Servir y formar a los futuros sacerdotes

Pensylvania,.29.junio.2026
Ronald
.Whiterup,.superior
.general.de.Sulpicianos

         La Compañía de Sacerdotes de San Sulpicio fue fundada en 1641 por el sacerdote francés Jean Jacques Olier, cuando se percató de la falta de sacerdotes en Francia y fundó en su propia Parroquia de San Sulpicio un seminario misionero.

         Muy pronto, numerosas diócesis de Francia comenzaron a llevar sus seminaristas al Seminario San Sulpicio de París, tales como Nantes (1649), Viviers (1650), Le Puy (1652) y Clermont (1653). En 1657 fue abierto el Seminario San Sulpicio de Montreal (Canadá). En principio, los miembros de dicha Compañía no eran más que sacerdotes diocesanos, unidos en común para la formación del clero diocesano, por lo que cada seminarista y sacerdote de San Sulpicio pertenecía a su diócesis de origen.

         Bajo la dirección de Bretonvilliers, sucesor de Olier, los sacerdotes de San Sulpicio empezaron a encargarse de la formación de los seminarios de Lyon y Limoges. Fue el momento de la aprobación de la Compañía (1664), que Alejandro VII definió como "sacerdotes seculares donados a nuestro Señor para servir a su clero". Expulsados en tiempos de la Revolución Francesa, los sulpicianos llenaron de vocaciones y seminarios las misiones francesas ultramarinas.

         Nuestra misión se orienta a la dirección de seminarios, donde tratamos de adornar los conocimientos teológicos con las prácticas de piedad y virtud. Lo hacemos en dependencia directa de los obispos, en renuncia absoluta a las dignidades eclesiásticas y en un número limitado, como forma de priorizar el fervor sobre la cantidad.

         Espiritualmente, los sulpicianos estamos consagrados personalmente a Jesucristo Sumo Sacerdote, comulgamos con la preocupación de toda la Iglesia, ponemos nuestra vocación al servicio de los obispos y tomamos parte en los intercambios entre iglesias particulares.

         Como regidores de seminarios, los sulpicianos enfatizamos el celo y la santificación del seminarista, desde la solidez doctrinal. Por supuesto, no imponemos a los futuros sacerdotes una espiritualidad particular, sino que centramos la suya propia en unión con Jesucristo y sus misterios, disposiciones, anonadamiento y amor filial hacia Dios, su Padre.

         Esta unión con Jesucristo implica dos cosas, para nosotros. En primer lugar, una gran docilidad al Espíritu Santo, como disposición permanente que siempre hay que mantener. En segundo lugar, un gran ímpetu misionero, para llevar a cabo enérgicamente esas disposiciones del Espíritu.

         Esta vida espiritual se alimenta, según nos dejó dicho nuestro fundador Olier, de las "dos mesas" de la palabra y de la eucaristía, forjadoras de ese Colegio Apostólico en el cual brilló la presencia maternal de la Virgen María.

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  Act: 29/06/26         @carismas de la iglesia            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A