Determinismo

Vicente Cudeiro
Mercabá, 2 febrero 2026

        Los términos determinismo e indeterminismo revisten en filosofía significados múltiples, conforme a los diversos modelos de determinación e indeterminación que puedan darse.

        Existe un determinismo físico, según el cual las leyes que rigen el mundo corpóreo son invariables.

        Hay también un determinismo psicológico, cuyos defensores sostienen que todos los fenómenos, incluso los referentes a la libertad, están, en última instancia, condicionados de un modo ineluctable.

        Existe igualmente un determinismo sociológico para el que el desarrollo de la sociedad, y por ende del individuo que en ella se inserta, están regidos por una serie de leyes y de situaciones históricas, ambientales, económicas...

        Otro modo de determinismo es el ético-moral, y hasta se habla del determinismo metafísico o teológico, llamado también fatalismo.

        Hay que tener presente que estas diversas clases de determinismo difícilmente se hallan en estado puro en los diversos pensadores que los profesan. Generalmente vienen entremezcladas. Por eso cada uno de los modos indicados de determinismo son generalizaciones tendentes a precisar mejor sus sentidos.

a) Determinismo clásico

        Dentro de la Historia de la cultura occidental, quizás la 1ª manifestación del determinismo sea la fatalista. Se inicia en los poemas de Homero y de Píndaro, se continúa en las tragedias de Esquilo y Sófocles, sigue por los atomistas y rebrota en el epicureísmo y estoicismo, es profesado por las sectas musulmanas de los yabaríes y asaríes y se presenta también en las diversas clases de panteísmo.

        Según esta forma de determinismo, todos los fenómenos físicos, psíquicos, históricos... están sometidos a una ley ineludible, que encadena irremediablemente no sólo al mundo corpóreo, sino también al mismo hombre. Esta fuerza inexorable es llamada por los griegos ananke, moira, heimarmene, tyje; entre los latinos fatum, y entre nosotros se designa con los términos hado, destino o fatalidad.

        No obstante, es preciso matizar. Así, por ejemplo, los atomistas griegos identifican la necesidad de los movimientos de los átomos con el azar.

        Diógenes Laercio dice que para Demócrito "todas las cosas suceden por necesidad, porque la causa del movimiento de todo es el remolino, al que llama necesidad"[1].

        Contrariamente, Aristóteles afirma que los atomistas atribuyen al azar la causa, tanto de este firmamento como de todos los mundos[2].

        Según Aecio, el atomista Leucipo afirmó que "nada sucede por azar, sino todo por una razón y por obra de la necesidad"[3].

        Los epicúreos modifican el determinismo atomista, desde el momento que suponen en los átomos unas desviaciones espontáneas con el objeto de salvar la libertad[4].

b) Determinismo cristiano

        En general, para todos los filósofos y teólogos cristianos las leyes de la naturaleza son hipotéticamente necesarias. Por ello, todos los fenómenos naturales suceden, por lo general, de un modo regular. Ahora bien, esto es así porque Dios lo ha determinado.

        La regularidad de las leyes naturales se funda en las propiedades o comportamiento de las cosas. Pero este comportamiento no es algo que pertenezca a la esencia substancial de las cosas; es algo accidental; por lo mismo puede ser suspendido o modificado por el omnipotente poder divino.

        Dios no puede hacer, por ejemplo, que el hombre no sea animal racional, porque la animalidad y racionalidad pertenecen a su esencia. Pero sí puede hacer que, en un caso concreto, el hombre no actúe como animal.

        En el estado de éxtasis, muchos santos eran totalmente insensibles, suspendidas sus funciones animales o vegetativas. Pero fuera de Dios, ninguna criatura, por su propio poder, es capaz de suspender las leyes naturales[5].

c) Determinismo moderno

        En tiempos modernos, Descartes y Newton desarrollan un determinismo mecanicista en los entes corpóreos, aunque por diferentes métodos. Para ellos todos los fenómenos naturales se explican por la extensión o la masa y el movimiento mecánico.

        Según Descartes el movimiento existente en el universo en un momento concreto es derivación del movimiento inicial, que Dios imprimió en el mundo después de haberlo creado. La cantidad de movimiento se mantiene constante en sus diversas manifestaciones[6].

        Por su parte, Newton fue el mejor exponente de la llamada mecánica clásica. Sus leyes del movimiento revelan un mecanicista a nivel del mundo corpóreo, y vienen a decir que todos los acontecimientos pueden reducirse al movimiento local de los entes corpóreos y de los átomos, y que las fuerzas mecánicas que los mueven están sujetas a leyes cuantitativas invariables.

        Partiendo del mecanismo cartesiano, pero negando la realidad pensante, los materialistas Mettrie, Helvetius y Holbach sostuvieron un determinismo rígido universal. Como anota Magnino, "muchos filósofos, en Francia sobre todo, creen todavía en una conexión universal de todo cuanto existe en la naturaleza, sea en el dominio físico, sea en las ciencias morales. Cualquier acontecimiento es ligado por ellos a los acontecimientos precedentes en una cadena a partir de la cual cabe presumir el orden y la sucesión de las cosas"[7].

        En el siglo pasado defendieron y difundieron el determinismo mecanicista, entre otros, Laplace, Vogt, Moleschotte y Buchner.

d) Determinismo contemporáneo

        Bernard, fundador de la biología científica, afirma que "hay que admitir como axioma experimental que, tanto en los seres vivos como en los cuerpos brutos, las condiciones de todo fenómeno están determinadas de una manera absoluta", y que "la negación de esta proposición no sería más que la negación de la ciencia misma"[8].

        Con igual contundencia se expresa Goblot, para quien "en la naturaleza no hay ni contingencia ni capricho, ni milagro ni libre albedrío, pues cada una de estas hipótesis arruina en nosotros la facultad de razonar sobre las cosas"[9].

e) Determinismo actual

        Frente al determinismo rígido, defendido por la práctica totalidad de los científicos y filósofos de la ciencia de tiempos anteriores, a principios del presente siglo van surgiendo teorías que lo contravienen. Tales son la Teoría Cinética de los Gases y la Teoría Cuántica de Planck.

        Ambas teorías no fueron más que los primeros pasos de la gran revolución que va a suponer Heisenberg con su Principio de Incertidumbre, siguiendo las huellas de su maestro Bohr.

        En síntesis, y con palabras de su discípulo Strobl, el Principio de Incertidumbre puede formularse así: "Aun cuando conociéramos todos los actos de un estado actual del mundo en que vivimos, los estados futuros no podrán calcularse como hechos ya consumados, o predestinados, sino tan sólo halos de inclinación hacia una mayor o menor probabilidad"[10].

        La razón de ello es que resulta imposible determinar en cada caso, con precisión, la velocidad y la posición de las partículas elementales, de las que depende el comportamiento de la realidad corpórea. Esta indeterminación es representada por la fórmula p·q = h/4pi.

        En la fórmula, p representa la "coordenada instantánea del momento", q la "coordenada de posición", y h la constante de Planck. De ellas, p es el coeficiente de desviación del valor medio de un instante dado, y q el coeficiente de desviación del valor medio de la posición.

        Ello significa que no se puede determinar al mismo tiempo, y con total exactitud, la velocidad y la posición de una partícula en un momento dado. ¿Por qué? Porque cuanto más exactamente se determinase la velocidad, tanto menos se podría determinar su posición y viceversa[11].

        Como se puede apreciar, las pretensiones deterministas de la física clásica se vienen abajo ante el Principio de Incertidumbre, y de ahí las reticencias por parte de algunos científicos, entre los que cabe destacar a Einstein. El mismo Heisenberg relata las largas y acaloradas discusiones que sostuvieron con el creador de la teoría de la relatividad él mismo y su maestro Bohr.

        El Congreso de Física de Solvay-1927 hizo de este tema el objeto principal de discusión. Después de varios días de diálogo, Einstein no se convenció de la racionalidad de la Teoría de la Indeterminación, y a cierto punto dijo: "El buen Dios no juega a los dados". Nada más decir esto, Bohr replicó: "Pero no es asunto nuestro prescribir a Dios cómo tiene que regir el mundo"[12].

        De Broglie testimonia también el rechazo de Einstein al indeterminismo, al escribir: "Einstein, profundamente hostil a la interpretación probabilista, le oponía inquietantes objeciones que Bohr trataba de superar con sutiles raciocinios"[13].

        El mismo De Broglie se muestra un tanto disconforme con el indeterminismo, recurriendo para explicar la incertidumbre de los fenómenos microfísicos a parámetros ocultos, tratando de dar la mano al mismo tiempo a Bohr y a Heisenberg. Para él, las "incertezas que nos impiden establecer un determinismo causal de los fenómenos en la escala cuántica serían debidos, entonces, solamente a la ignorancia en que estamos acerca del valor exacto de esos parámetros ocultos".

        Con motivo de la Teoría de la Indeterminación de Bohr y de Heisenberg, ciertos pensadores han sacado unas consecuencias injustificadas, si la teoría se toma en su auténtico sentido. Algunos llegan a pensar que el principio de causalidad carece de valor, e incluso se ha pretendido negar valor demostrativo a las pruebas racionales de la existencia de Dios (que, como se sabe, fueron las que fundaron ese principio[14]).

        La Teoría de la Indeterminación, bien entendida, no conlleva tales consecuencias. La imposibilidad de determinar cuantitativamente las coordenadas de un efecto, no prueba que se produzca sin causa. A este respecto ha escrito Strobl: "En la nueva física no hay ni determinismo ni indeterminismo. Sigue manteniéndose tanto la determinación por leyes como por causas eficientes".

        Esta es la concepción del mismo Heisenberg, autor de las relaciones de indeterminación e incluso de indeterminismo[15]. Es más, aun cuando las leyes referentes al comportamiento de las partículas sean estadísticas, si no hubiera cierta regularidad en él, la Física no sería posible como ciencia. Así piensan, entre otros, los premios nobel Broglie, Planck y Born.

f) Sobre el determinismo psicológico

        Como hemos visto, los materialistas, panteístas y fatalistas suponen el universo, y cada uno de los seres que lo integran, sometidos a leyes inexorables y perfectamente determinables. En estos sistemas no queda lugar para la libertad humana.

        En los dos últimos siglos han surgido varias escuelas de psicología que han llegado a la misma conclusión, profesando un determinismo psicológico.

        Para los freudianos, todos los actos psíquicos tienen su razón de ser en su fuerza motora, en los impulsos y, muy particularmente, en la libido.

        De modo parecido el conductismo, iniciado por Watson a principios de este siglo, defiende también un rígido determinismo psicológico. Watson ha pretendido elaborar una psicología humana sobre el mismo modelo que la animal. Para él todos los procesos psíquicos son reacciones condicionadas por los diversos estímulos. Por ello el conductismo, llamado también behaviorismo, constituye una mezcla de zoopsiquismo y de mecanismo.

        Hay, por contra, un determinismo psicológico que, lejos de anular la libertad, la explica. Efectivamente, todo acto libre se deriva, en última instancia, de una apetencia necesaria, y tal es la apetencia del bien en general.

        Todo lo que se presenta como bien, y por lo mismo que se presenta como tal, atrae necesariamente la voluntad. Dada esa apetencia básica, la libertad se ejerce acerca de los medios que conduzcan no necesariamente a lo que es aprehendido como bien. Sin esa apetencia necesaria, fundamental, la libertad no se ejercería.

        Así, la determinación del bien absoluto y de los mismos medios necesarios, ejercen una determinación absoluta sobre la voluntad. Por contra, respecto de los medios no necesarios, se halla indeterminada y con potencia de autodeterminarse. Defienden este determinismo psicológico, todos los filósofos y teólogos de corte tomista, con Tomás de Aquino a la cabeza.

        Emparentado con el determinismo psicológico, se ha dado en la historia del pensamiento un determinismo moral. Este tiene su base en el determinismo intelectual y su expresión en la voluntad.

        En general, los filósofos griegos se muestran optimistas respecto de los poderes de la razón. Quien se pone en presencia del ser no puede menos que conocerlo; y el bien obra de tal manera que, una vez conocido, actúa de un modo absolutamente determinante sobre la voluntad, que no puede menos de perseguirlo o practicarlo[16].

        De ello se sigue que, para Sócrates, no puede haber una falta moral. Quien realiza algo malo, lo hace por ignorancia y, por tanto, involuntariamente. Y el sujeto de esa falta no debe ser castigado, sino instruido[17].

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  Act: 02/02/26       @portal de ética            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A  

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[1] cf. DIOGENES LAERCIO, Vida de los Filósofos, IX, 45.

[2] cf. ARISTOTELES, Física, IV, 196a.

[3] cf. AECIO, Diels, II, 67b.

[4] cf. DIOGENES LAERCIO, Vida de los Filósofos, X, 61.

[5] cf. TOMÁS DE AQUINO, Sobre la Potencia, VI, 1-5.

[6] cf. DESCARTES, Sobre los Principios, III, 30.

[7] cf. MAGNINO, B; Iluminismo y Cristianismo, vol. I, ed. Litúrgica, Barcelona 1961, p. 125.

[8] cf. BERNARD, C; Etude de la Medicine Experimentale, París 1920, p. 85.

[9] cf. GOBLOT, E; Traité de Logique, París 1947, p. 314.

[10] cf. STROBL, W; "¿Hay indeterminismo en la física actual?", en Anuario Filosófico, IV (1971), p. 380.

[11] cf. DE BROGLIE, L; Continuidad y Discontinuidad en la Física Moderna, ed. Espasa Calpe, Madrid 1957, p. 72.

[12] cf. HEISENBERG, W; Encuentros con Einstein, Madrid 1980, p. 125.

[13] cf. HEISENBERG, W; op.cit, p. 73.

[14] cf. ORESTANO, F; "Idee e Concetti", en Opera Omnia, I (1956), p. 232.

[15] cf. ORESTANO, F; op.cit, pp. 365-366.

[16] cf JENOFONTE, Memorias, IV, 6.

[17] cf PLATÓN, Apología de Sócrates, 25e-26a.