Recobrar los viejos valores, y elaborar otros nuevos

Zamora, 21 noviembre 2022
Antonio Fernández, licenciado en Filosofía

          En el terreno de la política y de la actual manera de vivir, con harta frecuencia asistimos a una sistemática ridiculización de los valores que la libre reflexión considera en radical sintonía con la realidad y que, con toda evidencia, han acompañado a las más generosas y productivas acciones humanas.

          La ridiculización de lo que hemos de llamar "sagrados y perennes valores" (la libertad, el trabajo solidario, la generosidad, la conciencia de las propias limitaciones...) se da de bruces con la necesidad de la proyección social de las propias facultades.

          Muy poco se puede hacer sin el ejercicio de ese amor al que nos invita todo lo que nos rodea, sin la fecunda libertad, que engendra responsabilidad social, sin el oportuno dominio de la retrógrada llamada de la selva, sin sentido del sacrificio y del carácter positivo del trabajo solidario con la suerte de todas y de cada una de las otras vidas humanas.

          El desprecio o ridiculización de esos valores choca con la genuina realidad del hombre, ser que, para avanzar hacia su plenitud, necesita la forja en el trabajo solidario y en la sublimación de sus instintos, tarea imposible sin el aliño de una fe en el sentido trascendente de la propia vida.

          Pero no se trata ésta de una fe prendida en el vacío, pues su primera referencia está en la propia naturaleza humana, su demostración experimental es presentado por la historia (es infinito el rosario de fracasos de cuantos hombres y sociedades han pretendido edificar algo consistente desde cualquier especie de idealismo irracional), su más contundente aval viene del claro testimonio del propio Hijo de Dios.

          La sociedad de los hombres y mujeres, de que formamos parte, está compuesta de múltiples vocaciones y capacidades, que, en ilusionante constatación, vemos que se complementan unas con otras, lo que nos invita a concluir que de la yuxtaposición armoniosa de unas y otras actividades humanas, sin un freno irracional para su posible desarrollo, se alimentará un progreso, cuya meta habrá de ser la consecuente conquista de la Tierra.

          Claro que los protagonistas de esas actividades, para su pleno rendimiento, han de gozar de libertad de iniciativa y de conciencia satisfecha porque su comportamiento en el día a día obedece a las leyes de su propia naturaleza (animal racional con vocación de eternidad).

          Pero son muchos los que oponen a los tradicionales valores, que se reconocen como principios de nuestra civilización, algo que podríamos identificar con la añoranza de la selva. El simple animal aun no ha captado el sentido trascendente de la generosidad ni del sacrificio consciente y voluntario en razón del propio progreso, luego ¿por qué envidiar su posición, que tal parece significar esa tan cantada añoranza de la selva?

          Es absurdo dudar sobre la existencia de intereses en la comercialización de una estudiada deshumanización (o animalización) de la vida personal, familiar y comunitaria. Vemos que ello favorece el adecenamiento general con la consiguiente oportunidad para los avispados comerciantes de voluntades: si yo te convenzo de que es progreso "decir no" a viejos valores como la libertad responsable o el amor a la vida de los indefensos, el dejarte esclavizar por el pequeño o monstruoso bruto que llevas dentro. Y si elimino así de tu conciencia cualquier idea de trascendencia espiritual, tu capacidad de juicio no irá más allá de lo breve e inmediato.

          Insisto en que las posibles decepciones no son más que ocasionales baches que jalonan el camino hacia esa embrutecedora y placentera utopía en la que todo te estará permitido y, mientras tanto, yo me podré hacer de oro. Para que me consideres un genio y me aceptes como guía, necesito embotar tu razón con inquietudes de simple animal.

          Pertinaz propósito de algunas aplaudidas democracias europeas es romper no pocas de las viejas ataduras morales y para cubrir su hueco acuden a monstruosas falacias que justifiquen bárbaros comportamientos. Ideólogos no faltan que mezclan churras con merinas, y confunden al progreso con cínicas formas de matar a los que aun no han visto la luz (el aborto) o a "los que ya la han visto demasiado" (la eutanasia o legal forma de eliminar a enfermos desahuciados y ancianos). Otra expresión de progreso quiere verse en la ridiculización de la familia estable, del pudor o del sentido trascendente del sexo.

          Se configura así un nuevo catálogo de valores del que puede desprenderse como heroicidad adorar lo intrascendente, incurrir en cualquier exceso animal o saltarse todas las barreras naturales. Obviamente, la razón se resiste a convalidar tales inhumanas simplificaciones; es cuando los pretendidos ideólogos, con mal disimulada hipocresía, acuden en defensa de lo antinatural esgrimiendo pretendidos derechos de tal o cual parte.

          Tal hipócrita actitud está en los antípodas del ejercicio de una libertad responsable y por lo mismo resulta seguro enemigo de un progreso a la medida del hombre.

          Insistiendo en esa línea de aberraciones, a cual más inhumana, hemos de proclamar ya como sagrado algo que es elemental: el derecho a la vida de todo ser humano, incluso del engendrado y todavía no nacido.

          Al terrible pisotón que se infringe al primer derecho de todo ser concebido dentro de la familia humana se añade un evidente atentado al bien común puesto que todos y cada uno de nosotros, por el simple hecho de disponer de razón y de irrepetibles virtualidades, representamos un positivo eslabón para el progreso. Cada uno de nosotros es algo así como la necesaria pieza de ese gigantesco puzzle que debe significar una magnífica y colorista armonía universal.

          Tampoco vemos ninguna razón para castrar las posibilidades de expansión de la humanidad, cuyo desarrollo ha encontrado siempre positivo eco en la respuesta de tal o cual virtualidad de nuestro planeta; solamente el torpe acaparamiento, la inhibición o la mala voluntad de los poderosos (vicios que se alimentan del desprecio a las más elementales gritos de la propia conciencia) es responsable de la destrucción o mal uso de los bienes, que la naturaleza (asistida por la técnica cuando ello se hace necesario) brinda a todos los hombres y, también, de la pervivencia de tantas calamidades y de tantas miserias que desafían a nuestra humana sensibilidad.

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  Act: 21/11/22        @enseñanzas de la vida            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A