De los Soviets al Deutschland uber Alles

Zamora, 14 septiembre 2026
Antonio Fernández, licenciado en Sociología

         En plena I Guerra Mundial Alemania y Rusia luchaban encarnizadamente Alemania y Rusia, hasta que el revolucionario ruso Lenin se puso de acuerdo con el enemigo alemán para derribar al gobierno de su propia nación en un proceso revolucionario que le llevó al poder absoluto el 8 noviembre 1917.

         La toma del Palacio de Invierno de San Petersburgo despertó fiebre de homologación material marxista en los "movimientos proletarios" de todo el Mundo: una buena parte de los núcleos revolucionarios vieron un ejemplo a seguir en la trayectoria bolchevique.

         En buen estratega y con poderosos medios a su alcance, Lenin vio enseguida la ocasión de capitalizar esa fiebre de homologación sobre la base de una infraestructura burocrática y doctrinal promovida y desarrollada desde el Kremlin de Moscú.

         Ello implicó una jerarquía de funciones y una ortodoxia que pronto fue aceptada como "marxista leninista", basada en:

-los principios del "materialismo dialéctico",
-el carácter positivo de la "lucha de clases",
-la justicia inmanente a la "dictadura del proletariado",
-la gran "utopía final", como fidelísimo eco de las consignas soviéticas.

         El marxismo-leninismo sirvió de base espiritual al imperialismo que Lenin y su entorno se propusieron impartir: consolidado el poder bolchevique en el antiguo imperio zarista, urgía establecer la Unión Mundial de Repúblicas Soviéticas. La fuerza de cohesión estaría representada por la fe universal en una "verdad absoluta" según la inequívoca presentación del nuevo jerarca de todas las Rusias.

         Esa "verdad absoluta" era doctrina y era estrategia de lucha. Como doctrina, requería un ejército de exegetas (los "obreros del pensamiento") que, siguiendo la batuta de los oráculos oficiales, interpretara todas las conclusiones de la moderna ciencia a la luz de las mil veces proclamada autosuficiencia de la materia y de su incidencia sobre la imparable colectivización del género humano.

         Como estrategia de lucha el marxismo-leninismo requería la capitalización de todas las miserias sociales, requería unos objetivos, unos medios y una organización. Es decir,

-un objetivo principal: universalizar el triunfo bolchevique;
-los medios operativos: cuantos pudieran derivarse del monopolio de los recursos materiales y humanos de la Unión Soviética;
-el soporte de la organización: una monolítica burocracia que canalizara ciegas obediencias, una vez reducidos al mínimo todos los posibles desviacionismos o críticas a las directrices de la "vanguardia del proletariado", el "soviet supremo" o voluntad del autócrata de turno.

         Tal estrategia se materializó con la fundación y desarrollo de lo que se llamó Tercera Internacional (lit. Komintern), cuya operativa incluía 21 puntos a respetar por todos los partidos comunistas del mundo so pena de incurrir en anatema y, por lo mismo, ver cortado el grifo de la financiación.

         Desde la óptica marxista y como réplica a los exclusivismos bolcheviques, difundidos y mantenidos desde la Komintern, surgió un más estrecho entendimiento entre los otros socialismos. De ahí surgió los que se llamó y se llama la Internacional Socialista-1923.

         A pesar de las distancias entre una y otra internacional los no comunistas reconocían ostensiblemente el carácter socialista de la Revolución Bolchevique. Las divergencias no se han referido nunca a la base materialista y atea ni a los objetivos de colectivización, cuestiones que se siguen aceptando como definitorias del socialismo.

         Hoy como ayer, entre comunistas y socialistas, que, abierta o disimuladamente, reconocen la paternidad común de Marx, hay diferencia de matices en la catalogación de los maestros de segunda fila y, también, en la elección del camino hacia la materialista "utopía final" (disfruta de lo que tienes a mano y no te preocupes del resto).

         Para los primeros es desde el aparato del Estado y en abierta pugna con el "gran capital", para los segundos desde la democrática confrontación política, desde las reformas culturales (laicismo radical) y a través de presiones fiscales y agigantamiento de la burocracia pasiva. En el norte de unos y otros siempre ha estado la sustitución de la responsabilidad personal por la materializada colectivización.

         También a unos y a otros les acerca el magisterio de Marx: para los comunistas como autoridad "espiritual" incuestionable, para los socialistas como "pionero" de las "grandes ideas sociales" en cuya definición incluyen "también" a los clásicos Saint Simon o Proudhon. Por lo demás, sus fidelidades marxistas, con frecuencia, están sujetas a las interpretaciones o distorsiones de revisionistas como Bernstein, pacifistas como Jaures o activistas como Sorel.

*  *  *

         Jorge Sorel, reconocido maestro de Mussolini, ha pasado a la historia como un estratega de la violencia organizada al amparo de la "permisividad democrática". Predicaba Sorel que es en el proletariado donde se forman y cobran valor las fuerzas morales de la Sociedad.

         Según Sorel, en sus Reflexiones sobre la Violencia-1908, son estas fuerzas morales las que habrán de estar continuamente alimentadas por la actitud de lucha contra las otras clases. Será el sindicato el ejército obrero por excelencia y su actitud reivindicativa el soporte de la vida diaria hasta la huelga general como idea fuerza capaz de aglutinar a los forjadores de un nuevo orden social".

         De estos principios, y en razón de una mística revolucionaria al estilo de la que predicara Bakunin, surgirán las cenizas de la actual civilización: "Destruir es una forma de crear". ¿Por qué destruir? Porque tampoco Sorel explicó cuáles habrían de ser los valores y objetivos de ese nuevo "orden social". Tal laguna fue motivo de reflexión para algunos de sus discípulos, entre los cuales descuella Benito Mussolini, socialista e hijo de militante socialista.

*  *  *

         Desertor del ejército y emigrante en Suiza, Mussolini trabajó en los oficios más dispares al tiempo que devoraba toda la literatura colectivista que llegaba a sus manos; tras varias condenas de cárcel, es expulsado de Suiza y regresa a Italia en donde cultiva el activismo revolucionario.

         El principal campo de acción de Mussolini son los sindicatos según los presupuestos del citado Sorel, cuya aportación ideológica aliña Mussolini con otros postulados blanquistas, prudonianos y, por supuesto, marxistas. Filtra todo gracias a la aportación de Pareto, a quien el propio Mussolini reconoce como "padre del fascismo". Propugnaba ese tal Pareto el gobierno de los mejores al servicio de un estado convertido en valor absoluto.

         Llega Mussolini a ser director del diario Avanti, órgano oficial del Partido Socialista Italiano y cuando, por su radicalismo, es expulsado del Partido Socialista Italiano, Mussolini crea Il Popolo d'Italia, desde donde promociona un furibundo nacionalismo y su peculiar idea sobre el Estado fuerte y providente encarnado en la clase de los "justos y disciplinados" al mando incuestionable de un guía (lit. duce), muy por encima de la masa general de servidores, convertidos en compacto rebaño.

         Mussolini participa en la guerra y, al regreso, capitaliza el descontento y desarraigo de los arditti (excombatientes) y de cuantos reniegan del "sovietismo de importación" o de la "estéril verborrea" de los políticos. En 1919 crea los "fascios italianos de combate", con los que cosecha un triste resultado electoral.

         No se amilana, sigue participando en sucesivas elecciones, radicaliza sus posiciones respecto a los otros partidos y al propio sistema parlamentario, promueve la "acción directa" (terrorismo), predica apasionadamente la resurrección de Italia a costa de los que sea, se hace rodear de aparatoso ritual y, sorpresivamente, organiza un golpe de fuerza y de teatro (más de teatro que de fuerza).

         Es la famosa "marcha sobre Roma" cuyo directo resultado fue la dimisión del gobierno y la cesión del poder al duce por parte del acomodaticio rey Víctor Manuel II. Fue así como un reducido colectivo (aquí sí que cuadra el nombre) de iluminados aupó a un singular personaje "sobre el cadáver, más o menos putrefacto, de la diosa libertad".

         El nuevo orden fue presentado como "necesaria condición" para hacer realidad la proclama de Saint Simón que, por aquel entonces y desde no tan diferente ámbito, Lenin repetía hasta la saciedad: "de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades".

         Este "orden nuevo" fue una especie de socialismo vertical, tan materialista y tan promotor del gregarismo como cualquier otro. Tuvo de particular la estética del apabullamiento (vibrantes desfiles y sugerentes formas de vestir), el desarrollo de un fundamentalista nacionalismo que halaga la materialista pasión por el terruño o una pretendida genética de encargo y que, como "leyes morales" de 1ª categoría, sitúa la ciega obediencia al Jefe y la expansión imperial.

         Por directa inspiración del duce, se entronizaron nuevos dioses de esencia etérea como la gloria o, más a ras del suelo, como la "prosperidad a costa de los pueblos débiles". Con su bagaje de fuerza y de teatro Mussolini prometía hacer del mundo un campo de recreo para sus fieles fascistas.

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         El espectacular desenlace de la Marcha sobre Roma de Mussolini fue tomado como lección magistral por otro antiguo combatiente de la I Guerra Mundial, un austriaco que había sido condecorado con la Cruz de Hierro y se llamaba Adolf Hitler.

         Cuando en 1919 se afilia al Partido Obrero Alemán, excrecencia de la primitiva Social Democracia, Hitler descubre en sí mismo unas extraordinarias dotes para la retórica. De ello hace el soporte de una ambición que le lleva a la cabeza del Partido al que rebautiza con el apelativo de Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (National Sozialistiche Deuztsche Arbeiterpartei) o Partido Nazi.

         El programa del Partido Nazi quiere ser un opio de la reciente derrota de los alemanes y habla de bienestar sin límites para los trabajadores (tomados, claro está, como estricto ente colectivo). También habla de exaltación patriótica, de valores de raza y de inexcusable responsabilidad histórica tras la arrolladora implantación de la dictadura del poder, que él presume de encarnar.

         Gana Hitler a su causa al general Ludendorff, con quien organiza en 1923 un fracasado Golpe de Estado que le lleva a la cárcel en donde, ayudado por  Hess, escribe Mein Kampf (lit. Mi Lucha), especie de catecismo nazi.

         Vuelto a la arena política y en un terreno abonado por la decepción, una terrible crisis económica, ensoñación romántica y torpe añoranza por héroes providentes contra la miseria de entonces, logra Hitler el suficiente respaldo electoral para que el mariscal Hindemburg, presidente de la República, le nombre canciller.

         Muy rápidamente, Hitler logra el poder absoluto desde el cual pretende aplicar la praxis que le dictara el ideal matrimonio entre Marx y Nietzsche pasado por las sistematizaciones de una tal Rosemberg. En esa praxis, Alemania será el eje del universo (la Deuztschland Uber Alles), él mismo, guía o führer que requiere absoluta fidelidad como indiscutida e indiscutible expresión del superhombre y viene respaldado por una moral de conquista y triunfo situada "más allá del bien y del mal".

         Por debajo, tendrá Hitler a un fidelísimo pueblo con una única voluntad (gregarismo absoluto como supremo resultado de una completa colectivización de energías físicas y mentales) y el propósito compartido de lograr la felicidad sobre la opresión y miseria del resto de los mortales.

         La realidad es que Hitler llevó a cabo una de las más criminales experiencias de colectivización ("marxistización") de que nos habla la historia, bajo un arraigo popular basado en:

-una oportunísima capitalización de algunos éxitos frente a la inflación y al declive de la economía,
-la cómoda inhibición o ciega y morbosa auto-despersonalización de sus incondicionales (bajo el "manda, führer, que nosotros obedecemos"),
-la vena romántica con espectaculares desfiles, procesiones de antorchas, la magia de los símbolos, obligado y ritual saludo en alto (con "la mano redentora del espíritu del sol").

         Para los fieles de Hitler era objetivo principal conquistar un amplio lebensraum (lit. espacio vital) en que desarrollar su colectiva voluntad de dominio. En la previa confrontación política había sido la socialdemocracia su principal víctima. De hecho, muchos de sus adeptos votaron por el gran demagogo que irradiaba novedad y aparentaba capacidad para hacer llover el maná del bienestar para todo el colectivo.

         El descalabro del socialismo democrático, y posterior triunfo de los nazis, fue propiciado por la propia actitud del Partido Comunista, el cual, siguiendo las orientaciones de Moscú, entendía que el triunfo de Hitler significaba el triunfo del ala más reaccionaria de la burguesía lo que, en virtud de los postulados marxistas, facilitaría una posterior reacción a su favor (es lo que, también, defendió Marx en su tiempo).

         Es así como Thälman, un destacado comunista de entonces, llegó a escribir ante la investidura de Hitler: "Los acontecimientos han significado un espectacular giro de las fuerzas de clase en favor de la revolución proletaria".

         Obvia es cualquier reserva sobre el paso por la historia de ese consumado colectivismo cual fue la revolución hitleriana (síntesis de un marxismo pasado por Nietzsche y furibundo nacionalismo). Y si no, ahí están sus:

-devastadoras guerras imperialistas,
-inconcebibles persecuciones y holocaustos de pueblos enteros,
-criminales vivencias de los más bestiales instintos,
-alucinante acoso a la libertad de sus propios ciudadanos.

         Todo esto, y mucho más, ha mostrado con creces el absoluto y rotundo fracaso de cualquier idealista empeño de colectivización de voluntades y de rebajar al hombre a la categoría de simple borrego.

         La trayectoria de Hitler y de sus incondicionales esclavos engendró un trágico ridículo que planeó sobre Europa incluso años después de la espantosa traca final, previo el más descabellado y criminal holocausto de la Historia (¿de dónde le vino a Hitler aquel inmisericorde odio contra los judíos?).

         En el pavoroso vacío subsiguiente a la experiencia nacionalsocialista cupo la impresión de que habían incurrido en criminal burla todos los que, desde un lado u otro, habían cantado la "muerte de Dios" y consiguiente atrofia de atributos suyos como el amor y la libertad.

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  Act: 14/09/26        @enseñanzas de la vida            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A