La expansión de España por el mundo

Zamora, 6 junio 2022
Antonio Fernández, licenciado en Filosofía

          Como consecuencia de peripecias históricas anteriores y desde la unificación de los Reyes Católicos, España vivió un larguísimo período de constitución en el que, a lo largo del tiempo y con notables altibajos, puso en práctica su peculiar papel a nivel mundial.

          Su cénit mundial alcanzó sus años álgidos de 1479 a 1598, a lo largo de 3 reinados (Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II) en poco más de un siglo. Pero un tiempo suficiente como para asumir España una preponderancia difícilmente igualada por la historia.

          Y si bien tuvo España su siglo de oro, también tuvo su siglo de plata (de 1600 a 1750), como "reino de este mundo". Fue el sic transit gloria mundi, que tan bien expresara Fray Luis de León, elocuente lección sobre el efímero e inconsistente valor de los envidiados imperios.

          El Imperio Español, al igual que toda obra de conquista, y al hilo del probable afán de servir a una noble causa (la católica), y de no pocas generosas aventuras personales, generó tropelías, despojos, miserias, terribles injusticias...

          Pero si se compara lo que hizo España con lo que hicieron otros países (Francia, Inglaterra, Portugal...), habremos de reconocer los "liberales modos" de los españoles, quienes, según la limitada óptica de la época, reconocen a los conquistados elementales derechos abiertamente negados por conquistadores y legisladores de otras nacionalidades: entre los españoles, en múltiples ocasiones, la cruz impone su freno a la espada mientras que se facilitan los acercamientos entre culturas y se prodigan las mezclas de sangres y de razas.

          En nuestra historia de entonces no es raro que un incansable guerrero se retire a mitad de su "camino de gloria" (a ejemplo del más poderoso de la época, el propio emperador Carlos I, enclaustrado en Yuste) o canalice en el evangelio sus afanes de conquista (caso de Ignacio de Loyola).

          Muchos siglos de reconquista, asimilación y ósmosis entre pueblos de muy distintas raíces, el genio integrador de Fernando e Isabel, la herencia espiritual de Séneca o de Isidoro de Sevilla, también de liberales maestros de otras culturas como el árabe Averroes o el judío Maimónides, ambos cordobeses (de los que mucho aprendió Santo Tomás de Aquino)... son peculiaridades españolas, como también la de ligar la lógica profana con el amor de Dios, desde la originalidad de Ramón Llull.

          Son circunstancias que, de alguna forma, frenan entre nosotros el impacto paganizante que vivió Europa en el llamado Renacimiento y que facilitó el papel de España como promotora de la Contrarreforma y de un humanismo que, a diferencia de lo que ocurrió en otros países (Holanda, Francia, Alemania o Inglaterra), no rompe con los valores de la tradicional filosofía cristiana. Lo cual resultó ejemplarizante en una sociedad española más inclinada hacia el "suave vivir según los sentidos" que hacia la preocupación por la suerte del prójimo más débil o desamparado.

          Sin duda que el humanismo renacentista, entre luces y sombras, fue y es un conglomerado de erudición, cultivados modos de relación social, corrientes artísticas, catálogo de presupuestos.... en muy directa relación con los intereses de los poderosos de entonces, hasta desembocar en una especie de fundamentalismo antropocentrista (el hombre como medida de todas las cosas).

          Con el Renacimiento y su derivación humanista, cobra fuerza en Europa el "reinado de lo aparente a cualquier precio". Al respecto, recordemos cómo una de las más destacadas herencias culturales de ese Renacimiento es El Príncipe de Maquiavelo, manual de la práctica inmoral en el ámbito de la política. Lo cual fue particularmente en los "príncipes mercaderes" y en su influencia en las cortes europeas, a través de personajes como Catalina de Médicis.

          En efecto, reina de Francia por su matrimonio con Enrique II, regente a la temprana muerte de su hijo Francisco II, y todopoderosa reina madre de Francia, fue Catalina de Médicis amiga de la intriga y desfachatez, así como la promotora principal de implacables luchas fratricidas que ensangrentaron a Francia durante no menos de 30 años, y que han pasado a la historia como Guerras de Religión con episodios como la "noche de san Bartolomé", en que murieron no menos de 20.000 protestantes.

          Los sangrientos enfrentamientos fratricidas terminaron con el Edicto de Nantes, razón de estado para Enrique IV de Francia, que por eso de que el rey de Francia había de ser católico, había adjurado del protestantismo tras la conocida frase "París bien vale una misa", al hilo de esa política "tan de este mundo" que proponían Rabelais y Montaigne (el 1º proponiendo como ideal de conducta el ansia de riqueza y el libre desarrollo de los impulsos, y el 2º su típico que sais je (lit. "¿qué se yo?") existencial, mientras devaneaba con doctas vírgenes).

          España no se libró de las Guerras de Religión, pero éstas no llegaron a los implacables ajustes de cuentas que cultivaron la citada Catalina de Médicis o el propio Calvino en su feudo de Ginebra (recuérdese la quema en la hoguera de nuestro compatriota científico Miguel Servet).

          Tampoco se puede hablar de "justificación intelectual" del hedonismo por parte de las más ilustres figuras del Siglo de Oro español, y basten para eso los ejemplos de Calderón de la Barca (con sus autos sacramentales o apologías del cristianismo) y el brillante y controvertido Quevedo (que elabora su propia "política de Dios y reino de Cristo").

          Por lo que respecta a la España cultural de los tiempos del Renacimiento, cabe un importante matiz: la acusada fiebre elitista al uso de poderosos, sus corifeos, utilitaristas y teorizantes oportunistas encontró elocuentes réplicas en maestros como el originalísimo Quevedo pero, sobre todo, en la figura del caballero antiburgués cual representa ser don Quijote, quien vive una vida volcada hacia el otro yo (que es el prójimo) y despreciará cualquier afán acaparador en generosa obsesión (por "desfacer entuertos").

          Fuerza argumental para una generosidad militante, hija del convencimiento de que el hombre, pese a las "nuevas teorías", no dispone de otra vía de realización personal que la que marcan un amor y una libertad en la línea de "Aquel que todo lo hizo bien", se encuentra en pensadores españoles como Francisco de Vitoria o Luis Suárez. Pero sobre todo en espíritus tan vigorosos y tan fieles a un realismo trascendente como Ignacio de Loyola (el capitán de Cristo y excepcional promotor de la Contrarreforma o místicos de la talla de Teresa de Jesús o Juan de la Cruz.

          Fue uno de los representantes de aquel siglo de oro español el autor de un sublime soneto, que bien pudiera ser aceptado como un prototipo del humanismo teocéntrico del Imperio Español:

"No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido, para dejar por ello de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y encarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido, muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme al fin tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara;
que aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera, pues, aunque lo que espero no esperará,
lo mismo que te quiero te quisiera
".

          Tomemos estos hermosos y encendidos versos como válida expresión del humanismo español del s. XVI y XVII, que prendió de raíces cristianas y culturales el mundo entero. Y de una realidad esperanzadora que por fin llegó a ver la luz, bajo la gracia de Dios y la humana capacidad de amar y ser libres, para con ellas conquistar las voluntades.

.

  Act: 06/06/22        @enseñanzas de la vida            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A