Los maestros de la sospecha, en huída hacia la nada

Zamora, 21 septiembre 2026
Antonio Fernández, licenciado en Sociología

         En el mundo en el que nos ha tocado vivir siguen teniendo no pocos seguidores ciertos pensadores de oficio que, aunque desaparecidos en el tiempo y a pesar de no haber demostrado la veracidad de sus postulados, hicieron de éstos los medios para su exclusivo realce personal aún a costa de sembrar el desconcierto e, incluso, frenar las más nobles inclinaciones de las personas de buena voluntad.

         Así nos lo hace notar Paul Ricoeur en su Freud, una interpretación de la Cultura-1965, en que califica de "maestros de la sospecha" a los tres más celebrados iconos de la modernidad: Marx, Nietzsche, y Freud, claros ejemplos de "sofistas de oficio", en sus sospechas sobre el método cartesiano (la "percepción clara y distinta") de Descartes.

         Aunque estos tres autores coinciden en partir de una supuesta (e indemostrada) autosuficiencia de la materia (entelequia que, según ellos, todo lo prevé y todo lo puede a través de inexplicables procesos de auto generación), cada uno mantiene perspectivas diferentes para expresar la entrada en crisis de la filosofía de la modernidad, al mostrar la insuficiencia de la noción de sujeto, y al desvelar un significado oculto.

         Por ejemplo, Marx pretende desenmascar la ideología como conciencia invertida, Nietzsche cuestiona los falsos valores, y Freud pone al descubierto los disfraces de las pulsiones inconscientes. El triple desenmascaramiento que ofrecen estos autores pone en cuestión los ideales ilustrados de la racionalidad humana, de la búsqueda de la felicidad y del acercamiento a la verdad desde las simples luces de la razón humana.

         Asentados en las propias originalidades, a las que revisten de aire dogmático, aunque por caminos distintos, cada uno de los tres "maestros de la sospecha" presume de haber superado las vaguedades y superficialidades retóricas de los ilustrados para luego hacer ver que lo de ellos es más consecuente con el carácter de una materia capaz de desenterrar definitivamente la idea de un Dios Creador.

         A un tiempo, el "triduo de la sospecha" ha soslayado el carácter espiritualista de algunas de las proposiciones de Descartes, al que, más o menos veladamente, reconocen precursor del materialismo moderno.

         A este respecto, conviene recordar que ese pensador que, alternativamente, jugaba a ser espiritualista y materialista vergonzante, aunque puso en duda que las cosas fueran tal como aparecen, sí que procuró poner de manifiesto que el pensamiento o "res cogitans" era de distinta sustancia que la materia o "res extensa", cuestión deliberadamente obviada por los ilustrados.

         En definitiva, los "maestros de la sospecha" revelan un nuevo modo de considerar la interpretación, a partir de la profundización de una sospecha acerca del lenguaje, concretamente, esgrimiendo que el lenguaje nunca dice lo que las cosas son, y que las cosas comunican o hablan sin ser estrictamente lenguaje.

         Esta sospecha se dirige hacia aquél recurso de Descartes de la percepción "clara y distinta" de la conciencia, así como a la Razón (con mayúsculas) en cuanto a sus vínculos con la ciencia y la objetividad, también puesta en entredicho por el "triduo de la sospecha".

         De esta sospecha se deduce, por tanto, una crítica radical al sujeto como como un yo unitario, indiviso, que se identifica con la conciencia, y que posee la voluntad como una facultad de la libertad.

         Ninguno de los tres "maestros de la sospecha" transmite realidades, y sí apariencias de tal o cual realidad según el punto de vista de tal o cual grupo de gente (en los que ellos, claro está, se erigen en portavoces, con el añadido de su retórica, originalidades y supuestos, como si ellos y solo ellos tuvieran el monopolio de la voluntad humana, que, para todos, ha de ser libre y al servicio de la propia realización personal).

         Siguiendo a Paul Ricoeur, y tras constatar la sospecha y derribamiento de la filosofía clásica, medieval y hasta moderna, hemos de reconocer que los "maestros de la sospecha" lograron forjar una civilización materializada que hace prevalecer lo absurdo y el sin sentido (por encima del sentido), como firme protesta y absurda defensa de la muerte de Dios.

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