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Hacia un lógico despertar de personas y pueblos, II
Zamora,
26 octubre 2026 Decía
el gran humanista medieval Tomás de
Aquino que el conocimiento de las
cosas nace y concluye en
el amor, y se explica de esta manera:
Hermanos o amigos verdaderos en la acepción que, por boca de Aquino, hace el realismo cristiano de la verdadera amistad. Cualquier amigo verdadero, en efecto, quiere para su amigo: -que exista y
viva, El jesuita francés Teilhard de Chardin aplicó toda su vida a estudiar y analizar todo lo que podía ver o medir para comprender hasta llegar a la conclusión de que el misterio de la creación del mundo no contradecía el supuesto de la evolución de lo inferior hacia lo superior. Desde la humildad y generosidad del sabio amante de
la verdad, rompió estrechos horizontes académicos formulando conclusiones
comprensibles y comprometedoras para sabios y legos. Deseoso de que ello
significara el dejar atrás la "era neolítica del pensamiento", escribió
un mes antes de morir (Nueva York, 1955):
Teilhard de Chardin se arriesgó a explicar los efectos del misterio de la creación del mundo. Supone que el primero y principal de esos efectos es una energía que se introduce en el corazón de la materia haciendo que todas sus manifestaciones, desde lo ínfimo a lo inmenso, lleguen a ser lo que tenían que ser según el Proyecto de Cosmogénesis, o proceso de amor en la tierra. Como un superior estadio de la
creación y evolución del mundo, Teilhard ve posible (y necesario) la
ascensión a una comunidad de personas en total armonía gracias al
pleno y libre desarrollo de las respectivas facultades en sintonía con ese amor
y fe ultra-humano: la comunidad humana, desde esa reflexión
personal-comunitaria que se supera a sí misma en generosa acción
y alcanza muy superiores niveles (el todo superior a la suma de las partes) de
pensamiento y libertad social. Este es el verdadero desafío al que todos y cada uno de nosotros hemos de responder, concluye Chardin, como privilegiados habitantes de este misterioso planeta. Así pues, nada de embelesarse cada uno en la contemplación de su ombligo, o de ignorar lo valioso que es la proyección social de nuestras personales capacidades. En su Evolución Creadora-1907, Henri Bergson pueso en juego lo que él llama elan vital (lit. fuerza vital) motor de una evolución que, en sucesivas porciones de durée (fil. tiempo en el espacio), da paso a las distintas formas de vida en multitud de especies que dependen entre sí y alcanzan su plenitud personalizadora en el hombre y en la sociedad humana. Se
trata ésta de una conciencia cuyo anticipo, en forma
colectiva cerrada sobre la propia especie, ve Bergson en la especie según un carácter y orden inmutable, repartida
entre las distintas categorías
de miembros
para mantener
facultades o funciones a
perpetuidad delimitadas y complementarias entre sí. A través
de sucesivas etapas en el "espacio
moldeado por el tiempo" (la durée),
la fuerza vital (el elan vital) se expresa en un
instinto que en su etapa final, habrá de reflejarse como conciencia personal y
social. Poco después que Bergson, Maurice Blondel traduce en acción personal y social el elan vital bergsoniano. Desde su militancia católica supera la seudo panteísta filosofía de la vida invitando a proyectar en acción transformadora de la sociedad lo mejor de cada conciencia. "Es estéril un buen pensamiento que no se traduce en acción", había intuido Blondel en su Action-1893, moviendo ya las conciencias en orden al progreso personal y social auspiciado por el realismo cristiano. *
* * Diríase que Teilhard encontró la fórmula de hilvanar en fecunda síntesis las perspectivas de Bergson y Blondel. Diríase que toma el testigo de uno y otro y, sin ninguna concesión al idealismo platónico, ni al panteísmo religioso, aborda lo que podemos calificar de revolucionaria visión del weltanschauung (lit. el todo existente). Tras aplicarse a exhaustivos exámenes de los fenómenos (el fenómeno humano en especial), da por supuesta la creación-evolución en un proceso que incluye la aparición de multitud de formas de materia espiritualizada en manifestaciones de cosa inanimada, pre-vida, vida y conciencia, hasta llegar más allá de lo que significa la persona humana: la sociedad humana. El para qué vive y piensa la persona viene avalado por los dictados de la fe, del amor, de la historia y hasta de la ciencia. Según esos avales, la persona vive y piensa para hacer el más positivo uso social de su libertad. Trabajar y compartir son las más fecundas consecuencias de la libertad, sin la cual carece de sentido ese especial amor que ha distinguido al ser inteligente (el hombre) y su capacidad para trazar su propio destino (la comunidad humana). Por la
libertad, la persona trabaja, comparte y se hace a sí mismo. En el camino,
ha contribuido a la "amorización de la sociedad", tarea gratificante aunque de resultados desiguales, de pausada
gestación y de difícil apreciación. El perfeccionamiento de la vida social en la tierra (eso que, con el maestro Teilhard, podemos llamar amorización) ha sido, es y será obra de muchas generaciones. ¿Por qué? Porque hubo un tiempo en que ni siquiera se contaba con un claro patrón de conducta (amén de la filosofía griega) y mucho menos con la efectiva energía (amén de la civilización romana) que aportó a la historia Jesús de Nazaret. .
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