El derecho social sustituye al derecho personal

Zamora, 27 junio 2022
Antonio Fernández, licenciado en Filosofía

          El derecho natural fue definido por Spinoza como el "conjunto de reglas que apoyan lo que acontece por la fuerza de la naturaleza". Una fuerza de la naturaleza, o ley natural, que en Aristóteles era respetada cuando cada hombre particular obraba conforme a la idea y esencia del hombre, único animal dotado de razón.

          Sobre cual sea el más adecuado uso de la razón, respecto a su "natural finalidad", se han elaborado multitud de suposiciones. Para los cristianos, la ratio recta es la conciencia moral o "participación de la ley divina en la criatura racional" (Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, II, 91.2).

          Diversas familias de cartesianos discreparon ostensiblemente sobre la acepción del derecho natural o "fuerza de la naturaleza". Unos, como Rousseau, lo fiaron todo a la "bondad natural" del hombre. Otros, con Hobbes a la cabeza, dijeron que el estado primitivo natural "dio a cada uno el derecho a todo, lo que significa que a cada uno le está permitido hacer cuanto quiera, siendo la utilidad la medida de todo derecho".

          En esta última definición de derecho natural de Hobbes, se observa que no tiene cabida la conciencia humana, sino a lo mucho una "brutalidad consciente animal", ámbito en el que ese animal, llamado hombre, actúa al acecho de lo que puede arrebatar a los de su propia especie, no diferenciándose gran cosa de cualquier otra fiera. Es el "homo homini lupus", diría en ese sentido Hobbes, para quien los sucesivos desmanes de tal "brutalidad consciente" hacen considerar que "el puro ejercicio del derecho natural" puede conducir al aniquilamiento de la especie.

          En razón de esta necesidad de supervivencia, de la especia humana, fue donde surgió el Contrato Social de los estados, que implicaba la cesión irreversible al estado de todo el conjunto de los derechos individuales. Por esa "cesión irreversible" de Hobbes, el estado se convirtió en la única fuente del derecho, de la moral y de la religión, cuestiones que ya no funcionarían por sí mismas, sino como "razón de estado". Como decía el propio Hobbes:

"Otorgo al poder supremo del estado el derecho a decidir si determinadas doctrinas son incompatibles con la obligada obediencia de los ciudadanos, en cuyo caso el propio estado habrá de prohibir su difusión".

          Es así como el estado se convirtió en cabeza y corazón de un hombre nuevo (el hombre especie), cuyo derecho seguía la medida de su astucia y fortaleza, y solamente podía ser frenado por la fuerza de una ley que regulara su supervivencia. Según ello, prototipo de buen estado sería aquel que ejerciera su papel como un indiscutido patriarca, que proporcionara seguridad y oportunidad para la práctica de la especulación y de los "placeres naturales". Y los mantenedores de ese estado podrían actuar como déspotas, en razón de haber interpretado adecuadamente las "leyes de la naturaleza". Fueron los nuevos déspotas ilustrados.

          Una vez que Hobbes asentó en su Leviatán las bases del equilibrio social, a través de la interpretación estatal del derecho natural y del despotismo ilustrado, numerosos déspotas y gobernantes estatales aprovecharon el tirón para redefinir sus círculos de poder, desde su propio protector Cronwell hasta Catalina I de Rusia, pasando por Luis XIV de Francia.

          Atemperantes de las ideas de Hobbes fueron las ideas de Locke, para quien el derecho natural era el factor de la "bondad natural" y de la solidaridad, pues "los hombres, sociables y generosos por ley natural, aspiran a la felicidad guiados por las elementales sensaciones de dolor y placer, aunque la meta de tal felicidad se vea afectada por la propiedad privada y del lujo".

          Locke apela a un Contrato Social de otro color al de Hobbes, pues los hombres, "aunque naturalmente buenos, no proceden como tal, porque han sido víctimas de las torpes fuerzas de la historia". Así, la nueva vía de solución vendría a ser la de un contrato que implicara "la renuncia de una parte de la libertad de cada uno, para que sea posible un estado que vele por la mayoría". A diferencia del estado de Hobbes, éste no sería un estado coactivo, pero sí reductivo, siempre bajo los poderes legislativo y ejecutivo.

          En la Francia de entonces, el rey empezó a encarnar el poder absoluto, respetando a los intelectuales en tanto que no pusieran en tela de juicio su incondicionada facultad de dirigir, controlar e interpretar. Para ello, los servidores del nuevo Régimen reducen la religión a lo meramente ritual, adaptan al ejército (bien pagado) a las nuevas guerras "de divertimento", y someten la libertad de pensamiento "al fondo de la cuestión".

          Este fondo de la cuestión fue el quid de los nuevos intelectuales del Régimen francés, para quienes "el sol nacía en Inglaterra". A este grupo pertenecieron Rousseau, Voltaire y Montesquieu, siendo Voltaire su sistematizador más celebrado.

          En sus Cartas sobre los Ingleses, Voltaire abre el camino al Nuevo Régimen, y en su crítica metódica contra el trono y el altar pulveriza las 2 columnas en las que se apoyaba el Antiguo Régimen.

          Pulularon en torno a Voltaire los "filósofos de salón", personajillos que escribían panfletos y proclamas sobre lo superficial de la religión y las ciencias, con escarceos especulativo-literarios que encontraron eco en los parvenus, burgueses de 2ª generación que distraían sus ocios en el juego de las ideas, bajo el "corte Capeto".

          Voltaire fue cínico con sus amigos e implacable con sus enemigos, y nunca disimuló su desmedido afán por erigirse en dueño de la situación. Zarandeador de la política y de las ideas, se presentó a sí mismo como el portavoz de la clase emergente burguesa, haciendo ver que en el saber hacer de esta clase estaba la personificación del nuevo poder (lo que se llamará el Tercer Estado).

          Pero ese Tercer Estado de Voltaire no era ni debía ser el pueblo (el "vil canalla", como a él le gustaba calificar), sino el exclusivo grupo de los escogidos. Para Voltaire "los últimos deben ser siempre los últimos, mientras que los primeros pueden pasar a ser los segundos, por gentileza del poderoso". Fue así como surgieron los ministros ilustrados, o perrillos falderos de los monarcas (Catalina II de Rusia, Federico II de Prusia...), tales como el francés Choiseul, el español Aranda, el portugués Pombal o el italiano Tanucci.

          Es, pues, Voltaire el principal promotor de la gente guapa de la época, que empezaron a ejercer la autoridad por imperativo de la estética del poder, y más motivados por mantener los privilegios de la propia clase (y no bajar a una 2ª clase) que por el poder al que servían.

          Desde una óptica también utilitarista, Rousseau apeló a otra conciencia colectiva: la de la mayoría, desde la socializante y optimista acepción del derecho natural de Locke.

          Rousseau se dejó embargar por las emociones elementales (el candor de la infancia, el amor heróico, el amparo de los débiles...), y promulgó una "vuelta a la naturaleza". Y volviendo a identificar al saber con la pedantesca ilustración, formuló dogmas al estilo de: "La ignorancia jamás ha causado mal alguno", y "la única garantía de verdad es la sinceridad del corazón".

          Rousseau se auto-proclamó religioso, pero al igual que Lutero, Descartes, Hobbes, Locke, Voltaire... soslayó la trascendencia social del hecho de la Redención, no sabiendo (o no queriendo) ver que la presencia del Dios encarnado en la historia. Y para él, lo fundamental era la vuelta a la animalesca libertad del hombre primitivo, renegando para ello de la libre iniciativa personal, la propiedad privada y la propia civilización, en pro de una "voluntaria extrapolación de las propias responsabilidades, hacia las responsabilidades de la comunidad". Desde esa premisa, Rousseau defiende lo que, generosamente, se puede calificar de romántica ilusión:

"En cuanto el individuo aislado somete su persona y su poder a la suprema dirección de la voluntad general, entra en la más segura vía de su propia libertad. Es éste un sometimiento aceptable, tanto más cuanto es más espontáneo, y es aplicado a todos los hombres sin excepción. En consecuencia, aquel que se resiste a someter su persona y su poder a la encarnación de la voluntad general deberá ser presionado por todo el cuerpo social, y se le obligará a saber lo que significa ser libre".

          Como se ve, en la utopía roussoniana la razón y la libertad dependen de la "voluntad general", que podrá alterar, cuando quiera, los principios más elementales de la convivencia. A eso se ha llamado "totalitarismo democrático", con cuyo ejercicio se podría alterar la escala de valores, justificar sangrientas represalias, poner en tela de juicio los pilares de la justicia, ridiculizar a la familia, etc.

          Para Rousseau las eventuales desviaciones serían compensadas con la educación, disciplina que había de dejar de apoyarse en los valores morales tradicionales y en dictados de la experiencia, pues "para la pertinente educación del joven será suficiente el desarrollo de la sensibilidad, y de la admiración de la naturaleza. Pues si al joven le entra algo por los ojos y sin prejuicios, sabrá reaccionar de la forma más conveniente ante cualquier problema". Así pues, el papel del educador, o "ministro de la naturaleza", es el de sugerir, puesto que "no es pensando por él como le enseñaremos a pensar".

          En definitiva, si para Voltaire el pueblo era algo así como un gallinero, para Rousseau era un rebaño que no necesitaba pastor.

          Más pegado a la realidad, aunque también influenciado por el empirismo inglés, fue Montesquieu, cuyo "espíritu de las leyes" constituye, sin duda, la más positiva aportación de los 2 últimos siglos a la relatividad del poder político, pues para él lo mismo era una sociedad agraria que una sociedad industrial, o el parlamento persa que el británico.

          En otra ocasión habremos de volver a Montesquieu, pero por ahora bástenos reconocer en él tanto al analista de la relatividad (en los regímenes políticos) como al precursor de las más consolidadas democracias modernas. En efecto, tras Montesquieu el equilibrio político empezó a descansar en la independencia y en la complementariedad de los 3 poderes: el ejecutivo, el legislativo y el judicial.

          Sobre todo porque para Montesquieu la libertad podría resultar seriamente dañada si tales poderes se enfrentaban corporativamente entre sí, o si alguno de ellos obrara al dictado de un líder supremo, por mucho que este líder hubiera surgido legítimamente de las urnas (pues "el voto responsabiliza, pero no otorga la patente de corso").

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  Act: 27/06/22        @enseñanzas de la vida            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A