Disciplina

Carlos Díaz
Mercabá, 9 marzo 2026

        El mundo del s. XXI no parece abrirse, de momento, hacia demasiadas audacias. Lo que parece es, más bien, que el abuelo Prometeo trabajó excesivamente, y por eso el nieto Narciso ha amanecido cansado, huraño, indisciplinado y caprichoso.

        Lo que hoy cunden no son los hábitos surgidos del esfuerzo de la voluntad, sino los actos emanados de la irrefrenable arbitrariedad del deseo. Por eso, el rigor de la disciplina no resulta hoy una virtud valorada, sino todo lo contrario.

        La disciplina de la voluntad guarda siempre relación al logro de una meta, mientras que la indisciplina del deseo remite siempre a las épocas de transición o incluso de confusión, donde las metas huelgan mientras abundan los métodos (caminos sin más allá, cuando les falta la meta).

        Por ello, no cabe opción militante sin la ad-opción de alguna voluntad disciplinada. Si existe algún lujo que el verdadero militante no podría pagarse en modo alguno, sería el de abandonar al mero imperio de su arbitrio la conquista de la fortaleza.

a) Esfuerzo

        Sólo la disciplina cuartelaria puede mostrar la falsedad de la auténtica disciplina que opera desde el interior mismo de la persona libre, porque la disciplina no es sino el libre sujetamiento de la persona a un ordenamiento dispuesto desde el propio interior para servir al ideal, virtud cuyo camino (iter) exige reiteración.

        El disciplinado no camina a la deriva, ni tiene trato con la discontinuidad, antes, al contrario, acaricia con mimo el continuo del segundero del reloj. Gota a gota, modestia sobre modestia, de los pequeños esfuerzos hace lo grande aquel que vive disciplinado. Consecuentemente, la disciplina habrá de mostrarse como la gran virtud de los pequeños, pero continuos esfuerzos, la hermana más modesta de todas las virtudes.

        De este modo, la disciplina "hace camino al andar". Sí, lo suyo es abrir caminos lo más metódicamente posible. No obstante, entrar por los fueros de ese camino exige apartarse de otros caminos, a saber: de los caminos errados conducidos por los impulsos desenfrenados de los caballos negros que, según Parménides, conducen al extravío, porque nos sacan fuera de la vía.

        Ciertamente, el camino de la disciplina pide senda estrecha, rodadera angosta, cuyo tránsito precisa de mucha constancia. Para obrar disciplinadamente y con la debida constancia, es menester, proclama San Juan de la Cruz, inclinarse más a lo dificultoso que a lo fácil, pues "más agrada el alma que con sequedad y trabajo se sujeta a razón que la que, faltando en esto, hace todas sus cosas con consolación".

        Sea cual fuere la ruta y la idiosincrasia, añade taxativamente Hume que "la templanza, sobriedad, paciencia, constancia, perseverancia, previsión, consideración, discreción, orden, tacto, cortesía, presencia de ánimo, rapidez de intelección, facilidad de expresión, ni estas cosas ni mil otras del mismo tipo podrá nadie negar jamás que sean excelencias y perfecciones".

b) Diligencia

        No puede faltar de la disciplina la diligencia, ese estar atento y vigilante, que es como la antítesis de la pereza, de la holganza, de la intemperancia, de la excesiva relajación, la cual desemboca en fatal abdicación, conducente al fascismo en última instancia, pues no hubo nunca forma alguna de fascismo que no aclamase a un sacralizado fuhrer, intentando conducir al matadero a los esquilados borregos cuando estos han abdicado de sus propias responsabilidades.

        Al diligente le suele sonreír la fortuna, pero si bien el trabajo acostumbra a producir rendimiento, sin embargo el rendimiento no constituirá para él un fin en sí mismo, ni siquiera en la perspectiva del más eficacista calvinismo o del más instrumental sionismo.

        Hacia donde conduce la virtud de la diligencia no es hacia el dinero, sino hacia la asunción del deber, hacia el cumplimiento de las obligaciones, y de ahí que recomiende Marco Aurelio: "Cuando por la mañana te cueste trabajo despertar, ten presente este pensamiento: Me despierto para llevar a cabo mi tarea como hombre"[1].

        Maestro de maestros en el rigor del cumplimiento categórico, Kant eleva hasta el límite del paroxismo la ética del deber, recomendando una actuación pura y dura, al margen de cualquier gratificación o recompensa que no fuera la gran recompensa de haber cumplido con el deber mismo.

        La disciplina como virtud moral, pues, no buscaría resultados (no sería ética del resultado), debiendo ser entendida únicamente como expresión de la buena voluntad. Sea como fuere, en ese sentido constituiría una salvajada, así como la manifestación del más duro maquiavelismo contrario a la virtud de la disciplina, cierto estilo "militarote de disciplinamiento".

c) Discipulado

        La disciplina, como todas las virtudes, se aprende mejor de la mano de un buen maestro. Etimológicamente hablando, disciplina viene de discipulus.

        El discípulo que ha sido bien disciplinado por su maestro habrá debido amaestrarse en el cultivo de la constancia, de la no improvisación, de la no precipitación, de la no negligencia. Muchos son los que no conocen de la disciplina sino su mero cascarón, a saber: la observancia autoritaria de un orden sólo exterior, mediante la sujeción hipertrófica de la conducta a normas severamente castigadas en caso de conculcación.

        De esto último proviene precisamente el verbo disciplinar (lit. azotar duramente con disciplinas a alguien), o el autoflagelarse hiperexigente con rigor penitencial, o el mortificatorio, o el formarle a los demás e incluso a uno mismo continuos consejos disciplinarios.

        Si en esa dirección toda práctica puede resultar aberrante a poco que nos descuidemos, a veces, por desgracia, sin recurrir a los excesos, hay que recordar el refrán: "Quien bien te quiera te hará llorar". Lágrimas y disciplina pueden resultar compatibles, aunque sin pasarse (recordemos, sobre todo tratándose de la disciplina, aquello de que la virtud se encuentra en el justo término medio).

        El disciplinado virtuoso, aprovechando las peculiaridades de su carácter y la naturaleza de su irrepetible temperamento, se esfuerza por lograr el autodominio, el autocontrol, el señorío de la propia idiosincrasia, para ponerla al servicio del ideal más beneficioso para todos.

        En tal sentido, como ya señalara agudamente Hume, "Fabio era cauteloso, Escipión emprendedor. Y ambos triunfaron porque la situación de los asuntos romanos durante el mandato de cada uno de ellos se adaptaba a sus genios respectivos. Pero ambos habrían fracasado si estas situaciones se hubieran dado a la inversa. Es afortunado aquel cuyas circunstancias se ajustan a su carácter, pero es más excelente el que puede adaptar su temperamento a las circunstancias"[2].

        Por la autodisciplina del propio temperamento viene el control de la propia voluntad, del yo quiero en libertad, que es antítesis de la incontinencia, pues al incontinente le ocurre lo que señalara Platón[3].

        En efecto, según Platón las almas de los hombres que se hallan inflamadas con apetitos impuros incontenibles, cuando pierden el cuerpo (lo único que les proporcionaba medios de satisfacción) rondan volando por encima de la tierra acechando los lugares donde sus cuerpos se encuentran depositados, poseídas de un incontenible deseo por recobrar los perdidos órganos de la sensación.

        Estos últimos serían "como esos pródigos arruinados (comenta al respecto Hume) que, habiendo gastado su fortuna en vanos despilfarros, se acercan a toda mesa bien provista y a todo grupo de gente en fiesta, siendo de ese modo odiados hasta por los viciosos y despreciados, hasta por los necios".

        Desde esta perspectiva resultaría muy interesante relacionar la disciplina con la abstinencia, y mucho aprenderían los dietetas de hoy si, leyendo a Porfirio[4], ampliasen al menos su obsesión volumétrica y esteticista, mirando un poco más hacia el fondo del ojo de la virtud de abstenerse sin incurrir en excesos nocivos.

        Más de uno comprendería entonces que, desde esa perspectiva, la disciplina virtuosa se orienta hacia la autarquía, en cuanto absoluta superioridad de la persona sobre el mundo, ya sea entendida esa superioridad aristotélicamente, kantianamente, o bíblicamente. Y ello no tanto por menosprecio del mundo, cuanto por afirmación de la irreductible dignidad de la persona frente a todo lo demás.

d) Estrategia

        La intención pura no basta, y el disciplinado no vive de la mera voluntad, por buena que ella fuere. Su esfuerzo sistemático, cronometrado, medido, mensurado, ha de sujetarse para ser eficaz a una estrategia y a una táctica, a unos planes, implementarse según el orden de los medios y de los fines.

        Ahora bien, no siendo posible mantener el tipo con una diligencia absoluta y sin decaimiento, ¿cómo perseverar en las inevitables horas del cansancio? Yo creo que en este sentido: haciendo de toda su vida un continuo "ora et labora", un auténtico lab-oratorio. ¿Por qué? Porque como sentencia el Qohelet, "quien añade ciencia, añade también cansancio".

        Ramón y Cajal, acreedor de un premio nobel también en lo relativo al esfuerzo, añadía: "El entendimiento alumbra como las velas, derramando lágrimas". Sin embargo el laborismo por el mero laborismo no constituye de suyo virtud, a lo más que conduciría sería a la concesión de la medalla al mérito del trabajo.

        Una virtud cimentada en el esfuerzo, en la puntualidad, en el método, por así decirlo, embutida en la sudadera, no podría nunca ser una virtud tensa, desabrida, triste (como suele decirse).

        Una virtud triste resultaría necesariamente una triste virtud, carente de fuerza, de altura y de riqueza) y, por eso mismo, se duele y se goza, con ese sabor agridulce que acompaña al gran esfuerzo, en la medida en que comprueba su valor, sabiendo tomarse con humor las agujetas; por lo cual la diversión, la eutrapelia, resulta de todo punto necesaria para quien trabaja.

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  Act: 09/03/26       @portal de ética            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A  

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[1] cf. MARCO AURELIO, Enseñanzas Morales, XIV.

[2] cf. HUME, Principios de la Moral, VI, 61.

[3] cf. PLATÓN, Fedón, 81c-d.

[4] cf. PORFIRIO, Sobre la Abstinencia, LXXXIV.