Hacia un lógico despertar de personas y pueblos, II

Zamora, 26 octubre 2026
Antonio Fernández, licenciado en Sociología

         Decía el gran humanista medieval Tomás de Aquino que el conocimiento de las cosas nace y concluye en el amor, y se explica de esta manera:

"En esta vida es mejor conocer que amar las cosas inferiores, pero es mejor amar las cosas que son superiores. El conocimiento hace que las cosas vengan a nosotros y se adapten a nuestra manera de ser, mientras que el amor nos hace salir de nosotros y nos lanza hacia el objeto amado. El que ama se asemeja a la cosa amada, así como el que conoce adapta la cosa conocida a su propio modo de ser. Al conocer las cosas inferiores mejoramos nuestro propio modo de ser, mas si las amamos nos envilecemos y hacemos como ellas. Al conocer las cosas superiores, las empequeñecemos cuando las adaptamos a nuestra inteligencia, y cuando las amamos nos elevamos hacia ellas. Por eso, en esta vida, es mejor amar que conocer".

         Además de animales políticos, somos inteligentes hijos de Dios con posibilidades de ser mucho más de lo que somos y, por lo tanto, muchísimo más felices: ello resultará de la perfecta hermandad con todos  los  hombres y mujeres que pueblan el ancho mundo, empezando por los más próximos.

         Hermanos o amigos verdaderos en la acepción que, por boca de Aquino, hace el realismo cristiano de la verdadera amistad. Cualquier amigo verdadero, en efecto, quiere para su amigo:

-que exista y viva,
-todos los bienes,
-hacerle el bien,
-deleitarse con su convivencia,
-compartir con él sus alegrías y tristezas,
-viviendo con él en un solo corazón
(Suma Teológica, II, II, q.25, a.7).

         El jesuita francés Teilhard de Chardin aplicó toda su vida a estudiar y analizar todo lo que podía ver o medir para comprender hasta llegar a la conclusión de que el misterio de la creación del mundo no contradecía el supuesto de la evolución de lo inferior hacia lo superior.

         Desde la humildad y generosidad del sabio amante de la verdad, rompió estrechos horizontes académicos formulando conclusiones comprensibles y comprometedoras para sabios y legos. Deseoso de que ello significara el dejar atrás la "era neolítica del pensamiento", escribió un mes antes de morir (Nueva York, 1955):

"Por toda la tierra, hoy en día, se está desarrollando una situación de extrema sensibilidad hacia los dos componentes esenciales de lo ultra-humano: el amor y la fe. Son dos componentes esenciales que flotan en el aire de cualquier rincón del mundo. Por regla general, todavía son apenas perceptibles, y rara vez se dan juntos en un mismo sujeto, aunque en la sociedad ya están produciendo una espontánea y equilibrada fusión de uno y otro. Esta fusión es muy débil todavía al exterior, pero suficiente para mostrar que, un día u otro, es posible su explosión con una subsiguiente reacción en cadena".

         Teilhard de Chardin se arriesgó a explicar los efectos del misterio de la creación del mundo. Supone que el primero y principal de esos efectos es una energía que se introduce en el corazón de la materia haciendo que todas sus manifestaciones, desde lo ínfimo a lo inmenso, lleguen a ser lo que tenían que ser según el Proyecto de Cosmogénesis, o proceso de amor en la tierra.

         Como un superior estadio de la creación y evolución del mundo, Teilhard ve posible (y necesario) la ascensión a una comunidad de personas en total armonía gracias al pleno y libre desarrollo de las respectivas facultades en sintonía con ese amor y fe ultra-humano: la comunidad humana, desde esa reflexión personal-comunitaria que se supera a sí misma en generosa acción y alcanza muy superiores niveles (el todo superior a la suma de las partes) de pensamiento y libertad social.

         Este es el verdadero desafío al que todos y cada uno de nosotros hemos de responder, concluye Chardin, como privilegiados habitantes de este misterioso planeta. Así pues, nada de embelesarse cada uno en la contemplación de su ombligo, o de ignorar lo valioso que es la proyección social de nuestras personales capacidades.

         En su Evolución Creadora-1907, Henri Bergson pueso en juego lo que él llama elan vital (lit. fuerza vital) motor de una evolución que, en sucesivas porciones de durée (fil. tiempo en el espacio), da paso a las distintas formas de vida en multitud de especies que dependen entre sí y alcanzan su plenitud personalizadora en el hombre y en la sociedad humana.

         Se trata ésta de una conciencia cuyo anticipo, en forma colectiva cerrada sobre la propia especie, ve Bergson en la especie según un carácter y orden inmutable, repartida entre las distintas categorías de miembros para mantener facultades o funciones a perpetuidad delimitadas y complementarias entre sí. A través de sucesivas etapas en el "espacio moldeado por el tiempo" (la durée), la fuerza vital (el elan vital) se expresa en un instinto que en su etapa final, habrá de reflejarse como conciencia personal y social.

         Poco después que Bergson, Maurice Blondel traduce en acción personal y social el elan vital bergsoniano. Desde su militancia católica supera la seudo panteísta filosofía de la vida invitando a proyectar en acción transformadora de la sociedad lo mejor de cada conciencia. "Es estéril un buen pensamiento que no se traduce en acción", había intuido Blondel en su Action-1893, moviendo ya las conciencias en orden al progreso personal y social auspiciado por el realismo cristiano.

*  *  *

         Diríase que Teilhard encontró la fórmula de hilvanar en fecunda síntesis las perspectivas de Bergson y Blondel. Diríase que toma el testigo de uno y otro y, sin ninguna concesión al idealismo platónico, ni al panteísmo religioso, aborda lo que podemos calificar de revolucionaria visión del weltanschauung (lit. el todo existente).

         Tras aplicarse a exhaustivos exámenes de los fenómenos (el fenómeno humano en especial), da por supuesta la creación-evolución en un proceso que incluye la aparición de multitud de formas de materia espiritualizada en manifestaciones de cosa inanimada, pre-vida, vida y conciencia, hasta llegar más allá de lo que significa la persona humana: la sociedad humana.

         El para qué vive y piensa la persona viene avalado por los dictados de la fe, del amor, de la historia y hasta de la ciencia. Según esos avales, la persona vive y piensa para hacer el más positivo uso social de su libertad.

         Trabajar y compartir son las más fecundas consecuencias de la libertad, sin la cual carece de sentido ese especial amor que ha distinguido al ser inteligente (el hombre) y su capacidad para trazar su propio destino (la comunidad humana).

         Por la libertad, la persona trabaja, comparte y se hace a sí mismo. En el camino, ha contribuido a la "amorización de la sociedad", tarea gratificante aunque de resultados desiguales, de pausada gestación y de difícil apreciación.

         El perfeccionamiento de la vida social en la tierra (eso que, con el maestro Teilhard, podemos llamar amorización) ha sido, es y será obra de muchas generaciones. ¿Por qué? Porque hubo un tiempo en que ni siquiera se contaba con un claro patrón de conducta (amén de la filosofía griega) y mucho menos con la efectiva energía (amén de la civilización romana) que aportó a la historia Jesús de Nazaret.

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  Act: 26/10/26        @enseñanzas de la vida            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A