Tierra y Agua

Wolfgang Sachs
Mercabá, 9 marzo 2026

        Las limitaciones en el acceso a la tierra, y la degradación de ésta, son factores claves en la pobreza natural. A medida que disminuye la fertilidad de los suelos disminuye la productividad agrícola, y ello debe ser compensado con costosos abonos.

        Dicha degradación de la tierra es exacerbada, todavía más, por la falta de agua, porque ésta causa salinización y erosión.

        La degradación de la tierra y del agua perjudica la subsistencia de los pequeños agricultores, arrojándolos a un espiral de menor productividad agrícola, problemas de subsistencia y migración a los centros urbanos.

        El creciente fenómeno de los refugiados ambientales está vinculado, en general, al deterioro de la tierra. En áreas de suelos altamente degradados en Africa Occidental, por ejemplo, se hallan mucho más frecuentemente, que en el resto de lugares, niños con déficit de crecimiento y desnutrición.

        Cerca de 1.000 millones de personas se ven afectadas por la erosión de los suelos y la degradación de la tierra, y otro tanto ven afectados sus cultivos y pastoreo por la deforestación, según datos del DFID 2002.

        Cualquier intento para superar la miseria rural, y asegurar los derechos de subsistencia de las comunidades, tendría que centrarse en la recuperación de los recursos hídricos y la fertilidad de los suelos.

a) Fertilizar los suelos, con agricultura orgánica

        A lo largo de miles de años, las comunidades agrícolas han aprendido métodos biológicos y físicos para enfrentar la decreciente productividad de los agro-ecosistemas, como por ejemplo construir terrazas o hacer barbecho. También ha sido relevante ha sido el uso consciente de ciertas especies, capaces de contrarrestar el declive natural del sistema agro-ecológico.

        Un ejemplo lo tenemos en la agricultura mixta, que combina los cultivos y la crianza de animales que aportan abono. Esto permite que los nutrientes estén disponibles al inicio de la temporada de crecimiento, así como permite poner los nutrientes exactamente donde más se necesitan.

        El uso de estiércol humano también permite reducir la pérdida de materia orgánica y de nutrientes de los campos. Los agricultores, además, pueden plantar cultivos de raíces profundas, con la intención de hacer subir a la superficie los nutrientes, y así hacerlos disponibles para los cultivos de la próxima estación.

        En Africa, por ejemplo, los cultivos de sorgo están profundamente arraigados, a la hora de llevar nutrientes a la superficie. Esto permite a los suelos resistir los períodos secos del ciclo climático, generalmente exacerbados por la deforestación.

        Especies similares disminuyen su crecimiento para sobrevivir a las inundaciones, mientras otras (como el arroz) crece en abundancia bajo zonas anegadas. Tales métodos mantienen un alto contenido de humus en el suelo, y proporcionan una fertilidad estable.

        Para detener la degradación de los suelos, y restaurar el poder productivo de la tierra, también pueden emplearse otras estrategias, como los cultivos mixtos, la crianza de animales, la construcción de terrazas y la reforestación. Dicha agricultura ecológica, y de bajos insumos, no sólo requiere menos capital, sino que conserva mejor el suelo y las aguas, elementos básicos de toda subsistencia.

        Muchas de estas iniciativas no se desarrollan bajo el paradigma productivista de optimizar el rendimiento de las cosechas para obtener ganancias económicas. Al contrario, casi siempre parten de los esfuerzos locales por mantener y regenerar sus relaciones ecológicas con las plantas, el agua y los animales (que le proveen alimentación, subsistencia y hasta espiritualidad).

        Tales comunidades locales no suelen estar interesadas en competir con los centros urbanos, a la hora de adquirir más autos, refrigeradores o rascacielos. Su dignidad se basa en una subsistencia estable, y en las buenas relaciones con la comunidad y con la naturaleza.

b) Ahorrar agua, con restauración ecológica

        El agua es esencial, y no sólo para cultivar alimentos, y criar animales, sino también para la subsistencia humana. No obstante, la escasez de agua es hoy en día una situación generalizada. En muchas zonas rurales, los acuíferos subterráneos están disminuyendo, los pozos están contaminados y se está reduciendo el agua superficial disponible.

        En la competencia por los recursos hídricos, para el riego y la industria, suelen salir ganando los más poderosos, dejando secos a los menos agraciados. Al debilitarse los regímenes comunitarios de agua, también se han abandonado antiguas tecnologías como canales o cisternas locales. En esta situación todavía agrava más el problema el aumento del abastecimiento.

        Las actuales prioridades para las políticas de subsistencia a nivel mundial son: la conservación del agua, la restauración del pastoreo, la agricultura y la silvicultura (para incrementar la recolección de agua).

        Las iniciativas para el uso racional del agua abundan hoy en día, por supuesto, desde la innovación tecnológica para captar agua hasta los micro-embalses de almacenamiento, pasando por los programas integrados de cuencas.

        Los esfuerzos para aumentar la disponibilidad del agua deberían dirigirse, sobre todo, a regenerar los sistemas vivos (gracias a los cuales funciona el ciclo del agua). Praderas, tierras agrícolas, pantanos y bosques sanos son la mayor seguridad frente a la escasez de agua, y su perfecta y sana vida debería ser preferencial si lo que se quiere es ahorrar agua (a largo plazo).

        En resumen, la restauración ecológica es imprescindible para asegurar el suministro de agua, ya que no hay otra manera de garantizar uno de los derechos más básicos de subsistencia: el derecho al agua.

c) Revertir la erosión, causada por la industria

        La agricultura industrial intenta crear un medio ambiente homogéneo, pero no respeta la diversidad natural de los ecosistemas preexistentes. Por ejemplo, usa el riego de manera extensiva, así como genera un mercado cautivo para los equipos de bombeo y riego, por no decir que realiza contratos para construir embalses y canales de riego y drenaje. De esta manera, dicha práctica extiende geográficamente los antiguos problemas asociados al riego. Es decir, el desvío del agua desde los más débiles hacia los más fuertes.

        La agricultura industrial separa la producción animal de la producción vegetal. En concreto, siembra una sola variedad de monocultivos en extensas áreas, y los impactos sobre los ecosistemas llegan a ser inevitables. Con esta práctica, los cultivos se tornan más vulnerables a enfermedades e insectos. Un indicador de ello es el rápido colapso de muchos cultivos, por su vulnerabilidad a nuevas enfermedades e insectos.

        La agricultura industrial ofrece un mercado cautivo para las empresas químicas que producen pesticidas y herbicidas. Durante la Revolución Verde, por ejemplo, inundaron las tierras fértiles con sustancias químicas y tóxicos que incluían insecticidas y herbicidas. Como resultado, los residuos tóxicos entraron en el ambiente, así como en las aguas superficiales y subterráneas.

        Los fabricantes y distribuidores de semillas y agroquímicos proceden casi todos de empresas transnacionales originarias del norte. Combinar ambos sectores les permite generar los agroquímicos que requieren las semillas, y para controlar el uso de semillas y agroquímicos deciden tomar una decisión: patentar ambos.

        Con esta práctica, dichos fabricantes marginan a los cultivadores comunitarios, que son quienes han maximizado la diversidad y enriquecido a la humanidad con diversos cultivos y miles de variedades de cada cultivo (además de los métodos ecológicos para usar la diversidad en el control de enfermedades e insectos).

        Ésta es una de los ejemplos de cómo la globalización afecta a la agricultura de las comunidades agrícolas. Por ello es necesario que las comunidades locales recuperen y promuevan las prácticas de uso sustentable de la tierra (por cierto, de sobra probadas exitosamente).

        Sería necesario proteger a las comunidades locales, y en particular a los agricultores, de la privatización de sus conocimientos, tecnologías, prácticas y biodiversidad. En particular, habría que proteger sus semillas, y ponerlas en guardia frente a las presiones para el uso de agroquímicos.

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