Los ateos, maestros de la sospecha, o inhumanos

Zamora, 10 agosto 2026
Antonio Fernández, licenciado en Sociología

         El destacado antropólogo Paul Ricoeur califica a los 3 más celebrados iconos del ateísmo (Marx, Nietzsche y Freud), en Freud, una interpretación de la Cultura-1965, de "maestros de la sospecha", como "claros ejemplos de pensadores de oficio o sofistas, según les hubiera llamado Sócrates o Aristóteles".

         ¿Maestros de qué sospecha? De omitir deliberadamente lo positivo de la revolución cristiana a la par que, entre otras cuestiones de menor enjundia, pasaron por alto las debilidades de ese racionalismo académico en el que ilustrados, idealistas, materialistas y demás teorizantes de la modernidad pretendían haber encontrado base argumental para alzar sus respectivos edificios ideológicos desde la común coincidencia de prestarle al ser humano la facultad de marcarse su propio destino.

         Aunque desde diferentes presupuestos esos tres "maestros de la sospecha" coinciden en la sospechosa afirmación de que los que la gente normal toma por justa conciencia es una conciencia falsa. Marx dice que la conciencia se falsea o enmascara por intereses económicos, Freud por la represión del inconsciente y  Nietzsche por el resentimiento del que se ve a sí mismo en irremediable debilidad.

         Es sabido que los tres, junto con la negación de Dios, comparten una actitud crítica inmisericorde hacia la sociedad que conocen, y por ello suelen ser considerados como frutos de un mismo espíritu destructivo, aunque ni siquiera son de la misma generación, ya que mientras Marx es un autor de mediados del s. XIX, y Nietzsche lo es de finales del s. XIX y Freud de principios del s. XX.

         Asentados en las propias originalidades, a las que revisten de aire dogmático, aunque por caminos distintos, cada uno de los tres presume de haber superado las vaguedades y superficialidades retóricas de los ilustrados, que habían defendido la idea del Gran Arquitecto para hacer ver que lo de ellos era más consecuente con el carácter de una materia a la que habían otorgado la capacidad de enterrar definitivamente la idea de un Dios Creador. A un tiempo, han soslayado el carácter espiritualista de algunas de las proposiciones de Descartes, al que, más o menos veladamente, reconocen precursor del materialismo moderno.

         Al respecto, observemos cómo Marx interpreta los dictados de la realidad según las premisas de la revolución con la que sueña, que Freud no interpreta el sueño del paciente, sino el relato que el paciente hace de su sueño y que, por último, Nietzsche no interpreta a la moral de Occidente, sino al discurso que el modernismo de Occidente ha hecho y sigue haciendo de la moral.

         Según ello, resulta evidente que Marx, Freud y Nietzsche no han mostrado el carácter de tal o cual realidad sino que la han interpretado a su manera o a la manera que lo entienden las personas que desean atraer a su redil, lo que muestra que la sospecha de uno tras otro está orientada a resaltar apariencias más o menos sugerentes, pero que no dejan de ser distorsiones o inseguros puntos de vista de sus respectivos entornos.

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         De los tres citados maestros de la sospecha es Marx el que ha logrado mayor peso histórico, algunos aseguran que porque aprovechó como nadie las singularidades de su ascendencia judía, según la cual y desde un rebelde ateísmo, podía erigirse en guía hacia la tierra de promisión en contra posición a otros judíos (Spinoza, por ejemplo) que, identificando a Dios con una naturaleza, que es de todos, niegan que exista tierra de promisión alguna.

         Marx, en posición personal muy distinta a Spinoza (pues es a su familia a la que deja el judaísmo, para huir de una agobiante discriminación social), aparenta dominar cualquier problema de conciencia porque se aferra o finge aferrarse a la intrascendencia de su yo espiritual. En efecto, no existe otra autosuficiencia y eternidad que las de la propia materia en sus múltiples y complementarias virtualidades.

         En definitiva, Marx se hace ateo sin salir del plano académico y a partir de la convicción compartida de que su maestro Hegel abre deliberadamente las puertas al ateísmo con la presentación de Dios como simple "idea contrapuesta a la nada". Probablemente, Spinoza sufría por no ver mientras que Marx, según se desprende de su propio proceso intelectual, no quería ver lo que podía llevarle al posicionamiento cristiano de su juventud.

         Es así como Marx, probablemente sin creerlo, se hace fuerte en la doble sospecha de que la historia, toda la historia, es el resultado de la lucha de clases derivada de la propiedad o no de los medios de producción y de que esta lucha de clases se traducirá en paz universal en el momento que los explotados no propietarios terminen con los explotadores propietarios.

         En razón de ello, y como natural consecuencia de la resolución del precedente conflicto, todos los tradicionales valores ya no tendrán razón de ser puesto que, por la simple fuerza de los hechos y en perfecta sincronía de voluntades al dictado de la nueva conciencia colectiva, aparecerá sobre la tierra un hombre nuevo y una sociedad nueva.

         Aleccionado por Feuerbach, por con la sacralización de la materia por delante y desde el prurito académico del que aspira a ser reconocido como privilegiado y exclusivo intérprete de la marcha de la Historia, sentenció: "Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo".

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         Nietzsche, por su parte, pretendió verse obligado a anunciar la "muerte de Dios" para dar paso a la figura del "súper hombre" que se basta a sí mismo para reescribir la historia y al que, según parece, aspiraba a identificar consigo mismo.

         Según Nietzsche, toda la filosofía de las academias de su tiempo estaba basada en un gran mentira, que había tergiversado los valores que hicieron posible la grandeza de la Grecia Clásica en cuanto adoraban al dios Apolo como padre de la racionalidad y de las artes figurativas y al dios Dionisos, al cual identificaban tanto con el buen vivir como con la voluntad de poder.

         Por el contrario, "todo lo que los filósofos han venido manejando desde hace milenios fueron momias conceptuales hasta el punto de que de sus manos no salió vivo nada real". Es así como, para Nietzsche, la revolución a la que está abocada la humanidad es la trasmutación de los viejos valores desde un resurgimiento de los usos y costumbres de un paganismo llevado a sus últimas consecuencias.

         Es así como, ebrio de orgullo y ciego al apabullante misterio de lo que no puede explicar, no duda en recomendar: "Hay que desconfiar de los valores morales transmitidos por el cristianismo, propios de una moral de esclavos que tienen su origen en el resentimiento contra la vida, para dar paso a una auténtica moral de señores". Fue el inicio del egoísmo sistémico, que llegará a ser la principal de las virtudes con Ayn Rand en la 2ª mitad del pasado s. XX.

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         En lo que concierne a Freud, cabe recordar que, para este 3º "maestro de sospecha", el hombre va construyendo su personalidad de forma inconsciente y sin apenas intervención de la propia voluntad al ser forzado o arrastrado por la simple materia, que es su cuerpo con las ventanas de los sentidos y en razón de la herencia familiar, social y cultural representada esencialmente por los padres y como niño permanentemente insatisfecho, coloca cualquier deseo por encima de un pensamiento racional.

         Desde ese posicionamiento no le resulta difícil a Freud llegar a hacer ver, no a demostrar que "en el yo lo más determinante son las pulsiones sexuales". Se trata de un yo obligado a enfrentarse constantemente entre lo que exige la realidad, las normas morales impuestas por el superyo y los deseos que provienen del ello y demandan satisfacción.

         Al parecer, ese superyo es una especie de conciencia moral de estricta raíz materialista y de carácter más categórico que el yo, al que Freud ve como un juguete de las pulsiones sexuales, mientras que la libertad de acción está determinada por el ello, especie de todo bajo la pauta de la conciencia colectiva. Es decir, de la circunstancia (que habría dicho Ortega y Gasset, y que en el caso de Freud se convierte en conciencia de un sueño estéril).

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         Por lo visto de las doctrinas de Marx, Nietzsche y Freud, esos tres maestros de sospecha que, según Ricoeur, no fueron sinceros consigo mismos, tanto la libertad de conciencia como la responsabilidad personal habrían de ser consideradas algo así como reliquias del pasado.

         Así fue también para Marcuse, judío alemán cuya producción intelectual quiere ser una síntesis de los legados de Hegel, Marx y Freud. Marcuse ligó a Marx con Freud gracias a las enseñanzas de otro judío alemán, Reich, médico psicoanalista empeñado en demostrar el "absoluto paralelismo entre la lucha de clases y la sublimación sexual.

         Según Reich, aunque es necesario acabar con la represión sexual de forma que se despliegue todo el potencial biológico del hombre, solamente en la sociedad sin clases, podrá existir el hombre nuevo, libre de cualquier sublimación.

         Reich había buscado refugio en Estados Unidos para escapar de una doble incomprensión. De una parte, su partido político le acusaba de obseso sexual. De otra parte, en los círculos freudianos no se entendía muy bien esa relación entre las luchas políticas y el psicoanálisis.

         Ya en Estados Unidos, Reich sigue cultivando su obsesión por la "síntesis entre la lucha de clases y la sublimación represiva". Apoya su tesis en las particularidades de la Orgonterapia, el "descubrimiento científico más importante de los tiempos modernos", capaz de "curar el cáncer gracias a la aplicación del orgón o mónada sexual".

         Los extraños "tratamientos terapéuticos" de Reich llamaron la atención de la policía americana, que descubrió que las pretendidas clínicas eran auténticos prostíbulos. Reich murió en la cárcel. Había escrito dos libros que hicieron particular mella en Marcuse, Análisis del Carácter y Función del Orgasmo.

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         La sociedad industrial avanzada de Estados Unidos es otro de los fenómenos presentes en la obra de Marcuse, como también lo es un crudo pesimismo existencial proveniente, posiblemente, del resentimiento.

         Desde ese conglomerado de influencias y vivencias personales nació la doctrina marcusiana de la gran negativa, del hombre unidimensional (sometido al instinto como única fuerza determinante de su comportamiento) y de la desublimación (título en que se apoya la relevancia que le concede la Nueva Izquierda).

         Es éste un producto marcusiano presente de los movimientos de protesta de los señoritos insatisfechos, en el Mayo francés del 68, en las reivindicaciones de algunos grupos de marginados y en muchas de las ligas abortistas o de liberación sexual.

         Marcuse es aceptado como una especie de profeta de la "protesta porque sí", algo que, en cada momento, adoptará la forma que requieran las circunstancias: demagogia de salón, crítica  académica, revuelta callejera... o simple afán de destrucción.

         Con Marcuse se deja atrás el camino de utopía. Persigue un "más allá de la utopía", camino que podría responder a la siguiente consigna: fornica con quien quieras, cuando quieras y como quieras, sin preocuparte para nada del parecer ajeno o de las consecuencias.

         Es así como la solución mágica a los problemas de la época parte de una "sublimación no represiva", elemental "evidencia de la verdadera civilización la cual (como ya decía Baudelaire) no está ni en el gas ni en el vapor, ni en las mesas que giran: se encuentra en la progresiva desaparición del pecado original".

         Para Marcuse, el proceso de tal civilización se expresa en el enfrentamiento dialéctico entre el eros freudiano (deseo y culminación sexual) y thanatos (el genio griego de la muerte). Eros y thanatos son fuerzas que llegarán a la síntesis o equilibrio en la solución final, donde encontrarán su culminación los mitos de Orfeo (pacificador de las fuerzas de la naturaleza) y Prometeo (esa marxiana expresión de "odio a los dioses").

         En esa solución final, como no era para menos, habrá desaparecido la lucha de clases, la angustia sexual y, gracias a todo ello, se habrá logrado "la transformación del dolor (trabajo) en juego y de la productividad represiva en productividad libre. Es una transformación que habrá venido precedida por la victoria sobre la necesidad gracias al pleno desarrollo de los factores determinantes de la nueva civilización".

         Tal constituye la tesis central de un libro que ha logrado amplísima difusión: Eros y Civilización. En tal libro, y por la técnica de las antinomias, tan caras a Hegel y a Marx, se hace eco Marcuse tanto de la corriente más utópica del marxismo como de la euforia erótica de una juventud liberada.

         Seis años después de la publicación de Eros y Civilización, Marcuse parecía estar de vuelta de su rosado optimismo y, coincidiendo con el inicio de su decrepitud, escribe: "Los acontecimientos de los últimos años prohíben todo optimismo. Las posibilidades inmensas de la civilización industrial avanzada se movilizan más y más contra la utilización racional de sus propios recursos, contra la pacificación de la existencia humana".

         En ese tiempo, Marcuse ha estudiado al marxismo soviético y comprobado que, más que suceder al capitalismo, "coexiste con él".

         Critica Marcuse el que se haya mutilado la "acción espontánea de las masas", hasta sustituir la antigua dominación burguesa por otra en la que el proletariado sigue alienado (por estructuras burocráticas todopoderosas), mientras que la difusión del pensamiento marxista se ha convertido en una especie de palabrería vacía.

         Critica Marcuse el cómo en la Unión Soviética se utilizan los mismos trucos publicitarios que en las sociedades industriales avanzadas, éstas para hacer entrar por los ojos productos superfluos y aquellas para obligar a digerir la primacía del poder espiritual del Comité Central, la admiración bobalicona por el poderío bélico, la cerrazón intelectual o el servicio incondicional a los caprichos de la burocracia en el poder.

         Pero lo que Marcuse critica más acerbamente en el marxismo soviético es la forzada identificación entre la "fuerza del estado soviético y el progreso del socialismo", lo que significa el progresivo anonada-miento de los ciudadanos y, también, la muerte del materialismo naturalista y el torpe uso de la dialéctica, punto de partida de la filosofía negativa a la que, desde ahora, dice servir Marcuse.

         Es desgarradora la imagen marcusiana del hombre unidimensional. Lo es más la solución que le dicta su borrachera de idealismo subjetivo en que tanta fuerza presta a la "sublimación represiva" y en que tanta confianza pone en el papel providencial de  la espontaneidad.

         Ahora el punto de mira de la crítica marcusiana está orientado hacia una sofisticada forma de alienación llamada neopositivismo o "canonización teórica de la sociedad industrial".

         Con su fobia a la socialización de las conquistas materiales del progreso, Marcuse se sitúa en la dirección espiritual de la generación de los señoritos insatisfechos, líderes ocasionales de cualquier posible grupo de marginados. Deliberadamente, soslaya la evidencia de que lo trágico no es poseer o soñar con poseer un frigorífico, ni siquiera dos o más frigorífico; es hacer de ello el objetivo fundamental de la vida.

         Marcuse logró una extraordinaria influencia entre los promotores de cualquier posible revuelta. No obstante, nunca fue más allá de la 1ª apariencia de las cosas ni de una superficial y sentimental apreciación de los fenómenos humanos.

         Era para él obsesiva la preocupación por ser reconocido como "maestro de la juventud". Éstas son sus palabras: "Me siento hegeliano, y mi más ferviente deseo es ejercer sobre la juventud una influencia similar a la que, en su tiempo, ejerció Hegel".

         Por ello, a tenor de las variadas orientaciones de las apetencias juveniles, ora apoya esto ora aquello otro radicalmente distinto a lo anterior. Aunque certero en algunas de sus críticas, la réplica que presenta suele ser un perfecto galimatías cuyo hilo conductor, al menos aparentemente, parece ser su intención de introducir el materialismo marxista y un grosero idealismo de aspecto freudiano en las sociedades industriales más avanzadas.

         Mezcla agudas observaciones con desorbitadas exageraciones y un evidente resentimiento diluido en propuestas de exclusión, castración de inquietudes y la crítica por la crítica... para que sus admiradores cultiven una militante rebeldía siempre en guardia y contra todo.

         Marcuse huye de la realidad. Eso sí que sí, por el mismo laberinto por el que intentaron escapar sus mentores Hegel, Marx y Freud: prestar a lo particular o contingente (una simple experiencia cuando no apreciación histórica) la categoría de universal.

         Probablemente, incurrió en ello Marcuse sin fe y por el único afán de conservar una clientela. Al fondo, como hace ya demasiado tiempo, viene sucediendo frecuentemente en el tratamiento de los problemas humanos, una hiriente desviación: marginar al hombre persona con peculiar responsabilidad de humanizar su entorno para reducir todo lo humano al "colectivo humano u hombre especie".

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         El ideólogo Sartre, no menos influyente que los citados precedentemente en la dirección vital de la juventud insatisfecha de las postrimerías del pasado s. XX, vivió con la obsesión de que entre el todo y la nada no había frontera alguna.

         En la obra de Sartre, poesía y reflexión academizada (lo que hoy algunos entienden por filosofía) vienen indisolublemente unidas. En él, como en tantos otros de la órbita progresista, toma cuerpo aquello tan pretencioso del "sic volo, sic iubeo".

         Inclinado inicialmente hacia el material idealismo de Hegel, Sartre dijo haberse convencido de que la realidad era como el mismo la imaginaba: "el acto de la imaginación, a forma de acto mágico o conjuro destinado a hacer aparecer las cosas que se desea".

         Sartre se acerca a Marx en la valoración de la dialéctica de Hegel, e hilvana a través de Heidegger y Husserl la dialéctica entre una pretendida confluencia del ser y de la nada según "la pura intuición del yo" (es decir, según un apasionado idealismo subjetivo).

         Este "yo puro", contemplado en la pura intuición del yo, evoca con demasiada fuerza el nirvana de los ascetas indios, quienes, absortos e inmóviles, contemplan su ombligo y acaba hundiendo su mirada en lo oscuro o "absoluta nada".

         Ésta es la continuación del afán, por tanto, de aquello que provocara Hegel: edificar la ciencia del saber partiendo de cero. En el caso de Sartre, dando poder creador a la Nada, en un magistral disparate de idealismo subjetivo (pues de la nada no puede resultar infinitamente el ser).

         Sartre es más predicador que sistematizador. Es el divulgador principal del existencialismo ateo al que presenta como reacción materialista contra la metafísica del ser, que arrancara en Aristóteles y fuera defendida por el realismo tomista.

         "La existencia precede a la esencia", señor Sartre, y no al revés. O lo que es igual, existiendo es como uno se encuentra con el propio ser o al menos con una parte del ser. ¿Es que no conoces eso de "primero existir y luego ser"? Sartre sale al paso de esta seria objeción con un cúmulo de teorías sobre el "en sí" y el "para sí”, el "yo que se intuye a sí mismo" y el "infierno de los otros".

         El "en sí" de Sartre vendría a ser el ente más sólido e inmutable del yo. El "para sí" vendría a ser una pura indeterminación, expresión libre de esas facultades humanas que sienten pero que no razonan. Así, una extraña fuerza coincide con la Nada absoluta, se expresa como oposición a lo que existe y abre la única posibilidad de definir al ser.

         A tenor de ello, Sartre proclama que la nada anida en el hombre al igual que "un gusano en un pequeño mar". Invadido por la nada, el hombre encuentra en ella "no una figura sino la fuerza creadora".

         Tales conclusiones, que ignoran los más elementales principios del razonamiento ("lo que no es no puede ser") serían inadmisibles en cualquier reflexión mínimamente rigurosa. Con todo, tales teorías tuvieron y tienen su audiencia, merced a la soberbia retórica academicista en que vienen envueltos.

         La observación que dicta el sentido común sobre la perogrullada de que "algo invadido por la nada es nada" no arredra a Sartre, quien porfiará sobre el hecho de que es ahí, precisamente, adonde quiere llegar como referencia incuestionable para demostrar que la vida humana, cualquier vida humana, es radicalmente inútil.

         En Heidegger, el supuesto de la inutilidad de la propia vida se tradujo en angustia. Para Sartre, la angustia del "ser que sabe que no es" se llama náusea, clave de Sartre para abrir nuevos caminos de inspiración a la juventud contestataria de 1960.

         Reconozcamos que la producción intelectual de Sartre es coherente con esa corriente en que imaginación se confunde con razón, y ambas se dejan guiar por el capricho (o "deseo de redefinir el absoluto") para, al fin, chocar irremisiblemente contra la insobornable realidad.

         Si para Hegel lo real encuentra su justificación únicamente como oposición a lo ideal (probablemente irreal, en cuanto pensado o imaginado), similar fundamentación asume Sartre para sus teorías. Es en lo que consiste la reducción a la nada.

         Cuando conviene a su propósito, Sartre se distancia de Hegel para coincidir con Marx. En concreto, se pone a decir de Hegel que "no es posible reducir el ser al puro y simple saber". Cuando conviene, Sartre abraza el materialismo histórico de Marx, desde lo que llama un "racionalismo dialéctico y riguroso". En ambos casos, lo que acaba repitiendo Sartre es:

"Entiendo por marxismo al materialismo histórico, que supone una dialéctica interna de la historia y no al materialismo dialéctico, si es esto esa ensoñación metafísica que creerá descubrir una dialéctica de la naturaleza. Aunque esta dialéctica de la naturaleza pudiera existir, aun no nos ha ofrecido el mínimo indicio de prueba. Si el materialismo dialéctico se reduce a una simple composición literaria, producto del artificio y de la pereza sobre las ciencias físico-químicas y biológicas, el materialismo histórico, en cambio, es el método constructivo y reconstructivo, que permite concebir a la historia humana como una totalización en curso".

         Desde tal posición, acusada de atrevidamente revisionista por la ortodoxia franco-soviética, Sartre dogmatiza pasando al tema de la religión: "El existencialismo ateo se mantiene porque el marxismo no es una ciencia exacta". Ello no quiere decir que se haya de revisar, pues "el marxismo no es una doctrina para revisar, sino una tarea histórica que realizar".

         Por eso, sigue dogmatizando Sartre, "el pensamiento existencialista, en tanto que se reconoce marxista. Es decir, en tanto que no ignora su enraizamiento en el materialismo histórico, resulta el único proyecto marxista a la vez coherente y realizable".

         Para Sartre, ese peculiar e ideal producto marxista-existencialista es un "ateísmo militante, capaz de hacer a la especie humana dueña de su propio destino por los caminos de la razón dialéctica o proceso de nihilización constructiva". Es decir, Sartre llega al colmo de lo paradójico.

         De hecho, lo que propugna Sartre es aplicar la presunta autoridad moral de Marx tanto a la gratuita ridiculización de cualquier mínimo rastro de fe (en un Dios providente y libertador) como a la radicalización de la lucha de clases (que, para él, "debe sacudir su progresivo aburguesamiento").

         La reciente historia nos muestra cómo los señoritos del folklórico Mayo Francés de 1968 reclamaron a Sartre, Marcuse, Marx, Freud y Nietzsche, a todos ellos juntos, en un revoltijo ideológico pretendidamente adaptable a todas las sensibilidades revolucionarias.

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         Recordemos que, hasta la Caída del Muro de Berlín-1989, no había formulación de ateísmo más difundida y valorada que la que servía de base al socialismo real y al socialismo científico, cuyas fundamentales argumentaciones procedían del marxismo leninista y su principal programa ateo: la radical negación de Dios y de todo lo divino.

         Para la vieja Enciclopedia Soviética, el ateísmo era aquella "ideología que niega la existencia de Dios y lucha contra la religión y contra todos sus conceptos asociados" (es decir, el amor, la libertad, la humanidad, el bien común...).

         Los ateos, se decía en los centros soviéticos de educación juvenil, "odiamos lo que la idea de Dios representa en el mundo", y continuaban diciendo: "¿Por qué estar sometidos por este ser? Persigamos y ataquemos duramente todo lo que la divinidad y la religión representan".

         Para defender esa concepción de ateísmo, las autoridades soviéticas rivalizaban en fervor proselitista para moldear conciencias o convencer de una "suprema verdad": que no existe otra realidad que la materia, autosuficiente por sí misma, principio y fin de todo.

         Lo que pretendía el ateísmo soviético fue desarrollar la adhesión religiosa de sus gentes a toda la dogmática socialista. Lógicamente, para ello tuvieron que exigir una colectivización de las conciencias, y un soporte racional que ellos dijeron haber encontrado en lo que llamaron "dialéctica materialista". Todo como si el Dios de los cristianos hubiera de ser sustituido por el dios Socialismo.

         Como oportunamente apunta Henri de Lubac, no fue la soviética la única corriente de paganización, sino que que "una amplia audiencia de nuestro mundo se refugia en la adoración de las variadas corrientes de paganización, por el simple hecho de no oponerse a la corriente".

         La fiebre materialista, por tanto, goza de cierta audiencia, a forma de "hombre singular" (el "ego mihi deus" de Stirner) y "hombre especie" (el "homo homini deus" de Feuerbach).

         A cierto nivel de masificación, la lógica masiva requiere un pastor, un guía, un líder a algo así como el superhombre de Nietzsche, que tantos argumentos prestó a Hitler y sigue prestando a los tiranos que se empeñan en desviar hacia el propio beneficio el sentido de la historia.

         Todavía, aquí y ahora, son muchos los que ven en la "soberbia soledad del héroe" de Nietzsche, o el superhombre Zaratustra, la grandiosidad de un sí a todo el poder-ser del hombre, obviando el más atrevido encuentro con la íntima verdad del hombre.

         Bueno está recordar que Nietzsche situaba su verdad "más allá del bien y del mal", en esa situación de despreciar y atropellar a cuantos no aceptaran esta "moral de esclavos".

         En la voluntad de dominio, los fieles de Nietzsche encontraron la razón primordial para renegar de los viejos valores, para situar el ansia u obsesión desesperada de poder por encima de la resignación, para preferir la guerra a la paz, la astucia a la prudencia... hasta que "perezcan los débiles y los fracasados ante la voluntad de dominio de los fuertes" (como dijo Nietzsche en su Anticristo).

         No importa que todo ello se debata en el campo de lo irracional, o que la voluntad de dominio destruya las raíces anteriores y superiores a uno mismo, o que dichas teorías ateas enfrenten a la fatalidad o condenen a flotar sobre el vacío de una autosuficiencia simplemente imaginada.

         A Nietzsche no le importa que el tal superhombre viva y muera como el títere de una absurda tragedia, sino que "hagas un un dios de tus siete demonios, aunque sucumbas en tus empeños" (como dijo Nietzsche en Así hablaba Zaratustra).

         Todo ello es en lo que acaba la barbarie del ateísmo, en la deliberada preocupación por introducir en el pensamiento de los hombres la presencia de un ídolo alimentado por las más obscuras corrientes de la historia.

         Sí, el proyecto ateo propugna la idea de un hombre sin traba moral alguna, capaz de alargar hasta el infinito los horizontes de una vida radicalmente insolidaria, preparado para eliminar la suerte de sus propios congéneres. Éste es el superhombre del ateísmo, un nuevo dios compuesto de 7 demonios, y enfrentado al único Dios verdadero.

         A la vista del precedente razonamiento del inhumanismo ateo, carente de las imprescindibles pruebas de mínima concordancia entre realidad y seres humanos, me viene a la mente ese "darle la vuelta al calcetín" del marxismo leninista. Éste fue el verdadero leit motiv del ateísmo contemporáneo, felizmente superado con la Caída del Muro de Berlín-1989.

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  Act: 10/08/26        @enseñanzas de la vida            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A