|
Luz, el hombre necesita mucha más luz
Zamora,
11 mayo 2026 Dios me libre de intentar explicar la raíz y carácter de cosas y fenómenos sin más luces que la que nos prestan nuestros sentidos, asistidos (eso sí que sí) por nuestra personal capacidad de deducción. El afán de ver no justifica la directa y prolongada mirada al sol sin la adecuada y prudente protección. Las cosas pueden ser tal cual nos parecen, pero ¿quién nos puede demostrar que en su trasfondo no haya algo que se difumina en el Misterio? Son muchos los que, para rehuir la humilde aceptación del posible Misterio, esgrimirán el eco social de los dichos de tal o cual vivo o muerto relevante personaje. Al respecto, adelantamos nuestra absoluta falta de respeto hacia la autoridad de los nombres, por muy cacareados que ellos sean en academias, medios de difusión o halo histórico, al tiempo que procuraremos no desdeñar aquellas de sus aportaciones que, según nuestro "leal saber y entender", sigan la línea del sentido común tan bien expresado por tantas y tantas personas de buena voluntad, que nunca desfallecen en su ansia de saber desde la humilde aceptación de sus limitaciones. Estos buenos maestros nos vienen desde todos los niveles de cultura y, por supuesto, desde todas los ámbitos territoriales y sociales, sin que ello quiera decir que, previamente, hayan sido reconocidos como respetables pensadores tanto por las academias como por los más celebrados medios de difusión cultural. La pretensión de dogmatizar sobre el origen y composición de todas las cosas y fenómenos, en la que incurrieron los Hegel, Marx, Nietzsche, Spengler, Sartre... y que, ya en nuestro tiempo, siguen defendiendo no pocos de los que se dicen progresistas lleva al vacío existencial que cualquiera de nosotros puede apreciar dentro de sí mismo, si, prendido por una racha de inoportuna simplicidad, a unos y a otros otorga ciega confianza. Respecto al conocimiento de la verdad asequible a la humana inteligencia la nuestra es una pretensión considerablemente más modesta: luego de plantearnos y dejar a la libre asimilación la cuestión del qué y del para qué del ser humano en sociedad y frente a su circunstancia, abordaremos la responsabilidad político-social que corresponde a cualquier ciudadano que vive en comunidad más o menos democrática, sin descuidar su papel cuando esa misma comunidad sufre los avatares de tal o cual forma de tiranía. Será ello sin alharacas y sin buscar la facilidad de un atajo con destino no muy claramente definido. * * * Por lo que hemos leído de Bueno Martínez, y de su hijo Bueno Sánchez, y de algunos de los que se declaran fieles a la doctrina del calificado como uno de los más ilustres pensadores de nuestro tiempo, me atrevo a deducir que lo de ellos, más que negación absoluta de Dios (o sustitución de él por la egocentrista Idea de Hegel) es una duda sobre la relación que hemos de tener con él, si es que existe. O tal vez, un temor de no estar a la altura de las circunstancias. También a los que decimos creer en Dios, rezamos y procuramos estar en paz con la propia conciencia, en cualquier sorpresiva o comprometedora situación, nos brota la pregunta: ¿Por qué y para qué estoy yo aquí? Ésa pudo muy bien ser la actitud del primer ser racional apabullado por la inmensidad de lo que no acertaba a comprender y ésa sigue siendo la pregunta más común cuando cualquiera de nosotros se interesa por lo mucho que no acierta a comprender. ¿Existe Dios? Nosotros creemos que sí pero no faltará quien diga que no tenemos pruebas irrebatibles de que sea así; claro que tampoco las tienen los que dicen que la cosa fue realmente distinta y, en consecuencia, parten de que la nada o la inmensidad indefinible, por sí misma, todo lo que forma parte de este universo del que nosotros no formamos más que una ínfima parte. Nos creemos más realistas en cuanto nosotros no creemos que pueda existir un reloj sin que alguien (o algo) lo haya fabricado luego de haberlo concebido o desarrollado tal cual lo vemos y utilizamos. No puede existir este universo ni nosotros mismos sin que un Creador autosuficiente, que pudo y puede decir "soy el que soy", lo haya proyectado y esté haciendo realidad de una manera concorde con una inteligencia, voluntad y poder superiores a la propia obra. Creemos en ello desde la más elemental lógica. Si se nos pide una exhaustiva explicación sobre el desde cuándo, el cómo, el porqué y el para qué, es tan grande nuestra inepcia y desorientación que, en lugar de hablar de verdades y mentiras, certezas o imaginaciones... preferimos no salir del mundo de lo aparente para, entre las posibles interpretaciones, desechar las incoherentes u obscuras y aceptar, aunque sea provisionalmente, las más coherentes y claras. Con ello, en nuestra manera de razonar, procuraremos barajar los conceptos oscuro y luminoso en lugar de erróneo o verdadero (tanto mejor si este posicionamiento nos ayuda a encontrar el mejor sentido a la propia vida sin refugiarnos en ningún cómodo fundamentalismo). ¿Es autosuficiente y libre para ser lo que puede ser la materia, cuya inmensidad puede llegar hasta los limites del universo? Sin lograr traspasar el ámbito de lo probable, la mecánica cuántica muestra lo absurdo de concederle autosuficiencia a la materia a partir de una retahíla de indemostrados supuestos. La auténtica ciencia se ve obligada a introducir conceptos como el de incertidumbre, indeterminación o cuantificación aproximada... sin desestimar la evidencia de una más que probable y necesaria realidad, cuyo conocimiento es más certero desde todo lo demostrado hasta la infranqueable frontera del misterio: la existencia de Alguien omnipotente y eterno, que por sí mismo hace posible el principio y fin de todas las cosas, el ser y el poder ser de la materia. Teilhard llega a hablar del "poderío espiritual de la materia", reconociendo que no hay identidad alguna entre el espíritu y la materia, pero tampoco oposición: merced al soplo creador de Dios, viene a decir, la Materia ofrece una paradójica fragilidad nacida de su multiplicidad, su complejidad... También habló Teilhard de un esclarecimiento unido a su finalidad espiritual, y de ambigüedad y poder, y de oscuridad y transparencia caracterizan a esta realidad fundamental que no puede ser comprendida más que desde un esfuerzo por asociar el progreso hacia arriba y la interiorización. Tras rechazar la indemostrable identidad entre espíritu y materia, lo que sí que podemos apreciar es que todo lo real se manifiesta desde una dimensión espiritual, incluso con mucha mayor incidencia en nuestra propia vida que la dimensión estrictamente material (lo que no quiere decir que minusvaloremos todo lo que para nuestro vivir y esperar representa la materia). Invitados a perseguir una verdad que cada vez está más lejos, podemos ver que la tal potencia espiritual de la materia es el sello del absoluto poder de Dios, principio y fin de todas las cosas. Esto fue lo que nos enseñó Teilhard, así como que es muy poco lo que sabemos o vemos en relación con la inmensidad que nos falta por saber o ver. Si esto poco que sabemos o vemos, ya nos resulta extraordinariamente complejo e inmenso, ¿qué no será lo que nos falta por saber o ver respecto a lo que podemos y debemos hacer? * * * En principio, el universo era expectante y vacío; las tinieblas cubrían todo lo imaginable mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de lo Inmenso. El espíritu de Dios es y se alimenta por el amor del ser que ama sin medida, proyecta su amor desde la eternidad a través del tiempo y del espacio, inventa la realidad física en forma de materia primigenia expandida por el universo por y entre raudales de energía. Lo que había sido (si es que así fue) expresión de la realidad física más elemental, probablemente, logra sus primeras individualizaciones a raíz del centro o eje que, al parecer, ya han captado los ingenios humanos de exploración cósmica. Se trata del momento de compresión-explosión que hizo posible la existencia de fantásticas realidades físicas inmersas en un inconmensurable mar de polvo cósmico y energía granulada. Esta 1ª y decisiva etapa fundacional del universo hubo de realizarse a una velocidad superior, incluso, a la de la misma luz, fenómeno físico que produce en los cuerpos el efecto de aumentar (y acomplejar) su masa. Desde el 1º momento de la presencia de la más elemental forma de materia en el universo, se abre el camino a nuevas y cada vez más perfectas realidades materiales, todo ello obedeciendo a una necesaria voluntad y evolucionando o siguiendo un perfectísimo Plan de Cosmogénesis. Se trata del plan de Aquel que ama infinitamente e imprime amor a cuanto proyecta, crea y anima, según una lógica y un orden que él mismo se compromete a respetar. En consecuencia con los respectivos caracteres, con el estilo de acción y con las etapas y caminos que requiere el Plan de Cosmogénesis, superan barreras y logran progresivas parcelas de autonomía las distintas formas de realidad. En ese intrincado y complejísimo proceso son precisas sucesivas uniones (¿reflejo de ese amor universal que late en cuanto existe?) o elementales expresiones de afinidad química, física, biológica y espiritual. Desde los primeros pasos, hay en todo lo que se mueve una tendencia natural que podría ser aceptada como "embrión de libertad" y que se gesta en armonía y orientación precisas hacia la cobertura de la penúltima etapa de la evolución, que habrá de protagonizar el hombre. El hombre, hijo de la Tierra y del aliento divino, está invitado a colaborar en la inacabada obra de la creación. Habrá de hacerlo en plena libertad, única situación en que es posible corresponder al amor que preside todo el desarrollo de la realidad. Es de esa forma como el ser humano avanzará hacia lo mucho que puede ser, y formar parte activa a favor del progreso real de la sociedad de la que formamos parte. Reconozcamos que, para la comprometedora acción que nos proponemos, ello representa un punto de partida menos oscuro que el nihilismo radical en el que habríamos de movernos si aceptásemos como punto de partida el supuesto de que Dios no existe. Si Dios no existiese, y todo lo que existe a lo largo y ancho del inmenso universo fuese pura y simple casualidad, ¿por ventura que es esto venturoso, aparte de imposible? ¿Todo vendría del caos, siendo tan perfecto y meticuloso su plan de funcionamiento? ¿Todo vendría de lo inerte, siendo así que está lleno de vida? ¿Todo vendría de la no-Inteligencia, siendo así que está tan inteligentemente articulado? ¿Tanto cuesta admitir que el universo ha sido originado por algo-alguien vivo e inteligente, aparte de bondadoso y generoso? .
|