Jesucristo


Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, rezando en el desierto de Judá

Murcia, 1 diciembre 2019
Equipo de Biblia de Mercabá

        Todas las promesas que Dios había hecho a los antiguos patriarcas, reyes y profetas, iban a cumplirse. Ahora, llegada la plenitud de los tiempos, Dios fijará sus esperanzas en una joven, a la que desde el principio había preservado de todo pecado, para que fuese la madre de su Hijo.

        María de Nazaret era esa mujer, virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David. Así, el Hijo de Dios se encarnó en las purísimas entrañas de la Virgen María. El que de siempre era Dios, sin dejar de serlo, quedó hecho hombre.

        José de Belén, por su parte, era un hombre justo, amable con los demás, buen trabajador, que amaba y servía a Dios, y que fue en todo momento modelo de fidelidad para su esposa María. Así se formó la sagrada familia, con José, María y Jesús.

a) Adolescencia de Jesús

        Jesucristo nació en Belén el año 753 de la fundación de Roma, hecho trascendental que divide la historia del mundo en dos, coincidiendo con el año en que el emperador Augusto mandó hacer el censo imperial, y Cirino gobernaba la región de Siria.

        Después, Jesús fue creciendo en estatura, gracia y sabiduría, esta vez en la ciudad de Nazaret, de donde era su madre María. Allí aprendió el oficio de carpintería, de las manos de José, que ejercía esa profesión.

        Cumplidos los 12 años, sus padres llevaron a Jesús al templo de Jerusalén, para ser interrogado por los doctores de la ley, y donde él se perdió por tres días.

        Así, Jesús vivió ocultamente en Nazaret hasta los 30 años, aprendiendo en profundidad la ley, y enseñándonos a santificar el trabajo y la convivencia familiar.

b) Vida pública de Jesús

        Cumplidos los 30 años, Jesús comienza a darse a conocer como el Hijo de Dios (hijo de María, pero por obra del Espíritu Santo) y como el Salvador del mundo.

        En primer lugar, Jesús va a bautizarse con Juan Bautista, donde se manifiesta como el Mesías tan esperado. Tras recibir el bautismo en el Jordán, Jesús se retira al desierto durante 40 días, para ser tentado por el diablo.

        A continuación, Jesús marcha a la región de Galilea para llamar a sus apóstoles, 12 en concreto, que simbolizarán ya las 12 nuevas tribus de Israel.

        Finalmente, tras tres años de intensas enseñanzas y grandes milagros, que demostraban a las claras su divinidad, Jesús fue condenado por envidia de los fariseos.

c) Encuentros con la gente

        A Jesucristo lo seguían grandes muchedumbres (nada más que hombres 5 mil, sin contar mujeres y niños). Pero en el evangelio aparecen también encuentros de Jesús con personas individuales, con quienes Jesús hablaba a solas (Zaqueo, Mateo, la samaritana…).

        A cada uno, Jesús le decía lo que le venía bien, porque él conocía muy bien lo que hay dentro del corazón de cada persona.

        Jesús no discriminaba a nadie, pero tenía predilección por los pobres, los enfermos, los humildes, los extranjeros, las mujeres, los niños y los pecadores, cosa no bien vista en aquella época.

d) Necesidad de conversión

        Jesús hablaba constantemente de la misericordia de Dios. Esta misericordia de Dios repercutía especialmente en que Dios no quería la muerte del pecador, sino que se arrepintiera de su mala vida y que viviera.

        Como sabía que éramos pecadores, Jesús nos pidió que nos convirtiéramos de nuestra mala conducta, y que viviéramos conforme a las enseñanzas que él en adelante nos iba a dar.

e) Bienaventuranzas

        Jesús inauguró la ley de la caridad, superando así el temor y el simple cumplimiento externo de unos preceptos. Dios es Amor, y tanto amó al mundo que entregó a su propio hijo.

        El espíritu de las bienaventuranzas consiste en tener la voluntaria decisión de amar a Dios y al prójimo. Jesús promete a quienes vivan conforme a estas ocho bienaventuranzas, la felicidad y la alegría aquí en este mundo, y más adelante por toda la eternidad.

        Son bienaventurados: los pobres, los que sufren, los que lloran, los hambrientos de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos, los perseguidos por ser santos.

f) Parábolas del Reino de Dios

        Con diversas parábolas, Jesús habló del reino de Dios, ya presente en la tierra, al ser inaugurado por él, pero que alcanzará su culminación definitiva en el cielo.

        Este reino, que comenzó siendo muy pequeño (como un grano de mostaza), es extendido por todo el mundo por medio de la Iglesia. La Iglesia no es el reino, pero es la que lleva en su interior el reino.

        Es el reino de Dios como un tesoro, cuya posesión implica dejar todas las cosas. Es como un banquete, al que son llamados los pecadores, pero que requiere convertirse y vivir las bienaventuranzas. Es como un campo sembrado de trigo, donde crece también la cizaña. O como una red que recoge toda clase de peces, buenos y malos.

        Es preciso entrar en el reino, es decir, hacerse discípulo de Jesús, para conocer los misterios del reino.

g) Misión popular de Jesús

        Jesucristo realizó multitud de actividades (50 signos o milagros, retiros de oración…), pero sobre todo dedicó todo su tiempo a una triple tarea:

-anuncio de la Buena Noticia. Jesús anunció por 3 años el evangelio entero, hasta la última tilde de la ley, y exigiendo a los demás respuestas concretas ("tú, sígueme");
-curación de los enfermos. Jesús dedicó casi 1/3 de su tiempo a atender a los pobres, lisiados, ciegos, leprosos, gente necesitada a la que él daba todo su cariño y predilección;
-expulsión de los demonios. Jesús venció al mal con la fuerza del bien, y así, hasta los mismos demonios tenían que reconocer que él era el Hijo de Dios.

h) Última Cena

        En el Antiguo Testamento, Dios ya había establecido una alianza con su pueblo en el monte Sinaí, y la había sellado con sangre de animales. Ahora, en la Última Cena, Jesús establece una nueva alianza con toda la humanidad, nueva y definitiva, y que sería sellada al día siguiente, con su propia sangre derramada en la cruz.

        El Jueves Santo, en la Última Cena, Jesús instituyó la eucaristía y el sacerdocio, haciendo a sus apóstoles partícipes de su triple misión:

-predicar la palabra de Dios,
-perdonar los pecados,
-celebrar los sacramentos.

i) Pasión y muerte de Jesús

        Jesús vino al mundo para redimirnos de nuestros pecados. Redimir es comprar la libertad de una persona pagando un precio por ello.

        Cada uno de nosotros nace con el pecado original, y con la inclinación al pecado. Todos somos pecadores, y nadie puede pagarse el precio adecuado a su salvación. Pero Jesucristo sí que podía, porque era Dios. El precio de nuestro rescate fue la sangre de Cristo ofrecida al Padre en la cruz.

        Jesús padeció y murió tal como estaba profetizado desde siglos antes. En el Calvario, Jesús sufrió muchos y crueles padecimientos en todo su cuerpo, y también en el espíritu, al ver la debilidad de sus amigos y el odio de sus enemigos. Jesucristo murió en aquel año del 33 d.C, pero salvó para siempre al género humano del mal, y abrió para todos las puertas de la vida eterna.

j) Resurrección de Jesús

        Jesús había predicho claramente que resucitaría al tercer día de su muerte. Esto lo había dicho por 3 veces, en público, y con sus enemigos presentes ("Vosotros los fariseos me mataréis, pero Yo al tercer día, resucitaré").

        Esto lo recordaban los fariseos, y por eso trataron de impedir que sucediera. Fueron a Pilatos, y bajo fuerte suma de dinero, le pidieron:

-que sellara la puerta del sepulcro con una gran piedra y cemento,
-que pusiera un destacamento romano (de 10 soldados) que lo vigilara día y noche,
-que, si lograba resucitar, guardara silencio sobre lo ocurrido.

        Al día siguiente al sábado de la Pascua, algunas mujeres que habían estado junto a la cruz, fueron a embalsamar el cuerpo del Señor. Pero al llegar al sepulcro vieron la piedra de la entrada removida. Estando ellas asustadas, unos ángeles les dijeron que Jesús había resucitado.

        Después de la resurrección, Jesús se apareció durante 40 días a muchas personas, y a los 40 días ascendió al cielo para sentarse a la derecha de Dios.

k) Envío del Espíritu Santo

        Diez días después de la Ascensión, el día en que los judíos celebraban la fiesta de Pentecostés, descendió el Espíritu Santo sobre los apóstoles y María Santísima, tal y como Jesús había prometido.

        El Espíritu Santo es la 3ª persona de la Santísima Trinidad, y es Dios como el Padre y el Hijo. Él fue enviado a la Iglesia naciente para fortalecerla y santificarla, y para dar fuerzas a los apóstoles que iban por todo el mundo anunciando la buena noticia de Jesús.

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CATECISMO JUVENIL MERCABÁ

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