ENSEÑANZA DE JESÚS

a) Templo de Jerusalén
b) Encuentros con la gente
c) Necesidad de conversión
d) Bienaventuranzas
e) Parábolas del Reino de Dios
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a) Templo de Jerusalén

b) Encuentros con la gente

        A Jesucristo lo seguían grandes muchedumbres (nada más que hombres 5 mil, sin contar mujeres y niños). Pero en el evangelio aparecen también encuentros de Jesús con personas individuales, con quienes Jesús hablaba a solas (Zaqueo, Mateo, la samaritana...).

        A cada uno, Jesús le decía lo que le venía bien, porque él conocía muy bien lo que hay dentro del corazón de cada persona.

        Jesús no discriminaba a nadie, pero tenía predilección por los pobres, los enfermos, los humildes, los extranjeros, las mujeres, los niños y los pecadores, cosa no bien vista en aquella época.

c) Necesidad de conversión

        Jesús hablaba constantemente de la misericordia de Dios. Esta misericordia de Dios repercutía especialmente en que Dios no quería la muerte del pecador, sino que se arrepintiera de su mala vida y que viviera.

        Como sabía que éramos pecadores, Jesús nos pidió que nos convirtiéramos de nuestra mala conducta, y que viviéramos conforme a las enseñanzas que él en adelante nos iba a dar.

d) Bienaventuranzas

        Jesús inauguró la ley de la caridad, superando así el temor y el simple cumplimiento externo de unos preceptos. Dios es Amor, y tanto amó al mundo que entregó a su propio hijo.

        El espíritu de las bienaventuranzas consiste en tener la voluntaria decisión de amar a Dios y al prójimo. Jesús promete a quienes vivan conforme a estas ocho bienaventuranzas, la felicidad y la alegría aquí en este mundo, y más adelante por toda la eternidad.

        Son bienaventurados: los pobres, los que sufren, los que lloran, los hambrientos de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos, los perseguidos por ser santos.

e) Parábolas del Reino de Dios

        Con diversas parábolas, Jesús habló del reino de Dios, ya presente en la tierra, al ser inaugurado por él, pero que alcanzará su culminación definitiva en el cielo.

        Este reino, que comenzó siendo muy pequeño (como un grano de mostaza), es extendido por todo el mundo por medio de la Iglesia. La Iglesia no es el reino, pero es la que lleva en su interior el reino.

        Es el reino de Dios como un tesoro, cuya posesión implica dejar todas las cosas. Es como un banquete, al que son llamados los pecadores, pero que requiere convertirse y vivir las bienaventuranzas. Es como un campo sembrado de trigo, donde crece también la cizaña. O como una red que recoge toda clase de peces, buenos y malos.

        Es preciso entrar en el reino, es decir, hacerse discípulo de Jesús, para conocer los misterios del reino.

ed. Mercabá 
Indice general del Catecismo Juvenil Mercabá