|
¿Quién controla el Clima? Anna
Maddrick
La
cuestión central de la ecología es proteger
las condiciones de vida (la atmósfera y el clima), sin que la coordinación
internacional degenere en una forma definitiva de control centralizado y
autoritario. Como cuestión subyacente, la ecología ha de denunciar la destrucción masiva del planeta,
basada en la percepción de
que éste es un recurso que puede ser explotado, dominado y controlado.
La crisis ambiental actual, causada y provocada por el ser humano,
nos está empujando hacia una dictadura global. Por ello, el
gran desafío ecológico es reemplazar el antropocentrismo actual (falto de
ética) por el biocentrismo (ese todo interconectado, de hombre y
naturaleza).
Para
evitar tendencias autoritarias, las tecnologías (actualmente orientadas a la vigilancia y
control)
deben ser apartadas del dominio
exclusivo de unos pocos. Es más, estas
poderosas infraestructuras, incluida la IA, deberían ser transformadas en
herramientas de monitoreo públicas y transparentes, capaces de romper el
monopolio de los datos climáticos y devolver el conocimiento a la sociedad.
¿Es
esto una utopía? No, sino una distopía que sin duda se avecina. ¿Por qué?
Porque la situación actual podría propiciar un cambio de mentalidad, esencial para
nuestra supervivencia. ¿Y cuál es la situación actual? Esta misma: que hoy
en día el clima está controlado por dos actores nada más: la ingeniería del cielo y el vacío de gobernanza global.
No
hace mucho, la idea de que la humanidad pudiera manipular los sistemas
planetarios que rigen la vida en la Tierra era, en gran medida, una película de
ciencia ficción. Hoy en día, en cambio, es objeto de un serio debate político. Las propuestas de geoingeniería varían ampliamente, desde aumentar la reflectividad de las nubes marinas (que implicaría rociar partículas de sal en las nubes bajas, para incrementar su reflectividad) hasta inyectar aerosoles estratosféricos en la atmósfera superior (lo que liberaría partículas reflectantes, para reducir la cantidad de luz solar que llega a la superficie terrestre).
Por
poner otro ejemplo, existen planes para fertilizar el océano con hierro (para estimular la proliferación de algas que absorben
CO2), y
el Proyecto Cortina del Fondo Marino propone anclar una barrera de 80
km
en el lecho marino frente al glaciar Thwaites (Antártida), para bloquear
las aguas cálidas que aceleran su colapso.
Make
Sunsets, una empresa con sede en Estados Unidos, ya vende "créditos de
refrigeración", y lanza globos que transportan SO2
a la
estratosfera. Por último, se prevé que la financiación total para la investigación
sobre la gestión de la radiación solar se triplique para 2030.
Durante
gran parte de la historia de la Tierra, sólo la naturaleza tuvo el poder de
remodelar los sistemas planetarios. Las edades de hielo avanzaron y
retrocedieron, mientras los volcanes, asteroides y nuevas
especies tenían un impacto radical en la atmósfera. Por su parte, las sociedades humanas
podían transformar los paisajes, pero no los sistemas ambientales
fundamentales que rigen la vida en la Tierra. Los combustibles fósiles actuales han transformado esta relación. Al aprovechar cientos de millones de años de energía solar almacenada, y combinarla con tecnologías cada vez más potentes, la humanidad ha adquirido una influencia que antes estaba reservada exclusivamente a las fuerzas planetarias.
La geoingeniería,
al igual que las prácticas existentes de modificación del clima (como la
siembra de nubes, utilizada durante décadas en China, Estados
Unidos, Emiratos Árabes y Australia), está llevando esta transformación un
paso más allá, y está pasando de alterar el clima (de forma involuntaria) a intentar
gestionarlo (deliberadamente).
A
diferencia de los mecanismos artificiales (como un motor a reacción, complejo
pero predecible), el clima de la Tierra es un
sistema complejo. Su comportamiento surge de innumerables interacciones y
mecanismos de retroalimentación, lo que significa que las intervenciones en
una parte pueden desencadenar consecuencias en otras, sin que nada se puede predecir
por completo. El impacto de cualquier intervención, a escala planetaria, sería
necesariamente planetario. Por poner un ejemplo, los modelos de geoingeniería solar podría alterar las corrientes oceánicas y los patrones de precipitación en regiones enteras, con consecuencias potencialmente profundas para los ecosistemas, el suministro de agua y la agricultura. Por poner otro ejemplo, la fertilización oceánica conlleva el riesgo de promover floraciones de algas tóxicas que crean zonas muertas con deficiencia de oxígeno, devastando las cadenas alimentarias marinas. Incluso una intervención aparentemente pequeña, como un dique frente a un solo glaciar, podría alterar la circulación oceánica y la vida marina, con repercusiones mucho más allá del lugar de la intervención. a)
Mercantilización de los bienes globales
Por
convención, se entiende que los bienes comunes globales incluyen la alta mar,
la atmósfera y el espacio ultraterrestre. Estos dominios que están más allá de
la propiedad nacional de cualquier estado, y forman parte del patrimonio
colectivo de la humanidad, libres de reivindicaciones territoriales o
privatización. En el apogeo de la carrera espacial en 1967, la comunidad internacional respondió con el Tratado del Espacio Ultraterrestre, y declaró el espacio ultraterrestre patrimonio común de la humanidad (PCH), más allá de la propiedad nacional y destinado al beneficio de todos. Si bien el alcance jurídico y la aplicación del principio del PCH siguen siendo objeto de debate internacional, este principio sugiere que algunos lugares son demasiado importantes como para reducirlos a los intereses de los estados individuales, y que su gobernanza debe reflejar las responsabilidades para con la humanidad en su conjunto. En la gestión sostenible de los bienes comunes globales, cada vez más comercializados y militarizados, el respeto al principio del PCH, así como a los marcos jurídicos asociados, sigue siendo fundamental. Sin embargo, este principio se encuentra cada vez más bajo presión. La economía espacial global estaba valorada en más de 600.000 millones $ (2025), y se prevé que supere los 1.800.000 millones $ en 2040. Más de 14.000 satélites activos, a menudo con capacidades militares duales, orbitan actualmente la Tierra, la mayoría operados por empresas privadas. Mientras tanto, los gobiernos consideran el espacio, cada vez más, como un dominio estratégico, desplegando satélites de vigilancia, desarrollando armas anti-satélite y compitiendo por el control de la infraestructura espacial de la que dependen las fuerzas armadas modernas. La actual falta de regulación efectiva, así como las estrechas relaciones entre actores privados y gubernamentales, plantean importantes problemas sociales y ambientales. Ningún organismo internacional regula eficazmente lo que las empresas privadas pueden hacer con los bienes comunes que están colonizando rápidamente.
Reflect
Orbital, una empresa emergente estadounidense, con ambiciones
comerciales más que climáticas, está desarrollando una constelación de satélites
diseñada para redirigir la luz solar hacia clientes que paguen por ella. El
proyecto, a forma de "luz solar a demanda" (como la empresa lo
denomina), planea multiplicar sus 2 satélites actuales (2026) a más de 50.000 para 2035. La geoingeniería, al igual que la "luz solar a demanda", opera en el vacío legal, e implica la manipulación deliberada del entorno de radiación terrestre desde el espacio. Por su parte, los defensores de la geoingeniería solar argumentan que el empeoramiento del cambio climático deja a la humanidad con pocas opciones.
El hecho de que el cambio climático
presente riesgos graves no significa que toda intervención tecnológica esté
justificada. El peligro no reside simplemente en el riesgo de consecuencias
imprevistas, sino en que la humanidad está desarrollando el poder de
manipular los sistemas planetarios, y lo está haciendo porque no existe un marco consensuado que defina quién
puede hacerlo, bajo qué condiciones y con qué responsabilidad. b)
Escudo
anti-ecocida, por parte del mundo vivo
Cada
sociedad establece límites sobre lo que considera intolerable, y el derecho
penal internacional da expresión a algunos de los tabúes compartidos más
fundamentales al clasificarlos como crímenes atroces (genocidio, crímenes de
lesa humanidad, crímenes de guerra, agresión sexual...). En cambio, el derecho
al
ecocidio busca extender este marco a la relación de la humanidad con el mundo
vivo. En 2021, un panel independiente de expertos en derecho internacional definió el ecocidio como la "suma de actos ilícitos, o malintencionados, cometidos a sabiendas de que existe una probabilidad sustancial de causar daños graves, generalizados o a largo plazo al medio ambiente".
Contra
el ecocidio de unos pocos, lo que haría falta es un escudo anti-ecocida por
parte de la mayoría. Es decir, una reacción igual, y en las mismas
proporciones, que el mal que se está cometiendo. Con ello, lo que se estaría
gestando es la prevención, y la disuasión de atentados graves contra el
medio ambiente, por parte de quienes
ostentan el poder de cometerlos. Lo que en su momento fue una propuesta principalmente académica y de la sociedad civil (la ya descrita), hoy en día está atrayendo una activa participación diplomática y legislativa a nivel mundial. En 2024, Vanuatu, Fiyi y Samoa propusieron formalmente enmendar el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, para reconocer el ecocidio como el 5º crimen internacional.
Al
mismo tiempo, están
surgiendo iniciativas regionales en América Latina, Europa y África, y países
como Francia, Bélgica y Mauricio ya han tipificado el
ecocidio como delito autónomo. También se están impulsando propuestas legislativas
en jurisdicciones tan diversas como Escocia, Italia, Países Bajos, Ghana,
India, Filipinas, Argentina y Perú. Una ley anti-ecocida no prohibiría la investigación científica, ni impediría futuros debates sobre geoingeniería, pero sí que podría establecer que los bienes comunes globales no son un vacío legal, y que nadie puede manipular los cielos, y que ningún actor puede causar daños generalizados a los sistemas que sustentan la vida, so pena de enfrentar una responsabilidad penal personal.
En
todo esto subyace una pregunta fundamental: ¿Por
qué invertir billones de dólares en desarrollar tecnologías que van a crear
problemas que más adelante habrá que resolver, con otra millonada gastada? El escudo anti-ecocida tiene sus raíces en la Guerra de Vietnam, cuando las armas de guerra impactaron directamente contra el medio ambiente y provocó una modificación climática local. Unos 60 años después, el desarrollo de la geoingeniería plantea problemas internacionales similares, y sigue estando libre de rendir cuentas, ser disuadida o salir de los ámbitos de poder de las primeras potencias mundiales. .
|