El espíritu cristiano, motor civilizador de la historia

Zamora, 4 abril 2022
Antonio Fernández, licenciado en Filosofía

          Es ocioso insistir sobre el carácter progresista de la historia si bien resulta prudente no olvidar los evidentes profundos baches entre civilizaciones. El por qué y el cómo de ese progreso es fuente de abundantes especulaciones que, muy frecuentemente y al estilo de Hegel, Comte o Marx, formulan explicaciones radicales tomando por ley general apreciaciones temporales y parciales.

          Pero no todos piensan que la humanidad, aunque con lentísimo paso, camina hacia su perfeccionamiento: uno de los más celebrados teorizantes de la regresión histórica es Oswaldo Spengler, empeñado en resucitar el viejísimo culto a la animalidad y a la intrascendencia. Según Hirschberger, Spengler "es uno de los escritores que más han contribuido a envilecer el segundo y tercer decenio de nuestro siglo, mediante una interpretación brutalizada de Nietzsche". Pues como continúa diciendo Spengler:

"Lo que está en juego es la vida, la raza y el triunfo de la voluntad de dominio; no la conquista de verdades, de inventos o de dinero. La historia universal es el tribunal del mundo: da siempre la razón a la vida más fuerte, más plena, más segura de sí misma y confiere siempre a esa vida derecho a la existencia, sin importarle que resulte justo o injusto a la conciencia. Ha sacrificado siempre la verdad y la justicia al poder, a la raza, y ha condenado siempre a muerte a aquellos hombres y pueblos, para quienes la verdad fue más importante que la acción y la justicia más esencial que la fuerza".

          Así fue y así será siempre en la historia de la humanidad, dogmatiza Spengler, "desde que el hombre primitivo anidaba solitario como un ave de rapiña". Pues "el alma de este fuerte solitario es enteramente guerrera, desconfiada, celosa de su fuerza y de su botín". Un alma que "conoce la embriaguez del deleite cuando el cuchillo entra en la carne del enemigo y cuando el vaho de la sangre y los chillidos de la víctima penetran en sus sentidos triunfantes".

          Como se ve, se trata de una radical bestialización que, para Spengler y sus continuadores, priva y triunfa a todo lo largo de la historia puesto que, tal como proclama sin rebozo alguno "todo varón auténtico, aun en los estadios superiores de las culturas, percibe en sí mismo el dormido rescoldo del alma primitiva".

          Vemos ahí una justificación intelectual de los tiránicos totalitarismos, guerras mundiales y masacres de pueblos que ha vivido nuestro siglo: de hecho, Spengler invita al hombre-bestia (torpe diosecillo de barro hijo del superhombre de Niezstche) a erigirse en protagonista de la historia por el camino del atropello y del crimen sin paliativo alguno y con el aval de los tiránicos conquistadores de las sucesivas épocas. Con ello coloca al hombre (bestia en la cima, animal de rebaño en la base) en uno de los niveles más bajos de la escala zoológica.

          Por directa imposición de la realidad ya sabemos que estructurar la vida y la historia por la exclusiva inspiración de la fuerza animal es cultivar una absoluta ceguera hacia la única dimensión humana que garantiza un progreso sin dramáticos baches: la dimensión espiritual.

          Cuando pisotea a su propio espíritu, el pobre ser que se deja dominar por la borrachera de la bestialidad, en los momentos de lealtad consigo mismo, captará palmariamente el vacío en que se ha encerrado: es un encierro que no le impedirá vivir y morir atormentado por su sed (vocación) de trascendencia. Es un tormento tanto mayor cuanto más en serio se haya tomado el alcanzar la cúspide de la pirámide humana: siempre será rebasado por otro más bestia o más fuerte y, en el último término, por la muerte. Ha perdido el precioso tiempo que se le concedió de vida puesto que, por incurrir en la apostasía de la insolidaridad, ha resultado la principal víctima de un antinatural, desbocado y ridículo egocentrismo. Es una perspectiva que hizo decir a Goethe en carta a su amigo, el historiador Luden:

"Los hombres han estado siempre dominados por el miedo y la zozobra y se han producido dolor y tortura mutuamente; la corta vida de que dispusieron se la hicieron amarga al vecino. No gozaron ni estimaron la belleza del mundo y la dulzura de la existencia que aquella belleza les ofrecía, la vida fue cómoda y alegre sólo para unos pocos de entre ellos. Después de haberla vivido la mayoría preferiría abandonarla antes de comenzar de nuevo. Lo que quizás les proporcionó o les proporciona cierto grado de apego a la vida fue y es el temor a la muerte. Así es la vida; así ha sido siempre y así será".

          Pero no ha sido siempre así, no es y nunca no lo será en una parte de la humanidad, debemos responder los que creemos en la verdad del evangelio.

          Para huir del derrotismo histórico, otros muchos de nuestros contemporáneos cultivan la vieja evasión romántica que preconizan anacrónicos soñadores como Klages. Luchando siempre contra el más vago impulso de irracionalidad, toman la vida propia como un juego intrascendente en el que solamente deben intervenir los instintos, el blando sentimentalismo, lo lúbrico, el pathos, sin otra preocupación que la de aprovechar las migajas de bienestar o placer animal que deja escapar la fatalidad.

          Se huye así del constante dominio que ejerce el espíritu sobre la técnica, la economía, la civilización y la política. Un dominio que, según dogmatiza Klages, fue "iniciado por los más celebrados pensadores griegos para "fortalecerse descomunalmente" con el cristianismo. Contra tal corriente espiritualizadora invita Klages a oponer toda la fuerza de la dimensión humana que más interesa a una inmensa mayoría: la dimensión animal en la que se goza y no se piensa.

          Es la propia realidad, insistimos, la que no admite tan pobres concepciones del hombre, que, en su noble esencia, no es una fiera al acecho ni tampoco un animalillo que distrae sus sufrimientos con el continuado recurso a sus más elementales instintos.

          Ni Spengler ni Klages dudan de la dimensión espiritual del hombre, sino que lo que pretenden es encadenarla a la dimensión animal, que es (o ellos quieren que sea) la triunfadora. Tras ellos no falta quien niegue, pura y simplemente, la dimensión espiritual del hombre.

          Los sueños de animalización colectiva, recordamos de nuevo, chocan frontalmente con la realidad: la dimensión espiritual, el más valioso tesoro del reino animal, a partir de su expresión primera en el homínido capaz de personalizar su acción, es el principal elemento con que la historia cuenta para su desarrollo y progreso.

          Es responsabilidad de cada hombre avanzar hacia su propia plenitud desde el natural y racional uso de los nuevos medios que pone a su alcance el progreso de la ciencia, destacado motor del progreso material al posible uso de todos los pobladores del ancho mundo: progreso material sin el cual resulta problemático el progreso espiritual (para pensar es preciso comer, conviene recordar).

          Si se avanza en esa dirección, la humanidad en general y cada hombre en particular participan en un progreso consecuente con lo que hemos llamado Plan General de Cosmogénesis, creación inacabada o evolución en marcha.

          Ha de ser ése un progreso capaz de superar los frenos que oponen la fuerzas negativas de la propia historia, entre los cuales uno de los más fuertes resulta ser el uso de de una libertad a la que falta el alimento del amor.

          Un progreso que sintoniza con el Plan General de Cosmogénesis es un progreso que pide a cada mujer y a cada hombre (libres de comprometerse o no en la tarea de participar en ese Plan de Cosmogénesis) una acción inteligente o un continuo ejercicio de trabajo solidario, que ha de cubrir sucesivas etapas de amorización con proyección cósmica.

          Muy bien como ilusionante invitación a la acción, pero ¿qué decir de la circunstancia en que vivimos y nos desenvolvemos? ¿Hacia dónde nos podemos dirigir cuando nos fallan las fuerzas, o cuando no acertamos a encontrarle sentido a la propia vida?

          A Jesucristo y a sus fieles, sin duda alguna. De ahí resultará que, para los cristianos, fuerzas positivas de la historia son el aliento divino y la libertad responsabilizante de algunos de sus sucesivos protagonistas.

          El uso de la libertad es regresivo y estéril cuando no va acompañado por un vuelco social de las personales facultades, es decir, cuando resistiéndose a las leyes de la armonía universal, la persona no aplica sus capacidades al desarrollo de una clara vocación de responsabilidad social. Recordemos cómo nuestro hermano mayor, Jesucristo, en una de sus más fervientes oraciones como hombre, la de la Última Cena, suplica al Padre:

"Que todos sean uno, Padre, como tú en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí" (Jn 17, 21).

          Ya en el AT, y mucho más en el NT, late la genial realidad del amor universal, que "tienes enteramente cerca de ti, que está en tu boca y que está en todo tu ser, para que todos tus pensamientos sean fecundos" (Dt 30, 14), "es por quien existe todo y todo se ajusta al plan de Dios" (Ecl 42, 15); "es lo que empuja a la acción a cuantos creen" (1Ts 3, 13).

          Plan de Dios y libertad del hombre, según amplias referencias de la doctrina que sirve de alimento a la fe, son factores incluidos claramente en la obra de la Redención, principalísimo capítulo de la creación en marcha. De toda la teología, es lo referente a la voluntad de Dios, al plan de Dios, lo que más interesa al hombre y, sin duda, es en ello en lo que los hombres y mujeres, que pueblan el ancho mundo, han de basar su participación en la historia.

          Con palabras más o menos modernas así lo han entendido los más influyentes padres de la Iglesia: San Bernardo de Claraval, por ejemplo, declaraba continuamente: "Más que adentrarme en la majestad de Dios prefiero aplicarme a interpretar su voluntad". Y queda claro que la voluntad de Dios respecto al hombre ni puede ir más allá de las fuerzas de éste (élan vital) ni contravenir su sagrado respeto por la libertad en que cobra valor creador el trabajo solidario de todos y cada uno de nosotros, conciencia comunitaria que, por su propia razón de ser, trasciende las fronteras de la geografía y de la historia universales.

          La parte de realidad, que desvela la ciencia, se centra y se explica por el fenómeno de la evolución el cual, como ya hemos dicho, muestra cómo la persona humana está en camino de su propia realización (de su más-ser) en tanto en cuanto desarrolla sus específicas facultades siguiendo un afán de amorizar su circunstancia material y social, en tanto en cuanto se muestra como libre y enamorado ser inteligente, que hace todo lo que está en su mano para contribuir a la armonía universal.

          Y si es ése el caso, cultivará la ciencia como medio de conquistar la tierra, o prestará su contribución personal en cualquiera de los oficios o servicios que requiere el mayor bien del prójimo. Porque si no trabaja pudiendo hacerlo, no tiene derecho a comer (como dijo San Pablo).

          La Iglesia, ya lo hemos dicho, a pesar de todos los condicionamientos históricos a que está sometida por su carácter de organización terrena, cultiva y respeta a la ciencia en tanto en cuanto ésta sirve a la dignidad y solidaridad humanas.

          La ciencia, también lo hemos apuntado, resulta intérprete fiel de la realidad siempre que se centre en el descubrimiento y constatación de los fenómenos sin caer en la tentación de la autosuficiencia o de las divagaciones por la resbaladiza fantasía.

          Con el respeto que se merecen la doctrina de Iglesia y las conclusiones de la ciencia y desde la inquietud por comprender el origen y sentido de la propia vida, se puede lograr una aproximación al sentido de la historia, cuyo bien último es una comunidad universal con tantos protagonistas como personas pueblan el ancho mundo.

          Hoy resulta ocioso discutir sobre los puntos de coincidencia entre la fe que defiende la Iglesia y las conclusiones fundamentales de la ciencia moderna sobre la lógica natural de una causa primera.

          Dicho esto, conviene recordar que la Iglesia es la "esposa de Cristo" (Ef 5, 25-27), el Dios-Hombre, principio y fin de todas las cosas, y que la ciencia, noble producto de la acción y reflexión de de la persona humana, progresivamente, ofrece los medios materiales para poner esas mismas cosas al servicio de todos y de cada uno de los hombres y mujeres que pueblan la Tierra. Humanizar las cosas o, mejor aun, canalizarlas según su más noble dimensión, ¿no es una forma de ajustarse al plan de Dios?

          El alma de la ciencia es la fe en la Tierra; el alma de la Iglesia es la fe en Cristo-Dios. Tranquilamente, el cristiano puede asumir una doble fe en la ciencia y en la Iglesia como norte de su activa participación en el progreso.

          La ciencia observa, encadena fenómenos, duda, experimenta y llega a conclusiones que le ayudan tanto a vislumbrar el origen de las cosas como a amaestrar las fuerzas naturales; una buena parte (¿la más certera?) de esa ciencia, sin abandonar el mundo de lo experimental que es tanto como cultivar su fe en la Tierra, ha descubierto tanto la necesidad de una causa primera como la irrefrenable ascensión de las formas materiales hacia un más-ser.

          Por su parte y en razón de su fe de siempre, la Iglesia mantiene que Dios, causa primera, principio y fin de todo, ama, crea y gusta de ser correspondido en libertad. Y enseña que el hombre, objeto preferente de la atención de Dios, alcanza su más noble destino cuando, sin pausa, proyecta hacia los demás sus facultades personales, es decir cuando ama.

          Para la Iglesia, el plan de Dios y el papel del hombre en la creación fueron mostrados al mundo por el propio Jesucristo, excepcional personaje histórico cuya autenticidad no pone en duda la ciencia más exigente.

          Liberándose de prejuicios, humilde y hambriento de verdad, el hombre de hoy está invitado a reconocer tanto la plena identificación entre Jesucristo y la causa primera como que la cúspide de la evolución (la "convergencia en el punto Omega", que diría Teilhard de Chardin) coincide con la parusía, apoteosis del amor en libertad o definitiva realidad del "todo en todos" (del que habló San Pablo).

          Si es así, y hay sobradas razones para aceptar que lo es, los hombres y mujeres de hoy podemos creer que "él nos fortalecerá hasta el fin para que seamos definitivamente suyos en la parusía. Pues fiel es Dios por quien hemos sido llamados a la unión con su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro" (1Cor 1, 8).

          Y entra en la lógica más elemental el aceptar que Dios ama hasta lo infinito y que, por imperativo de su amor, orienta hacia el bien y espera ser amado en libertad. Por caminos de libertad, contagiando amor, se realiza el estadio supremo de la evolución (la Redención), en la que, junto con Jesucristo, participan todos los cristianos. Una Redención cuyo propio campo de acción es el mundo en el que se mueven los hombres con todas sus carencias y aspiraciones; redención que requiere trabajo y amor sin fronteras.

          Vemos así cómo ciencia y cristianismo nos ayudan a captar y a utilizar las herramientas del progreso. Gracias a tales herramientas, y a su adecuada utilización, podemos descubrir y humanizar las virtualidades de la materia para, en continuo ejercicio de generosidad, universalizar bienes y voluntades.

          Ese es un ilusionante y más que probable sentido de la historia, cuya culminación tropezará con no pocas dificultades hijas de la libertad de los propios hombres. Algunas de esas dificultades, en múltiples ocasiones y tal como podremos comprobar en los siguientes capítulos, son o pueden ser otros tantos principios y fundamentos de reacción positiva.

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