Occidente sí tiene un entronque Cultural

Zamora, 11 abril 2022
Antonio Fernández, licenciado en Filosofía

          Para al esfera cultural en que se mueve lo que, por simplificación histórica, llamamos Occidente, la historia escrita del pensamiento empieza con los griegos. En líneas generales, la forma de pensar de los intelectuales griegos estaba animada por la preocupación de deducir el significado de la vida humana desde el previo conocimiento de su entorno físico y espiritual. Era una actitud realista (percepción y reflexión sobre la propia reflexión) en la cual escasa cabida tenía el fantasismo individualista que, tan cerca de nosotros, han defendido los llamados "arquitectos de ideas" (los idealistas que, en la estela de Descartes y con Hegel a la cabeza, abrieron el camino a no pocos fundamentalismos ideológicos de la actualidad).

          Algunos de los presocráticos ya se preocuparon por explicar en lógica natural cuanto existe: abogaban por una especie de comunitarismo entre elementos y personas. En esa línea ha de interpretarse el legado de un Tales de Mileto para quien el principio creador era el agua, del que proceden desde el ínfimo animal hasta los propios dioses; para Anaximandro, compatriota de Tales, el principio creador era el apeirón o lo infinitamente indeterminado que adopta las variadas formas impuestas por la evolución, desde una elemental partícula hasta la propia inteligencia; en la misma línea, Anaxímenes, discípulo de Anaximandro, identifica a la materia prima con el aire (aún no se había descubierto el polvo cósmico, de que hablará Teilhard de Chardin).

          Sin duda que esos primeros apuntes evolucionistas, desde una óptica que mucho se parece a una versión naturalista del Todo en todos, representan un serio esfuerzo por situar al hombre en el camino que mejor corresponde a su destino: se mira al cielo con los pies en la tierra y teniendo enfrente a un ser ("animal político", en expresión de Aristóteles), que aprecia progresivamente una especie de vocación al protagonismo de la especie humana en el mundo material desde un esfuerzo por interpretar la realidad en todas sus dimensiones.

          Pero también, en la época, hubo cultivadores de la evasión idealista. Una de las corrientes más destacadas del tal idealismo viene representada por el "divino" Platón que ve en las ideas ("madres de todas las cosas" y con vida propia ajena a los hombres a los que, en el mejor de los casos, solamente llegará su sombra) el principio de toda realidad. Una peculiar especie de "idealismo cabalístico" de aquella época viene representado por los pitagóricos, para quienes los "números son la causa primera y raíz de cuanto existe".

          Ambas modalidades constituyeron una especie de "idealismo objetivo" (las ideas y conceptos con vida propia independiente de los cerebros que habrán de asimilarlas o desarrollarlas), muy distinto del "idealismo subjetivo" de la escuela alemana: para aquellos el cerebro era un simple receptor de imágenes a dilucidar, mientras que, para éstos, la propia conciencia resulta ser el principal proyector de la verdad.

          En su momento, volveremos al tema del idealismo subjetivo, tan responsable de múltiples fracasados colectivismos. Por ahora, bástenos reconocer lo poco que tiene que ver con la genuina cultura mediterránea, en la que, desde siglos atrás, la cultura española está entroncada.

          La circunstancia en que se desenvolvía la acción y el discurrir de los llamados filósofos clásicos, admitía a la violencia como factor principal en las relaciones entre estados, no reconocía la igualdad entre los hombres hasta el punto de institucionalizar formas de avasallamiento de por vida (la esclavitud) sin otro aval que la fuerza física o la derrota en el campo de batalla.

          Ante ello son muchos los tentados a considerar el panorama como realidad definitiva: así parece mostrárnoslo Heráclito (llamado el Oscuro), cuya es la afirmación de que "la guerra es la madre de todas las cosas", que, en fatal, gigantesca y agitada rueda, se ajustan a un ciclo de 10.800 años (nadie ha explicado aun de donde viene esa cifre): parece como si pretendiera demostrar que, hágase lo que se haga, cuanto existe terminará volviendo a empezar después de haber bañado en sangre un largo período de historia.

          En la historia de los círculos intelectuales siempre han existido posiciones encontradas. No es, pues, de extrañar que el "evolucionismo circular" y extremismo derrotista de un Heráclito (resucitado por Hegel y sus discípulos) encontrara el polo opuesto en un Parménides, para quien la realidad está sumida en una especie de nirvana ocupada por un ser inmutable a cuyo conocimiento solamente pueden acceder privilegiados como Parménides... el resto, sumidos en crasa ignorancia, habrá de contentarse con las simples apariencias.

          Desde esa posición, resultará que la realidad total será lo que determina el sabio ("lo mismo es el pensamiento que aquello que pensamos"). Sin duda que es una forma de discurrir exageradamente racionalista, pero de un peculiar matiz que le libera del rígido anclaje al "yo dictador de la realidad" cual será el caso del idealismo alemán.

          Al margen de no pocas pedanterías y errores, en los que tan fácilmente incurren los intelectuales de profesión, a estos primeros representantes de la cultura mediterránea les cabe el mérito de abrir brecha en lo que podrá ser una fértil reflexión sobre la necesaria aunque extremadamente dificultosa percepción de la realidad. Tanto mejor si ello nos viene desde un paciente y desapasionado estudio de las cosas, de los hombres y de cuanto ocurre en ellos y entre ellos. Tal fue el caso del maestro Aristóteles, quien se empeñó en conciliar experiencia y razón, comprometida ésta en la aproximación a la realidad desde un natural principio de intuición.

          Con su Liceo, Aristóteles se esforzó por salir del atasco en que se debatía la Academia de su antiguo maestro Platón. Frente a la cantada autonomía de las Ideas, Aristóteles responderá perogrullescamente: "No se puede pensar sin comer". Cantó la libertad del hombre frente al gregarismo de su maestro. Simultaneó la reflexión sobre las serias preocupaciones de los hombres con el estudio de las ciencias naturales. Es así y a pesar de la palmaria ausencia de unos medios imposibles en la época, apuntó la probabilidad de la evolución animal, la estrecha relación entre el alma y el cuerpo, la necesidad de una 1ª Fuente de Energía, capaz de animar el proceso de humanización de la realidad.

          Por otra parte y desde la pagana visión del hombre, Aristóteles consideró a la esclavitud como una imposición de la infraestructura económica y, en razón de ello, llegó a decir que algunos hombres eran naturalmente esclavos: si la naturaleza gusta de facilitar sus frutos a partir de un duro y continuo trabajo, si las necesidades ordinarias requieren una especie de mecánica dedicación... las correspondientes tareas no pueden ser desarrolladas más que por aquellas personas en que predomina el afán de supervivencia sobre el afán de reflexión. Tal situación es inevitable hasta tanto "las lanzaderas y otras herramientas se muevan por sí solas".

          Aristóteles legó al entorno mediterráneo su preocupación por casar hombre y naturaleza, por hacer depender al pensamiento de lo que entra por los sentidos, por apuntar a una realidad en la que todos dependen del Todo, por identificar lo sabio con el mayor conocimiento posible de la realidad desde lo natural hasta lo político pasando por lo fisiológico y técnico.

          Aristóteles es un personaje comprometido con el estudio de las cosas, las cuales, mediante la capacidad reflexiva del ser humano, pueden convertirse en ideas; nunca al revés, como fuera el caso de Parménides o de Platón. Por lo demás, dedica especial simpatía a cuanto pueda facilitar la armonía entre los hombres y de éstos con todo el universo espiritual y material.

          En paralelo con ese afán por encontrar sentido trascendente a todo lo natural y humano, se desarrollan los afanes imperialistas de Alejandro Magno (díscolo discípulo de Aristóteles) y de los diadocos con la trágica secuela de ruinas, atropellos y muertes.

          Es cuando los más reflexivos de los hombres tratan de encontrar el sentido de la propia vida dentro de sí mismos, lo que les lleva a preocuparse por lo que se llamará ciencia del comportamiento o ética. Ahí también se dan posiciones encontradas: la de los epicúreos (de Epicuro de Samos) y la de los estoicos (de la stoa, nombre del pórtico ateniense decorado por Polignoto).

          Los primeros, desde una concepción del mundo ramplonamente materialista, basan la realización personal en perseguir el placer de los sentidos; sus obligaciones sociales se reducían al buen parecer, según el patrón que marcó el propio Epicuro, personaje cultivado, de suave trato y amigo de sus amigos.

          Incondicional devoto suyo fue Lucrecio Caro (96-55 a.C), el más celebrado panegirista del buen vivir de la dorada época romana en que seguirían su doctrina y ejemplo la beautiful people de la época con Augusto, Virgilio, Horacio, Mecenas... como principales mentores. Es su religión estrictamente formal y las divinidades aparecen como opulentos rentistas, que viven para sí sin la mínima preocupación por lo que ocurre en el mundo de los humanos en donde el más sabio es aquel que "acierta a vivir como un dios".

          En cambio, para los estoicos, que cultivan una serena religiosidad y el dominio de las pasiones, el auténtico saber no es, ni más ni menos, que la ciencia de las cosas divinas y humanas. En sus creencias van más allá de la cosmogonía oficial y adoran a un dios "por el cual tiene el todo su existencia viva; es santo, inconmensurable, jamás nacido, jamás muerto").

          El moderno evolucionismo encuentra en la estoa un precedente: son las llamadas "rationes seminales", ínfimas porciones de materia que están en el principio y origen de todas las cosas para confluir en el Todo, puesto que "Zeus crece hasta consumar de nuevo en sí todas las cosas". Según ello, el hombre sería de "linaje divino" y estaría comprometido en la inacaba obra de la creación. Esta perspectiva de la Estoa es celebrada por el propio San Pablo: "Por que así han dicho algunos de vuestros poetas, que somos de su linaje" (Hch 17, 28).

          Frente al epicureismo dominante, el estoicismo se declaró abiertamente beligerante sobre la posibilidad de encontrarle sentido trascendente a valores como la solidaridad entre personas de distintas razas y posicionamientos sociales. Su más cruda batalla tuvo lugar en Roma en que, vilipendiada por unos, la doctrina de los estoicos fue recibida calurosamente por los personajes reputados como más ascéticos al estilo de Escipión el Africano o el gran pontífice Mucio Escévola.

          Es el estoicismo la doctrina que inspira la trayectoria intelectual del gran Cicerón y de nuestro Lucio Anneo Séneca, quien pasa por ser el más ilustre representante español de esta escuela y, probablemente, el más grande de los sabios de la Roma Imperial.

          Para Séneca, sabio es el que sabe conducir su vida conforme a razón. Su filosofía o forma de pensar es esencialmente práctica: es una forma de vida más que un método de especulación teórica. Crítico de la corrompida corte de los sucesivos emperadores Calígula, Claudio y Nerón, sufrió Séneca enconadas represalias hasta ser condenado a abrirse las venas por parte del último, de quien había sido preceptor.

          Para Séneca vivir conforme a razón es tanto una exigencia de la propia naturaleza como la mayor prueba de heroísmo ("el fuego prueba al oro; las vicisitudes de la vida a los hombres fuertes"). En el centro de la naturaleza ("corazón de la materia", dirá Teilhard) coloca a un Ser que imagina autor y mantenedor de todo lo existente: "¿Qué otra cosa es la naturaleza sino Dios y la razón divina inserta en todo el mundo y en cada una de sus partes? No se da la naturaleza sin Dios, ni Dios sin la naturaleza".

          Las limitaciones de Séneca son las limitaciones de todo el que percibe en sí mismo el hueco de Dios y no disfruta aun su cercanía por la gracia de Jesucristo. Porque no es verdad que Séneca llegara a conocer a San Pablo, quien, sin duda, le habría hablado de Jesucristo, de Quien no encontramos ninguna referencia en la obra de Séneca, le habría mostrado las diferencias esenciales entre Dios y sus criaturas, y también nuevas posibilidades de una mayor libertad en un día a día proyectado hacia los demás.

          A pesar de su carácter de pensador pagano, Séneca fue aceptado como maestro de moral por no pocos ascetas y religiosos, hasta llegar algunos a considerarle algo así como uno de los primeros padres de la Iglesia. En ese sentido, alecciona el hecho de que, muy al contrario de lo que ha ocurrido con otras viejos sistemas de la antigüedad, la doctrina personificada por Séneca, el estoicismo, se desvaneciese progresivamente ante la crecida presencia del cristianismo, tal como si el papel histórico que le hubiera correspondido fuera el de precursor y los valores que defendía fueran humilde anticipo de los ratificados por Jesucristo.

          Sí que, a pleno derecho, habrá de ser considerado padre de la Iglesia otro español, San Isidoro de Sevilla (560-636), hermano de San Leandro de Cartagena, el que bautizara al rey Recaredo I de Toledo y a toda su corte. Para Isidoro, Dios es el eje de toda preocupación científica y la piedra angular del edificio de todo acontecer humano. Reniega de toda especulación estéril y busca un hermanamiento total entre ciencia y fe, entre pensamiento y humanización del entorno.

          Auténtica enciclopedia viviente, puso Isidoro de actualidad a clásicos como Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca... a la par que abrió los caminos del evangelio a los poderosos de la época, siempre con directa proyección sobre el acontecer del día a día, la directa realidad que espera la impronta del convertido para resultar más benévola con el hombre. En obras como el Libro sobre la Naturaleza de las Cosas muestra su preocupación por las aplicaciones positivas de la ciencia de su tiempo. Crítico decidido del arrianismo, fue el catolicismo que enseñó Isidoro de Sevilla una libre vía para romper con viejos atavismos.

          Consejero de doctores, reyes y papas, a través de la España de entonces, mucho influyó Isidoro en el complejo mundo que sustituyó al derruido Imperio Romano. San Isidoro personifica una forma de vivir en apasionado afán por no apartarse de la realidad (física, espiritual y social) y lidera una cultura con larga proyección sobre la historia de España y, a partir de ésta, sobre la historia del mundo occidental.

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  Act: 11/04/22        @enseñanzas de la vida            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A