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Espacio Ambiental, IV Wolfgang
Sachs Desde tiempos inmemoriales, las comunidades humanas han guardado conocimientos sobre complejos ecosistemas. De hecho, la existencia de dichas comunidades es un testimonio del éxito y de la sustentabilidad a largo plazo de las estrategias tradicionales para generar y comunicar conocimientos. En contraste, la biología molecular, la bioquímica y la ingeniería genética, que comenzaron con grandes avances hace unos 50 años, están expandiéndose a nivel mundial como sistemas de conocimiento basados en la industria, el capital y la ciencia modernas. Cuando se trata de recursos genéticos, ¿debe la agrociencia moderna reemplazar a todos los demás sistemas de conocimiento? a) Sistemas de conocimiento conflictivo Muchos de los sistemas exitosos de conocimiento indígena y comunitario sobre el mundo natural comparten las siguientes características: -están
basados en la comunidad, Los sistemas científicos de conocimiento han sido desarrollados por los filósofos y científicos desde principios de los tiempos modernos en Europa. La ciencia moderna comenzó como una reacción contra las estructuras totalitarias del estado. Las universidades públicas facilitaron la distribución de conocimientos, desvinculando así la generación de conocimientos de la promoción de los intereses de los ricos y poderosos. De esta manera, la ciencia moderna llegó a ser una importante herramienta para adquirir información de valor y aplicabilidad generalizada y universal. De hecho, sus experimentos y resultados pueden ser reproducidos por todo el mundo. La fortaleza más importante de la ciencia radica en la exactitud del pronóstico que se deriva principalmente del análisis de un único factor. Lo que distingue a la ciencia moderna, es la información confiable sobre las relaciones causales. Sin embargo, sólo la ciencia independiente puede cuidar la función crítica que ella posee, por ello el desarrollo científico ha sido garantizado por el financiamiento público. La objetividad se ve perjudicada cuando los científicos dependen del financiamiento de fuentes comerciales. Además, cuando se trata de sistemas complejos en evolución, con tiempos a largo plazo y con muchas variables, incluso las humanas, la prognosis estrictamente científica se reduce a borrosas opiniones especializadas. Quizás sea tentador para los científicos reducir la complejidad ambiental y la diversidad de elecciones humanas para poder maximizar la predictibilidad sistémica. En particular, los 50 años de inventos y descubrimientos biocientíficos han ido acompañados de importantes cambios en la organización, financiamiento y roles socioeconómicos de la ciencia. Este nuevo campo es muy intensivo en capital. El financiamiento y participación empresarial juegan importantes roles al convertir rápidamente la investigación básica en intentos pre-competitivos o competitivos. La ciencia ha llegado a ser un factor importante en la competitividad global de los países. Y frecuentemente se ha alejado de la investigación básica y de la función crítica. Las patentes de innovaciones biotecnológicas aplicables a la industria, por ejemplo, frecuentemente han sido obtenidas a cambio de recaudación de fondos y utilizadas como ventajas competitivas o para aumentar el valor de las acciones. El sistema moderno de conocimientos biológicos, conocido como ciencia biológica, contiene características específicas. Ellas se pueden yuxtaponer a las de los sistemas de conocimiento comunitario, anteriormente mencionados. Los sistemas modernos de conocimiento: -son
globalmente aplicables, ¿Debe este nuevo sistema, generalizador del conocimiento y conforme con el mercado global, reemplazar a todos los otros sistemas de conocimiento? El respeto por las culturas y un escepticismo prudente sobre la efectividad a largo plazo de la ciencia sugieren una respuesta negativa. Treinta años de privilegios exclusivos para un sólo sistema de conocimiento, por ejemplo, han demostrado casi todo (menos que la ciencia acabará con el hambre en la Tierra). La justicia y los problemas no resueltos exigen una oportunidad para los sistemas de conocimientos comunitarios, al menos por su experiencia e impacto al nivel donde surgen los problemas. b) ¿Cuál es el conocimiento que cuenta? Cuando los sistemas de conocimiento son antagónicos, se requieren reglas que garanticen la justicia entre los diversos actores involucrados. Ni el elogio ciego de todos los beneficios reivindicados por la ciencia moderna, ni el de todos los remedios ofrecidos por las comunidades locales resolverán el problema. Sin embargo, cabe subrayar que hoy en día existe el prejuicio de llamar al 1º racional y al 2º no racional. La ciencia moderna ha sido descrita como una forma de colonialismo en la medida que asume el poder de definir lo que es racional, innovador y relevante en las culturas. Los representantes de las diversas culturas reclaman la falta de conocimientos contextuales en la ciencia reduccionista moderna. Están muy preocupados por los favores estructurales que los ricos y bien alimentados reciben de los acuerdos comerciales internacionales. Es probable que los que controlan el sistema de conocimientos también prevalezcan en la política, pero para la cooperación es necesario deshacer tales reivindicaciones del dominio y construir una base de apoyo mutuo. En este contexto, las negociaciones internacionales han dejado muchos asuntos sin resolver. ¿A quiénes pertenecen los recursos? ¿Cuáles son los conocimientos e innovaciones que cuentan? ¿Quiénes pueden y quiénes no pueden evitar los efectos indeseados y destructivos de las actividades humanas? ¿Quién es responsable de ellos y está obligado a corregirlos? ¿Que contribución creativa es considerada un bien libre, y quién cosecha los beneficios económicos de la privatización? Estas son algunas de las preguntas subyacentes del debate internacional sobre alimentos, agricultura, recursos biológicos, derechos de los agricultores y derechos de propiedad intelectual ligados al comercio (TRIPS). Es necesario evaluar los acuerdos en base a su capacidad de establecer la justicia y el merecido respeto a los creadores de la base misma de la seguridad alimentaria común, los descubridores de los componentes biológicos fisiológicamente activos y los que enseñan su sabia aplicación en la alimentación y la medicina. La Conferencia de Estocolmo-1972 ya reconoció la biodiversidad como el "patrimonio común de la humanidad”". Y dio por sentado que los recursos genéticos eran de propiedad común, y que sólo el conocimiento libremente compartido sería conocimiento fértil. A partir de entonces, las innovaciones científicas, tales como descripciones más precisas, nuevos métodos de análisis o una mejor comprensión de las funciones biológicas... ya no se consideraban patentables, porque se suponía que eran descubrimientos y no inventos. A partir de entonces, se crearon los bancos de genes para guardar el patrimonio común, aunque no recibieron un estatus legal claro. Posteriormente, se negó el acceso a estas colecciones a las comunidades que habían proporcionado los recursos genéticos para la agricultura y para los alimentos de primera necesidad. Esto fue algo rectificado parcialmente por la FAO, en su Acuerdo Internacional sobre Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura de 2001. En dicha Conferencia de la FAO se sancionaron también, aunque de manera débil, los derechos de los agricultores, vale decir el reconocimiento de los agricultores como cultivadores. Sin embargo, el libre acceso a los recursos genéticos vegetales, no restringidos por los derechos de propiedad intelectual, todavía no es adecuado ni justo para los agricultores y cultivadores. Hoy en día, se incluyen en dichos derechos unos 35 géneros de cultivos y unas 29 especies de forraje. Es crucial extender esta lista y mantener la integridad y autonomía del tratado en relación a otros acuerdos, particularmente el de la OMC sobre los derechos de propiedad intelectual ligados al comercio (TRIPS). En la conferencia de Río de Janeiro-1992 se cambió la noción de un "patrimonio común de la humanidad" en favor de la soberanía nacional sobre los recursos genéticos. Los actores globales poderosos pretendieron el libre acceso a los recursos. Y las comunidades, guardianas y abastecedoras de la biodiversidad, se quedaron sin beneficios. Sí, Río reconoció ambos derechos, de los estados nacionales y los de la gente y las comunidades. Sin embargo, cómo estos derechos se relacionan entre sí, el punto quedó sin resolver. El 1 febrero 2002 se anunció un Acuerdo Inicial para compartir los bienes genéticos comunes. Los iniciadores provenían de cientos de ONG de más de 50 naciones. La iniciativa rechazaba las patentes sobre la vida y declara que el conjunto global de genes es un legado compartido y una responsabilidad colectiva. No obstante, tal noción devolvió el debate a Estocolmo-1972. Es más, hoy en día aún no está claro cómo abordar la asimetría de poder y beneficios y cómo evitar que el más fuerte administre y se apropie del patrimonio común. El 19 febrero 2002 se creó el Grupo de Alianza entre naciones mega-biodiversas. Es decir, entre China, Brasil, India, México, Indonesia, Costa Rica, Colombia, Ecuador, Kenya, Perú, Venezuela y Sudáfrica. Se trataba de un grupo estilo OPEP, el cual: -presionaría para una mejor protección de sus
intereses en el mercado global; El intento de llegar a un acuerdo legalmente vinculante sobre el acceso y distribución de beneficios bajo el CDB terminó por quedarse reducido a las Pautas Voluntarias de Bonn-2001. Hoy en día, aún falta aclarar y definir consistentemente los derechos, responsabilidades y roles de los distintos actores. No es sorprendente que la confusión respecto a las reglas ayude al actor más poderoso. Ese es un defecto congénito del convenio, que fracasó en vincular el principio del libre acceso a la obligación de conservar, usar en forma sustentable y compartir en forma equitativa los beneficios que surgen del uso de la biodiversidad. En definitiva, los países que se niegan a ratificar la convención disfrutan de la ventaja competitiva. De hecho, Estados Unidos (líder en biotecnología, en patentar y acceder a la biodiversidad mundial) no ha ratificado la convención, y sigue presionando para que el TRIPS, bajo la OMC, facilite el comercio no restringido de los productos y patentes de genes. c) Los TRIPS y la marginación de derechos comunitarios Aparte de este conflicto, existen contradicciones más profundas entre los TRIPS y las metas de la Convención sobre Diversidad Biológica. Por un lado, es probable que a largo plazo las patentes reduzcan la biodiversidad de campo. Es cierto que no favorecerá a los agricultores del sur, a menos que sus derechos al conocimiento estén protegidos por regímenes de igual fuerza y posibilidades de cumplimiento. En todo caso, la protección de la propiedad intelectual no es una meta en sí (y es necesario contextualizarla con el interés público y el bienestar socioeconómico), mientras que la seguridad alimentaria y la salud sí son asuntos de interés público y bienestar colectivo. Por esta razón, ya es hora de revisar los TRIPS, especialmente su art. 27b (el cual, como han propuesto los países del sur, apuntaría a equilibrar mejor derechos y responsabilidades). Es fácil olvidar que las patentes ganaron la aceptación pública porque protegieron al inventor pequeño de los sectores con más poder económico. Fueron creadas para ampliar la diversidad de las innovaciones tecnológicas. Bajo los TRIPS, los pequeños inventores alrededor del mundo, que proporcionan gran parte de los alimentos y la base de la seguridad alimentaria futura, no están siendo protegidos adecuadamente de los actores con mayor poder económico. Hasta el momento, ni la Iniciativa para el Biocomercio de la UNCTAD, ni los intentos de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), han desarrollado una solución justa. Es más, no habrá justicia, ni distribución justa de los beneficios, a menos que se reconozcan las características específicas de los sistemas de conocimiento comunitario. Hoy en día, ambos proyectos no pasan de ser meros intentos subdesarrollados de copiar la ciencia del norte, llevados a cabo por inventores anónimos que consiguen pocas aplicaciones industriales (lo cual les descalificaría como propiedad intelectual privada, orientada al comercio), y a lo mucho llegarían a constituir sistemas necesitados de un reconocimiento sui generis específico. .
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