El hombre creado, sujeto a evolución

Zamora, 27 julio 2026
Antonio Fernández, licenciado en Sociología

          A Einstein se le otorga la paternidad de lo que él llamó una 4ª dimensión: el tiempo, que moldea el ser de los cuerpos (desde una partícula infinitesimal a una supernova) y, por lo tanto, es parte esencial de la física. Esa revalorización le llevó a descubrir la estrecha relación entre masa y energía en función de la velocidad de la luz, que expresó en la archiconocida fórmula E=m·c2 (siendo E la energía, m la masa y c la velocidad de la luz). Por demás, con su Teoría General de la Relatividad, pudo demostrar la complementariedad y matemática relación entre espacio, tiempo, materia, energía, gravitación e inercia.

          Desde un posicionamiento más filosófico llegó a una aproximada observación el filósofo Bergson, también judío y también premio nobel, con su término durée (lit. duración) según el cual el tiempo y el espacio, fundidos en un indisoluble fenómeno, constituyen el soporte de la "evolución creadora", concepto que abrió caminos de profunda reflexión.

         Bergson se caracterizó por hacer filosofía desde la ciencia. Su Evolución Creadora-1907 fue su más significativa obra. En ella, no sin ciertas reminiscencias ideal-panteístas, rompe con las corrientes mecanicistas poniendo en juego los que él llama "élan vital" (lit. fuerza vital) motor de una evolución que, en sucesivas porciones de durée (el tiempo en el espacio) da paso a las distintas formas de vida en multitud de especies vegetales y animales, éstas dependientes de aquellas y todas ellas alimentando una especie de embrionaria conciencia, que alcanzará su plenitud personalizante en el hombre.

         Esta es una conciencia cuyo anticipo, en forma cerrada sobre sí misma, vio Bergson en esos insectos sociales llamados hormigas y abejas. Éstas son, en efecto, las especies animales con mayor conciencia colectiva fijada en el tiempo, respondiendo a la necesidad de perpetuar la especie según un carácter y orden inmutable. Salvando las distancias, y según Bergson, a través de sucesivas etapas en el "espacio moldeado por el tiempo" (la durée), el élan vital se expresa en un instinto que, en su etapa final, habrá de reflejarse como conciencia personal.

          Desde la humildad del sabio amante de la verdad, Teilhard de Chardin continuó los trabajos de Bergson, viniendo a decir al final de su vida que:

"Por toda la Tierra hoy, en la atmósfera de la evolución, se está desarrollando una situación de extrema sensibilidad hacia dos componentes esenciales de lo ultra-humano: Dios y el mundo, los dos componentes esenciales que flotan en el aire de cualquier rincón del mundo. Por regla general, todavía son apenas perceptibles y rara vez se dan juntos en un mismo sujeto, aunque en mí, por pura suerte (temperamento, formación, medio familiar y social...) ya se ha producido una espontánea y equilibrada fusión de uno y otro, muy débil para salir al exterior, pero suficiente para mostrar que, un día u otro, es posible su explosión con una subsiguiente reacción en cadena. Ello prueba que, para la verdad, basta que esa conjunción del amor de Dios y la fe en el mundo tenga lugar en un solo espíritu para que, en el momento dado, nada pueda evitar que todo lo invada y todo lo inflame" (Nueva York, marzo 1955).

         Siguiendo el camino abierto por Bergson y su Evolución Creadora, Teilhard de Chardin se arriesgó a explicar los efectos del misterio de la creación. Supuso que el primero y principal de esos efectos es una energía que se cuela en el corazón de la materia haciendo que todas sus manifestaciones, desde lo ínfimo a lo inmenso, lleguen a ser lo que tenían que ser según un creacional Proyecto de Cosmogénesis.

         Sin que hubiera contacto directo entre Bergson y Teilhard, sí que hubo evidentes coincidencias en cuanto partieron del mismo método (acercarse a lo superior a través del conocimiento de lo inferior) para llegar a presentar como lo más razonable un proceso de creación-evolución que, a través de sucesivas formas de materia evolucionada y evolucionadora, abre el camino a la vida como soporte y antesala de la conciencia.

         Para algunos biólogos, los sentidos de los animales son como tentáculos de un cerebro cerrado sobre sí mismo. Ésto les basta para cumplir las funciones anejas a su condición, mas cuando pretenden extender tal forma de sensibilidad no aciertan a explicarse la evidente y extrasensorial peculiaridad fundamental del cerebro humano: su hambre de libertad, de pensamiento y de acción.

         Es esta peculiaridad fundamental la que abre las puertas a las dudas y creencias de los humanos. Ciertamente, estos mismos biólogos son los científicos que, todavía no han logrado comprender el paso de lo inerte a lo animado, de lo muerto a lo vivo (de hecho, no han llegado más allá de las primeras líneas de la 1ª página del libro de la ciencia).

         Al respecto, ¿qué quiso decir Einstein cuando apuntó que "lo más incomprensible del universo es que sea tan comprensible?". Yo creo que esto mismo: que el universo cuenta con un principio indudable, aunque misterioso.

         Para no caer en el vacío de la estéril reflexión, reconozcamos algo que entra dentro de la más rigurosa lógica: el universo ha sido planificado y es regulado hasta el mínimo detalle con el propósito de que materia y energía mantengan un riguroso orden en el que sea posible (o resulte necesaria) la aparición de los seres vivos y, entre ellos, la de un ser inteligente.

         Éste es el verdadero desafío al que todos y cada uno de nosotros hemos de responder como privilegiados habitantes del planeta, a pesar del lastre de nuestro egoísmo. Así pues, nada de embelesarse cada uno en la contemplación de su propio ombligo, o de ignorar lo valioso que es la proyección social de nuestras personales capacidades.

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  Act: 27/07/26        @enseñanzas de la vida            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A