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Espacio Ambiental, II Wolfgang
Sachs Hace unos años, las convenciones de la ONU sobre cambio climático eran un logro considerable, ante la amenaza del calentamiento global. El mundo se había dado cuenta de que la delgada capa atmosférica que envuelve a la Tierra se había convertido en un vertedero para los gases generados por la combustión y que éste estaba saturado.
Más de 20 años después que el best seller
Límites
al Crecimiento destacara la finitud de los recursos naturales del planeta, la
comunidad internacional se vio obligada a reconocer que los límites de los
sumideros naturales en la atmósfera eran más urgentes. El límite no fue la
tierra sino el cielo, y las convenciones climáticas ofrecieron un marco para asegurar
que el hombre no excediese ese límite. Ya en 1992, la Cumbre de la Tierra subrayó el principio de equidad, al decir: "Las partes deben proteger el sistema climático en beneficio de las generaciones presentes y futuras de la humanidad, sobre la base de la equidad y en concordancia con sus posibilidades, y con sus responsabilidades comunes pero diferenciadas. Dado eso, las partes de los países desarrollados deben asumir el liderazgo para combatir los cambios climáticos y sus efectos adversos" (Cumbre de Río, III, 1). Se esperaba que los países del norte asumieran los compromisos de reducción y las cargas económicas, mientras que a los países del sur sólo les corresponderían los deberes de reportar sus emisiones. Se trató de una distribución desigual de los deberes, sí, pero surgida de la desigual responsabilidad de los países en el cambio climático.
Los países
industrializados son responsables, por ejemplo, de la mayoría de las emisiones de
CO2
en el pasado y en el presente. Han sido responsables de aproximadamente 83% del aumento en las emisiones acumulativas desde 1800,
y hoy en día son los causantes de 61% de las emisiones globales de
CO2,
representando tan sólo al 25% de la población mundial. El hecho de que los países recién
industrializados estén aumentando en forma dramática las emisiones, básicamente
no cambia este cuadro. a)
La doble cara de Kyoto Tras la Cumbre de Río-1992, y un lustro de tortuosas negociaciones, por 1ª vez la comunidad internacional (con la notable excepción de Estados Unidos) llegó a compromisos más estrictos, legalmente vinculantes, para responder a los límites biofísicos.
El
Protocolo de Kyoto-1997 estableció, en efecto, los mecanismos legales e
institucionales por los cuales los gobiernos podían reconducir la economía global hacia un
camino distinto, a través de una acción colectiva. Sin embargo, la Ratificación de Kyoto-2005 advirtió un éxito de proceso y no de resultados. En 1º lugar, porque no se tuvo indicios de disminución de los niveles dañinos de las emisiones de los países industrializados. Más aún, se constató que, aún cuando se cumplieran todos los compromisos del protocolo, es dudoso que disminuyan las emisiones de carbono al nivel de 1990. Desde entonces, los diplomáticos de los países se han encargado de proteger el crecimiento económico, pero no el clima. Quieren aparentar ser amigos del clima, pero a un costo mínimo para sus economías. b) Primeras estrategias tras Kyoto Desde el fracaso de Kyoto se ha tratado de poner en marcha 3 estrategias para llegar a un régimen climático que: -pretenda mostrar el camino a una economía post-fósil, b.1) 1ª estrategia Consiste en que el norte asuma las obligaciones, y tras ello la responsabilidad se traslade al sur y al este. La "flexibilidad geográfica" es el concepto que une a instrumentos como el comercio de emisiones, la implementación conjunta y el Mecanismo para el Desarrollo Limpio. Bajo el Protocolo de Kyoto, después de Bonn y Marrakech, se permitió que los países industrializados transfirieran acciones de mitigación al sur y al este, dejando casi intocadas sus propias economías. No obstante, el principio de "quien contamina paga" se ha convertido en el principio de "quien contamina, compra derechos para seguir contaminando". Es decir, que de seguir así nunca va a resultar el fenómeno de la descarbonización, ya que no se está reestructurando la base de recursos de las economías del norte. b.2)
2ª estrategia Consiste en que el norte asuma sus obligaciones, y se libre de ellas a través de la extensión de sumideros de carbono. Tras los acuerdos de la Cumbre de Bonn-2017, las economías industriales podrían ser protegidas del costo que significan los cambios al transferir su acción hacia la utilización de las capacidades de absorción de la Tierra. En otras palabras, más bosques en vez de menos emisiones. Según el acuerdo de Bonn, cultivando árboles, estableciendo una plantación, o haciendo tratamiento de suelos, se podía reemplazar el ahorro de energía y la transición hacia las energías renovables. No obstante, esto ayudó poco al clima, y no sólo porque la transición no se concretó, sino también porque las mediciones de la capacidad de almacenaje de la Tierra son científicamente peligrosas. Al final, se cayó en la trampa de la complejidad, y cualquier responsabilidad se perdió en la confusión. b.3)
3ª estrategia Consiste en que las negociaciones del clima se centren en regular las emisiones, y no en cambiar los insumos. Básicamente, esta estrategia apuntaba a contener las secuelas del CO2, pero no logró concentrarse en el volumen de insumos intensivos en carbono. Es decir, buscó intervenir río abajo en vez de río arriba, en el ciclo de producción. ¿Y eso? Porque mientras las emisiones son medidas y contadas, monitoreadas y gestionadas, se cuestiona poco el modelo del desarrollo intensivo en fósiles que las provoca. Hoy en día, fuera de las convenciones climáticas, nadie puede hablar de limitar la exploración de nuevos campos de petróleo, de regular a las empresas de energía, de implementar estándares de eficiencia para los automóviles, o incluso de lanzar campañas para fomentar tecnologías solares. No, porque la atención se concentra sólo en los efectos y no en las causas.
Por ello, la discusión sobre política
climática está en gran parte separada de la discusión sobre desarrollo
sustentable. La política climática internacional está hecha de tal manera que
las reglas e intereses que dirigen el crecimiento económico no se ponen en
discusión. c)
Cambios y derechos Hasta ahora los gobiernos del sur, con excepción de las naciones isleñas, han participado como observadores ante el conflicto entre los gobiernos del norte, tras el Protocolo de Kyoto. Insisten en la responsabilidad particular de los países industrializados, y esperan que el norte se ponga de acuerdo, pero muestran interés sólo cuando se presenta la posibilidad de transferencias de recursos. No obstante, los países del sur se equivocan en esto, porque no perciben que la protección del clima también es importante para la dignidad y la supervivencia de su propia gente. Lejos de ser sólo un tema de la protección de la naturaleza, probablemente los cambios climáticos lleguen a ser una mano invisible que agrave el deterioro agrícola, la degradación social y la migración.
Es verdad que las causas de la crisis del clima se
encuentran principalmente en el norte, pero sus efectos destructivos afectarán
principalmente al sur. De hecho, los inocentes van a ser las mayores víctimas,
al menos en términos relativos.
En
definitiva, ya es hora de que los gobiernos del sur dejen de permitirse la cálida
sensación de una conciencia limpia, y se levanten en contra de esta forma de
colonialismo del s. XXI. Esta vez, la destrucción colonial llegará sin los
poderes imperiales, ni los ejércitos de ocupación, sino que lo hará a través
del aire, en forma invisible e insidiosa, transportada por la química atmosférica. Una vez que se caliente la Tierra, se desestabilizará la naturaleza, y no se podrán dar por sentados fenómenos como la lluvia, la disponibilidad de agua, la temperatura, los vientos y las estaciones. Es decir, todas las condiciones que los acogedores hábitats han brindado a las plantas, a los animales e incluso a los seres humanos, desde tiempos inmemoriales. Cuando esto suceda, y en la medida en que surjan condiciones adversas, los hábitats se volverán menos hospitalarios, y en el caso extremo no aptos para el asentamiento humano. Hoy día está claro que un incremento paulatino en el nivel del mar haría inhabitable algunas de las tierras con mayor densidad demográfica del mundo. No obstante, es menos conocido el hecho de que los cambios de humedad y temperatura causan cambios en la vegetación, en la diversidad de especies, la fertilidad de suelos y la disponibilidad de agua.
Más
aún, es de esperar que el medio ambiente sea menos sano. Es de esperar que determinados insectos
y malezas invadan los cultivos, y que los seres humanos contraigan con mayor
frecuencia malaria, dengue o enfermedades infecciosas. En síntesis, los cambios
climáticos desestabilizarán la vida, especialmente en áreas que están en
situaciones límites. No todos los ciudadanos del mundo están expuestos de igual forma a la crisis del clima, pues los peligros son mayores para los más vulnerables, sobre todo para los cultivadores de arroz en el Delta del Mekong, los pescadores de la costa de Senegal, los pastores de las tierras altas de Etiopía o los habitantes de las poblaciones en los cerros de La Paz. Todos ellos verán amenazados sus medios de sustento por los cambios climáticos.
Cuando
esto suceda, serán muchas las personas que se verán
obligadas a huir de sus hogares y tierras, porque la base económica de
numerosos pueblos y ciudades se verá alterada por los cambios en la producción
agrícola y la productividad en general. La migración hacia las ciudades aumentará, los barrios marginales correrán el riesgo de
aluviones, y las enfermedades afectarán a las personas con menos defensas. En definitiva, las amenazas del calentamiento global no están distribuidas equitativamente entre la población del mundo, sino que caen de forma desproporcionada sobre las personas pobres y sin poder, la gente que ya vive en poblaciones, terrenos marginales o en situaciones de subsistencia.
Aunque los ricos son
quienes han producido los riesgos climáticos, son los pobres quienes tendrán
que cargar con la mayor parte de las consecuencias. Por ello, es imperativo
que las clases consumidoras globales sean las que disminuyan el uso de combustibles fósiles,
para proteger no sólo la atmósfera sino también los derechos humanos. Desde la declaración de derechos, por la cual se luchó durante la Revolución Francesa, el derecho de una persona a la integridad física es un derecho fundamental que el estado debe garantizar. Hoy en día, millones de personas están a punto de perder este fundamento de la ciudadanía, porque su integridad física está siendo atacada por la combustión excesiva de combustibles fósiles de los sectores acomodados del mundo, que es acumulativa y tele-transportada.
Desde
aquella Revolución Francesa, y desde nuestra sociedad actual cada vez más
mundial, no se puede sacrificar a ninguna persona en aras del crecimiento y la
prosperidad. Si esto es así, y si se considera que cada persona posee ciudadanía mundial, la
regla de equidad mínima implica que la elección de recursos (por parte de los
ricos) no debiera incrementar las desigualdades existentes, dejando a los sub-privilegiados en peor estado del que se encuentran
hoy. d)
Contracción
y convergencia Para mantener la integridad de la vida en el planeta, es indispensable reducir las emisiones de gases invernadero en un 60% hasta 2060. Efectivamente, el Protocolo de Kyoto no pudo cumplir este objetivo, pero no lo hizo porque no demandó reducciones serias del norte, y tampoco incluyó a los países recién industrializados del sur.
Para el
2º período del Protocolo de Kyoto (2013-2020) se esperaba un gran avance ecológico, a
través de la implicación del sur en los convenios. No obstante, sucedió lo
contrario: que el norte se estancó y se incrementaron los niveles de emisiones en el
sur. En ese momento, el Principio de Equidad fue presentado como el cuello de botella más importante para la protección del clima. Por un lado, el sur rechazó cualquier obligación, hasta que el norte cumpliera sus responsabilidades. Por otro lado, el norte no actuó hasta que no fuesen definidos los compromisos del sur. Hoy en día, a menos que se equilibren los compromisos de reducción del norte y del sur, no habrá una verdadera protección climática, ni un marco que respete el principio del derecho igualitario per-cápita a los recursos de la Tierra. Es decir, nada sostendrá la equidad y la justicia, y cualquier otro esquema de asignación (retroactiva, o "en base a costos") repetirá la constelación colonial de otorgar al norte partes desproporcionadas. Si es necesario restringir el uso de los bienes comunes, a través de reglas también comunes, sería ir en contra del Principio de Equidad diseñar reglas en beneficio de algunos y en desventaja de muchos. ¿Por qué? Porque el derecho de todos los ciudadanos del mundo, a una parte igual de los bienes comunes atmosféricos, es el pilar de cualquier régimen climático viable.
Para el
2º período del Protocolo de Kyoto se vio imprescindible iniciar un proceso que
diera a cada país permisos de emisiones
basados en derechos igualitarios per-cápita. No obstante, esto tampoco
sirvió de nada, sino para que a
los países industrializados no se les consideraría ya responsables de las
emisiones acumuladas en el pasado. Hoy en día, sólo desde un derecho atmosférico común, compartido por todos los países (y todas las clases), se puede converger en un uso per-cápita de la energía fósil. Para ello: -el
norte debe contraer su consumo hacia abajo, Con todo, no se ha de soñar con una convergencia del norte y del sur en niveles de emisiones igualitarios, a costa de la contracción (es decir, de la transición hacia los niveles globalmente sustentables). Sí, una vez más la sustentabilidad condiciona a la equidad. La visión de la contracción y la convergencia combina hábilmente ecología y equidad. Lo hace en el convencimiento de que el espacio ambiental global es finito, e intenta compartir su uso permisible de una manera justa entre todos los ciudadanos del mundo, considerando también a las generaciones futuras. .
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