La filosofía cristiana, tan teórica como práctica

Zamora, 22 junio 2026
Antonio Fernández, licenciado en Sociología

         Cuando Pedro y Pablo murieron bajo la persecución de Nerón (ca. 67), ya había miles de cristianos que, según su forma de vivir, y las leyes de aquel mundo, eran culpables de no cultivar los vicios ni las perrunas fidelidades de la mayoría.

         En efecto, los cristianos del s. I no adoraban al césar, ni perseguían a la mujer del prójimo, ni sentían fiebre por acaparar a costa de lo que fuere, ni practicaban abortos, ni se dejaban llevar por el habitual desenfreno, ni perdían la esperanza aun cargados de cadenas o próximos a morir en la hoguera... En definitiva, su intolerante vida resultaba la envidia de muchos, sobre todo de las élites gobernantes o quienes más obligados estaban a dar ejemplo público.

         Como recuerda un anónimo del s. I, los cristianos "se casan y engendran hijos, pero no abandonan a los nacidos. Ponen mesa común, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Están sobre la tierra, pero piensan en el cielo. Se someten a las leyes establecidas, pero están por encima de ellas. Aman a todos, y todos los persiguen. Se les desconoce, y con todo se les condena. Son llevados a la muerte, y ellos se glorían en la misma deshonra. Hacen el bien, y son castigados como malvados". Estas son sus palabras:

"Lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está en la prisión del cuerpo visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el mundo, pero su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra al alma, aun cuando ningún mal ha recibido de ella, sólo porque le impide entregarse a los placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido mal alguno de ellos, sólo porque renuncian a los placeres. El alma ama a la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman también a los que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en un prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal, y los cristianos tienen su alojamiento en lo corruptible mientras esperan la inmortalidad en los cielos. El alma se mejora con los malos tratos en comidas y bebidas, y los cristianos, castigados de muerte todos los días, no hacen sino aumentar. Tal es la responsabilidad que Dios les ha señalado, de la que no sería licito para ellos desertar" (Anónimo del siglo I).

         Si algunos pensaban y siguen pensando que la cristiana forma de vivir no responde a respetables esquemas filosóficos, han de rectificar en cuanto se ha demostrado que entre los auténticos cristianos de los primeros tiempos, no faltaron filósofos centrados en la doctrina, que fueron reconocidos como filósofos por los ilustrados de aquella y de nuestra época.

         Sí, ya desde el s. I hubo cristianos que bien pudieran ser considerados filósofos en cuanto a las pautas de las academias. Es decir, reflexionando sobre la propia reflexión, concertando con el pensamiento precedente, expresando filosóficamente su visión de la realidad.

         Justino de Nablús fue un preclaro ejemplo de filósofo cristiano. Nació en Flavia Neópolis (ca. 99), fue hijo de padres paganos y fue educado según la pauta de los patricios romanos.

         Ávido de saber y con suficientes recursos materiales, Justino realizó continuos viajes y pudo frecuentar, sucesivamente, las escuelas estoica, aristotélica, pitagórica y platónica. Ninguna de ellas satisfizo su afán de acercarse a la verdad, y siguió buscando hasta ser testigo directo de la fe, austeridad, honradez, valor y generosidad de los cristianos, ya abundantes en cualquier ámbito social.

         Convencido de haber encontrado sentido a la propia vida, se hizo bautizar y, desde ese momento, aplicó toda su fortuna y saber hacer a la difusión del evangelio. Fundó en Roma su propia escuela filosófica, y en ella no reniega de parte de la herencia filosófica griega, ni de los grandes filósofos e historiadores de la antigüedad. Es más, a ellos es a los que se dirige, a forma de decirles que:

-no existe más que una sola verdad, que reside en el Verbo de Dios;
-rastros de esta verdad pueden ser encontrados en los más honrados maestros de las distintas escuelas filosóficas, en cuanto de bueno y verdadero posean.

         Buen conocedor de todos los libros evangélicos, es el primero de los intelectuales cristianos que aborda la sistematización de la doctrina para establecer una coherente línea de continuidad entre tres grandes campos de reflexión: la ley judaica, la academia platónica, el liceo aristotélico, la stoa moral y la palabra de Jesús, de la cual encuentra Justino un deficiente anticipo en el logos alejandrino.

         Tomando como base el evangelio de san Juan, Justino hace ver en el logos al Hijo eterno de Dios, que media y actúa en todo lo existente desde el principio del mundo; a El se refiere la revelación de Dios a patriarcas y profetas y también las deducciones lógicas de los filósofos paganos de buena fe, quienes muy por encima de ídolos y mitos, han dado elocuentes testimonios de la verdad.

         Asegura Justino que no tiene por qué haber contradicción entre el cristianismo y la verdadera filosofía, y que tal coincidencia obedece a:

-una intuición genuinamente natural del cristianismo,
-haberles llegado eco, a los filósofos paganos, de los escritos de Moisés y los profetas.

         A los más sinceros de los filósofos antiguos les faltó la vivencia de la gracia transmitida por la presencia histórica del Hijo de Dios, nacido, muerto y resucitado para la salvación de todos los hombres, que pueden aproximarse a él por medio de la eucaristía, de la que Justino da un interesante testimonio:

"En la celebración eucarística se hace una lectura de los evangelios, a la que sigue la exhortación del sacerdote y unas oraciones por toda la humanidad; vienen luego el ósculo de paz , la presentación de las ofrendas, la consagración y la comunión distribuida por los diáconos: el pan y el vino, consagrados, son ya el cuerpo y la sangre del Señor, y esta ofrenda constituye el sacrificio puro de la nueva ley, pues los demás sacrificios son indignos de Dios".

         La de Justino es una forma de integrar la fe con lo mejor de la cultura pagana, y el poderoso revulsivo que para toda la humanidad significa el tener a Cristo con nosotros: amor y libertad en el quehacer diario y razonable convicción (fe) en la vía de la deducción lógica.

         El prestigio social que alcanzó el buen discurrir y decir de Justino despertó la animosidad del filósofo pagano Crescencio, quien le delató al prefecto de Roma y ejecutor de las leyes del Imperio: Marco Aurelio (ca. 138). Desde entonces, el emperador Marco Aurelio, a la sazón sátrapa filósofo, y desde una pedantesca y egocéntrica interpretación del relativismo estoico, desencadenó una de las más implacables persecuciones contra los cristianos, y Justino fue asesinado junto a otros 6 discípulos cristianos.

         Por volver a la praxis cristiana, los cristianos creían entre sí, vivían en amor y disfrutaban la libertad. Es más, para replicar al discurso pagano-avasallador habían encontrado, y aprendido a esgrimir, los oportunos y contundentes argumentos. Ello resultó intolerable a los profesionales de la farfullera mentira, que hicieron de ellos los primeros mártires de la naciente filosofía cristiana.

         Recordemos cómo la vida cristiana de los primeros tiempos resultaba contagiosa porque iba directamente al corazón, nacía y se alimentaba de la lógica del amor (para ser verdaderamente amado es necesario amar) y colocaba por encima de cualquier otro afán la aspiración a una progresiva armonía: todo era secundario respecto al amor entre unos y otros.

         Pero los que no vivían en cristiano sí que se esforzaban por encontrar "tapaderas racionales" al gusto de los poderosos o de las demandas de su "yo soberano" aunque para ello hubieran de satirizar al "sofista crucificado empeñado en demostrar que todos los hombres son iguales y hermanos" (como decía Luciano de Samosata).

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  Act: 22/06/26        @enseñanzas de la vida            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A