|
Espacio Ambiental, III Wolfgang
Sachs El mundo actual sufre de dos crisis ambientales distintas: -la crisis de los fósiles,
arraigada en la transferencia rápida de los materiales (sólidos,
líquidos y gaseosos) desde la corteza de la Tierra hacia la biosfera, a través
de la tecnología industrial; Ambas crisis están interconectadas, pero tienen distinto origen y manifestación. Esta presión debilita y llega a alterar ecosistemas enteros, pequeños y grandes, lo cual pone en peligro a los mismos humanos (quienes como criaturas vivas son, en un sentido más amplio, parte de las comunidades bióticas). Por ello, los ecosistemas podrían: -reducir su productividad, y generar consecuencias en la
cadena alimenticia: menos carne, leche, cultivos, madera, fibra, agua... Mientras la crisis de los fósiles ha sido un tema destacado en el norte, la crisis de los sistemas vivos genera atención especialmente en el sur. Esto ocurre así, porque las víctimas directas de la degradación de los sistemas vivos viven principalmente en el sur (o para ser más exactos, son parte de la mayoría). Por su parte, la clase consumidora, esencialmente urbana, vive en una incubadora de tiendas, caminos y artefactos que protegen sus sentidos y existencia del deterioro de bosques, pesquerías, aguas subterráneas, suelo y especies silvestres. Geográfica o fisiológicamente, las escenas de acumulación y de carencia, así como los lugares de comodidad y de aflicción, están generalmente separados por alguna distancia. Por eso, el enorme incremento de la escala y velocidad de la destrucción de los ecosistemas ha pasado casi inadvertido en el norte. Por eso les es tan fácil ignorar la realidad de la miseria y del sufrimiento humano causado al destruirse la trama de la vida. a) Los flujos de recursos Tanto la OMC como las economías del sur (con algunas excepciones en Asia) han intensificado la extracción y la creciente exportación de los tesoros naturales del sur y de los antiguos países comunistas. Sobre todo la de los bosques, con toda su importante reserva de riqueza biológica. Por otra parte, la atracción de los mercados internacionales ha sido una tentación, y los países han cortado los árboles con más rapidez de lo que hubieran requerido para satisfacer la demanda doméstica. En el caso de Indonesia y Malasia, por ejemplo, se ha fomentado enormemente la exportación de madera enchapada, contribuyendo a una rápida y considerable deforestación. Más aún, la minería y la extracción de energía también amenazan la integridad de los bosques, las montañas, el agua y otros ecosistemas sensibles (después de la tala rasa, la mayor amenaza para los bosques). La economía alimentaria está profundamente integrada a la economía mundial. Así, aunque los países del sur son importadores netos de alimentos básicos (cereales y carne), constituyen grandes exportadores de cultivos comerciales (plátanos, café, algodón, soja, caña de azúcar y tabaco). En las últimas décadas han aumentado rápidamente las "exportaciones no tradicionales" (flores, frutas y verduras) que llegan frescas, por vía aérea, a los mercados del norte. Así mismo, las pesquerías y las exportaciones de pescado están muy vinculadas al mercado global (en particular, países como Tailandia, China y Chile conforman casi la mitad de toda la exportación pesquera actual). Con la excepción de los cereales, los recursos naturales fluyen predominadamente desde los países del sur (incluidos los ex-comunistas) hacia los países del norte. La naturaleza, una vez puesta en el mercado mundial, gravita hacia el norte, atraída por la fuerza del poder adquisitivo. De hecho, aparte de los bienes manufacturados y laboralmente intensivos del sureste asiático (junto a China, México y Brasil), los flujos comerciales desde el sur al norte consisten en minerales (petróleo y gas) y una amplia gama de materias primas tropicales. Un habitante de una nación de la OECD consume 2 veces más de cereales, 2 veces más de pescado, 3 veces más de carne, 9 veces más papel y 11 veces más bencina que un habitante de un país menos industrializado. Dentro de estos países, entre la clase consumidora y las demás, también prevalece un similar patrón de consumo desigual. El flujo de materiales del sur al norte se ha intensificado a través de la liberalización del comercio. En la medida que se eliminan las barreras a los productos y las inversiones, las empresas disfrutan de un mayor alcance de acción. Es más, pueden examinar el globo con más libertad, buscando las últimas reservas de recursos naturales y moviéndose con rapidez para explotarlos. A menudo tienen la suficiente influencia como para formar verdaderos estados dentro del estado en los países exportadores del sur. De hecho, las fronteras de perforación, deforestación y pesca han llegado a los confines de la Tierra, y hoy en día tanto se desarrollan campos de petróleo de las selvas profundas y del mar, como se saca madera de la Patagonia y de Siberia, o industrias pesqueras flotantes rastrean los océanos desde el Círculo Ártico hasta la Antártida. Mientras grandes áreas del sur se van especializando en la exportación de recursos naturales, se quedan atrapadas en el deterioro de precios a largo plazo. Los precios de las materias primas han estado cayendo por décadas (con excepción del café, que sólo empezó a caer hace poco). Una tendencia que continuará mientras existan demasiados exportadores compitiendo por la venta de recursos naturales en el mercado global. A esto se suma que el sector primario generalmente afecta poco el resto de la economía y la generación de empleos, y que la innovación y la educación tampoco se ven afectadas en forma positiva. El resultado final de toda esta telaraña de flujos de recursos vendría a ser: -bajo dinamismo
interno, que podría empobrecer aún más a las
economías exportadoras; Considerando la tendencia a desplazar las actividades industriales contaminantes del norte hacia el sur, es poco probable que el impacto ambiental por unidad de de producto en las exportaciones haya aumentado de manera sustancial en los últimos años. Con estos antecedentes, lo correcto sería afirmar que los países del sur se llevan la mayor carga ambiental de la economía mundial. b) Sin un sistema de gobierno ambiental La Convención sobre Diversidad Biológica (CDB), otro de los resultados importantes de las cumbres mundiales sobre medioambiente y desarrollo, además de las convenciones del clima, no ha logrado frenar la salida de los recursos biológicos del sur hacia el norte, ni de las áreas rurales a los centros urbanos. En principio, la CDB no tenía como objetivo reformar el bienestar, ni establecer nuevos patrones de producción y consumo con menos insumo de bosques, pesquerías, suelos y acuíferos. En 1ª instancia, la CDB se enfoco en el abastecimiento (y no en el lado de la demanda), especificando las restricciones ecológicas, legales y políticas para el uso de los ecosistemas. En 2ª instancia, la CDB trató más bien de regular la explotación de una nueva generación de materias primas (los recursos genéticos). Aunque la CDB comenzó limitándose a la diversidad a nivel de ecosistemas, especies y genes, hoy en día presta gran atención diplomática en torno al acceso al material genético. Desde esta perspectiva, la CDB trata más de cómo proteger la riqueza genética de una serie de actores económicos implicados en el negocio de los genes y presta poca atención a cómo proteger la naturaleza. Finalmente, la CDB no aborda explícitamente los ecosistemas naturales más importantes (bosques, océanos, pantanos, ríos o praderas), ni los ecosistemas creados por el hombre (agricultura moderna), que es el factor más importante de la pérdida de biodiversidad. Aunque se discuten algunas de estas áreas en los grupos de trabajo de la CDB, hasta ahora los resultados han quedado sólo a nivel de recomendaciones. También se han tratado algunos ecosistemas en otros foros. Por ejemplo, los bosques ya fueron un tema conflictivo en la Cumbre de Río y en varios foros internacionales posteriores, e incluso en los 19 foros sobre bosques (UNFF) de la ONU celebrados hasta la fecha. Los intereses comerciales han ido desplazado a los intereses de protección ambiental, pero sin ningún resultado. Por ejemplo, el Convenio sobre Desertificación, firmado dos años después de Río-1992, abordó la fertilidad de los suelos, pero sólo en las regiones áridas y semiáridas. Finalmente, la FAO reivindica la jurisdicción sobre los sistemas agro-ecológicos, pero los derechos de subsistencia y la conservación han tenido poca prioridad. En resumen, lo más destacado sobre el tratamiento de la explotación de los recursos biológicos y los sistemas vivos en este proceso es la falta de un sistema de gobierno ambiental internacional eficiente. c) Hacia un convenio sobre biodiversidad Objetivamente, la CDB obtiene mejores calificaciones que los demás acuerdos en términos de equidad. Además, ha desarrollado algunos principios que podrían guiar otros acuerdos. En cuanto a la justicia entre las naciones, los países del sur han logrado en cierto sentido un equilibrio con el norte, gracias a que la CDB terminó con la costumbre colonial del robo de recursos sin remuneración (tras afirmar el derecho soberano de las naciones sobre sus recursos naturales). Por poner otro ejemplo, los semilleros de la biodiversidad se encuentran en los países tropicales o semitropicales, mientras que las industrias se encuentran en América del Norte, Europa y Japón. Debido a esta asimetría geográfica, la demanda de las compañías de tecnología genética (de adquirir materia viva) había desencadenado nuevos conflictos sobre recursos entre el sur y el norte. Con tales antecedentes, los países del sur decidieron luchar contra la idea de la biodiversidad como un "patrimonio común de la humanidad" (definición de la diversidad vegetal ya codificada por la FAO en 1983). Con el miedo de que tal concepción dejaría sus tesoros expuestos al saqueo de las empresas del norte, los países del sur insistieron (con éxito) en su soberanía nacional sobre los recursos naturales. Con esta definición de propiedad, se pavimentó el camino para establecer el derecho de regular el acceso a estos recursos y de demandar parte de los beneficios resultantes de su uso. De la mano de la conservación y del uso sustentable, el acceso y la distribución de beneficios también han sido establecidos como uno de los principios del CDB. En términos de autoridad legal sobre los recursos nacionales, y gracias a la CDB, los estados del sur ya se encuentran en el mismo terreno que los estados del norte. Sin embargo, un éxito en equidad en el ámbito de la soberanía nacional no es necesariamente un éxito en sustentabilidad. En la CDB, los intereses comerciales, y no los ambientales, fueron principalmente los que hicieron que el sur priorizara la jurisdicción nacional sobre los recursos. Dada la prevalencia de los intereses económicos en el mundo de hoy, es poco probable que una mayor equidad entre las naciones disminuya la degradación ambiental. Al contrario, es probable que las naciones (y en particular las clases medias nacionales) sigan convirtiendo su patrimonio natural en dinero. Desde un punto de vista ambiental, hay límites a la explotación soberana, tal como existen límites a la explotación imperialista. En concreto, la soberanía nacional no puede constituir la propiedad completa, porque los recursos y los sistemas vivos son bienes comunes. Dado que la red de la vida se sostiene mediante ciclos sistemicos e interconectados, nunca puede existir una propiedad pura y sin restricciones sobre los sistemas vivos, y menos aún cuando la naturaleza ha dejado de ser abundante. Desde esta perspectiva, la soberanía conferida a las naciones por el CDB implica el derecho de no interferencia desde afuera, pero no concede el poder para explotar sin restricción los recursos naturales a nivel nacional. Por ello, todos los países deben reconocer que custodian los recursos naturales que son vitales para la gente dentro y fuera de sus fronteras, y también para las generaciones presentes y futuras. No basta redefinir la equidad como la igualdad de derechos a la propiedad. No, pues lo que la ecología necesita es el ejercicio de la igualdad de derechos con cuidado y prudencia. De lo contrario, la equidad sólo consistiría en participar igualitariamente en un saqueo. Con respecto a la equidad entre la clase media globalizada y la mayoría marginalizada, la CDB contiene normas muy avanzadas para el respeto de los derechos de las comunidades tradicionales y los pueblos indígenas. Después de todo, son ellos (y no el estado) los verdaderos guardianes de la biodiversidad. Por ejemplo, unos 350 millones de personas del mundo viven en los bosques, se relacionan con ellos como su hábitat y dependen de ellos para subsistir. Esta "nación de los bosques" tiene más habitantes que EE.UU. y Canadá juntos, y no sólo su economía, sino también su seguridad cultural, dependen de la seguridad forestal. Para tales personas, es cuestión de supervivencia económica y cultural que se cuiden, mantengan y respeten los derechos de su hábitat, sus estilos de vida y cierto grado de autogobierno. No obstante, la reivindicación del derecho a los recursos tradicionales fácilmente choca con la reivindicación de la soberanía estatal sobre los recursos naturales (y aún más con la reivindicación del acceso libre para los extranjeros), a forma de: ¿Acceso para quién? ¿Y en beneficio de quién? Estas preguntas son polémicas dentro de los países, y muchas veces ponen al estado desarrollista en contra de las comunidades locales. Con respecto a este tipo de conflicto, la CDB dice que cada parte del contrato debe "preservar y mantener los conocimientos, innovaciones y prácticas de las comunidades locales e indígenas que encarnan un estilo de vida tradicional relevante para la conservación y el uso sustentable de la diversidad biológica" (art.8), así como "respetar y fomentar la distribución equitativa de los beneficios resultantes de utilizar tales conocimientos, innovaciones y prácticas" (art.8). Obviamente, esta cláusula queda abierta a una interpretación proteccionista (preservar y mantener) y a una interpretación basada en los derechos (respetar y "distribución equitativa de beneficios"). Se abre así paso un terreno de controversias, al reconocer a las comunidades locales y contraponer sus derechos de subsistencia con los derechos de desarrollo económico. De esta manera, la CDB ha transitado desde la consideración de las comunidades tradicionales como parte del problema hasta considerarlas actualmente como parte de la solución. Tal posición reconoce la probada capacidad espiritual y técnica de las comunidades tradicionales en su cuidado de diversas plantas, animales y otras expresiones de vida. Desde esta perspectiva, la llamada a "conservar la diversidad" coincide con la llamada para una "mayor autonomía" de las comunidades locales. De hecho, en la CDB está naciendo un enfoque más amplio que sostiene que la ecología y la equidad aumentan simultánea y sinérgicamente los derechos humanos y la conservación ambiental. .
|