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El siglo de las luces, o modernidad racionalista
Zamora,
1 septiembre 2026 Por cuestiones difíciles de entender, ni Vitoria, ni Suárez ni otros filósofos españoles, que sí que los ha habido, despertaron ni despiertan el mismo eco mundial que Spinoza, Montaigne, Descartes, Hume o Hegel. Por lo visto, lo que sí despertó el interés de los modernistas fue el fundamentalismo racionalista de Descartes. Ante esta situación, tuvo que ser otro francés, el genial Pascal, reconocido mundialmente como matemático, físico, inventor, filósofo, moralista y teólogo de primer nivel, el que pusiera las cosas en su sitio. Huérfano de madre con apenas dos años de edad, hasta su adolescencia, tuvo como principal maestro a su padre, Etienne Pascal, matemático y jurista de reconocido prestigio en el entorno de Richelieu y muy relacionado con el mundo de la cultura merced a su activa participación en la acreditada academia del padre Marsenne, de la que también era miembro Descartes. Es así como, en principio, el joven Pascal vio en Descartes un maestro en el arte del humano discurrir hasta que, desde el afán por superar las propias dudas, encontró insuficientes los "precipitados atajos cartesianos" y decidió emprender su propio camino hacia el encuentro de la verdad. Sobre ello nos parece ilustrativo transcribir el comentario de Hirschberger en el segundo tomo de su Historia de la Filosofía:
Esas diferencias no impidieron que Pascal, excepcionalmente curioso aunque reacio a "comulgar con ruedas de molino", tomara muy en serio la 1ª regla del método cartesiano, ésa que dice "no admitiré jamás como verdadero cosa alguna sin conocer con evidencia que lo era, es decir, evitaré cuidadosamente la precipitación y la prevención". Tal sirvió de freno y desafío a la sorprendente precocidad de un aventajado "aprendiz de todo", que, a los 12 años de edad, llega a desarrollar complicadas fórmulas euclidianas, con 16 años publica un tratado de geometría proyectiva, y a los 19 años inventa la 1ª calculadora mecánica de la historia: la llamada pascalina, abuela e inspiradora de las modernas técnicas de computación. Se sabe que Descartes, interesado por conocer la personalidad del joven inventor Pascal, se acercó a su domicilio familiar en 1647. Para entonces, el joven pensador (24 años) había perdido parte del respeto que, en su adolescencia, le había inspirado el maestro que, en plena madurez (51 años), era visto por los medios académicos como el inigualable inspirador de una nueva y más asequible forma de razonar a la par que era solicitado como perspicaz consejero por los responsables de la alta política local y alguna que otra corte extranjera. Para Eymar, jurista y filósofo de nuestro tiempo, serenamente objetivo y buen conocedor de las vidas y las obras de uno y otro, Descartes vivía obsesionado por su "duda metódica, hiperbólica y de una carácter existencial, que resuelve en la certeza deducida como la solución de un problema matemático". El método de Descartes, al que podríamos llamar "ideología cartesiana", cumple su función en las matemáticas, pero desvaría cuando el propio Descartes o sus seguidores lo aplican a cualquier ciencia o arte, sea la física ola propia filosofía (arte humano por excelencia), disciplinas que, por su propia naturaleza, rehúyen el rígido corsé matemático. Peor aun es la aplicación de dicho método cartesiano al intento de conocer a Dios, cuya existencia pretende haber demostrado con el supuesto de que la idea de la perfección absoluta solo tiene lógica si se refiere a un Ser absolutamente perfecto y, puesto que él, Descartes, tiene esa idea, no ha podido descubrirla por sí mismo sino por revelación de Dios mismo. Como un dios que, simplemente, se apoyase en la validez de una idea humana, el dios de Descartes equivale al "sumo bien ideado por Platón". Para Descartes, el otro ( es decir, el prójimo) puede ser visto con la vaga abstracción de un pensador que huye de un serio compromiso, lo que, probablemente, tuvo en cuenta D’Alembert cuando, en el Prólogo a la Enciclopedia agradece a Descartes el "haber enseñado a las buenas cabezas a sacudirse el yugo de la escolástica, de la opinión, de la autoridad, de los prejuicios y de la barbarie". Ese histórico enfrentamiento entre dos fuertes personalidades francesas del s. XVII, Pascal y Descartes, sirvió de inspiración al dramaturgo Brisville para escenificar su Encuentro de Descartes con Pascal. La filiación progresista del citado dramaturgo le lleva a presentar el evento histórico como una especie de desigual duelo entre el liberal Descartes, que ama la vida y domina el arte de pensar, y el iluso Pascal, aunque muy joven, víctima de una aguda crisis existencial que le ocasiona una lastimosa pérdida de tiempo. Así lo sufrió Brisville, como buen conocedor de las obscuridades del pasado, abierto a la imparable revolución de los nuevos tiempos y un joven e ingenuo conservador que, en lugar de sacar el conveniente partido a sus inmensas capacidades para las matemáticas y la tecnología, "se mortifica la carne, se retuerce y atormenta para alcanzar lo absoluto; su misticismo le impide participar en la vida". Dando por cierto que Descartes y Pascal coincidían en el afán de hallar inequívocas respuestas a las más acuciantes inquietudes de la naturaleza humana, es obligado puntualizar que el primero lo hace desde una supuesta autosuficiencia de la razón, mientras que Pascal se sabe incapaz de adentrarse por sí mismo en los dominios del misterio. Diríamos que, para Descartes, si de verdad era sincero consigo mismo, fue el pensamiento el soporte de la fe, mientras que para Pascal era el amor, especie de fuego que reducía a cenizas cualquier interesado subjetivismo racionalista (aunque, probablemente, no racional), el que nos acerca al conocimiento de Dios. Al respecto, en su Descartes y Pascal, Eymar transcribe con énfasis el siguiente pensamiento de Pascal: "Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los filósofos o de los sabios sino certeza y más certeza, así como sentimiento, alegría, paz y Dios de Jesucristo". Efectivamente, para Pascal el principio y fin de todas las cosas, Creador de cielos y tierra, es infinitamente más que cualquier imagen o idea que nos podamos hacer de él. Al ámbito de la fe, concluye Pascal, no se accede por la razón ensimismada (de Descartes), sino por la voluntad de creer. ¿Y si tales señales no logran la categoría de contundentes pruebas y sigue habiendo dudas? Lo realista, responde Pascal, es optar por lo que, además de verosímil, resulta más reconfortante: Si apuesto a favor y Dios existe obtendré una ganancia infinita; si apuesto a favor y Dios no existe, no pierdo nada; si apuesto en contra de Dios y resulta que sí existe, mi pérdida es infinita; si, con la misma apuesta, Dios no existe, ni pierdo ni gano. Como colofón de nuestro personal apunte sobre Descartes y Pascal, reconocemos como magistral el criterio de este último sobre los ideólogos que pretenden mejorar la sociedad desde su propia mediocridad existencial: "No creo en las revoluciones que cambian el orden de las cosas y no cambian el corazón del hombre". * * * Entre los cartesianos, no faltó quien sostuvo que la razón humana, junto con todas las otras realidades en que se expresa el universo, era una emanación de la razón divina, identificando a ésta con los poderes físicos de la naturaleza, presentando así una especie de cosmovisión similar a la expresada por el Árbol de la Vida de los cabalistas judíos. Destacó entre ellos el ya citado Spinoza, cuyo es el siguiente apunte:
Spinoza trastoca en la emanación de todo lo existente desde alguien o algo que, para él, tanto puede ser Dios, la esfera a la que alude el Árbol de la Vida, como una autosuficiente naturaleza ("Deus sive Natura"), todo ello como si una tan importante cuestión pudiera resolverse con un simple juego de palabras que no tienen por qué distraernos de la propuesta doctrinal de un panteísta para quien el todo determinó y sigue determinando el carácter y función de cada una de sus partes. Es ése un panteísmo que, debido al prestigio académico que logró Spinoza, fue admitido con más o menos convicción por las siguientes generaciones de cartesianos, para quienes la libertad no pasa de ser un simple conocimiento de la necesidad: que somos lo que somos, y obramos como obramos porque la naturaleza lo requiere así. En el Siglo de las Luces no faltaron soportes intelectuales del equilibrio y fortaleza necesarios para no desvariar por los extremismos. De ello vemos un claro ejemplo en el citado Leibniz, que en boca de Hirschberger:
Leibniz cultiva la filosofía en su acepción clásica, "amiga de la sabiduría" y "theologiae ancilla" (lit. sierva de la teología). Como tal, se interesa por todo cuanto pueda ser útil al hombre, en sus 2 dimensiones (la espiritual y la material), y lo hace con inimitables perspicacia, perseverancia y sencillez. Desde su excepcional dedicación al estudio de los problemas del hombre y de su entorno, Leibniz constata que los extremos son viciosos y dice:
Respecto a tomar como argumento de peso la comprobación de que los 3 ángulos de un triángulo equivalen a 2 ángulos rectos, podemos decir con Leibniz que no cabe presentar analogía alguna entre "supuestas esencias" (todo deriva de una substancia común) y lo realmente verificable cual es la irrebatible relación matemática en determinadas figuras geométricas. El sentido común nos dice que cada elemento con su substancia es un algo dentro de un conjunto de fenómenos y cosas armonizados entre sí en razón de las leyes universales de la creación. Lo peculiar de Leibniz es su Teoría de las Mónadas, para él principios básicos de todas las realidades tanto espirituales como materiales: a ellas llega en una especie de descubrimiento metafísico que él mismo nos describe de la siguiente manera:
Al margen de que las explicaciones de Spinoza y Leibniz no pasen de flatus vocis, bien podemos ponernos de acuerdo en reconocer que el racionalismo cartesiano puede muy bien pasar por una moderna versión del idealismo platónico con su demiurgo como socorrida cobertura del indefendible supuesto de que las cosas ocurren por intrínseca razón de las propias cosas. En esa especie de oscuro racionalismo, basta contar con un punto de partida para que se inicie un proceso en el que, a modo de una fórmula matemática, lo segundo se deduzca de lo primero para dar paso a lo tercero en uso de las reglas por las que se rige algo tan convincente como un teorema rigurosamente probado. Desde esa óptica, se da paso a sucesivas generaciones de cartesianos que, de racionalistas, pasarán a llamarse ilustrados y de ilustrados a revolucionarios. * * * La divina geometrización de que habló Kepler y que privó en Europa durante el s. XVIII, correspondía a una muy difundida creencia de Galileo: la de que la naturaleza se rige por leyes matemáticas cuya traducción a fórmulas manejables es simple cuestión de tiempo. Tal posicionamiento de Kepler favoreció la profundización tanto en las matemáticas abstractas como en la física teórica, punto de apoyo para el vertiginoso progreso científico de épocas más cercanas a nosotros. No faltó quien prefirió la comodidad de una precipitada simplificación. Desde una teoría verosímil, aunque no demostrada, se dedicó Kepler a elaborar sistemas y contra-sistemas pretendidamente apoyados en el carácter irrebatible de esa misma teoría. En tal terreno cobraron excepcional autoridad nombres como Hobbes, Locke, Hume... a los que se considera precursores del llamado "empirismo inglés". A través del empirismo inglés se quiere hacer ver que ya no existen verdades inmutables y eternas que habrían de regir los apriorismos de toda construcción científica. Ni siquiera se acepta la definición de una Razón como cimiento de todo ulterior discurrir. Según los empiristas el exclusivo punto de apoyo del conocimiento es la experiencia que, para ser realmente válida, requiere la previa destrucción de todos los prejuicios dogmáticos (de los "ídolos de la mente", que había dicho Bacón de Verulano) y avanzar por caminos de observación, análisis y selección de los fenómenos. Se llega a defender que "la experiencia sensible lo es todo" por lo que, en sí misma, incluye la base necesaria para decidir la viabilidad de la moral, del derecho, de la religión... Puesto que toda experiencia es susceptible de perfección, nada es acabado y absoluto, y todo es a la medida del conocimiento humano. A tenor de las nuevas circunstancias, se altera la escala de prioridades, y los sentidos se colocan por encima de la conciencia, lo útil sobre lo noble, lo particular sobre lo universal, el tiempo sobre la eternidad, la parte sobre el todo... Pero tal posición teórica, insuficiente para cualquier definición satisfactoria de la Realidad y, por lo tanto, puerta abierta para el más desolador de los escepticismos, sí que es apropiada para el estudio de los fenómenos y para las experiencias de laboratorio. El progreso científico se mantiene y desarrolla en base a pasos muy medidos, comprobados, interrelacionados y avalados por las pertinentes y sucesivas experimentaciones. Ejemplo de esto último nos lo da Newton para quien el estudio científico ha de ajustarse a 3 reglas principales:
La ciencia debe a Newton el descubrimiento de la Ley de Gravitación Universal (por la que se rige la mecánica del universo) y el descubrimiento del cálculo infinitesimal (que habrían de perfeccionar Euler, D’Alembert, Lagrange... hasta dar paso a la mecánica analítica y geometría descriptiva). En sus Principios matemáticos de la Filosofía Natural, Newton demostró que negar a Dios, como principio y fin de todo lo existente, es una "aberración científica". En efecto, el serio y bien hilvanado tratamiento de los fenómenos le había llevado a la necesidad de la causa primera, tal como han puesto de relieve los grandes pensadores cristianos, desde Tomás de Aquino a Teilhard de Chardin. Por lo demás, los estudios de óptica de Newton ayudaron al perfeccionamiento del telescopio por parte de Herschel, lo que, a su vez, permitió ampliar considerablemente el catálogo de estrellas, el descubrimiento del planeta Urano y de nuevos satélites de Saturno. También fue obra de Newton el descubrimiento del carácter corpóreo de la luz. En paralelo a los geniales Kepler y Newron surge Buffon, para quien "la naturaleza trabaja de acuerdo con un plan eterno que no abandona jamás". Desde esa suposición se atreve Buffon a dogmatizar sobre la autosuficiencia de la materia. En la pretendida autosuficiencia de la materia ("principio y fin de todo"), que supuso Buffon, se hicieron fuertes los enciclopedistas franceses con D’Alembert y Diderot a la cabeza. Remedando la Enciclopedia de Chambers (de 1728), D’Alembert y Diderot invitan a Voltaire, Rousseau, Helvetius, Holbach, Condillac, Raynal... a recopilar "todo el saber de la época". Fue una invitación que cuajó en la elaboración de los 3 primeros volúmenes de la Enciclopedia Francesa. A partir del cuarto volumen fue Diderot el único redactor. No se puede pensar que la Enciclopedia de Diderot fuera una especie de conciencia del siglo. Fue, más bien, un orgulloso monumento al "antropocentrismo reinante" y la expresión de un afán de demolición de lo tradicional en nombre de un pretendido naturalismo en cuyo desarrollo se esforzaron lo más celebrados de sus autores por demostrar la inutilidad del Dios providente y de la redención. A lo sumo, se definía a Dios como Supremo gerente o gran Arquitecto. En paralelo con la aparición de la Enciclopedia surge una nueva versión del fetichismo o religión natural progresivamente divergente de la otra religión, cuyo protagonista es un Dios-hombre que invita a todos sus amigos a colaborar en la continua tarea de amorizar la Tierra. La autoproclamada Religión Natural decía apoyarse en la experiencia administrada por la razón. El premio que ofrece es la liberación de lo que llama instintos naturales a la par que reniega del hambre de eternidad en que se apoya la fe de los cristianos. La Enciclopedia dice ser genuina expresión del progreso y presenta a la otra, a la religión del Crucificado, como ejemplo de inmovilismo y de aval de privilegios para un grupo de parásitos que viven y gozan a la sombra de un dios ciego y sordo a los problemas humanos. Como decían los nuevos profetas, "es antisocial aferrarse a la defensa de lo ya marchito y ridiculizado por la ciencia". Tales profetas son los mismos que hablan de nuevos mundos de libertad y prosperidad sin límites y sin otro esfuerzo personal que el de acallar las voces de la propia conciencia. Dicen estar en lo cierto, dado que los que defienden las ideas del amor y de una libertad tan distinta a la suya han resultado incapaces de hacer felices a todo el mundo. El arma más poderosa de estos nuevos profetas es el viejísimo truco ya utilizado por los sofistas: que basta criticar para tener razón. .
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