La Ilustración, a por una conciencia colectiva

Zamora, 7 septiembre 2026
Antonio Fernández, licenciado en Sociología

         La Ilustración fue la época de la "nobleza de alcoba" y de los "envidiables "libertinos", en que la aparente mayor tolerancia respecto a la libertad de pensamiento se torna en agresión cuando el censor de turno estima que se entra inoportunamente "en el fondo de la cuestión"

         Este fondo de la cuestión era la meta apetecida de algunos intelectuales franceses para quienes "el sol nacía en Inglaterra". A este grupo pertenecieron Volatire, Rousseau y Montesquieu (éste último, sin duda, el más realista, sincero y generoso de los tres).

         Si los intelectuales cartesianos del s. XVII, en uso del rigor geométrico, habían pretendido edificar su propia e inconmovible ciencia del saber sobre la piedra angular de la "razón autosuficiente" (el sacralizado cogito como verdad esencial) sin mayor preocupación que la de achicar al rival, los más celebrados filósofos del s. XVIII, muchísimo más pegados a los asuntos de este mundo, "harán descender las ideas del cielo a la tierra" (según Duval) con el objetivo principal de:

-acabar con los "viejos prejuicios",
-abrir los cerebros a la "luz de la razón",
-promover una progresiva satisfacción de los sentidos en una revolucionaria idea de la felicidad al alcance de los que, según ellos, más se lo merecen porque son los forjadores de la nueva sociedad.

         Mientras que los primeros expresaban sus respectivas doctrinas en enjundiosos y voluminosos tratados, estos últimos expresan la "nueva filosofía" en historias, fábulas, libelos y soflamas fáciles de digerir por el gran número.

         Maestro en este arte fue Voltaire, que brilla en el s. XVIII más por su personalidad que por unas ideas que, reflejo de generalizadas opiniones, expone en sugerentes tramas muy al gusto de los asiduos a los salones literarios.

         Voltaire triunfa magistralmente porque se adapta a la corriente de los tiempos, así como dice y escribe lo que la gente espera oír y leer. Son los tiempos de los enciclopedistas (redactores de la Enciclopedia, con Diderot a la cabeza), para quienes la cultura es un conglomerado de descripciones y referencias que no obliguen a pensar, pero sí a aplaudir al que "sabe vivir".

         Como los enciclopedistas, Voltaire ha acomodado su ansia de creer al deísmo, especie de religión natural sin otro misterio que una X eterna que deja a los hombres que resuelvan sus problemas según la fuerza y el talento que les ha correspondido.

         Reniega Voltaire de una fe activa y moralizante, hasta el punto de que presenta a Pascal como enemigo del género humano. Como él mismo dice, "me atrevo a tomar el partido de la humanidad contra ese misántropo sublime". En efecto, para Voltaire élo más razonable es "aceptar no ser más de lo que se es procurando ser todo lo que se es para así disfrutar plenamente de la condición de ser humano".

         Nada de reflexiones sobre premio o castigo en un problemático más allá, dice Voltaire, que se cree obligado a la feroz crítica contra todo lo que entorpece la cordial aceptación de sus consignas.

         Voltaire ha vivido en Inglaterra, "más pegada que Francia a las cosas de este mundo" y donde los intelectuales de más tronío se apoyan en los recientes descubrimientos de Newton para entretejer el método cartesiano con hallazgos como la teoría de la gravitación universal, cosa que permite una mirada retrospectiva al materialismo clásico con su corolario de la "materia autosuficiente" desde un "primer empujón del gran Arquitecto".

         En sus Cartas sobre los Ingleses-1734 Voltaire abre el camino a la crítica metódica contra el trono y el altar, las 2 columnas en que, según él, se apoyaba un absolutismo mantenedor de la vieja superstición.

         Es Voltaire la personalidad más destacada del s. XVIII, llamado Siglo de las Luces, al que todavía hoy muchos consideran la "alborada de la humanidad". De la mano de científicos como Newton, la humanidad podía conocer, una a una, todas la leyes del universo, "probable reflejo" de las leyes de Dios y, por lo mismo, equivalentes a las leyes que subyacen en la propia naturaleza humana.

         Es así como ellos, los ilustrados, podían erigirse en profetas de la nueva forma de ver las cosas. Para ello, resultaría suficiente aplicar su ilustrada razón a disciplinas tan útiles como la política y la economía dejando a la paciencia y laboriosidad de los científicos de profesión (lo que hoy llamaríamos ratas de laboratorio) el trabajo de esclarecer los más escondidos recovecos de las cosas.

         Llega así Voltaire a una filosofía de salón en la que él es el gran pontífice, de forma que lo que él apunta ha de convertirse en dogma. Si con finura literaria preñada de perversa ironía, Voltaire usa el término infame para caracterizar lo contrario a lo que él es o dice pensar, y sus fieles corresponsales (desde el más atrevido diletante hasta un rey o ministro de confianza) se tomarán en serio todo lo que él diga, hasta llevar a la práctica la consigna de "aimez moi et ecrasons l’infame" en la pretensión de arrianizar al cristianismo (la religión del Cristo sin Cristo).

         Desde esa óptica, tan propicia a los intereses o caprichos terrenales de los poderosos altivos y de los envidiosos de cualquier capa social, que sueñan con desplazar a los "bien situados", se desarrolla una progresiva fuerza social orientada hacia el orden establecido (fundamentalismo burgués) con especial virulencia contra la Iglesia (en especial, contra la Iglesia católica).

         Los escarceos especulativo-literarios de los ilustrados encuentran eco entre los parvenus de la clase burguesa que distraen sus ocios en el juego de las ideas. Algunos de ellos ya controlan los resortes del vivir diario desde el llamado Tercer Estado, cuya frontera fijan en los cortesanos de los reyes Capeto.

         Meta del predicamento volteriano es el utilitarismo individualista, que servirá de pedestal a una élite ilustrada movida por la obsesión de mantener los privilegios de clase, desde el supuesto de merecer el más alto peldaño de la escala social.

         Gracias a Voltaire, al absolutismo dulzón, paternalista y galicano, desarrollado en Francia por Luis XIV y torpemente seguido por sus sucesores (el regente Felipe de Orleans, el libertino Luis XV y el desafortunado Luis XVI) da paso al Despotismo Ilustrado o poder político para la "gente guapa", brillantes hombres de pluma y acción que, según Voltaire y sus ilustrados, pueden y deben ejercer la autoridad más por imperativo de la estética (que rodea al poder) que por hacer más llevadera la vida a los más humildes súbditos (los cuales resultarán tanto más serviciales cuanto más anclados permanezcan a sus ancestrales limitaciones).

         Esta "gente guapa" harán suyo el despotismo ilustrado, como poderosos no sólo de Francia sino de la época como Catalina II de Rusia, Federico II de Prusia y Carlos III de España, con sus satélites o ministros ilustrados Choisseul en Francia, Aranda en España, Pombal en Portugal o Tanucci en Nápoles.

*  *  *

         El despotismo ilustrado pareció encontrar la justa réplica en el igualitarismo rusoniano. Contra Voltaire y desde una óptica también utilitarista y, aunque de sentido contrario, también captada en Inglaterra, Rousseau apela a la conciencia colectiva como contrapoder de cualquier despótico individualismo.

         Durante su estancia en Inglaterra, Rousseau ha bebido en Locke una socializante, optimista e impersonal acepción del derecho natural, y se deja embargar por las emociones elementales (el candor de la infancia, el amor sencillo y fiel, la amistad heroica, el amparo de los débiles...) con una "vuelta a la naturaleza" presidida por el "buen salvaje".

         Religioso descomprometido, al estilo de Descartes, Hobbes, Locke o el propio Voltaire, Rousseau soslaya la trascendencia social del hecho de la redención cristiana. Es más, si se merece la incisiva férula de Voltaire, es porque éste ve en el retórico sentimentalismo rusoniano una vuelta al mundo del animal irracional.

         En 1754 publica Rousseau su Desigualdad entre los Hombres, libro con el que pretende invitar a la humanidad a volver a unos supuestos orígenes en los que todo era armonía y felicidad. Contra todo lo esperado, fue Voltaire, y no otro, quien humilla tal discurso, con el siguiente comentario que le hizo por carta el 30-8-1755:

"Le agradezco, señor, el libro que acaba usted de escribir contra el género humano. Adula usted a los hombres con evidencias que no lograrán corregirles. Es imposible pintar con más fuertes colores las maldades de la sociedad humana, cuyo mejor remedio o consuelo ve usted en la ignorancia y la debilidad. Nunca hasta ahora se había aplicado tanta inspiración para convertirnos en bestias, tanto que, al leer su libro, a uno le entran ganas de marchar a cuatro patas".

         En ese libro Rousseau quiere demostrar que todos los males le han sobrevivido a la sociedad a través del derecho de propiedad, "el primero que aisló un terreno que presentó como suyo, se atrevió a decir esto es mío y encontró gentes lo suficientemente ingenuas para tomárselo en serio, ese mismo resultó ser el verdadero fundador de la sociedad civil". Son palabras de Rousseau, que concluye que ese día (y no otro) fue el que "surgió el germen de la desigualdad, del que se derivan todas las calamidades de la historia de la humanidad con sus « corruptoras instituciones".

         En estado de ánimo similar al de Descartes meditando a orillas de Danubio con el subsiguiente surgir del tan traído y llevado cogito con el supuesto de las ideas innatas sobre todo lo que se puede comprender y saber, Rousseau encuentra el hilo conductor de su sistema cuando, a la sombra de un árbol, en un receso del caminar para visitar a Diderot, un recorte de periódico le invita a reflexionar sobre "si el desarrollo de las ciencias y de las artes había contribuido a corromper o a purificar las costumbres". Escuchemos sus palabras:

"Sentí mi cabeza poseída por un aturdimiento semejante a la embriaguez . Si yo hubiera podido escribir la cuarta parte de todo lo que vi y sentí debajo de aquel árbol, ¡con qué claridad habría podido hacer ver las contradicciones del sistema social, con qué fuerza habría demostrado que el hombre es naturalmente bueno y que solamente se hace malo por esas instituciones!".

         En su utopía, madre de otras mil utopías que llegarán tras él, Rousseau añora el primitivo estado de la naturaleza en el que el "buen salvaje", con todas sus necesidades naturales bien cubiertas, es inocente y feliz en paz y armonía con todos sus semejantes: nada más falso según la historia y las más razonables aportaciones de la paleontología.

         Según Rousseau, sólo por necesidades de supervivencia los antepasados guerreaban entre sí, y los restos de cráneos humanos quebrados y amontonados, o rudimentarias y contundentes armas, o formas de vivir alejadas de la civilización... son pruebas más que suficientes para deducir que el hombre, como tal y desde sus orígenes, usa de su fuerza y libertad para defender su salvaje bondad.

         Contra la supuesta autosuficiencia de la razón humana, punto fuerte del cartesianismo y de la Ilustración (con Voltaire a la cabeza), Rousseau presenta lo que él llama "sentimiento moral". Contra la razón y sus ideas innatas (con que dogmatizó Descartes), Rousseau presenta la "conciencia moral" como capaz de abrir por sí misma el camino hacia la felicidad individual y la armonía universal. Referido a esa conciencia, se puede leer en su Vicario Saboyano:

"Eres tú la que ennoblece al entendimiento y marca la moralidad de las acciones; sin tí, nada existe en mí que me pueda elevar sobre el nivel de las bestias si no es el triste privilegio de ir de error en error de la mano de una razón sin principios".

         Fue como si, para él, la capacidad de recordar, reflexionar y deducir, no fuera más que una expresión del instinto animal (según la aberrante fórmula de Hobbes y su "homo homini lupus") al que cabe oponer el instinto moral.

         En definitiva, la razón y el sentimiento, en continua tensión e imaginables desarmonías, no son las que permiten llegar a un imprescindible Contrato Social, en el que una especie de providencia jurídica pura, a la que Rousseau llama "voluntad general", neutralice las desviaciones de las voluntades particulares.

         Más que la suma de las voluntades particulares, esa "voluntad general" es para Rousseau una depurada síntesis de los más nobles instintos morales de todos y cada uno de los componentes de una sociedad. Según él, la voluntad general es "el elemento constante, inalterable y puro de la voluntad individual", es "la voz celestial que muestra a cada uno la forma de obrar según los medios y dictados de su propio juicio", de forma que "nunca se encuentre en contradicción consigo mismo".

         Según ello, obedecer esa "voluntad general" es como responder al ansia de libertad que mueve a la propia conciencia y el único medio para sentirnos más libres y felices.

         No sabemos si ya Rousseau fue consciente de que el carácter que prestaba a esa "voluntad general" podía servir de coartada a todos los aspirantes a "redimir a la sociedad". No tenían más que mostrarse como depositarios de esa voluntad general, rodearse de unos cuantos incondicionales, hacerse con los adecuados medios de propaganda y, a favor de la propicia coyuntura, marcar el rumbo que convenía a sus particulares intereses.

         Es así como, en múltiples ocasiones, esa voluntad general no ha sido más que la expresión del capricho o ambición de los aprovechados o aprovechado de turno, generalmente, maestros en hilvanar sugestivas promesas con las carencias e ilusiones de tal o cual comunidad.

         Así se ha forjado una buena parte de la historia de la humanidad, uno de cuyos capítulos más decisivos lo constituyó la llamada gran revolución o Revolución Francesa, en la que personajes como Robespierre, Dantón, Marat, Saint-Just... no dudaron en presentarse como voceros o portavoces de la "voluntad general".

*  *  *

         El 14 julio 1789 una parte del pueblo de París asaltó y tomó la Bastilla, todo un símbolo de viejas opresionesy comienzo de la Revolución Francesa. Cuentan que, al enterarse, Luis XVI exclamó: "¡Vaya por Dios, un nuevo motín!", a lo que el duque de Rochefoucauld le respondió: "No, señor, esto es una revolución".

         El simple y orondo Luis XVI Capeto no dejó de creer que asistía a una sucesión de injustos y pasajeros motines hasta el 21 enero 1793, en que era guillotinado a la vista de todo el pueblo en la Plaza de la Revolución, hoy llamada Plaza Concordia de París.

         Efectivamente, aquel movimiento fue bastante más que un motín o sucesión de motines. Fue la culminación de un cambio en la escala jerárquica social, en que la nueva oligarquía (ya identificada con lo que se llamó Tercer Estado, o clase burguesa) sucedió a la vieja aristocracia.

         Esto desembocó en un río de sangre (murieron más de 50.000 franceses bajo el Reino del Terror) y una larga sucesión de guerras que llevó el expolio y ruina de Italia, Egipto, España, Rusia, Países Bajos.

         Estos ríos de sangre y expolio fue protagonizada, en sus inicios, por los autoproclamados "cruzados de la libertad". Enseguida, fue acaudillada por Napoleón, el "petit caporal" que, en oleadas de astucia y suerte, llegó a creerse una ilustrada reedición de Julio César.

         Muchos dicen considerar a la Revolución Francesa el "hito más glorioso de la historia", "la más positiva explosión de racionalismo", "la culminación del siglo de las luces", "el fin de la clase de los parásitos", "el principio de la era de la libertad" o incluso "el triunfo del bien sobre el mal". En realidad, aquello fue la reconstrucción para peor de muchas cosas previamente destruidas, algunas de ellas logradas a precio de amor, sudor y sangre.

         Por nuestra parte, a la distancia de dos largos y conflictivos siglos, consideramos a todo aquello como un traumático y, tal vez, consecuente cambio de régimen a muy alto precio, seguido de otro y otro cambio de régimen con distintos colores según las circunstancias de tiempo y lugar. Entonces como ahora, la felicidad personal y la armonía universal requieren mucho más que palabras, palabras, palabras o "cambios en los medios y modos de producción".

         La Revolución Francesa no fue determinada por "la voluntad del hombre colectivo", ni por "la conciencia burguesa", ni por el "cambio en los modos de producción", sino por:

-la presión de un grupo social ansioso por ensanchar su riqueza y privilegios (el Tercer Estado, o nueva burguesía),
-un odio visceral hacia los mejor situados en la escala social, cuya defensa, en los momentos críticos, fue una crasa ignorancia de la realidad (o huida hacia adelante).

         La Revolución Francesa fue una sucesión de hechos acelerados por las ambiciones personales, los condicionamientos económicos y los sentimientos ideológicos. Esto sí que fue lo que conformó ese batiburrillo de multitudes hambrientas de odios e ingenuidades.

         En paralelo a los ríos de sangre y apropiaciones de envidiados privilegios (por ejemplo, la guillotina segó miles de nobles cabezas, la de María Antonieta entre ellas), tuvieron lugar los ajustes de cuentas (que se llevaron por delante a sus mismos precursores Marat, Dantón... y permitieron a Robespierre erigirse en poder supremo).

         El incorruptible Robespierre es frío, ambicioso, puritano, sanguinario e hipócrita. Como sucedáneo de la bobalicona diosa Razón, impone el culto a un dios vengativo y abstracto, al que llama Ser Supremo y de quien se autoproclama su "brazo armado". Comienza, pues, el Reino del Terror, cuyo censo de muertos superó las 60.000 víctimas.

         El 28 julio 1794 es guillotinado Robespierre, y sus amigos de la Comuna de París. Es la época del Terror Blanco, dirigido por Saint Just, en cordial alianza con madame Guillotina y presunto libertador de la Francia de los radicales.

         En pura fiebre cartesiana, se reinstaura el culto a la diosa Razón y se inaugura la etapa imperial, persiguiendo lo que el Rey Sol llamara sus "fronteras naturales" a costa de sus vecinos y con la hipócrita justificación de una "cruzada por la pibertad".

         Fueron guerras de radical e incondicionado expolio, en la que sobresalió una figura principal: Napoleón, que animaba a sus soldados con arengas como ésta: "Soldados, estáis desnudos y mal alimentados! Voy a conduciros a las llanuras más fértiles del mundo. Provincias riquísimas y grandes ciudades caerán en vuestras manos. Allí encontrareis honor, gloria y riqueza".

         Nuevos ríos de sangre en torno a las fantasías de criminales pobres hombres cuya razón primordial fue y es, en todos los casos, el acceder a envidiados animalescos goces o privilegios y a quienes, también siempre, sorprende la ruina o la muerte. Cae definitivamente Napoleón 18 julio 1815 y, con la Paz de Versalles, le sucede otro cambio de régimen que, ni mucho menos, será el definitivo.

*  *  *

         En Europa, y en paralelo al caos que imbuía Francia, los medios académicos se muestran pertinaces en seguir defendiendo el racionalismo cartesiano, con ciertos tintes románticos y en absoluta autosuficiencia de la razón (la de cada ilustrado, naturalmente).

         Es así cómo surge la figura de Kant, representante de la Ilustración Europea que, aunque ha visto el caos de las ideas ilustradas en Francia, no deja de acaudillar el método cartesiano ("no aceptaré más que las ideas que me parezcan claras y distintas"), desde una supuesta "búsqueda de la verdad".

         Desde una nueva tabla rasa, Kant pretende llegar a una visión sin fisuras de la totalidad del ser. Nada de misterios, nada de verdades absolutas ajenas a la propia capacidad de sentir (cuando no de entender), nada de oposición al criterio de la mayoría.

         Lo de Kant es una especie de escepticismo dogmático y voluntarista (valga la paradoja). En dicho sistema, frente a los errores incubados por el cartesianismo ideal-materialista (convertido por los enciclopedistas en puro y crudo materialismo ateo), se impone la Crítica de la Razón Pura, desde un análisis más sentimental que racional.

         Para Kant, ello ha sido posible desde el momento en que ha diluido en uno tres fenómenos contrapuestos: el pietismo de su formación religiosa, el escepticismo de Hume y la conciencia moral de Rousseau. La razón pura dará paso a la razón práctica a su vez limitada por la experiencia: "Actúa de forma que la máxima de tu conducta pueda ser siempre un principio de ley natural y universal".

         En 1795 Kant toca la teoría política, y presenta una especie de utopía rusoniana como fundamento de la paz perpetua, auspiciada por la Crítica de la Razón Práctica y como secuencia de la fiebre revolucionaria que le llega de Francia.

         En efecto, presenta Kant una sociedad ideal en la que la voluntad general (la de Rousseau, por supuesto) "obligará a todo legislador a crear sus leyes como necesidad de la voluntad única de un pueblo entero de forma que, referidas a cada ciudadano, se traducirán en libertad en la medida en la que sigan los dictados de esa voluntad general".

         Desde su reducto de pensador solitario, que algunos consideran descabellada expresión de "egocentrismo en un pensador en perpetuo desacuerdo consigo mismo", Kant marca a la humanidad el objetivo de avanzar hacia una abstracción político universal federación mundial en la que, para evitar incómodas tensiones, brillen por su ausencia parte de los grandes valores con los que el cristianismo ha hecho historia.

         Esto permitió a buena parte de sus actuales discípulos (los neokantianos) retomar el hilo de lo que llaman Crítica de la Razón Teológica, según la cual podemos vivir como plenamente materialistas sin tener por qué renunciar a la "íntima satisfacción espiritual" de que hacemos lo que nos viene en gana.

.

  Act: 07/09/26        @enseñanzas de la vida            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A