Llega el feudalismo, mundo de trotamundos y tortugas

Zamora, 25 abril 2022
Antonio Fernández, licenciado en Filosofía

          Entre los siglos X y XIII la sociedad medieval fue testigo de la revitalización del afán de lucro, principio inspirador de aquel comercio antiguo que existió desde los primeros núcleos urbanos (Babilonia, Uruk, Nínive...) bajo forma de obtener beneficio en la actividad económica, y que siguió existiendo en los siguientes núcleos urbanos (Atenas, Tiro, Alejandría, Roma...) bajo acuñación de moneda, pagarés y letras de cambio, depósitos de valores y sistema bancario.

          Efectivamente, aquel comercio clásico había sido herido de muerte a raíz de las invasiones bárbaras. Pero tras el proceso experimentado de feudalización de territorios, y el forzado repliegue sobre sí mismas, las sociedades hubieron de atenerse a la explotación y distribución de sus propios recursos, según la pauta que marcaba la implacable jerarquía de fuerzas.

          Era aquella una economía fundamentalmente agraria, que se apoyaba en la "necesidad de compensación" entre lo que faltaba o sobraba a cada uno (familia, clan o gremio). Y todo ello en un clima de mutuo entendimiento, más o menos forzado por ambas partes, y a merced de los fenómenos naturales.

          Cobró así peso en aquella sociedad feudal lo que acabó llamándose "justicia conmutativa", que decía apoyarse en la obligación de dar el equivalente exacto de lo que se recibe (lo que, obviamente, requería una previa y difícil evaluación de uno y otro bien). En tal situación se comprende la fuerza que había de tener la doctrina católica como "único experimentado criterio de referencia". Gracias a ello, cobraban consideración social conceptos como "justo precio", "justo salario" o "vasallaje compensatorio".

          La continua predicación y el buen corazón eran, pues, los principales factores de equilibrio. Pero en los frecuentes periodos de extrema escasez, los pobres se hacían más pobres, mientras que los poderosos podían impunemente ejercer el acaparamiento y hacerse aun más ricos. Moralistas había que preconizaban como 1º valor el equilibrio social, lo que (obviamente, y con harta frecuencia) era utilizado por los situados en el poder como medio de consagrar privilegios.

          En situaciones como la feudal, en que las mutuas dependencias estaban rígidamente reglamentadas, las aspiraciones hacia una mayor justicia social no podían discurrir más que por caminos de magnanimidad, devoción, paciencia... Virtudes que, por desgracia, eran harto escasas.

          Aunque muchos críticos del feudalismo condicionaron la "realización personal" al ejercicio de la responsabilidad social ("la libertad de un hombre se mide por su grado de participación en el bien común", dejó escrito Santo Tomás de Aquino), dicha responsabilidad social fue canalizada siempre por los poderosos, y acabó convirtiéndose en el principal soporte de sumisión (de "abajo a arriba"). Lógicamente, ello neutralizaba el potencial personal de sus súbditos, a la par que hacía imposible otra libertad de iniciativa que no fuese la de los privilegiados.

          El afán de lucro feudal acabó imponiéndose, pues, al "revulsivo social" predicado por los críticos (en su idea de despertar la "vocación de empresa"), y acabó derivando en un comercio semi-clandestino y ramplón, de vecino a vecino, sin apreciable proyección exterior y siempre traumatizado por la inseguridad ambiental.

          En tales circunstancias era lógico que las mentes más despiertas se dedicaran a la doctrina o a la guerra, en detrimento del comercio. No había grandes oportunidades, y mucho menos se podía alcanzar el realce personal a través de un industrioso sistema basado en la abundancia y la escasez.

          Sí que fue posible para el sistema feudal la destraumatización de la vida diaria, sobre todo en la 2ª mitad del s. X. Ya los sarracenos habían sido empujados hacia el sur del Tajo, los normandos se habían estabilizado en el noroeste de Francia, los húngaros habían dejado de hostigar la frontera oriental del Imperio... Y gracias a tales substanciales cambios, se empezó a vivir una especie de "pax europea" tutelada por los otónidas, en la ocasión titulares del Imperio Sacro-Germano.

          En dicha situación, ya fue posible en Europa romper el estricto marco del feudo, y empezar a recorrer considerables distancias sin tropezar con el invasor de turno o con hordas de criminales. Y así apareció el trotamundos, cargado como una tortuga y obligado a circular de un dominio a otro, sorteando las dificultades de entendimiento, las inclemencias del tiempo, los eventuales asaltos en los caminos, las arbitrariedades de los poderosos... y las ingratitudes de todos.

          Pero pronto ese trotamundos (quincallero o buhonero, se diría hoy), que fue el primitivo mercader medieval, empezó a saber hacer imprescindibles sus servicios, y empezó a exigir mayor libertad para sus desplazamientos, a la par que construir lugares más seguros para su negocio, con reductos fortificados (burgos) y toda una serie de expeditivos medios legales para resolver sus litigios. Y así, empezó a tener acceso a la administración pública, a lo largo del s. XI y XII.

          Bajo esta mentalidad, fueron forjándose como principales centros comerciales de la Europa del s. XIII las ciudades flamencas que bordeaban los grandes ríos (Nantes, Brujas...), seguidas de las italianas (Venecia, Milán, Génova), francesas (Marsella, Nantes, Orleans, París...) y españolas (Barcelona, y el camino de Santiago).

          Este comercio burgués no era propiamente capitalista, pues en la sociedad de entonces seguía aún privando oficialmente la consigna escolástica: "que las restricciones impuestas a la libertad de cada uno constituyan la garantía de la independencia económica de todos". Sí se permitían discretas plusvalías, e incluso según Pirenne "se perseguía implacablemente el fraude, se protegía al trabajador reglamentando su trabajo y su salario, velando por su higiene y seguridad, facilitando su especialización y persiguiendo la explotación de la mujer y del niño".

          La historiadora francesa Regine Pernoud vio en tal época "el esfuerzo de adaptación más notable y mejor coronado por el éxito de que la historia puede darnos ejemplo". Por nuestra parte, nos gusta creer que, en un ambiente de renacida libertad de movimientos, y con la mira puesta en los dictados de la conciencia, aquello fue un positivo ejercicio de responsabilidad social.

          Sobre todo por parte de unos pensadores escolásticos que supieron situar el afán de lucro, en pleno tránsito del feudalismo a la burguesía, en su doble papel de "herramienta de trabajo" y de "medio de motivación personal", con el consiguiente vuelco de las capacidades individuales que eso supuso, y su apreciable canal de progreso material y social.

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