Paso de Jesucristo por este mundo

Zamora, 1 junio 2026
Antonio Fernández, licenciado en Sociología

         El paso por la tierra de Jesús de Nazaret, el Cristo o Mesías, tuvo lugar en "un escondido rincón del mundo". Con todo, fue un acontecimiento que no pudo ignorar la historia profana del s. I (iniciada, precisamente, a raíz de ese acontecimiento).

         El acreditado historiador romano Tácito (nac. 55 d.C) nos dice que "hubo un Cristo condenado a muerte por Poncio Pilato, procurador de Judea en el reinado de Tiberio y que, muy pronto, sus seguidores, los cristianos, se extendieron por todo el Imperio". También Suetonio (nac. 69 d.C) habla de "los rebeldes seguidores de un tal Cristus", en su Vida de los Doce Césares.

         Otro romano de la época, Plinio el Joven (nac. 61 d.C), gobernador de Bitinia bajo Trajano, menciona a los cristianos (Cartas al Emperador, X, 96-97) y de ellos dice que "consideraban a Cristo su Dios, se dirigen a él con himnos y oraciones y resultan ser sus súbditos laboriosos". Luciano de Samosata (nac. 125 d.C), escritor satírico de la época, cita a "un sofista crucificado en Judea, empeñado en demostrar que todos los hombres son iguales y hermanos".

         Tampoco faltan testimonios de compatriotas judíos, como el de Flavio Josefo (nac. 38 d.C), panegirista de los emperadores Vespasiano y Tito que, con ironía o sin ella, y en la versión griega de su principal obra (Antigüedades Judías, XVIII, 63-64), nos dice que:

"Vivió por esa época Jesús, un hombre sabio, si es que se le puede llamar hombre. Porque fue hacedor de hechos portentosos, maestro de hombres que aceptan con gusto la verdad. Atrajo a muchos judíos y a muchos de origen griego. Era el mesías. Cuando Pilato, tras escuchar la acusación que contra él formularon los principales de entre nosotros lo condenó a ser crucificado, aquellos que lo habían amado al principio no dejaron de hacerlo. Porque al tercer día se les manifestó vivo de nuevo, habiendo profetizado los divinos profetas estas y otras maravillas acerca de él. Y hasta el día de hoy no ha desaparecido la tribu de los cristianos".

         Por lo demás, sobre la excepcionalidad y realidad histórica de Jesús de Nazaret nos parece particularmente ilustrativo el testimonio de sus directos y coetáneos adversarios. En el Talmud se habla de su existencia y milagros, que no niega ni relativiza considerándolos fruto de la hechicería (Sanh, 107; Sota, 47b; Hag, II, 2). Acusándole de haber seducido a Israel (Sanh, 43a), viene a justificar el posicionamiento del Sanedrín ante Pilatos y subsiguiente crucifixión "dado que se presentaba como Hijo de Dios".

         Consecuentemente, por fuentes históricas ajenas al cristianismo, sabemos de Jesús mucho más que de la mayoría de los personajes de la antigüedad. Pero lo verdaderamente ilustrativo es el testimonio de cuantos lo conocieron y fueron testigos de su vida y resurrección, pudiendo decir: "Demostró ser Hijo de Dios, puesto que todo lo hizo bien".

         El hecho único de la resurrección de Cristo, que algunos de los llamados católicos se empeñan en reducir a "fenómeno de carácter espiritual", es parte esencial de la fe católica. Ya lo entendió así el apóstol Pablo, para quien "si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe". De ello se hizo eco el propio Benedicto XVI, para quien no había equívoco posible en la aceptación de una resurrección real en cuerpo y espíritu:

"La resurrección de Cristo es el dato central del cristianismo, verdad fundamental, que hay que reafirmar con vigor en todo tiempo, pues negarla de diferentes maneras como se ha tratado y se sigue tratando de hacer o transformarla en un acontecimiento meramente espiritual es hacer vana nuestra misma fe. Hoy como hace más de dos mil años, todos nosotros estamos llamados a ser testigos precisamente de este acontecimiento extraordinario".

         Por mucho que, a lo largo de los últimos siglos, se ha buceado en la historia por parte de arqueólogos y otros investigadores, más o menos dispuestos a la plena objetividad, no se ha encontrado vestigio alguno de que no sea verdad lo substancial del relato del evangelio y de los más acreditados padres de la Iglesia. Y si no, hay está el tal Pablo de Tarso, para dar prueba de ello y para dejarnos el mejor y más bello himno al amor y a la libertad como tabla de salvación:

"Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor soy como una campana que resuena, o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia, si no tengo amor no soy nada. Y si repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres, o entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor no me sirve de nada. El amor es paciente y servicial. El amor no es envidioso, ni busca su propio interés, ni tiene en cuenta el mal recibido, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá. Porque imperfecta es nuestra ciencia, y limitadas las profecías. Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo imperfecto. Mientras yo era niño, hablaba como niño, sentía como niño y razonaba como niño. Pero cuando me hice hombre dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente, pero más adelante veremos cara a cara, como Dios me conoce a mí. En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más grande de todas es el amor" (1Cor 13, 1-13).

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  Act: 01/06/26        @enseñanzas de la vida            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A