El hombre responde a lo real y al amor

Zamora, 28 febrero 2022
Antonio Fernández, licenciado en Filosofía

          Es fácil comprobar que un ser evoluciona, y progresa, cuando responde positivamente a las potencias del amor. Se da ya un remedo de amor en la partícula más elemental que se encuentra con otra partícula de su misma especie o de otra especie complementaria, se adapta al Plan General de Cosmogénesis y participa en la formación de una realidad material superior. Una participación que ha requerido la superación de un aislamiento minimizador, algo así como volcar hacia lo otro la propia energía interior.

          Sabemos que la partícula más elemental es una entidad material animada por una energía interna que, según y cómo, puede responder a una dirección precisa de la energía exterior: la positiva respuesta obedece a la universal tendencia hacia lo más perfecto por caminos de "unión que diferencia".

          Esta unión no implica confusión ni tampoco difuminación de las virtualidades de cada entidad material, al igual que cuando se observa en detalle un átomo, se descubre que, en la unión, siguen individualizados los elementos que lo integran. Así, diferentes y necesitados los unos de los otros, ambas partes demuestran que, solamente unidas, realizarán la función que les es propia.

          Este es un fenómeno verificable en las relaciones del todo con cada una de sus partes y de éstas entre sí. Cada nueva individualidad no anula las singularidades de los elementos que la integran. Esto es demostrable en la molécula, en la célula, en cada uno de los individuos de las distintas especies vegetales y animales, y también en cualquier tipo de colectividad auténticamente progresista.

          En los animales irracionales el instinto sexual, por el que se siente empujados a la unión y multiplicación, responde simplemente a las leyes de su específica naturaleza en una pauta común a toda la especie sin personalización alguna. Y la respuesta a éste, como a todos los otros instintos naturales, le llega de forma refleja, no libre.

          Cuando los instintos tropiezan con el filtro de la libertad la reacción o el comportamiento pueden seguir y, de hecho, siguen distintas orientaciones. Así, acuciado por el hambre, el frío o la sed, puedo compartir con el prójimo lo poco de que dispongo. Y en cualquier momento puedo canalizar las apetencias sexuales hacia un fin trascendente, cual puede ser el respeto por la libertad de otro o la renuncia por un fin superior. Así como puedo responder con paciencia tanto a las asechanzas del fuerte como a las impaciencias del débil.

          Pues bien, la voluntad de compartir puede superar al instinto animal de acaparar, y dar paso a lo que, lisa y llanamente, llamamos amor.

          Hasta el hombre, es de forma involuntaria como las distintas realidades materiales participan en el Plan General de Cosmogénesis y las especies cambian, se superan a sí mismas o evolucionan por razones de su específica naturaleza no por voluntad de los protagonistas.

          Si en ese plan la persona humana participa con generoso vuelco social de sus facultados (lo que llamamos "acción de amor"), en ese momento ya es un actor consciente de la ascensión hacia el más-ser, se muestra capaz de asociarse voluntariamente a la tarea de mejorar el entorno, y es capaz de desbrozar el camino para la propia evolución.

          Vemos, pues, que es la persona humana el 1º y único ser del reino animal capaz de marcar su impronta al orden natural, lo cual hace de forma positiva en la medida y en el modo con que utiliza su capacidad de amor.

          Si se nos pide ahora que, en una sola frase, definamos al amor, responderemos que es "la ofrenda voluntaria de lo mejor de uno mismo al otro".

          Fuera del marco familiar, el amor ha de traducirse en "vuelco de lo personal a lo social". Este vuelco de lo personal a lo social es una de las condiciones que ha de respetar la especie humana para avanzar en el dominio o amaestramiento (humanización) de la naturaleza. Pero este avance ha de darse en equipo, y será tanto más eficaz cuanto las respectivas funciones respondan de forma más efectiva a las específicas facultades de cada uno.

          Puede que parte de los miembros del equipo participe de manera egoísta, y que ello rompa la ascendente marcha hacia el progreso. Esto sucede porque, en uso de su libertad, el hombre juega a situar a su conciencia como árbitro absoluto de lo real, "se toma a sí mismo como principio" (San Agustín) y aplica sus capacidades a la satisfacción de un capricho o tentación egoísta.

          Aun en estos casos, la obra de ese hombre (o grupo de hombres) puede traducirse en humanización de la naturaleza y subsiguiente bien social si no falta quien ejerza un mayor vuelco de lo personal a lo social. De ello hay sobradas pruebas en el desarrollo de cualquier cultura, muy particularmente, de la llamada cultura capitalista.

          La historia nos ha dejado infinitos ejemplos de la regresión que significa la práctica del des-amor: las tropelías, los baños de sangre, las inhibiciones egocentristas, las caprichosas destrucciones de bienes sociales, la ignorancia de los derechos elementales del otro, las descaradas prácticas de la ley del embudo...

          Refiriéndose a este rosario de hechos y de comportamientos, no falta quien simplifica la visión de la historia presentándola como un campo en que, sin tregua ni cuartel, el "hombre obra como lobo para el hombre" (el homo homini lupus de Hobbes). Otros dirán que la "guerra es la madre de la historia" (Heráclito), que "la oposición late en el substratum de toda realidad material o social" (Hegel) o que "la podredumbre es el laboratorio de la vida" (Engels), lo que sería tanto como asegurar que la evolución se detiene en el hombre.

          Cuando las apariencias nos llevan a esa creencia es porque, en tal o cual época o lugar, ha habido determinados responsables que, en uso de su libertad, han respondido negativamente a las potencias del amor. Y aparentemente al menos, se ha producido una regresión a inferiores niveles de humanidad.

          Aun en tales casos, es posible reemprender la marcha del progreso si unos pocos héroes de la acción aplican todas sus facultades personales a desarrollar en su ámbito la práctica del trabajo solidario, exclusiva forma de proseguir la propia realización personal y el progreso social.

          Fueron muchos los siglos en que esos héroes de la acción estaban obligados a seguir su camino por simple intuición. Pero no contaban con un indiscutible patrón de conducta, o una clara referencia que les permitiera comprobar cómo esa su vocación social coincidía plenamente con el grito de la ley natural, y la invitación del Ser que todo lo hizo bien y que fue el principio y fin de todas las cosas.

.

  Act: 28/02/22        @enseñanzas de la vida            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A