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Diferencia Patricio
Peñalver Antes de esbozar el concepto y potencial especulativo de la idea de diferencia, importa precisar el contexto de su génesis, así como su reactivación en el marco del pensamiento contemporáneo. El presupuesto común de los más relevantes pensamientos de la diferencia es el anti-hegelianismo. En efecto, en la Lógica de la Esencia de Hegel el concepto diferencia ocupa un lugar esencial, determinado dialécticamente como oposición y negación, como paso necesario de la identidad a la contradicción, y de ésta al fundamento. Esta última secuencia de Hegel, de apariencia puramente abstracta, es lo que pone en cuestión el pensamiento contemporáneo de la diferencia. En efecto, si la verdad de la diferencia es su tendencia inmanente, a constituirse como la oposición (real) y la contradicción (lógica), entonces su destino es perderse (perderse o resolverse). En Hegel, el pensamiento representativo tiene horror a la contradicción. En cambio, el pensamiento especulativo (o dialéctico) encuentra en la contradicción "lo más profundo y lo más esencial", así como "la raíz de todo movimiento y vitalidad" (es decir, la automotilidad del ser). Estas áridas distinciones de Hegel pueden parecer un juego de una pura abstracción, mas en el código necesariamente abstracto de la Lógica de la Esencia toma de posición muy concreta: la de que lo negativo (el dolor, el mal, la opacidad, lo finito) es fecundo, y fecundo como vía de acceso (o momento necesario) para alcanzar lo absoluto. En suma, el famoso trabajo de lo negativo (hilo conductor en la Fenomenología del Espíritu) abarcaría la experiencia existencial e histórica de la diferencia, según Hegel. En concreto, la abarcaría, la comprendería y la domesticaría. En este sentido, cabe ya anticipar que la suspensión del presupuesto hegeliano provoca una liberación de la diferencia, y la reafirmación de una diferencia salvaje o pura. La quiebra del sistema de Hegel, que es la que conforma la actual filosofía de la diferencia, es determinante para la noción filosófica actual de diferencia. Todas estas corrientes (la fenomenología, el pragmatismo, cierto neokantismo...) parten de esta coyuntura de crisis, pero se separan de dicho sistema (de Hegel) con su propia cosmovisión. a) Diferencia ontológica El 1º en estudiar el tema de la diferencia, de iure y cronológicamente, fue Heidegger. De hecho, Heidegger emplea más frecuentemente el término differenz que unterscheidung, a la hora de hablar del ente y del ser. Aunque el tenor literal de la expresión no aparece en Ser y Tiempo, el tema de fondo está ya implicado en el nervio mismo de la analítica del dasein o "ser ahí", desarrollada en el gran tratado de 1927. La constitución ontológica de ese "ser ahí", y del "ser que consiste en existir" (el hombre), alberga en sí una tendencia inmanente a comprender el ser como (algo) diferente del ente. Así, la repetición heideggeriana de la pregunta platónica por el sentido del ser (en el Sofista) supone y desarrolla la diferencia del ente y el ser. Por cierto, esa diferencia (posibilidad misma de la trascendencia, o estado de apertura al ser) tiene ya lugar en la pura facticidad del "ser ahí", en su condición de ser o estar arrojado a un destino mortal. En este sentido, la finitud de la existencia o del existente es una condición, en todos los sentidos, de la diferencia entre ente y ser. De ahí que la comprensión teorética, filosófica, del ser (diferente del ente) sea, según Heidegger, no más que una explicitación, un hacer trasparentes las posibilidades existenciales del "ser ahí" en toda su diversidad y profundidad. En el segundo Heidegger, la diferencia ontológica adquiere otro relieve, y no está ya vinculada a la analítica de la existencia sino a la meditación del destino (como olvido del ser). El segundo Heidegger, en efecto, interpreta que el olvido del ser, en el que cae la metafísica, es el olvido o borradura de la diferencia entre el ente y el ser. Es así la diferencia un olvido, o represión, de la verdad del ser (en el sentido de ocultarse y desocultarse del ser en la historia). Como se ve, en Hegel el asunto del pensar era un concepto absoluto, y en Heidegger una diferencia en cuanto diferencia (identidad y diferencia). Al salvar la diferencia de la identidad y la contradicción, el pensamiento esencial se pondría en condiciones (dice Heidegger) de responder, de una manera precisamente no metafísica (onto-teológica), a la epocalidad (o diferenciación histórica del ser). b) Diferencia ambiental Una 2ª estrategia en la liberación de la diferencia fue la que, sobre la base de una libre inspiración nietzscheana y spinozista, propuso el filósofo francés Deleuze. Su obra Diferencia y Repetición se impuso en este ámbito como una referencia ineludible, tanto por la sistematicidad de su planteamiento como por la riqueza de sus asociaciones teóricas (con Kierkegaard, Bergson, Freud...). Para empezar, Deleuze reconoce la necesidad de la apertura heideggeriana a la diferencia. No obstante, su estilo de pensamiento está muy lejos de la piadosa gravedad meditativa del Ser y Tiempo de Heidegger, y su idea diferencia procede en buena medida de una escritura libre (a la manera de Nietzsche). Así mismo, explota Deleuze, en una especie de collage, motivos de variada procedencia, desde la historia de la filosofía (de Platón, Escoto, Leibniz, Spinoza, Kierkegaard y Bergson) hasta temas literarios (de Artaud, Borges y Joyce), científicos, etnológicos, estéticos y psicoanalíticos. Este amplio registro permite confirmar lo que inicialmente se adelantaba como una intuición vaga: que el tópico de la diferencia está patente en el aire de la época. De hecho, la interpretación de la época, en clave de inversión del platonismo, se vincula expresamente al efecto más notable de la liberación de la diferencia: la destrucción de la identidad, el desfondamiento universal y la glorificación de los simulacros. Lo decisivo en el problema de la diferencia estaría, pues, en el conflicto entre el simulacro y la resistencia al simulacro. El sentido común, de acuerdo con el Principio de Representación, se resiste con todas sus fuerzas al simulacro, o efecto de una diferencia no sometida al Principio de Identidad. Toda la cuestión estaría encerrada, según Deleuze, en esta alternativa: -o bien pensar la
diferencia a
partir de lo mismo (como hace el sentido común), Esto último chocaría con el buen sentido, pero entroncaría con el pathos de la filosofía y su talante de destrucción, especialmente frente al alma bella. El alma bella, en según Deleuze, diría "diferentes pero no opuestos", allí donde la diferencia hubiera encontrado conflicto, selección o decisión. c) Diferencia cultural Próximo a Deleuze, por lo que se refiere a su desconstrucción del logocentrismo, tendríamos al intelectual Derrida, como 3º estratega en la liberación de la diferencia pura. Es más, la trayectoria intelectual de Derrida es, seguramente, la referencia textual que con mayor legitimidad cabe interpretar como base de un pensamiento de la diferencia. Con cierta ironía y juego, y como indicio de una singularidad diferencial, elaboró Derrida el tema de la diferencia, otorgándole a veces la desortográfica différance y en otras ocasiones la ortográfica différence, a forma de homofonía y para que se traduzca différance por diferenzia. El eje de las obras que exponen el programa de la desconstrucción (Escritura y Diferencia, Gramatología, Voz y Fenómeno) consiste en una novedosa meditación de los efectos logocéntricos de la escritura fonética. Por decirlo de otra manera, consiste en la implicación del eidos platónico en el primado de la voz, a forma de fundación fonocéntrica de lo inteligible. A partir de ese tópico, Derrida reinterpretó temas y motivos del pensamiento contemporáneo que apuntaban a un cierre del logocentrismo y a una posible salida (no necesariamente del laberinto, pero sí de la ilusión de la presencia). Elementos específicos de esta estrategia serían: -ciertos desarrollos de la fenomenología,
en particular acerca del tiempo y la génesis; En su célebre Conferencia sobre la Différance, Derrida señala que la grafía ("ni una palabra ni un concepto") resulta lo más propio para pensar sobre lo que tiene de irreductible nuestra época. Explotando la ambivalencia del differre latino, esta différance apunta a la vez a la diferencia (como alteridad) y al diferirse (en el tiempo). Ahora bien, la metafísica (u onto-teología, a la manera de Heidegger) habría sido un empeño sistemático de reprimir esa diferencia, al someter ésta, en sus dos dimensiones, a la presencia. Como se ve, también este planteamiento trata de liberar la diferencia, o ponerla en el lugar de la presencia viviente. Lejos de la alegría deleuziana y de la gravedad heideggeriana, Derrida reconoce un problema, al decir: "El punto de la mayor oscuridad, el enigma mismo de la différance". En efecto, la diferencia debe entenderse a la vez como: -presencia diferida,
o giro económico de lo mismo, Ante esta alternativa, lo típico de esta estrategia es mantenerse en la indecisión, o incluso constituirse en un pensamiento de lo indecidible (que algunos han querido asimilar a la tradición de la teología negativa). d) Diferencia metafísica Si se decide por la diferencia como "lo totalmente otro", un 4º tipo de pensamiento lo tenemos en las dos obras principales de Lévinas, Totalidad e Infinito y Más Allá de la Esencia. A decir verdad, ni en una ni en otra se destaca explícitamente el tema de la diferencia, mas si se apela a ella implícitamente quedaría articulada en la alteridad o exterioridad. La tesis de la filosofía de Lévinas se resume en una heterología: que el ser se divide en lo mismo y en lo otro (lo que, a nivel exterior, viene a ser lo mismo). Esta tesis supone una demoledora crítica de la ontología clásica (y también de la ontología fundamental de Heidegger) y la afirmación de una posibilidad estrictamente metafísica: el deseo de lo más allá del ser, de lo otro que el ser. La experiencia básica de esa metafísica sería la base de la relación social, o apertura originalmente moral al rostro del otro. Por un lado, la diferencia es para Lévinas otro de los nombres de la trascendencia, como intervalo entre el ser y lo "más allá del ser" (que Lévinas se resiste a interpretar teológicamente). Por otro lado, la diferencia es lo que hay entre "el mismo" y "el otro", entre yo y él. Esta última diferencia alberga, en consecuencia, la posibilidad de ser el "uno para el otro", la "no indiferencia" y la implicación del "uno con el otro", hasta el punto de la sustitución. Con frecuencia, a las llamadas filosofías de la diferencia (sobre todo con referencia a autores declaradamente post-modernos, que ciertamente habría que situar en el marco que se ha esbozado, como Lyotard o Vattimo) se las ha acusado de inmoralismo y de esteticismo. Los herederos de la Ilustración suelen denunciar cierto nietzscheanismo en todo aquel que cuestione el universalismo de la razón. Ahora bien, lo cierto es que allí donde se ha pensado la diferencia en su última profundidad (como exterioridad), la ética queda instaurada como filosofía primera. .
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