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De los Soviets al Deutschland uber Alles
Zamora,
14 septiembre 2026 En
plena I Guerra Mundial Alemania y Rusia luchaban encarnizadamente Alemania y
Rusia, hasta que el revolucionario ruso Lenin se puso de acuerdo con el enemigo alemán para derribar al gobierno
de su propia nación en un proceso revolucionario que le llevó al poder
absoluto el 8 noviembre 1917. La toma del Palacio de Invierno de San Petersburgo despertó fiebre de homologación material marxista en los "movimientos proletarios" de todo el Mundo: una buena parte de los núcleos revolucionarios vieron un ejemplo a seguir en la trayectoria bolchevique. En buen estratega y con poderosos medios a su alcance, Lenin vio enseguida la ocasión de capitalizar esa fiebre de homologación sobre la base de una infraestructura burocrática y doctrinal promovida y desarrollada desde el Kremlin de Moscú. Ello implicó una jerarquía de funciones y una ortodoxia que pronto fue aceptada como "marxista leninista", basada en: -los principios del
"materialismo dialéctico", El
marxismo-leninismo sirvió de base espiritual al imperialismo que
Lenin y su entorno se propusieron impartir: consolidado el poder bolchevique en
el antiguo imperio zarista, urgía establecer la Unión Mundial de Repúblicas
Soviéticas. La fuerza de cohesión estaría representada por la fe
universal en una "verdad absoluta" según la inequívoca presentación del
nuevo jerarca de todas las Rusias. Esa
"verdad absoluta" era doctrina y era estrategia de lucha. Como
doctrina, requería un ejército de exegetas (los "obreros del
pensamiento") que, siguiendo la batuta de los oráculos oficiales,
interpretara todas las conclusiones de la moderna ciencia a la luz de las mil
veces proclamada autosuficiencia de la materia y de su incidencia sobre la
imparable colectivización del género humano. Como estrategia de lucha el marxismo-leninismo requería la capitalización de todas las miserias sociales, requería unos objetivos, unos medios y una organización. Es decir, -un
objetivo principal: universalizar el triunfo bolchevique; Tal estrategia se materializó con la fundación y desarrollo de lo que se llamó Tercera Internacional (lit. Komintern), cuya operativa incluía 21 puntos a respetar por todos los partidos comunistas del mundo so pena de incurrir en anatema y, por lo mismo, ver cortado el grifo de la financiación. Desde la óptica
marxista y como réplica a los exclusivismos bolcheviques, difundidos y
mantenidos desde la Komintern, surgió un más estrecho entendimiento entre los
otros socialismos. De ahí surgió los que se llamó y se llama la Internacional Socialista-1923. A
pesar de las distancias entre una y otra internacional los no
comunistas reconocían ostensiblemente el carácter socialista de la Revolución
Bolchevique. Las divergencias no se han referido nunca a
la base materialista y atea ni a los objetivos de colectivización, cuestiones
que se siguen aceptando como definitorias del socialismo. Hoy como ayer, entre comunistas y socialistas, que, abierta o disimuladamente, reconocen la paternidad común de Marx, hay diferencia de matices en la catalogación de los maestros de segunda fila y, también, en la elección del camino hacia la materialista "utopía final" (disfruta de lo que tienes a mano y no te preocupes del resto). Para los primeros es desde el aparato
del Estado y en abierta pugna con el "gran capital", para los segundos
desde la democrática confrontación política, desde las reformas culturales (laicismo radical) y a través de presiones
fiscales y agigantamiento de la burocracia pasiva. En el norte de unos y otros
siempre ha estado la sustitución de la responsabilidad personal por la materializada colectivización. También
a unos y a otros les acerca el magisterio de Marx: para los comunistas como
autoridad "espiritual" incuestionable, para los socialistas como
"pionero" de las "grandes ideas sociales" en cuya definición
incluyen "también" a los clásicos Saint Simon o Proudhon. Por lo demás,
sus fidelidades marxistas, con frecuencia, están sujetas a las interpretaciones
o distorsiones de revisionistas como Bernstein, pacifistas como Jaures o activistas como
Sorel. * * * Jorge
Sorel, reconocido maestro de
Mussolini, ha pasado a la historia
como un estratega de la violencia organizada al amparo de la "permisividad
democrática". Predicaba Sorel que es en el proletariado donde se forman
y cobran valor las fuerzas morales de la Sociedad. Según Sorel, en sus Reflexiones sobre la Violencia-1908, son estas fuerzas morales las que habrán de estar continuamente alimentadas por la actitud de lucha contra las otras clases. Será el sindicato el ejército obrero por excelencia y su actitud reivindicativa el soporte de la vida diaria hasta la huelga general como idea fuerza capaz de aglutinar a los forjadores de un nuevo orden social". De estos principios, y en razón de una mística revolucionaria al estilo de la que predicara Bakunin, surgirán las cenizas de la actual civilización: "Destruir es una forma de crear". ¿Por qué destruir? Porque tampoco Sorel explicó cuáles habrían de ser los valores y objetivos de ese nuevo "orden social". Tal laguna fue motivo de reflexión para algunos de sus discípulos, entre los cuales descuella Benito Mussolini, socialista e hijo de militante socialista. *
* * Desertor del ejército y emigrante en Suiza, Mussolini trabajó en los oficios más dispares al tiempo que devoraba toda la literatura colectivista que llegaba a sus manos; tras varias condenas de cárcel, es expulsado de Suiza y regresa a Italia en donde cultiva el activismo revolucionario. El principal campo de acción
de Mussolini son los sindicatos según los presupuestos del citado Sorel, cuya aportación
ideológica aliña Mussolini con otros postulados blanquistas, prudonianos y,
por supuesto, marxistas. Filtra todo gracias a la aportación de Pareto, a quien el propio Mussolini reconoce como "padre del
fascismo". Propugnaba ese tal Pareto el gobierno de los mejores
al servicio de un estado convertido en valor absoluto. Llega
Mussolini a ser director del diario Avanti, órgano oficial del
Partido Socialista Italiano y cuando, por su radicalismo, es expulsado del
Partido Socialista Italiano, Mussolini crea Il Popolo d'Italia, desde
donde promociona un furibundo nacionalismo y su peculiar idea sobre el Estado
fuerte y providente encarnado en la clase de los "justos y
disciplinados" al mando incuestionable de un guía (lit. duce), muy por encima
de la masa general de servidores, convertidos en compacto rebaño. Mussolini
participa en la guerra y, al regreso, capitaliza el descontento y desarraigo de
los arditti (excombatientes) y de cuantos reniegan del "sovietismo
de importación" o de la "estéril verborrea" de los políticos.
En 1919 crea los "fascios italianos de combate", con los que cosecha
un triste resultado electoral. No
se amilana, sigue participando en sucesivas elecciones, radicaliza sus
posiciones respecto a los otros partidos y al propio sistema parlamentario,
promueve la "acción directa" (terrorismo), predica apasionadamente la
resurrección de Italia a costa de los que sea, se hace rodear de aparatoso
ritual y, sorpresivamente, organiza un golpe de fuerza y de teatro (más de
teatro que de fuerza). Es la famosa "marcha sobre Roma" cuyo directo resultado fue la dimisión del gobierno y la cesión del poder al duce por parte del acomodaticio rey Víctor Manuel II. Fue así como un reducido colectivo (aquí sí que cuadra el nombre) de iluminados aupó a un singular personaje "sobre el cadáver, más o menos putrefacto, de la diosa libertad". El
nuevo orden fue presentado como
"necesaria condición" para hacer realidad la proclama de Saint Simón
que, por aquel entonces y desde no tan diferente ámbito, Lenin repetía hasta
la saciedad: "de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus
necesidades". Este
"orden nuevo" fue una especie de socialismo vertical, tan materialista
y tan promotor del gregarismo como cualquier otro. Tuvo de particular la estética
del apabullamiento (vibrantes desfiles y sugerentes formas de vestir), el
desarrollo de un fundamentalista nacionalismo que halaga la materialista pasión
por el terruño o una pretendida genética de encargo y que, como "leyes
morales" de 1ª categoría, sitúa la ciega obediencia al Jefe y la
expansión imperial Por
directa inspiración del duce, se entronizaron nuevos dioses de esencia etérea
como la gloria o, más a ras del suelo, como la "prosperidad a costa de los
pueblos débiles". Con su bagaje de fuerza y de teatro Mussolini prometía
hacer del mundo un campo de recreo para sus fieles fascistas. * * * El
espectacular desenlace de la Marcha sobre Roma de Mussolini fue tomado
como lección magistral por otro antiguo combatiente de la I Guerra Mundial, un
austriaco
que había sido condecorado con la Cruz de Hierro y se llamaba Adolf Hitler. Cuando
en 1919 se afilia al Partido Obrero Alemán,
excrecencia de la primitiva Social Democracia, Hitler descubre en sí
mismo unas extraordinarias dotes para la retórica. De ello hace el soporte de
una ambición que le lleva a la cabeza del Partido al que rebautiza con el
apelativo de Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (National Sozialistiche
Deuztsche Arbeiterpartei) o Partido Nazi. El
programa del Partido Nazi quiere ser un opio de la reciente derrota de los
alemanes y habla de bienestar sin límites para los trabajadores (tomados, claro
está, como estricto ente colectivo). También habla de exaltación patriótica,
de valores de raza y de inexcusable responsabilidad histórica tras la
arrolladora implantación de la dictadura del poder, que él presume de encarnar. Gana Hitler a su causa al general Ludendorff, con quien organiza en 1923 un fracasado Golpe de Estado que le lleva a la cárcel en donde, ayudado por Hess, escribe Mein Kampf (lit. Mi Lucha), especie de catecismo nazi. Vuelto a la arena política y en un terreno abonado por la decepción, una
terrible crisis económica, ensoñación romántica y torpe añoranza por héroes
providentes contra la miseria de entonces, logra Hitler el suficiente respaldo
electoral para que el mariscal Hindemburg, presidente de la República, le
nombre canciller. Muy rápidamente, Hitler logra el poder absoluto desde el cual pretende aplicar la praxis que le dictara el ideal matrimonio entre Marx y Nietzsche pasado por las sistematizaciones de una tal Rosemberg. En esa praxis, Alemania será el eje del universo (la Deuztschland Uber Alles), él mismo, guía o führer que requiere absoluta fidelidad como indiscutida e indiscutible expresión del superhombre y viene respaldado por una moral de conquista y triunfo situada "más allá del bien y del mal". Por debajo, tendrá
Hitler a un fidelísimo
pueblo con una única voluntad (gregarismo absoluto como supremo resultado de
una completa colectivización de energías físicas y mentales) y el propósito
compartido de lograr la felicidad sobre la opresión y miseria del resto de los
mortales. La realidad es que Hitler llevó a cabo una de las más criminales experiencias de colectivización ("marxistización") de que nos habla la historia, bajo un arraigo popular basado en: -una oportunísima capitalización de algunos
éxitos frente a la inflación y al declive de la economía, Para los fieles de Hitler era objetivo principal conquistar un amplio lebensraum (lit. espacio vital) en que desarrollar su colectiva voluntad de dominio. En la previa confrontación política había sido la socialdemocracia su principal víctima. De hecho, muchos de sus adeptos votaron por el gran demagogo que irradiaba novedad y aparentaba capacidad para hacer llover el maná del bienestar para todo el colectivo. El descalabro del socialismo
democrático, y
posterior triunfo de los nazis, fue propiciado por la propia actitud del Partido
Comunista, el cual, siguiendo las orientaciones de Moscú, entendía que el
triunfo de Hitler significaba el triunfo del ala más reaccionaria de la burguesía
lo que, en virtud de los postulados marxistas, facilitaría una posterior reacción
a su favor (es lo que, también, defendió Marx en su tiempo). Es
así como Thälman, un destacado comunista de entonces, llegó a escribir ante
la investidura de Hitler: "Los
acontecimientos han significado un espectacular giro de las fuerzas de clase en
favor de la revolución proletaria". Obvia es cualquier reserva sobre el paso por la historia de ese consumado colectivismo cual fue la revolución hitleriana (síntesis de un marxismo pasado por Nietzsche y furibundo nacionalismo). Y si no, ahí están sus: -devastadoras guerras imperialistas, Todo esto, y mucho más, ha mostrado con creces el absoluto y rotundo fracaso de cualquier idealista empeño de colectivización de voluntades y de rebajar al hombre a la categoría de simple borrego. La trayectoria de Hitler y de sus
incondicionales esclavos engendró un trágico ridículo que planeó sobre
Europa incluso años después de la espantosa traca final, previo el más
descabellado y criminal holocausto de la Historia (¿de dónde le vino a Hitler
aquel inmisericorde odio contra los judíos?) En el pavoroso vacío subsiguiente a la experiencia nacionalsocialista cupo la impresión de que habían incurrido en criminal burla todos los que, desde un lado u otro, habían cantado la "muerte de Dios" y consiguiente atrofia de atributos suyos como el amor y la libertad. .
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