Una buena nueva es difundida por el mundo

Zamora, 25 mayo 2026
Antonio Fernández, licenciado en Sociología

         Frente al conocido supuesto de Bueno Martínez, según el cual la idea de un Dios único procede de Aristóteles (el cual razonó sobre un "motor inmóvil que todo lo mueve"), está la creencia en el Dios de Israel, con toda probabilidad adorado desde miles de años antes de que Aristóteles viniera al mundo.

Al respecto, recuérdese que la construcción del 2º templo dedicado a Yahveh, el Dios único, terminó en el año 516 a.C, durante el reinado de Darío II de Persia, 70 años después de la destrucción del 1º templo (construido por mandato de Salomón unos 4 siglos antes).

         Unos 500 años después de ese 2º templo, y en la misma Israel, Jesús de Nazaret "pasó por este mundo haciendo el bien y proclamando la buena nueva" a base de magistrales lecciones de amor y libertad, que le acreditaron como la 2ª persona de la Santísima Trinidad (misterio éste que acreditó a los cristianos y escandalizó a judíos y musulmanes).

         Al extraordinario acontecimiento de Jesucristo sucedió la primitiva y espectacular difusión de su buena nueva. Pedro, apoyado por los otros 11 apóstoles, se dirigió a sus compatriotas para proclamar (Hch 2,14-39) la resurrección y exaltación sobre todo lo creado de Jesús de Nazaret, a quien ellos habían crucificado.

         Pedro habla a los israelitas en nombre de Jesús, tras "haber recibido la elocuencia y fortaleza del Espíritu" (Ez 36,27), y les recuerda que en él se cumplía lo adelantado en las Sagradas Escrituras: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha" (Sal 110,1).

         En el decir del historiador romano Tácito (ca. 55-119), desde el s. I eran miles los cristianos de Roma y de las otras provincias del Imperio Romano. Realmente, hoy resulta difícil explicar este amplio y rápido reconocimiento, sobre todo por tratarse de una buena nueva no impuesta por las armas y sí por el contagio del vivir y pensar entre los más generosos y más libres de conciencia.

         A los ojos de los tibios, dicha buena nueva chocaba con la evidencia del ambiente radical y egoísta del materialismo pagano, en el que:

-se privaba el prestigio del poder y de la fortuna,
-todas las satisfacciones de la carne estaban permitidas,
-las creencias en un alma inmortal eran rechazadas por la inmensa mayoría del ámbito intelectual,
-el derecho civil seguía la línea de la crueldad y el orgullo de los revestidos de impunidad,
-se aplastaba tanto a los esclavos como a la plebe y numeroso conjunto de ciudadanos sin fortuna o favor político.

         Un factor determinante de las multitudinarias conversiones cristianas fue la asombrosa e innegable trasformación de cuantos se habían convertido, los cuales obraban prodigios, aparecían revestidos de fuerte personalidad y hablaban al corazón de forma y de forma entendible.

         ¿Qué había ocurrido para un cambio así, en "hombres sin instrucción ni cultura" (Hch 4,13)? Para ellos resultó indudable que lo sucedido era lo que estaban esperando: vivir en consecuencia. Y de hecho, así fue con carácter general, pues:

"la multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían en común. Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús. Y gozaban todos de gran simpatía. No había entre ellos ningún necesitado porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de la venta y los ponían a los pies  de los apóstoles  y se  repartía a cada uno según sus necesidades" (Hch 4,32-35).

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