Una luz vino al mundo, pero no lo hizo en Grecia

Zamora, 18 mayo 2026
Antonio Fernández, licenciado en Sociología

         Hasta la venida de del Hijo de Dios al mundo, salvo escasísimas excepciones, privaba entre los pueblos la ley del más fuerte, del más rico o del más embaucador. Centros del nuevo saber profano como Alejandría, Antioquia, Pérgamo, Rodas... parecían vivir a la espera de la respuesta definitiva en los campos de la lógica, la ética o el trasfondo de la realidad física (la metafísica).

         Los hombres ya no se resignaban a saber que no sabían nada, sino que ante las dificultades para encontrar categóricas respuestas sobre lo impalpable y lejano, optaban por adentrarse en el hombre interior que, en aquellas circunstancias, necesita superar el desencanto ante la ruina y la destrucción subsiguientes al fracaso de tantas empresas guerreras (con sus respectivos sueños de grandeza, a poco traducidos en realidades de indignidad y miseria).

         Se diría que a la preocupación platónico-aristotélica por conocer los secretos del universo le seguía algo más terreno y más cercano al ciudadano medio, a forma de: ¿Qué he de hacer para organizar mi propia vida? Los estoicos con sus buenas dosis de resignación y los epicúreos con su obnubilante materialismo ofrecían respectivas líneas de comportamiento que influían en el pueblo llano considerablemente más de lo que habían hecho la Academia platónica o el Liceo aristotélico.

         Con el avasallador imperialismo romano el hombre medio se siente aún más inseguro y más afanoso por encontrar un asidero de vida y esperanza mínimamente consistente. Es cuando, en una porción de ese imperio aparece la figura de Cristo, que dice y muestra ser la luz del mundo y abre el camino para la vida plena. El mayor revulsivo de la historia de la humanidad viene a cambiar las vidas de los seres inteligentes que pueblan el ancho mundo en un novísimo marco de amor y de libertad.

         No se trata de una empresa de avasallamiento y destrucción, sino de una obra de contagio de persona a persona con esos substanciales valores sin descuidar la aproximación al conocimiento de la realidad en todas sus dimensiones. Por eso, más que neutralizar o extirpar una parte substancial del saber greco-romano lo que hace es, en parte, absorberlo y, en parte, encauzarlo hacia lo que realmente importa a personas y pueblos de todas las razas y culturas.

         Se trata de la buena nueva que abre los ojos a la realidad en todas sus dimensiones y que, a la par que promueve la buena administración de las cosas de forma que a nadie falte lo necesario para vivir, ilumina la conciencia de los que buscan la verdad. Como dijo Pablo en el Areópago de Atenas:

"Al contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado un altar en el que vi grabada esta inscripción: Al Dios desconocido. Es a ése Dios, a quien adoráis sin conocer, al que yo os vengo a anunciar. En él vivimos, nos movemos y existimos, como han dicho algunos de vosotros" (Hch 17,22-28).

         Con Pablo y los otros discípulos de Jesús se produce el injerto de la buena nueva en lo más realista de la vieja filosofía luego de introducir en ella un substancial matiz: por el pensamiento podemos descubrir la falsedad del mito y desvelar todas las mentiras con que nos obsequian los poderosos, mercachifles y embaucadores.

         Por tanto, no es el pensamiento una trampa para la esclavitud ni tampoco un lujo con el que alejarnos de la inmediata realidad, sino la principal facultad humana para, en libertad, resultar útil a los demás, pensar, creer y obrar en consecuencia. Como nos recuerda al respecto otro apóstol, llamado Santiago:

"¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga tengo fe sino tengo obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana está desnudo y carece del sustento diario, y alguno de vosotros le dice ve en paz, y no le da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no viene acompañada de las obras, está realmente muerta" (St 2,14-17).

         Con la buena nueva se nos viene a decir que, desde mucho tiempo atrás, Dios ha hablado a los hombres  "muchas veces y de muchas maneras" (Hb 1,1) y, desde la encarnación y resurrección de Cristo, "nos ha hablado por medio de su Hijo" (Hb 1,2). Todo, recordémoslo, "se hizo por ella, y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron" (Jn 1,1-5).

         Juan utiliza el término logos (lit. palabra) para identificar a la eterna sabiduría con el Hijo de Dios que se hace hombre y que, para difundir su gracia y mensaje, hace uso de su palabra, esencial facultad humano-divina con la que, merced a la energía infinita de que se alimenta, contagia amor y libertad a los que la escuchan y traducen en acción creadora.

         Este logos de Juan no es el mismo que el logos criatura de Filón de Alejandría ni, mucho menos, el logos satélite de Heráclito o de los estoicos: es, ni más ni menos, una clara alegoría al Hijo de Dios, Dios de Dios, coeterno e increado con el Padre y el Espíritu, tres personas distintas y un solo Dios verdadero.

         Se trata de un insondable misterio en el que, desde sus inicios, se apoya la fe cristiana, esperada consolidación de la fe mosaica. Insondable, sí, pero no por ello menos aceptable para los limpios de mente y corazón en cuanto viene avalado por el testimonio de quien "todo lo hizo bien" y "en todo dijo la verdad".

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  Act: 18/05/26        @enseñanzas de la vida            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A