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Fundamentación Adela
Cortina A lo largo de la historia se han ido pergeñando distintas propuestas éticas preocupadas por reflexionar sobre el hecho de la moralidad. Cada una de ellas trata, de un modo más o menos explícito, de dar razón de lo moral (que es lo que, en un sentido amplio, denominamos fundamentar lo moral) y ofrecer desde esos fundamentos una orientación para la acción. Ciertamente, cada propuesta ética tiene su peculiar e irrepetible configuración, pero en ocasiones resulta posible clasificarlas tomando rasgos comunes a algunas de ellas, que las llevan a distinguirse de otras que están revestidas de rasgos contrapuestos. Este procedimiento de clasificación y establecimiento de tipos ideales no pretende hacer justicia completa a cada una de las teorías, pero sí permite comprender mejor las distintas propuestas éticas, ya que el método del contraste es uno de los que, al menos desde Aristóteles, viene ayudándonos a entender mejor. Desde esta perspectiva, podríamos distinguir los siguientes tipos de teorías éticas. a) Éticas descriptivas y normativas Las éticas descriptivas se limitan a describir el fenómeno moral, sin pretender en modo alguno orientar la conducta. En este sentido, más que de teorías éticas, entendidas como una dimensión de la filosofía práctica, se trata de reflexiones propias de las ciencias sociales, como son la antropología, la psicología, la sociología o la historia de la moral. También puede considerarse como ética descriptiva buena parte de la filosofía del análisis del lenguaje moral, cuyo nacimiento puede datarse en la obra de Moore, Principia Ethica. Un nutrido grupo de representantes de este tipo de ética se limita explícitamente a describir qué hacemos cuando empleamos el lenguaje de lo moral, precisamente porque no desea prescribir la conducta ni siquiera de forma mediata. Las éticas normativas, por contra, conscientes de que la filosofía práctica siempre norma de algún modo la acción, no se conforman con describir lo moral, sino que tratan de dar razón del fenómeno de la moralidad, sabiendo que, al fundamentarla, están ofreciendo orientaciones para la acción: están normándola. Claro ejemplo de éticas normativas serían las kantianas, el utilitarismo, la ética de los valores, o las actuales éticas comunitarias (o ética del discurso). b) Éticas naturalistas y no naturalistas Las éticas naturalistas entienden que los predicados morales no se refieren a ningún tipo de cualidades misteriosas, distintas de las que pueden ser empíricamente contrastables. Por el contrario, consideran que los fenómenos morales son fenómenos naturales, reductibles a predicados, sean de corte biológico, genético, psicológico o sociológico. En este sentido se han pronunciado las éticas de corte empirista (emotivismo, utilitarismo), los diversos positivismos (Helvetius, Comte), y el neopositivismo lógico del Círculo de Viena (Schlick, Ayer, Kraft), pero también algunas corrientes de la sociobiología. Si tomáramos los textos de Nietzsche como una cierta propuesta ética, cabría considerarla como un cierto naturalismo vitalista de cuño biológico. Las éticas no naturalistas entienden que los predicados morales son predicados específicos de la moralidad, irreductibles, por tanto, a cualesquiera predicados naturales. No naturalistas son las distintas modalidades de intuicionismo (ética material de los valores, movimiento personalista, teorías de Moore, de Prichard, de Ross), las corrientes kantianas, o las místicas (en el sentido de Wittgenstein), que sitúan la moral fuera del mundo, es decir, la consideran irreductible a los hechos empíricos. c) Éticas cognitivistas y no cognitivistas Las éticas no cognitivistas consideran que las cualidades morales no son objeto de conocimiento, del mismo modo que lo son las naturales. Pero además, en los últimos tiempos la noción de no cognitivismo se ha ampliado y alcanza a cuantas teorías afirman que sobre lo moral no se puede argumentar, porque de los enunciados morales no puede decirse que sean verdaderos o falsos y, por lo tanto, son pseudoenunciados. Sólo los enunciados de hecho susceptibles de verificación o falsación, constituyen conocimiento. De ahí que (afirman las teorías no cognitivistas), en las cuestiones morales, no quepa alcanzar una intersubjetividad racionalmente fundada. En este sentido se pronuncian las distintas corrientes cientificistas, que niegan a la moral no sólo el carácter de ciencia (en lo cual tendrían razón), sino también el de saber racional. Racional únicamente sería el conocimiento científico teórico, no los discursos prácticos. Éticas cognitivistas, hoy en día, son más bien aquellas según las cuales sobre lo moral se puede argumentar y llegar a acuerdos intersubjetivamente fundados, porque existe una racionalidad práctica que funciona de forma análoga a como funciona la racionalidad teórica. La racionalidad práctica tiene sin duda sus peculiaridades, pero es racionalidad y, por lo tanto, sobre lo moral se puede argumentar y llegar a acuerdos intersubjetivos, racionalmente fundamentados: no es ciencia, pero sí un saber racional, intersubjetivable. Las éticas kantianas se consideran cognitivistas en este sentido. d) Éticas materiales y formales Es Kant quien introduce por vez primera la distinción entre éticas materiales y formales, una de las más célebres distinciones de la historia de la ética occidental. A su vez, Kant señala que las éticas precedentes eran materiales, mientras que la suya es formal. Las éticas materiales consideran que es tarea de la ética dar contenidos morales, dar materia moral, mientras que las éticas, formales atribuyen a la ética únicamente la tarea de mostrar qué forma ha de tener una norma para que la reconozcamos deontológica. Es decir, se ocupan del deon o deber. Por lo que respecta a las éticas materiales, éstas se escinden tradicionalmente en éticas de bienes y de valores. Las primeras (las éticas de bienes) se han venido escindiendo también en éticas de móviles y éticas defines. Veamos, pues, cómo se articulan. d.1) Las éticas de bienes Según estas éticas, para entender qué es la moral conviene descubrir ante todo el bien o fin que los seres humanos persiguen (es decir, el objeto de la voluntad humana), y después esforzarse en describir su contenido y en mostrar cómo alcanzarlo. La ética occidental, como teoría elaborada, nació en Grecia como lo que más tarde se ha llamado ética material de bienes, ya que los grandes éticos griegos (Sócrates, los sofistas, Platón, Aristóteles, los epicúreos o los estoicos) se preocupan por averiguar cuál es el fin o bien que los seres humanos buscan, para determinar desde él cómo alcanzarlo, qué debemos hacer. En este sentido podemos decir que, tanto la mayor parte de las éticas griegas como el neoaristotelismo y los hedonismos, son éticas materiales de bienes. No así el neoestoicismo de cuño kantiano, que ha iniciado el deontologismo formal. Ahora bien, como he apuntado, en el seno de las éticas de bienes se produce, a su vez, una interesante escisión entre las éticas de fines y las de móviles, a la hora de determinar en qué consiste el bien de los seres humanos: Las éticas de fines creen que para determinar en qué consiste el bien humano es preciso desentrañar cuál es la esencia del hombre, ya que, descubriéndola, podremos afirmar que su bien y su fin consisten en realizarla en plenitud. Estas éticas acuden a la metafísica (el saber capaz de desvelar la esencia de los seres) y al método creado por Aristóteles, el método empírico-racional, que parte de la experiencia y prosigue sus indagaciones a través de los conceptos. Éticas de fines son, por ejemplo, las de Sócrates, Platón, Aristóteles y también las corrientes seguidoras de Aristóteles que, a través de la Edad Media, llegan hasta nuestros días; muy especialmente el tomismo, la neoescolástica y algunas corrientes comunitarias actuales. Las éticas de móviles, por su parte, juzgan necesario, para determinar el bien de los seres humanos, indagar empíricamente cuáles son los móviles de la conducta humana: qué bienes mueven a los hombres a obrar. Para descubrir tales móviles recurren a la psicología y a un método empirista, capaz de detectar los móviles empíricos de la conducta. En lo que respecta a las éticas de móviles, vienen construyéndose desde los sofistas y los epicúreos, en Grecia; y en la época moderna son paradigmáticas las posiciones de Hume y del utilitarismo, tanto clásico (de Mill y Bentham) como contemporáneo (de Brandt, Mart, Lyons y Urmson). d.2) La ética material de los valores En el s. XX entra en escena otro tipo de ética material, convencida de que el contenido central de la ética no son los bienes, sino los valores. Los seres humanos no sólo poseemos razón y sensibilidad, sino también una intuición emocional por la que captamos el contenido de los valores (su materia), sin necesidad de extraerla de la experiencia: la ética puede ser material sin ser empirista. Y las restantes categorías de lo moral (bien, deber) pivotan sobre el valor. Max Scheler (y el personalismo alemán) es el iniciador de este tipo de ética, del que son seguidores Hartmann, Hildebrand, Reiner y numerosos representantes del personalismo mounieriano. e) Éticas teleológicas y deontológicas La distinción entre éticas deontológicas y teleológicas es una de las que ha hecho mayor fortuna, pero también una de las que ha generado mayores confusiones, porque para establecer la clasificación se han utilizado dos criterios diferentes: e.1) El consecuencialismo El consecuencialismo o no consecuencialismo de la propuesta ética, que resulta fecundo, sobre todo para distinguir entre la ética de Kant (o una ética muy fiel a la estructura de la ética de Kant) y el utilitarismo. Desde esta perspectiva, una ética deontológica sería no consecuencialista, mientras que una ética teleológica sería consecuencialista. En este sentido (y sólo en este sentido), sería deontológica una ética que considera que para determinar si una norma de acción es o no correcta, es preciso atender a la bondad o maldad de la norma en sí misma, y no tener en cuenta las consecuencias que se seguirían de su puesta en vigor. Según una ética teleológica, por contra, no puede determinarse si una acción (utilitarismo del acto) o una norma (utilitarismo de la regla) es moralmente correcta o incorrecta sin atender a las consecuencias que se siguen de ella. Esta distinción, sin embargo, no resulta útil hoy día, porque no hay ninguna ética no consecuencialista. Las actuales éticas deontológicas (la de justicia como equidad de Rawls, o ética del discurso de Apel y Habermas) son consecuencialistas. e.2) La prioridad de lo justo o de lo bueno Actualmente el criterio para distinguir entre éticas deontológicas y teleológicas consiste en descubrir a cuál de los dos lados del fenómeno moral dan prioridad: a lo justo o a lo bueno. En efecto, una ética deontológica considera que la ética ha de bosquejar en una sociedad el marco de lo que es justo en ella, de lo que es correcto, porque lo que cada uno considera su bien, lo que cada uno cree que es bueno para él, debe determinarlo él mismo dentro del marco de lo que es justo. Lo justo es entonces lo universalmente exigible, por racional, mientras que lo bueno, depende en última instancia de cada persona y de los diferentes grupos sociales. En esta línea se encuentran expresamente las éticas kantianas, como la ética discursiva, la ética de Rawls, o la de Gewirth. Una ética teleológica hoy en día considera, por el contrario, que la ética puede y debe dilucidar qué es lo bueno para los hombres y, a partir de ese bien, la opción más correcta moralmente será la que lo lleve al máximo. El bien puede consistir en una característica humana, como la racionalidad, que debería optimizarse; y en esta línea se encontrarían las éticas de la perfección, a las que hemos llamado éticas defines; pero también el bien puede consistir en un móvil de la conducta, como la búsqueda de placer. En este caso, lo moralmente correcto es perseguir (siguiendo la máxima utilitarista) el mayor placer del mayor número. f) Éticas sustancialistas y procedimentales A partir de la década de 1970 la distinción entre éticas materiales y formales se convierte en esta nueva diferenciación. Las éticas procedimentales, igual que las formales, entienden que la misión de la ética consiste en ocuparse de la vertiente universalizable del fenómeno moral, que no es la de sus contenidos. Sin embargo, a diferencia de la ética formal kantiana, considera que lo universalizable son los procedimientos que debe seguir un grupo social para llegar a determinar si una norma es moralmente válida. La ética nos pertrecha de aquellos procedimientos racionales que nos permiten distinguir entre una norma tácticamente vigente y una racionalmente válida. Tales procedimientos pueden ser seguidos por un solo sujeto, como propone Hare, en cuyo caso el sujeto realiza un experimento mental por el que imaginativamente se sitúa en el lugar de otras personas; o bien por distintos sujetos. En este último caso se encuentran, por ejemplo, la ética del discurso, que propone como procedimiento un diálogo, sujeto a unas reglas precisas, entre los sujetos afectados por la norma; y la justicia como equidad de Rawls, que propone un peculiar proceso deliberativo en una posición original, y una comprobación de lo adecuado de los resultados, mediante un consenso entrecruzado (overlapping consensus). Éticas sustancialistas serían ahora las que entienden que es posible dar contenidos morales, sea porque: -una
comunidad puede compartir una idea de bien común, en la línea de algún
comunitarismo; Desde esta última perspectiva, es preciso fijar los procedimientos desde los resultados, y no a la inversa. Los neomarxismos que critican el procedimentalismo de la democracia liberal se encontrarían en esta posición. g) Éticas de la convicción y la responsabilidad Max Weber introdujo en 1919 una muy fecunda distinción entre 2 tipos de éticas: -las éticas de la convicción, que ordenan realizar determinadas acciones por
su bondad intrínseca y evitar otras por su maldad intrínseca, sin atender al
contexto en que se realizan ni las consecuencias que se siguen de ellas; Las primeras profesan un racionalismo cósmico-ético, y parten de la convicción de que del bien no puede seguirse el mal, ni del mal el bien. Las segundas afirman que no siempre del bien se sigue el bien, y por eso más vale indicar qué mínimo de mal es éticamente legítimo para conseguir el bien, contando con las consecuencias previsibles de la acción. El propio Weber incluye entre las éticas de la convicción el pacifismo de grupos cristianos que toman al pie de la letra el Sermón de la Montaña de Jesús y, en consecuencia, prohíben recurrir a la violencia porque es en sí misma mala, y la ética kantiana del imperativo categórico incondicionado. Actualmente puede decirse que todas las éticas lo son de la responsabilidad, incluida la mayor parte de éticas pacifistas, ya que estas repudian la /violencia por su maldad intrínseca, pero también por sus malas consecuencias: tratan de mostrar empíricamente que con el recurso a la violencia sólo se consigue iniciar (por decirlo con Helder Cámara) una espiral de violencia. Ejemplos muy matizados de ética de la responsabilidad son la ética del discurso en su versión apeliana y la ética de la liberación de Dussel, Ellacuría y Sobrino. h) Moralidad y eticidad Moralidad y Eticidad son, en principio, dos expresiones utilizadas por Hegel en sus Principios de Filosofía del Derecho para designar, respectivamente, a la ética kantiana y a su propia ética. Según Hegel, la ética kantiana representa la mejor expresión de la libertad hasta el momento, en la medida en que la autonomía de la razón y la voluntad representan una forma de libertad más profunda que la de la razón calculadora hobbesiana. Sin embargo, también cree que es todavía unilateral, ya que sólo contempla la perspectiva del sujeto, y es abstracta, porque queda en el querer de la voluntad. La realización del concepto de libertad exige entonces la plasmación de la moralidad en las instituciones, las costumbres, los hábitos de una comunidad política. Pero esto supone el tránsito de la moralidad a la eticidad, del universalismo moral abstracto, a la concreción de un estado ético. Actualmente las expresiones moralidad y eticidad se emplean para caracterizar 2 modos de hacer teoría crítica. Adoptan la actitud de la eticidad las teorías preocupadas por deberes, bienes y valores concretos, por la vida feliz y las virtudes que pueden desarrollarse de modo eficaz en una comunidad determinada, a través del derecho y la política. Asumen la perspectiva de la moralidad quienes creen necesario mantener un punto de vista abstracto (el punto de vista moral), no identificado con ningún bien, deber o comunidad concreta. Tres razones, al menos, avalarían esta posición: -lo universal
nunca puede identificarse con las realizaciones de una comunidad concreta; En suma, los partidarios de la moralidad se interesan más por la actitud de las personas que por los bienes que se consiguen, más por la capacidad crítica que por la adaptación a una comunidad. Estas dos formas de hacer teoría ética, que en Alemania han llegado a simbolizarse en la expresión ¿Kant o Hegel?, inspiran algunas de las polémicas más interesantes de finales del s. XX, fundamentalmente dos tipos de polémicas. h.1) Liberalismo y comunitarismo En la década de 1980 un conjunto de autores norteamericanos (Maclntyre, Sandel, Barber) se alzan con una aguda crítica a la ética política preponderante (por no decir única) en el mundo occidental: el liberalismo político. A juicio de los comunitarios, el liberalismo comete atropellos como los siguientes: -tiene a los sujetos por autónomos, y acaba
convirtiéndolos en anómicos; Los liberales abonan una ética de los principios y de las normas, e imposibilitan la encarnación de una moral de las virtudes, como preconizaban el mundo griego y medieval, y también Hegel. El liberalismo político se erige en gestor de las sociedades pluralistas y pretende ser respetuoso con todas las concepciones de vida buena que en ellas se defienden porque dice ser neutral. Al mismo tiempo, y bajo el manto de la presunta neutralidad, arrasa las propuestas de vida feliz (las "doctrinas comprehensivas del bien", en palabras de Rawls) que no se identifican con sus propios principios. Por todo ello, en las sociedades liberales hay culturas de primera y culturas de segunda. Y dado que los ciudadanos cobran su identidad, entre otras cosas, a través de la cultura a la que pertenecen, hay ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Los primeros se sienten apreciados, los segundos, preteridos y menospreciados. Construir una ciudadanía verdaderamente multicultural es, pues, uno de los grandes retos. Por estas y otras razones exige el comunitarismo recuperar la dimensión comunitaria de las personas, y fortalecer aquellas comunidades en las que cada persona se sabe indispensable, porque de su participación depende la supervivencia y progreso de la comunidad, y en las que, en consecuencia, sabe qué hábitos, qué virtudes debe desarrollar para colaborar en ese progreso; recibiendo de la comunidad lo que en justicia merece. Comunidad, virtudes y mérito son tres de las claves que urge recuperar. El liberalismo político, por su parte, arranca del liberalismo filosófico moderno (de Kant y Mill), y pretende trasmutar una teoría filosófica en teoría política. Se trata de generar aquella concepción moral de la justicia que puede aplicarse a la estructura básica de una sociedad, de forma que los distintos grupos sociales estén dispuestos de algún modo a apoyarla. En una sociedad pluralista, entienden los liberales (Dworkin, Rawls o Larmore), la única forma de mantener la tolerancia, y de asegurar la estabilidad de una constitución democrática, consiste en mantener una concepción liberal de la justicia, que trate a los ciudadanos por igual, en la medida en que no favorezca a ninguna de las concepciones de vida buena que conviven en ella. Ciertamente, los individuos viven en comunidades y es importante respetarlas, pero precisamente para no favorecer a ninguna, el estado tiene que ser neutral. Sólo debe aportar una concepción básica de justicia, que todos puedan dar de algún modo por buena, desde la que puedan organizar su convivencia en la esfera pública. En lo que respecta al problema del multiculturalismo, se alinea el liberalismo al menos en dos filas, como sugiere Malzer: -el liberalismo
que cree
suficiente respetar los derechos individuales para defender los derechos de
las diferentes culturas; h.2) Universalismo y comunitarismo Al comunitarismo anglosajón se le escapa la existencia de una postura universalista no liberal, como es la ética del discurso. Ésta, heredera también de la ética kantiana, renuncia, sin embargo, a la dimensión liberal del pensamiento kantiano. Si Kant invitaba a cada sujeto autónomo a realizar el test del imperativo categórico para comprobar si una norma es moral, entiende la ética del discurso que esa prueba es dialógica, porque la racionalidad humana (teórica y práctica) es dialógica y no monológica. Cualquiera que se asome a una regla lingüística, demuestra con ello estar inserto en una comunidad de hablantes; cualquiera que desea en serio saber si una norma es correcta, se obliga a entrar en un diálogo con todos los afectados por ella, para decidir si lo es en condiciones de simetría. Según esto, cada hablante reconoce pertenecer a dos tipos de comunidad: -la comunidad
real, en la que ya vive y debe conservar, Limitarse a la comunidad real y tener por justas las normas que esa comunidad dé por tales, implica: -permanecer en la etapa
convencional en el desarrollo de la conciencia moral social, Un liberalismo universalista estaría, pues, equivocado, porque las personas son individuos comunitarios, personas dialógicas. También andarían errados un colectivismo incapaz de percatarse de que cada persona es un interlocutor válido, que jamás puede ser ahogado por la comunidad, y un comunitarismo convencional, incapaz de trascender los límites de su comunidad. No obstante, tampoco un liberalismo político sería solución filosófica satisfactoria, porque la filosofía no es política ni trata de negociar acuerdos o conformarse con los consensos existentes. La filosofía y, por supuesto, la ética como filosofía moral, trata de fundamentar sus hallazgos en la estructura de la razón humana: trata de dar razón transcomunitariamente válida. .
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