La ciencia, trampolín hacia Dios

Zamora, 13 julio 2026
Antonio Fernández, licenciado en Sociología

         Hasta que aparecieron los modernos medios de observación, el cultivo de la ciencia seguía la rutina marcada por Aristóteles, para quien lo poderoso, lo bello y lo inmutable estaban absolutamente identificados. El propio Dios había de ser aceptado como una especie de "motor inmóvil" que imparte energía desde una posición fija e inalterable. Proyecciones de esa energía son las formas que individualizan a las realidades materiales.

         Aristóteles no contaba con otros medios de observación que sus propios sentidos, ni con otros soportes que los de su portentosa capacidad de análisis y observación. Abarcó todas las ramas de la ciencia, a la par que las hilvanó entre sí en su Lógica.

         La Escolástica cristianizó a Aristóteles, a la par que lo y erigió como maestro indiscutible de todo el humano saber. Cualquier cita, más o menos certeramente interpretada, era situada muy por encima de muchas otras novedosas observaciones.

         Siendo la Escolástica un inconmovible puntal del dogma, resultaba fácil confundir las reservas a la ciencia de Aristóteles con los ataques al dogma. Para los situados en la intelectualidad de la época resultaba mucho más fácil tomar como réplica un "magister dixit" que discurrir sobre una posible contra argumentación.

         Por lo que se refiere a la observación del firmamento, privaban las llamadas Tablas de Ptolomeo, que pretendían explicar la totalidad del universo como una limitada serie de estrellas (algo más de 2.000) prendidas a la esfera exterior o firmamento y subsiguientes esferas, todas ellas concéntricas y coincidentes con las órbitas sólidas de Saturno, Júpiter, Marte, el Sol, Venus, Mercurio y la Luna.

         A tales órbitas seguían las esferas del fuego y del aire como próxima envoltura de la última esfera, líquida y sólida: la Tierra, centro inmóvil y razón de todo el universo. Era una suposición que, siglos atrás, ya había defendido Aristóteles. No había, pues, objeción alguna, a la hora de considerarla piedra angular de la ciencia oficial.

         La revolución científica obrada por Copérnico vino a alterar tal estado de cosas, con su demostración científica de que la Tierra no es el centro del universo y sí uno más de los planetas que giran alrededor del Sol. Es lo que se afirma en su De Revolutionibus Orbium Coelestium, obra firmada por el polaco Nicolás Copérnico.

         Para llegar a la conclusión de que "no es cierto que el Sol y los otros planetas giren alrededor de la Tierra", durante 30 años observó Copérnico la trayectoria elíptica de Marte y otros planetas hasta concluir que todos ellos, incluida la Tierra, eran compañeros en un fantástico viaje alrededor del Sol. Años más tarde, Kepler y Tycho Brahe corroborarían tales conclusiones, enriqueciéndolas con nuevas apreciaciones sobre la inmensidad y leyes físicas por que se rige el universo.

         La ciencia oficial seguía reacia a aceptar cualquier remodelación de sus viejos supuestos que reciben el tiro de gracia merced a las nuevas aportaciones de Galileo, el cual, a sus diecisiete años, descubrió la Ley del Péndulo.

         Pocos años más tarde, Galileo demostró que la velocidad de caída de los cuerpos está en relación directa con su peso específico, contrariamente con lo que había defendido Aristóteles, para el cual, esa velocidad de caída estaba en relación con el volumen.

         Ello, según la cerrada óptica oficial, era incurrir en herejía y Galileo hubo de refugiarse en Venecia, en donde siguió investigando hasta descubrir en 1609 un antecedente del telescopio, artilugio que le permitió localizar 4 satélites de Júpiter, las fases de Venus, los cráteres y mares de la Luna, el anillo de Saturno, las manchas del Sol...

         Se habían abierto nuevos caminos que, para los timoratos de la época, hacían tambalear peligrosamente la fe en la inmutable armonía de las esferas. Hemos de sospechar que su temor real era el de perder posiciones en la consideración social, algo tan simple, tan mezquino y tan humano que no es difícil encontrar en cualquier época y lugar.

*  *  *

         Mediado el pasado s. XX, en 1955, en el plazo de poco más de un mes, morían Einstein, Fleming y Teilhard de Chardin. Fleming el 11 de marzo, Teilhard el 10 de abril y Einstein el 18 de abril.

         Todos ellos fueron inigualables científicos que, por su afán de ver más, rompieron los esquemas del generalizado y cobarde dolce farniente, tan practicado por cuantos creen que la culminación de una carrera científica es el logro de un título académico.

         Los trabajos de dos de estos grandes trabajadores fueron mundialmente reconocidos con respectivos premios nobel (Einstein en en 1921 y Fleming en 1945). De la inquietante y colosal obra de Teilhard de Chardin no se conoció prácticamente nada hasta después de su muerte.

         De Fleming son deudores millones y millones de enfermos, que, gracias a su revolucionario invento de la penicilina, recobraron la salud.

         A Einstein se le otorga la paternidad de la revalorización de lo que él llamó "cuarta dimensión": el tiempo, que moldea el ser de los cuerpos (desde una partícula infinitesimal a una supernova) y, por lo tanto, es parte esencial de la física.

         Esta revalorización llevó a Einstein a descubrir la estrecha relación entre masa y energía en función de la velocidad de la luz, lo que expresó en la archiconocida fórmula E=m·c2 (siendo E la energía, m la masa y c la velocidad de la luz). Por lo demás, con su Teoría de la Relatividad pudo demostrar la complementariedad y matemática relación entre espacio, tiempo, materia, energía, gravitación e inercia.

         Desde un posicionamiento más literario que matemático, llega a una aproximada línea de observación el filósofo Bergson, otro judío también premio nobel, popularizando el término durée (lit. duración) según el cual el tiempo y el espacio, fundidos en un indisoluble fenómeno, constituyen el soporte de la "creación evolutiva".

         Desde la humildad y generosidad del sabio amante de la verdad, este excepcional personaje rompió estrechos horizontes académicos formulando conclusiones comprensibles y comprometedoras para sabios y legos. Deseoso de que ello significara el dejar atrás la era neolítica del pensamiento, un mes antes de morir, pudo escribir a modo de testamento espiritual:

"Por toda la Tierra, hoy en día, en la atmósfera espiritual creada por la idea de la evolución, se está desarrollando una situación de extrema sensibilidad hacia dos componentes esenciales de lo ultra-humano: el amor de Dios y la fe en el mundo. Son dos componentes esenciales que flotan en el aire de cualquier rincón del mundo. Por regla general, todavía son apenas perceptibles y rara vez se dan juntos en un mismo sujeto, aunque en mí, por pura suerte (temperamento, formación, medio familiar y social...) ya se ha producido una espontánea y equilibrada fusión de uno y otro, muy débil para salir al exterior, pero suficiente para mostrar que, un día u otro, es posible su explosión con una subsiguiente reacción en cadena. Ello prueba que, para la verdad, basta que esa conjunción del amor de Dios y la fe en el mundo tenga lugar en un solo espíritu para que, en el momento dado, nada pueda evitar que todo lo invada y todo lo inflame" (Nueva York, marzo 1955).

         Creemos que lo de la "creación evolutiva" había hecho mella en Teilhard de Chardin hasta llevarle a romper alguno de los esquemas del saber tradicional.

         En el campo de lo puramente intelectual, se esforzó Teilhard por sustituir la creencia del "motor inmóvil" (la inmutabilidad del ser) que defendiera Aristóteles por la dinámica de un Ser que, apasionadamente, con constructivo amor infinito, sigue hasta sus definitivas consecuencias, el progresivo desarrollo, la realización, de su obra según un Plan de Cosmogénesis, en parte identificable con lo que otros científicos llaman evolución.

         Por eso de la creencia en el motor inmóvil, no faltaron (ni faltan) teorizantes que se esfuerzan en mostrar la incompatibilidad entre ciencia y religión, entre el bullicioso crepitar que las modernas tecnologías descubren en las más pequeñas porciones de la materia y los valores eternos.

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         Para no caer en el vacío de la estéril reflexión, reconozcamos algo que entra dentro de la más rigurosa lógica: el universo ha sido planificado y es regulado hasta el mínimo detalle con el propósito de que materia y energía mantengan un riguroso orden en el que sea posible (o resulte necesaria) la aparición de los seres vivos y, entre ellos, la de un ser inteligente.

         Por supuesto, si nos distraemos dando vueltas y más vueltas al insondable porqué de las cosas, la pereza mental o la pedantesca presunción de valernos por nosotros mismos para dogmatizar sobre todo lo divino y humano puede llevarnos a despreciar la humana lógica de personajes como Gandhi, el cual ha dejado escrito:

"Con frecuencia, en mi caminar he vislumbrado leves destellos de la verdad absoluta, que es Dios, y todos los días crece en mí la convicción de que solo Dios es real. Los instrumentos para buscar la verdad, tienen tanto de fácil como de difícil. Pueden parecer imposibles para una persona arrogante y, a la vez, perfectamente posibles para un niño inocente. Quienes buscan la verdad tienen que ser más humildes que el polvo. El mundo aplasta el polvo bajo sus pies, pero los buscadores de la verdad tienen que ser tan humildes que hasta el polvo pueda aplastarlos. Sólo entonces, y únicamente a partir de entonces, obtendrán un vislumbre de la verdad".

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  Act: 13/07/26        @enseñanzas de la vida            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A