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Manipulación Climática Uwe
Froschauer
El
miedo es un mecanismo de defensa natural. Nos alerta del peligro, agudiza
temporalmente nuestra atención y puede salvarnos la vida en un momento crucial.
Pero también puede tener el efecto contrario. Si se alimenta continuamente,
limita nuestra visión, debilita nuestro juicio y nos hace más receptivos a
mensajes simples y soluciones aparentemente inútiles.
Una
persona asustada ya no se pregunta "¿de verdad es así?", sino "¿qué debo hacer para que no me pase nada?".
Aquí
reside el poder del miedo, explotado políticamente.
Cualquiera que describa una
amenaza de forma convincente puede presentarse como un salvador, sobre todo
cuando define el
problema, proclama la solución y tacha de peligroso a
cualquiera que se niegue a apoyarla.
El
negocio del miedo es tan antiguo como la humanidad. Las compañías de
seguros venden protección contra posibles daños. Los extorsionadores ofrecen
seguridad contra un peligro que a menudo ellos mismos crean. Los políticos
prometen proteger al público de amenazas que previamente han puesto en el
centro de la atención pública o que ellos mismos han orquestado.
Por
supuesto, no todas las advertencias son infundadas. Los peligros existen, y las
políticas responsables deben abordarlos. Sin embargo, existe una gran
diferencia entre la comunicación de riesgos (basada en hechos) y la comunicación
centrada en el pánico.
La
comunicación de riesgos informa a las personas sobre un peligro potencial.
Destaca las probabilidades, las incertidumbres y las diversas opciones de
actuación. Permite a las personas formarse su propio criterio.
La
comunicación de pánico funciona de manera diferente. Muestra el peor escenario
posible, lo presenta como una normalidad inminente y genera presión de tiempo.
No dice "debemos analizar la situación", sino "no hay tiempo que perder.
Debemos actuar de inmediato. No hay tiempo para discusiones". El debate sobre el clima ofrece un ejemplo revelador. Durante años, el escenario de muy altas emisiones RCP8.5 (más tarde denominado SSP5-8.5) se presentó en los medios de comunicación y en los debates políticos como si describiera el probable futuro de la humanidad.
En realidad, se trataba de un escenario
extremo o de alto riesgo. Partía de la premisa de que el consumo mundial de
combustibles fósiles (en particular, el carbón) seguiría aumentando
masivamente durante décadas, que las emisiones de CO2
crecerían prácticamente sin control y que el progreso tecnológico y las
medidas políticas climáticas eficaces permanecerían prácticamente
inexistentes. Partiendo de estas premisas, los modelos climáticos predijeron un aumento especialmente pronunciado de la temperatura para finales de siglo. Entre las posibles consecuencias analizadas se encontraban: -olas de calor más frecuentes e
intensas,
Sin embargo, esto no era
una predicción, sino más bien un cálculo de un modelo para un escenario de
emisiones hipotético y extremadamente extremo.
Mientras
tanto, el propio Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC)
admite que una trayectoria de emisiones tan extrema se ha vuelto
significativamente menos probable. El escenario no se ha cancelado,
como a veces se afirma. Sin embargo, hoy en día ya no se considera el resultado
más probable, sino más bien un caso extremo entre varios escenarios futuros
posibles.
Este
no es un detalle insignificante. De hecho, si un escenario extremo se presenta
durante años en el debate público como el futuro más probable, el público fácilmente
llega a creer que este desarrollo es casi inevitable. De este modo, la percepción
pública pasa rápidamente de una posibilidad científica a una aparente
certeza. Aquí radica la línea divisoria entre la comunicación de riesgos y la comunicación de pánico. La información responsable sobre escenarios debe explicar las suposiciones en las que se basa, su probabilidad y qué otros acontecimientos son igualmente posibles.
Quienes presentan casi exclusivamente el peor escenario
posible, omitiendo las suposiciones subyacentes, no ofrecen información
neutral. Utilizan modelos científicos como telón de fondo para generar
urgencia política, creando así un miedo deliberadamente orquestado. Una advertencia puede exagerarse hasta el punto de perder su efectividad. Quienes constantemente anuncian el fin del mundo no deberían sorprenderse si cada vez más personas (como yo) dejan de escuchar.
La confianza no se pierde
sólo por
declaraciones falsas. También se pierde cuando se venden posibilidades como
certezas, escenarios extremos como casos normales y cálculos de modelos como un
futuro inevitable. a)
La política basada en el
miedo a.1)
De
la emoción a la dirección Las personas no se dejan influir únicamente por argumentos, sino también por sentimiento y emociones. Los sentimientos suelen actuar con mayor rapidez y contundencia que los números, las estadísticas o las explicaciones científicas.
La imagen de un bosque en llamas,
por ejemplo, o de un pueblo
inundado, o de un río seco, impacta de inmediato y no requiere largas explicaciones.
El mensaje emocional está claro: que la catástrofe ha llegado. Esto no significa que estas imágenes sean necesariamente falsas, pero lo crucial es el contexto en el que se presentan.
¿Muestra la imagen un patrón climático a
largo plazo, o un evento meteorológico aislado? ¿Se trata de un acontecimiento
extraordinario, o de un suceso que ya ha ocurrido en la región? ¿Qué papel
desempeñan la urbanización, la sobreconstrucción, la mala gestión forestal,
la falta de protección contra inundaciones o las intenciones maliciosas? a.2)
Frente al poder de las imágenes
Un
bosque en llamas se convierte pronto en el símbolo de una "catástrofe climática".
Una carretera inundada se considera prueba de una "emergencia climática".
Un caluroso día de verano se convierte en "presagio de una Tierra
inhabitable". En definitiva, un solo evento puede adquirir una importancia global y omnipresente que a menudo no
es tal.
Las
imágenes auténticas, sin embargo, muestran una parte de la realidad. Quien
selecciona esa parte, y le añade un mensaje, influye significativamente en lo que
el espectador siente y piensa. O mejor dicho, en lo que debería sentir y
pensar. Esta técnica no se inventó sólo para el debate climático. Durante la Crisis del Coronavirus, por ejemplo, los ataúdes, las unidades de cuidados intensivos, los trajes de protección y las ambulancias moldearon la conciencia pública.
En la
Guerra
de Ucrania, por poner otro ejemplo, esta técnica ha destruido hogares, herido niños y obligado a familias a huir. En
el debate sobre inmigración, según la orientación política, se representan
mujeres y niños extranjeros necesitados y hombres violentos. a.3)
La selección de imágenes Para respaldar la tesis del cambio climático antropogénico, se muestran imágenes de bosques en llamas, glaciares derritiéndose, osos polares demacrados y suelos agrietados. Estas imágenes conforman la plataforma visual de una política que busca intervenir cada vez más en la vida de las personas.
El mensaje es simple:
que si no se hace lo que se pide, la Tierra se volverá inhabitable, afirmación
que ha sido desmentida hace mucho tiempo. La tendencia de los políticos de élite
hacia una forma de sociedad autocrática, por tanto, es innegable. a.4)
El
miedo necesita culpables
El
miedo, por sí solo, no basta a menudo para la movilización política, sino que
requiere que alguien tome las riendas.
En
el debate sobre el clima, el culpable es fácilmente identificable: los seres
humanos. Sin embargo, no nos referimos a los humanos como entidades abstractas,
sino al ciudadano común con sus coches, sus sistemas de calefacción, su
consumo de carne y sus vacaciones. a.5)
El sentimiento de culpa
Va
a trabajar y supuestamente perjudica el clima. Calienta su casa y supuestamente
perjudica el clima. Conduce para visitar a su familia y supuestamente perjudica
el clima. Viaja en avión de vacaciones y supuestamente
perjudica el clima. Poco a poco, estas expresiones crean la impresión de que cualquier
acción humana cotidiana tiene un impacto negativo en el clima, convirtiendo al ciudadano en un pecador
climático reincidente. Incluso el CO2 que emitimos, con cada respiración, es también estigmatizado, hasta el punto de que parece otro contaminante más.
Al
estigmatizarse el CO2
se está olvidando que dicho gas es un componente natural de la atmósfera y un elemento esencial para
la fotosíntesis, sin la cual las plantas (y en última instancia, los seres
humanos y los animales) no podrían existir. En concreto, más CO2
significa mayor crecimiento vegetal; menos CO2
significa menor crecimiento vegetal y, por tanto, más hambre en la Tierra.
Hacer
que la gente se sienta culpable es una estrategia psicológica astuta. Quienes
se sienten culpables están más dispuestos a enmendar sus errores. La
penitencia moderna consiste en impuestos al CO2,
precios de la energía más altos, costosas renovaciones de edificios,
restricciones de movilidad y la renuncia a un nivel de vida tradicional. a.6)
El
mensaje político: ustedes son el problema, y tienen que pagar por ello
Llegado
este punto, surge naturalmente la pregunta: ¿Quién causa realmente las
emisiones, y en qué medida? ¿Quién debe asumir las consecuencias financieras
de las políticas climáticas? Una persona adinerada puede permitirse un coche
eléctrico, una bomba de calor, mejoras en la eficiencia energética y precios
de vuelos más elevados, mientras que una familia de bajos ingresos no. Los costos de las políticas climáticas no afectan a todos por igual. Quienes tienen bajos ingresos sienten directamente en su día a día el aumento de los precios de la energía y los impuestos adicionales. Las personas con menor flexibilidad financiera se ven particularmente afectadas por el alza de los precios de la energía, los impuestos más altos y las costosas reformas. Sus ingresos no suelen crecer al mismo ritmo que sus gastos. A fin de mes, simplemente tienen menos dinero para vivir.
Para las familias más acomodadas,
los mismos costos adicionales suelen representar una carga significativamente
menor. Las familias con mayor solvencia económica pueden afrontar con más
facilidad las subidas de precios, a la vez que se benefician de programas de
subvenciones, inversiones o nuevos sectores empresariales. Al mismo tiempo, la transición energética y la reconfiguración de la política climática están creando nuevos mercados. Los fabricantes de sistemas solares, energía eólica, sistemas de almacenamiento de baterías, bombas de calor y servicios relacionados con el CO2 obtienen tantos beneficios como los inversores que poseen participaciones en estas empresas.
En una economía de mercado, esto no es fundamentalmente
inusual. Sin embargo, plantea la cuestión de cuán equitativamente se
distribuyen las cargas financieras y los beneficios económicos de la política
climática. Plantea la cuestión de quién se beneficia realmente del
surgimiento del cambio climático antropogénico, a forma de ¿cui bono? a.7)
El doble
rasero
La
credibilidad de un movimiento político no solo depende de sus demandas, sino
también de si sus portavoces viven según los mismos estándares que exigen a
los demás. El debate sobre el clima es acusado, con razón, de doble rasero. Mientras millones de ciudadanos son instados a conducir menos, volar menos, reemplazar sus sistemas de calefacción o limitar su consumo, numerosos responsables políticos y económicos siguen viajando en jets privados a conferencias internacionales. Por ejemplo, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, fue criticada por usar un jet privado en 2021 para cubrir la distancia de aproximadamente 50 km entre Viena y Bratislava. La Comisión Europea alegó motivos de agenda y seguridad para justificar su decisión. ¡Ridículo! El caso citado pone de manifiesto un problema fundamental: que quienes exigen restricciones de gran alcance a la ciudadanía, en nombre de la protección del clima, son juzgados por sus acciones.
La credibilidad no se basa únicamente en los
programas políticos, sino sobre todo en el hecho de que quienes abogan por la
abolición sean los primeros en dar ejemplo concreto. Practicar tanto lo bueno
como lo malo socava la confianza en cualquier mensaje político.
El
Foro Económico Mundial de Davos suele ser motivo de críticas similares. Si
bien el cambio climático es un tema central, año tras año registra un número
excepcionalmente alto de vuelos en jets privados a aeropuertos cercanos.
Organizaciones ecologistas como Greenpeace y yo mismo vemos esto como una clara
contradicción entre sus declaraciones y su propio comportamiento.
El
rey Carlos III de Inglaterra fue criticado recientemente por dos vuelos que hizo
en helicóptero el mismo día, para
inaugurar el nuevo Centro Africano de Londres (donde habló sobre los efectos
del cambio climático). Sin embargo, cuando el actor y activista
climático Leonardo di Caprio realiza una excursión de un día en su yate, emite más CO2
que el que emite un automóvil promedio durante 14 años.
Esto
no consiste en generar recelos hacia los activistas, sino en credibilidad. Quienes exigen
cambios radicales en el estilo de vida de millones de personas deben estar
dispuestos a comprobar si ellos mismos están preparados para aplicar estándares
similares a su propio comportamiento. a.8)
La
repetición crea realidad
Uno
de los métodos más eficaces de condicionamiento emocional es la repetición
constante. Lo que oímos, leemos y vemos a diario empieza a resultarnos familiar,
y lo que resulta familiar es más propenso a ser creído.
"La
crisis climática está empeorando", "el tiempo se acaba",
"la ciencia
está de acuerdo", "debemos actuar ahora", "no hay
alternativas"...
Frases como éstas se repiten con tanta frecuencia que, llegado un punto, dejan de
percibirse como simples afirmaciones y se convierten en hechos evidentes. El
argumento queda así relegado a un 2º plano, y la repetición sustituye al
argumento.
Incluso
hay términos individuales que, por sí solos, cumplen esta función, tales como
"crisis climática",
"emergencia climática" y "catástrofe climática". Estos
términos no son
descripciones neutrales, sino que conllevan ya una valoración. Quienes adoptan estos términos
ya han aceptado parte de la conclusión, incluso antes de que comience el debate.
A
esto se suma el anuncio constante de nuevos récords, tales como "el día más
caluroso", "el
verano más seco" o "la temperatura más alta desde que hay
registros". Tales récords generan atención, y transmiten la
impresión de una escalada imparable.
Existe
otro efecto, que detallo. En cuanto se produce una ola de calor excepcional, en
cualquier lugar, los medios nacionales suelen dar la impresión de que su país es el más
afectado.
Esto crea la impresión de
que estos países, en particular, están en el centro de la crisis climática.
Así, un
debate global genera una amenaza personal inmediata, y ¡la estrategia funciona!
La
situación se torna problemática, y alejada de la realidad, cuando los fenómenos
meteorológicos excepcionales se presentan casi exclusivamente desde una
perspectiva extremista, mientras que los contextos generales (lo que está
sucediendo en ese mismo momento, en el otro hemisferio) quedan silenciados. Esto genera en
la población una sensación de escalada constante.
Para
abordar con seriedad el debate sobre el clima, es fundamental contextualizar
cada noticia que revele un récord. ¿Desde cuándo se realizan las mediciones?
¿Dónde se toman? ¿Se han reubicado las estaciones de monitoreo? ¿Ha cambiado
su entorno debido a la urbanización? ¿Se trata de valores locales, regionales
o globales? ¿Qué periodos de comparación se eligieron?
Quien
simplemente proclama un disco sin explicar su origen ni su significado no está
proporcionando información completa. Simplemente está guiando a las masas en
la dirección deseada. a.9)
Primero
la catástrofe, y luego la salvación Imágenes generadas por IA muestran cómo el cambio climático impactará nuestras ciudades para el año 2100, mas ¿quién es capaz de saber lo que sucederá en 2100? ¿Tal vez una vidente de cartas? ¿Un chamán en trance? Esto no es ciencia sino ciencia ficción, y por cierto muy unida a la chamanería.
La
comunicación política basada en el miedo suele seguir una estructura sencilla.
Primero, describe una amenaza existencial. Luego, explica que sólo queda
un breve margen de tiempo para actuar. Posteriormente, presenta medidas de
gran alcance como inevitables. Finalmente, sentencia que cualquiera que disienta pone en
peligro a la comunidad.
Este
patrón se hizo claramente visible durante la pandemia del coronavirus, lo
observamos en la política de seguridad y de guerra, y también caracteriza la
política climática.
Presumiblemente,
la Tierra estaría al borde del colapso, pues se podrían superar los puntos de inflexión
y regiones enteras se volverían inhabitables. Millones de personas tendrían
que huir, se perderían las cosechas y las ciudades podrían inundarse. ¡Eso
sí que es rigor científico, sobre todo chamánico!
Tras
describir este panorama, casi todas las medidas parecen justificadas, y ahí
entra la finalidad política, a forma de: impuestos
más altos, prohibiciones de ciertas tecnologías, restricciones al tráfico,
costosas renovaciones de edificios, intervenciones en agricultura y
alimentación... así como la orientación gradual del consumo personal.
Cualquiera
que quiera evitar una catástrofe, presumiblemente, sólo tiene que seguir las
directrices políticas. Es decir, ponerse al servicio vasallático del nuevo
gobernante de turno.
Quienes
anuncian la crisis se presentan a la vez como sus salvadores. Presentan
programas, leyes, impuestos y prohibiciones como una solución milagrosa. Si las
medidas fracasan o los costos aumentan, la premisa subyacente no se cuestiona.
En ese caso, simplemente se dice que no actuamos con la suficiente decisión.
El
salvador se convierte en un "salvador permanente", ya que una crisis
resuelta definitivamente sería políticamente mucho menos útil que una crisis
que constantemente requiere nuevas medidas. a.10)
Divide
y vencerás
Divide
et Impera (lit. "divide y vencerás") es un antiguo principio de ejercicio del
poder. A menudo se asocia con el Imperio Romano y también fue un medio clave
del dominio colonial. Dividir a la población en facciones rivales no sólo les
impide reconocer sus intereses comunes, sino que, mientras luchan entre sí,
rara vez recurren a quienes toman las decisiones políticas. Aquí reside la verdadera ventaja política de esta estrategia: en que una sociedad dividida es más fácil de gobernar que una unida. Cuando los debates públicos giran casi exclusivamente en torno al conflicto entre diferentes grupos sociales, otras decisiones políticas se pasan por alto con mayor facilidad. Medidas que encontrarían mucha más resistencia en una sociedad unida, atenta y que debate críticamente pueden implementarse más fácilmente en estas condiciones.
Cuanto
más se centra la atención de los ciudadanos en el conflicto mutuo, menos se
plantean las decisiones que se toman tras él y quién se beneficia finalmente
de ellas.
En
la Crisis del Coronavirus, los vacunados se enfrentaron a los no vacunados. En
la Guerra de Ucrania, los defensores de la paz se enfrentaron a los
defensores de la libertad, y cualquier petición de negociación podía
interpretarse como apoyo al enemigo. En el debate sobre inmigración,
la voluntad de ayudar se contrapone a la necesidad de seguridad. En el debate sobre el clima, la línea divisoria se traza entre los supuestamente responsables y los llamados desinformados. Por un lado están los "salvadores del clima", tales como ciclistas, veganos, activistas, compradores de coches eléctricos y defensores de leyes climáticas en constante evolución.
Por otro lado están los "destructores del clima",
tales como conductores, viajeros aéreos, consumidores de carne, propietarios de viviendas
con calefacción de gas o petróleo y aquellos que expresan dudas sobre ciertas
medidas políticas climáticas.
La
comparación objetiva se ve, por tanto, obstaculizada. Ya no se trata de
determinar qué medida es sensata, eficaz, socialmente aceptable y
proporcionada, sino de una cuestión de bien y mal. Quienes profesan la fe
correcta pertenecen al bien. Quienes cuestionan son objeto de sospecha.
Esta
división moral resulta extraordinariamente eficaz políticamente y es
totalmente deliberada. Los ciudadanos discuten sobre quién deja la mayor huella
ecológica, mientras que casi nadie se pregunta quién se beneficia del comercio
de emisiones, los subsidios, los programas de inversión y las nuevas
regulaciones. La gente se vigila mutuamente, mientras que el poder político y
económico permanece prácticamente indiscutible. a.11)
La
espiral del silencio
Cuanto
más cargada moralmente se vuelve una opinión, más difícil resulta
distanciarse públicamente de ella. Aquí es donde entra en juego la
"espiral del silencio" descrita por Noelle Neumann.
La
gente está constantemente pendiente de qué opiniones son socialmente
aceptadas. Quienes creen que sus opiniones son minoritarias suelen guardar
silencio por temor al aislamiento, a las desventajas profesionales o a la
exclusión social.
El
debate sobre el clima es un claro ejemplo. Ni siquiera es necesario silenciar
explícitamente a científicos, periodistas, profesores o emprendedores. A
menudo, basta con que observen lo que les sucede a quienes se desvían públicamente
del discurso dominante.
Son
atacados públicamente, tachados de "negacionistas del cambio climático",
excluidos de los debates o asociados a posturas anticientíficas o extremistas.
A menudo, se pasa por alto si dichas críticas están justificadas en cada caso
particular. Lo que importa es el impacto que generan.
El
antiguo principio de "castigar a uno para educar a cien" describe
acertadamente este mecanismo. A menudo, un solo caso con aprobación pública
basta para que muchos otros dejen de expresar sus dudas u objeciones. No por
convicción, sino por temor a las consecuencias profesionales, sociales o
personales. La consecuencia es la autocensura. Esto alimenta la espiral de
silencio descrita por Noelle Neumann. El caso del politólogo estadounidense Roger Pielke ilustra cómo las posturas controvertidas en el debate climático pueden generar una presión pública considerable. Pielke no cuestionó el cambio climático en sí mismo. Sin embargo, argumentó, basándose en datos publicados sobre daños, que no era posible demostrar claramente un aumento de los daños catastróficos relacionados con el clima atribuible únicamente al cambio climático.
Por esta
postura, que divergía de la percepción pública predominante en aquel momento,
sufrió una considerable presión política y mediática y se retiró
temporalmente del debate climático. Independientemente de cómo se evalúen sus
conclusiones científicas, estos casos tienen un efecto significativo: otros
científicos lo piensan dos veces antes de apartarse públicamente de la opinión
mayoritaria.
Aquí
es donde entra en juego la espiral del silencio. No es solo la censura lo que
cambia el clima de la opinión pública, sino también la expectativa de
posibles consecuencias profesionales o sociales. Quienes observan lo que les
sucede a los críticos prominentes a menudo comienzan a autocensurarse. Quienes
buscan tranquilidad harían bien en callar. Quienes dudan de la supuesta verdad
necesitan un caballo veloz.
El
efecto de la espiral de silencio crea la impresión de un consenso casi total.
Pero esta impresión es engañosa. El silencio no significa consenso. Puede ser
igualmente una expresión de cautela, resignación o temor.
Una
sociedad abierta no debe limitarse a permitir la crítica en teoría. Debe
tolerarla en la práctica y practicarla ella misma. a.12)
Los
medios de comunicación, entre la información y la agitación
Los
medios de comunicación no son los únicos responsables del miedo político,
pero sí son sus principales amplificadores. Muchos medios de comunicación se financian a través de su alcance (número de contactos). Cuanta más atención recibe un artículo, más atractivo resulta económicamente. El miedo genera atención. Las noticias sobre desastres reciben más clics que las que describen acontecimientos menos dramáticos de lo esperado. Las malas noticias venden.
"Los investigadores observan conexiones complejas e incertidumbres
significativas"
no es un titular particularmente emocionante. Sin embargo, "Investigadores climáticos
advierten sobre una Tierra inhabitable" sí lo es.
De
este modo, surge una tendencia a la exasperación. Las posibilidades se
convierten en expectativas. Los escenarios hipotéticos se transforman en imágenes
aparentemente ciertas del futuro. Los riesgos se convierten en certezas. Las
formulaciones restrictivas de las publicaciones científicas desaparecen,
mientras que la afirmación más espectacular termina en el título. a.13)
El
lector, con imágenes distorsionadas A esto se suma una forma particular de selección. Si se produce una ola de calor excepcional en algún lugar, a menudo se la relaciona con el cambio climático. Si se registra un frío inusual o fuertes nevadas en otro lugar, se suele argumentar que los fenómenos meteorológicos aislados no permiten extraer conclusiones sobre el clima.
Ambas afirmaciones son, en principio, científicamente
correctas: ni una ola de calor ni una ola de frío, por sí solas, demuestran un
cambio climático a largo plazo. Sin embargo, cabe destacar que, en los informes
públicos, los fenómenos meteorológicos extremos similares suelen presentarse
de forma diferente.
Las
fuertes lluvias suelen presentarse como prueba de una crisis climática. Sin
embargo, si un evento extremo pronosticado no se materializa o los
acontecimientos son menos dramáticos de lo esperado, por lo general apenas son
noticia.
Esto
crea en el público la impresión de que la catástrofe es omnipresente. No
necesariamente porque todas las imágenes sean falsas, sino porque se
seleccionan casi exclusivamente imágenes que apuntan en la misma dirección.
La
manipulación no se limita a difundir falsedades. También puede implicar
seleccionar y organizar verdades de tal manera que se cree una impresión
parcial. a.14)
El
miedo es un mal consejero
Quienes
tienen miedo piensan con menos visión de futuro. Buscan protección, aprobación
y soluciones sencillas. Están más dispuestos a renunciar a su libertad si a
cambio se les promete seguridad. Una sociedad democrática debe mantenerse especialmente vigilante cuando las medidas políticas se justifican por una catástrofe inminente. Cuanto mayor sea el peligro anunciado y menor el plazo previsto, más importantes serán la calma, el escrutinio y el debate abierto.
Sin embargo, suele ocurrir lo contrario. Las
dudas se consideran una pérdida de tiempo. Las objeciones se consideran
irresponsables. Los análisis de costo-beneficio se consideran inmorales.
Cualquiera que cuestione la eficacia real de una medida debe justificarse como
si estuviera manifestándose en contra de la protección del planeta. b) Conclusión: No es el miedo lo que debe decidir
El miedo no sustituye al análisis. Un incendio forestal no prueba automáticamente
una causa específica. Una inundación no responde a la pregunta de cuánta
responsabilidad recae sobre la canalización de ríos, la construcción y la
falta de protección. Un verano caluroso no prueba por sí solo una teoría climática
específica. Y una medida política no se vuelve sensata sólo porque sus
defensores adviertan de consecuencias nefastas si no se implementa.
Quienes
actúan con responsabilidad primero comprueban: ¿Qué tan grande es realmente
el peligro? ¿Qué grado de certeza tiene la afirmación científica? ¿Qué
factores interactúan? ¿Qué medida puede lograr qué efecto? ¿Qué efectos
secundarios sociales, económicos y ecológicos se derivan de esto? ¿Y quién
se beneficia de la solución elegida?
Estas
preguntas no son una negación de responsabilidad, sino que son responsabilidad.
Lo
que aquí se ha dicho no invita a negar los riesgos ambientales, pero sí deja
claro que no hemos de dejarnos regir por el miedo artificial inoculado
explícitamente por la política actual, para que nos pongamos todos bajo su
caudillaje.
Observemos
las imágenes, pero preguntémonos de dónde provienen y qué muestran realmente.
Leamos los titulares, pero comprobemos si el contenido justifica el sensacionalismo.
Escuchemos las propuestas políticas, pero preguntémonos qué intereses, costos
o cambios podrían estar ligados a sus soluciones. Confiemos en los científicos serios, pero
no confundamos la ciencia con la chamanería.
Ante
todo, estemos convencidos de que pensar ¡es necesario y nunca peligroso! No
demos crédito a quien afirma
que algo "no tiene alternativas", pues ¡siempre hay alternativas! Lo
que sí es peligroso es el miedo que los políticos inoculan en la sociedad,
para que, por miedo, se acepten todas sus restricciones, se toleren todos sus
abusos y se margine toda voz veraz. .
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