El marxismo, foco de violencia y ateísmo

Zamora, 6 julio 2026
Antonio Fernández, licenciado en Sociología

         A pesar de la Caída del Muro de Berlín-1989 y subsiguientes y estrepitosos fracasos de las "democracias populares", todas ellas dirigidas o tuteladas por la doctrina marxista, ésta sigue presente sea como opción filosófica.

         En efecto, en pleno s. XXI sigue estando disponible para cualquier caudillo el marxismo, como disfraz de sus secretas intenciones para que un suficiente número de personas lo acepten como seguro del bienestar, soporte de un nuevo orden o punto de partida para un mundo sugestivamente irreal.

         A pesar del derrumbamiento de no pocas experiencias políticas que decían inspirarse en él, sigue vivo el poso de una ideología que, todavía hoy, es aceptada por miles de personas como un cerrado sistema capaz de responder a sus anhelos, aunque obvien las más importantes y eternas preguntas del hombre, tales como ¿de dónde vengo?, ¿quién soy?, ¿adónde voy?

         El "no era esto lo que decía Marx" (1818-1883) sigue siendo hoy, con frecuencia, una tapadera para los desmanes del socialismo, o de aquellos que se empeñan en seguir amparándose en la filiación marxista. Por otra parte, justo es reconocerlo, Marx sigue siendo el más ilustre mentor de cualquier forma de colectivismo más o menos discreto, sobre todo como socorrida referencia contra el materialismo burgués.

         Por último, se acepta sin dificultad que el marxista es el más científico de los socialismos. De hecho, sus mentores,  Marx y Federico Engels lo presentaban como el "socialismo científico", y no por la oposición a los socialismos utópicos, reaccionarios, burgueses o pequeño-burgueses (ninguno de los cuales, según ellos, contaba con el aval de las "últimas conquistas de las ciencias sociales, de la economía política y de la filosofía".

         Tengo mis serias dudas sobre la total ausencia de fe cristiana en el Karl Marx ya maduro, tanto que me siento tentados a sostener que el marxismo es, ni más ni menos, una herejía del cristianismo, tal vez nacida de una descorazonadora rebeldía o del prurito del intelectual que pone su carrera por encima de cualquier otra.

         En el sistema marxista, en efecto, hay presente una omnipotencia cuasi-divina (la autosuficiencia de la materia), un enemigo (la burguesía), un redentor (el proletariado), una moral (todo vale, para conseguir el fin), una cruzada (la confrontación sin cuartel), un paraíso (la sociedad sin clases)... y todo ello desde una proclamada "fe materialista". ¿No suena esto a una nueva religión?

*  *  *

         Con 18 años, Marx se matricula en la Universidad de Bonn, para pasar pronto a la Universidad de Berlín. Se trata de una época en se vivía a la estela intelectual de Hegel, de la pasión especulativa de la "derecha hegeliana" (con sus coqueteos al orden establecido) y de la correosa "izquierda hegeliana" (de Freien, y sus jóvenes rebeldes a toda religión establecida).

         Marx se adhiere a la izquierda hegeliana, y busca en ella el medio para ejercer como intelectual de futuro. También hace suya la búsqueda de raíces materialistas, presentes en el panlogismo de Hegel. Colecciona postulados para desde, un materialismo sin fisuras, asentar la plena autoridad de un joven doctor que no oculta su intención de marcar la pauta de la sociedad, buscando para ello algo que muestre una apabullante originalidad.

         En sus años críticos (de 1837 a 1847), Marx parece haber encontrado su piedra filosofal: la alienación inventada por Hegel, y transformada por Feuerbach. La ha encontrado, mas no como alienación genérica sino como concatenación de alienaciones (religiosa, filosófica, política, social, económica...), o sacudida épica que abriría el horizonte a su teoría de la liberación (o doctrina de salvación).

         En su afán por redondear su carrera, Marx decidió poner a caldo a aquellos mismos a quienes copió, como Hegel, Strauss, Bauer, Feuerbach, Hess, Riccardo, Lasalle, Proudhon... Sobre todo, atacó la fe de sus colegas menos radicales, presumió de ateo y se cebó en las torpezas de los "socialistas utópicos".

         Una vez auto-posicionado como el único socialista auténtico, Marx dio paso a la construcción de su propio sistema socialista, consistente en:

-presentar la lucha de clases como motor de la historia,
-predicar la autosuficiencia de la materia,
-formular su Teoría de la Plusvalía, que presentó en la I Internacional Socialista,
-criticar el "poco cientificismo y buen corazón" de la social democracia alemana, que ponía en tela de juicio el trabajo de los más débiles (embarazadas, ancianas y niños).

         A continuación, publicó Marx su Santa Familia, Miseria de la Filosofía, Manifiesto Comunista, Capital... todos ellos para demostrar su "implacable alienación", y ser él el único en ser capaz de llevarla a cabo

         Aprovechando lo novedoso de su doctrina, Marx logró arrastrar a los antiguos prosélitos de Hegel, a los que invitó a abandonar su "conciencia abatida bajo múltiples alienaciones".

         A fuer de tirar de la dialéctica hegeliana, según la cual "toda realidad es unión de contrarios", y "no existe progreso sin negación de la negación", Marx comenzó a introducir en su sistema el pertinente uso de lo negativo. En concreto, el odio y la violencia.

         En efecto, comenzó a propagar Marx que "no se progresa más que por el radical enfrentamiento" entre unos y otros, por arte de las "irrevocables leyes dialécticas" y la construcción de una "superior forma de realidad social". Formula para ello un dogma (que "la podredumbre es el laboratorio de la vida"), e introduce un bulo (que "toda la historia pasada es la historia de la lucha de clases").

         En ese odio o guerra latente, tanto en la materia como en el entorno social, no cabe responsabilidad alguna al hombre cuya conciencia se limita a "ver lo que ha de hacer" por imperativo de las "fuerzas y modos de producción".

         Asentado en tal perspectiva, lo único que persigue Marx es que la subsiguiente producción intelectual, y muy posible ascendencia social, gire en torno y fortalezca la peculiar expresión de ese subjetivismo idealista de que tan devotos son los personajes que privan en los actuales círculos de influencia.

         Epígono de Marx, y compañero en lo bueno y en lo malo, fue Federico Engels, de quien proceden algunas formulaciones del materialismo dialéctico. Ambos aplican y defienden la dialéctica hegeliana como prueba de la autosuficiencia de la materia, cuya forma de ser y de evolucionar marca cauces específicamente dialécticos a la historia de los hombres "obligados a producir lo que comen" y, como tal, a desarrollar espontáneamente "los modos y medios de producción".

         Por la propiedad (o no propiedad) de esos medios de producción se caracterizan las clases y sus perennes e irreconciliables conflictos. Creencias, moral, arte, o cualquier otro campo, todo era soporte de los intereses de la clase que domina, según Marx. Por ello, el proletariado, la última de las clases, estaba llamado a ser el árbitro de la historia, en cuanto sacuda sus cadenas e imponga su dictadura.

         Aquí está la clave de los ideales de Marx: en la dictadura marxista, pues lo que importaba era una sociedad sin clases, y por ello había que eliminarlas (dictatorialmente y no en las urnas, por supuesto).

         Esto y no más era el "socialismo científico" de Marx. o teoría que, sin prueba alguna, pretendía mostrar cómo la materia es autosuficiente y evoluciona al estar sometida en todo y en cada una de sus partes a las perpetuas contradicciones en que se basaría su propia razón de ser.

         Esta misma materia, en sus secretos designios, alimentaría la necesidad de que apareciera el hombre, que ya no es un ser capaz de libertad ni de reflexionar sobre su propia reflexión: es un ser cuya peculiaridad es la de producir lo que come.

         Los escritos de Marx y Engels, girando en torno a una cerrada concepción del universo y de la historia, resultaron ser otros tantos capítulos a favor de una revolución sin tregua cuya meta situaron en una utopía libre de cualquier tipo de contradicción. Así lo hicieron ver en el Manifiesto Comunista, su más conocido trabajo en común sobre la "dialéctica del amo y del esclavo", a forma de hacer fuerte el panlogismo de Hegel.

         En cuando el recurso a la violencia, como método legítimo de su marxismo, Marx dejó escrito en su Manifiesto Comunista:

"La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases, dicen y predican la revolución asegurando que la época de la burguesía, se distingue por haber simplificado las contradicciones de clase. Toda la sociedad va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases, que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado. Las condiciones de existencia de la vieja sociedad están ya abolidas en las condiciones de existencia del proletariado. El proletariado no tiene propiedad, y sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen nada de común con las relaciones familiares burguesas. El trabajo industrial moderno, el moderno yugo del capital, que es el mismo en Inglaterra que en Francia, en Norteamérica que en Alemania, despoja al proletariado de todo carácter nacional. Las leyes, la moral y la religión son para él meros prejuicios burgueses, detrás de los cuales se ocultan otros tantos intereses de la burguesía. Todas las clases que en el pasado lograron hacerse dominantes trataron de consolidar la situación adquirida sometiendo a toda sociedad a las condiciones de su modo de apropiación. Los proletarios no pueden conquistar las fuerzas productivas sociales, sino aboliendo todo sistema de apropiación en vigor y todo modo de apropiación existente hasta nuestros días. Los proletarios no tienen nada que salvaguardar, y tienen que destruir todo lo que hasta ahora ha venido garantizando y asegurando la propiedad privada existente. Una vez que en el curso del desarrollo hayan desaparecido las diferencias de clase y se haya concentrado toda la producción en manos de los individuos asociados, el Poder público perderá su carácter político. El poder político es la violencia organizada de una clase, para la opresión de otra. En su lucha contra la burguesía, el proletariado se constituye indefectiblemente en clase, y mediante la revolución se convierte en clase dominante, y en cuanto clase dominante suprime por la fuerza las viejas relaciones de producción, y suprime las condiciones para la existencia del antagonismo de clase. En sustitución de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, surgirá una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos".

         Lo de "socialismo científico", calificativo con el que Marx presentó su revolución proletaria, representó la idea motriz de todo el proceso marxista. Fue socialismo porque ellos lo decían, y fue ciencia porque:

-por caminos dialécticos (el summum del discurrir en la Europa post napoleónica),
-rasgaba los velos del oscuro idealismo alemán,
-copiaba y desarrollaba los postulados de la ciencia económica inglesa (de Adam Smith, Riccardo...),
-pintaba de supuesta realidad las utopías de los socialistas franceses (de Saint Simón, Fourier, Proudhon...).

         El "auto de fe" marxista, o implacable requisitoria contra los otros socialismos (sentimentaloides, farfulleros, utópicos, burgueses...) lo constituyó, sin duda alguna, el Manifiesto Comunista, ese libro sobre el cual escribió Lenin: "Este breve folleto tiene el mérito de ser un volumen completo".

         Cuando Marx vivía de cerca el testimonio de Jesucristo (el Marx joven y trabajador), defendía que el amor y el trabajo solidario era el único camino posible de liberación. Curiosamente, una vez convertido en intelectual aplaudido (el Marx ideólogo y político) se puso a predicar justamente lo contrario. Es decir, que el odio era el motor de la liberación. En efecto, ¿no el odio lo contrario al amor?

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  Act: 06/07/26        @enseñanzas de la vida            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A