminución de nuestro número de canónigos, pero el compromiso cada vez mayor de los laicos nos infunde esperanza. Nuestra congregación está regida por un abad general, que ejerce de obispo del territorio y ostenta el título de obispo de Belén. En cuanto al resto de canónigos, nos encargamos de: -la
vida monacal, en nuestros 4 monasterios (nada más, pues no quedamos más
que 41 mauricios); Nuestra Orden fue fundada para salvaguardar las reliquias de los mártires y para celebrar (mediante cantos litúrgicos y oraciones) a Jesucristo, rey de los mártires y Dios de los cristianos. Nuestro laus perennis, o alabanza perpetua (de nuestros monjes, que se turnan en la capilla mayor), fue un rasgo distintivo de los primeros siglos, y esta práctica ha continuado hasta nuestros días (eso sí, de forma menos formal). San Mauricio, comandante romano de la Legión Tebana, entregó su vida en fidelidad al evangelio de Cristo, en respuesta a las fuerzas que atentaban contra la humanidad y el destino divino. Los mauricios, siguiendo su estela, seguimos proclamando la buena nueva de Jesucristo, y tratamos de resistir las fuerzas pesimistas que impregnan la sociedad humana. .
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