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Espíritu Ecológico Oscar
Castillo La ecología se ocupa de las mutuas relaciones entre los organismos y el ambiente en que viven. El hombre es un ser que habita, y por eso es importante para él (y para su salud orgánica) hacer habitable el medio en que vive. La raíz etimológica del término ecología se encuentra en el término griego oikos (lit. casa, lugar habitable). Su objeto de atención es, pues, el ecosistema, el medio ambiente y aquello que rodea la existencia humana (el agua, el aire, las plantas, los animales, la ciudad, el campo...), considerando a cada uno de éstos como valor intrínseco. La ecología enfrenta la problemática de tener o no tener un mundo habitable y acogedor. Es más, se enfrenta a la cuestión del propio devenir humano, y de si éste se va desarrollando o no en adecuación a sus cualidades naturales. Ambas dimensiones van unidas, pues el agotamiento de los recursos naturales podría devenir en pánico humano, así como la multiplicación de los desperdicios industriales podría llevar a la degradación de las culturas tradicionales. Hoy pocas palabras se repiten tanto como la de ecología, ecologista, ecológico, proteccionista, ambientalista... pero la carta del jefe indio Seattle en 1885, dirigida al presidente de Estados Unidos, anticipó ya un inteligente concepto sobre cuidado del medio ambiente:
El concepto y actitud que tengamos respecto a la ecología compromete nuestra mentalidad o concepción del mundo (el sentido de la existencia, el misterio del universo, el milagro de la vida), sea cual sea su fundamento y objetivo último. La ideología del progreso sin límites, o utopía de un paraíso material científico-tecnológico, está inspirada en una concepción mecanicista y afinalista de la vida, que muchas veces adolece de la carencia absoluta del talante de vivir que sí resplandece, en cambio, en el hábitat humano natural, familiar o indígena, en su medio más primitivo y desnudo. El punto de vista ecológico se propone hoy salvaguardar el ecosistema, instaurar una forma de "desarrollo sostenible", inspirar cierto "estatuto de la naturaleza" para el ser humano. a) Dios, creador de la vida La Biblia hebrea da el nombre Yahveh al "Dios que salva o da vida", y toda la historia del AT y del judaísmo expresa especial sensibilidad por esta experiencia de Dios, como el Señor que protege y resguarda la existencia. Su mano está presente en los seres, la naturaleza y los elementos. La versión griega del AT traduce el arameo Yahveh por el griego Kyrios (lit. Señor), y lo utiliza habitualmente en el NT en este sentido fuerte para Jesús, identificándolo por tanto con el ser mismo de Dios; en igualdad con Yahveh. Establece así su emancipación y cuidado de la existencia concreta en nuestro universo; es decir, que él es Dios que preside el existir. Es Señor nuestro, pero más aún es de por sí Señor absoluto, Señor del cosmos. El título Kyrios tenía importancia cardinal en el paganismo helénico; designaba una divinidad a la que se da categoría de amo o propietario. Así ocurre en Roma con el título imperial de Kyrios, cuya variante rey da al mismo cariz socio-político. Para los cristianos, Jesús ha tenido siempre un carácter netamente trascendente, o cósmico, esto es, de soberanía sobre el universo, la creación visible e invisible. Jesús, por su parte, se identifica con el Kyrios a lo largo de toda su vida pública, muestra su respeto por la naturaleza y las enfermedades, somete a dominio los demonios, la muerte y el pecado. De manera explícita, cuando se dirige a sus apóstoles les dice: "Vosotros me llamáis maestro y Señor, y con razón porque lo soy" (Jn 13,13). Los primeros cristianos llegan a captar este título de Jesús, pero sólo cuando han alcanzado una reflexión sosegada de su obra a la luz de su resurrección y ascensión. Es así por lo que se refieren al "único Dios nuestro salvador", y a la "gloria, majestad, dominio y poderío de Jesucristo nuestro Señor" (Jd 25). Cristo aparece, así, como el alfa y la omega, y cabeza del cosmos. b) Hombre, criatura vital Aunque el ser humano, especialmente hoy, tiende a sumir más y más su vida en lo material, sensitivo y palpable, también posee un alto interés por el misterio del origen del mundo, de la energía que todo lo sostiene y de la presencia espiritual en lo material. Esta espiritualidad elemental del hombre es lo que hace sentir a éste sugestionado y atraído por los atributos esenciales de todos los seres que le rodean (su unicidad, verdad, bondad y belleza), así como involucrado por el dinamismo universal y casi instintivo de éstos hacia el ser que los posee en grado sumo y absoluto. El hombre, ser limitado pero abierto al infinito, percibe de la información contenida en las criaturas la perfección cósmica, el tú invisible que lo supera y favorece, el entendimiento eterno que trasciende la limitación de los seres corporales, la vida superior a nuestra naturaleza, la verdadera y mejor proyección de la existencia física. Todas las expresiones religiosas (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones) y todas las religiones (egipcia, inca, mapuche, yagán, ona) dan testimonio de iniciativas de adoración, esto es: declaran a Dios el rendimiento del cosmos que integran y el sentimiento de hallarse cobijados por él. También lo hace la filosofía, en cuanto indagación de la razón o fundamento último de todo. El hombre aparece, a través de la historia, como peregrino de lo absoluto y conciencia pensante en el medio divino intra-cósmico. El mismo diseño de éste revela implícito, en cada criatura, su vocación a realizarse plenamente en las obras creadas que lo rodean. El hombre se interroga por ese ser del que proviene, por ese espíritu trascendente que está en la cúspide de la cadena de las obras creadas, por ese originador de la red de la vida. Dependiendo de la respuesta que dé a dicho interrogante, y de percibir que "el universo proclama la obra de sus manos" (Sal 19,2), es de lo que dependerá si ese hombre estará capacitado o no para valorar y luchar por lo creado (espíritu ecológico). .
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