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Moral Eduardo
López No trataré aquí de mostrar las diferencias ideológicas que se han ido dando en torno a los diferentes conceptos de moral, pues las fronteras entre unos y otros no han sido siempre las mismas y, con frecuencia, se elegían aquellas que resultaban más convenientes a los presupuestos ideológicos en que se movía cada autor. Por supuesto, presentaré las posturas más significativas, así como mostraré que todas ellas tienen un denominador común o mismo punto de partida: la imposibilidad de ofrecer un juicio ético objetivo. En efecto, la verificación de cualquier postulado básico requiere haber contrastado su phaenomenon con la experiencia, y sólo así podrá admitirse dicho fenómeno como científicamente verificable. Este proceso de verificación es algo que sólo puede desarrollarse a través de las observaciones, análisis, experimentos y confrontaciones, o de las conclusiones obtenidas (por deducción o inducción) de esas verdades empíricas. En el caso de la moral, sus juicios éticos de valor se resisten por completo a este tipo de verificación, y nunca podrán ser considerados verificables, objetivos o científicos. En el caso de la moral hay una separación absoluta, por tanto, entre el conocimiento (que estudia el ser, o analiza los hechos) y la decisión que cada persona realiza en una conducta concreta. Es la división, mantenida por muchos filósofos, para explicar la diferencia entre ética y moral. La ética, como ciencia del valor, analiza la doctrina de cada autor, discute las posibles interpretaciones y busca sus fuentes e influencias. Lo hace con los métodos propios de las ciencias históricas, para conocer lo que se ha dicho sobre la conducta humana. La moral, como ciencia de valores, analiza los procesos emotivos, las decisiones subjetivas y la sensibilidad subyacente a cada pensamiento o acción. Lo hace para conocer el por qué se ha cometido tal conducta humana. a) Moral racional Proclama y mantiene la consistencia humana de las normas y deberes, que no pueden fundarse en otras justificaciones externas o al margen de la credibilidad racional de sus propios enunciados. El descubrimiento del bien o del mal ha de realizarse sin acudir a ninguna justificación religiosa o trascendente. Eliminar este carácter sagrado es una condición para que la ética deje de ser heterónoma y represiva. No se acepta ninguna exigencia que pueda fundamentarse en un origen religioso o cuya motivación última se apoye en la obediencia a Dios. Si la ética tiene sentido, hay que encontrarlo al margen de la fe. La moral que se hace sagrada no tiene espacio en una sociedad secular, y se hace impermeable a cualquier tipo de diálogo con nuestra cultura. También aquí, aunque por otras razones, la diferencia es manifiesta y significativa. b) Moral fiducial Subraya la primacía de la fe, por encima de la razón y sus descubrimientos. Para ella, la vigencia de lo humano no tiene apenas consistencia, ya que sólo sirve para confirmar las enseñanzas de la Revelación. La filosofía no era sino una dócil sierva de la teología (lit. "ancilla theologiae"), cuya tarea se centraba en confirmar con su reflexión los datos recogidos en la palabra de Dios. Fuera de la obediencia a sus enseñanzas, no existe ninguna justificación convincente. El deseo de dialogar y hacer comunicables los valores evangélicos no podrá realizarse en el ámbito de la razón, pues el mensaje de Jesús quedaría reducido a unos esquemas humanos que lo falsificarían con exceso y, además, no son muchas las posibilidades de éxito en un terreno tan frágil y resbaladizo como el de la moral, donde la unanimidad se hace difícil en casi todas las situaciones. La fe, por tanto, no tiene una función decorativa, como realidad complementaria que motiva, ayuda, confirma, facilita o corrige los valores conocidos por la razón. Su primacía es absoluta, como el único punto de apoyo válido, más allá de cualquier otro esfuerzo. La moral forma parte de una cosmovisión cristiana más amplia, que sólo se hace comprensible desde la /revelación. Existen determinados comportamientos o exigencias aparentemente irracionales, que no se explican por ninguna argumentación humana. Sólo desde una óptica sobrenatural, que incluye también la dimensión escatológica, es posible captar el sentido pleno de la vida y de tantos otros acontecimientos frente a los que el ser humano se siente desconcertado y sin ninguna explicación. b.1) Moral protestante Defiende que sólo se conoce la bondad o malicia de una acción cuando el ser humano se hace oyente de la palabra de Dios y se deja dirigir por el mensaje de la Revelación. Para ella, cualquier otro intento de orientar la vida mediante los valores humanos, elaborados con el esfuerzo racional, nos llevaría a un fracaso absoluto, ya que no existe en nosotros ninguna capacidad de descubrir el bien con nuestros propios medios. La explicación de esta impotencia se deduce, lógicamente, de unos determinados presupuestos teológicos. Al quedar la naturaleza aniquilada por el pecado, sin ninguna restauración posterior, no resulta válida para fundamentar sobre ella ninguna conducta, ya que todo quedó corrompido. Es más, aun en la hipótesis de que existiera un determinado orden que pudiera servir como norma y criterio, la razón humana sería incapaz de conocerlo como consecuencia del mismo pecado. La única alternativa, por tanto, es dejarnos iluminar por la palabra revelada, pues admitir cualquier otra fuente de conocimiento es ir contra la primacía absoluta de la gracia. Ingresar en el área de lo religioso supone haber destrozado los esquemas de una ética lógica y definida para aceptar sólo los caminos misteriosos y desconcertantes de un Dios que se hace presente como sorpresa y deja sentir sus exigencias de forma singular e irrepetible. La actitud ética y religiosa no pueden darse juntas, porque, en la primera, se da la primacía a la ley, mientras que en la segunda se entra en una relación personal con Dios que puede provocar, como en el caso de Abraham, la suspensión de cualquier obligación ética. Cualquier otro intento de fundamentación racional está abocado a un fracaso irremediable. b.2) Moral católica Defiende un camino intermedio entre los extremismos de la secularización (que niega la importancia y los influjos de la fe) y la postura protestante (que rechaza la existencia de una ética racional). Para ella, la fe y la razón se armonizan, sin que ninguna pierda su valor y utilidad. Es cierto que el conocimiento de un valor ético es más complejo y difícil que el de una mera realidad empírica. No es un fenómeno puramente racional, como si se tratara de una operación matemática o de la conclusión de un silogismo. El sentimiento y la sensibilidad forman parte de él, como estímulo y condición previa, para detectar el valor de una conducta en orden a la dignificación progresiva de la persona, o como obstáculo hacia esa meta. La objetividad de un dato no se constata sólo con la verificación empírica, ni la ciencia puede reducirse a aquellos conocimientos que utilicen este único método. En un determinado hecho se descubre también la riqueza humanista o desintegradora para la realización personal y comunitaria, que determina su valoración buena o negativa. Si, como acepta un empirismo demasiado reductor, los juicios sobre una determinada conducta no se fundamentaran nada más que en sentimientos o gustos personales, todo el patrimonio ético de la humanidad y los derechos fundamentales del ser humano no tendrían ninguna justificación razonable. En este contexto, la ética y la moral tienen, ciertamente, un objetivo común. Son ciencias prácticas que orientan la conducta del ser humano y mantienen, por ello, una misma estructura y finalidad. La diferencia radica en la perspectiva que las caracteriza. La ética se apoya en la razón humana para encontrarle un sentido a la vida, descubrir los caminos que llevan hacia ese objetivo, y determinar las exigencias concretas de nuestro actuar. Mientras que la moral encontraría su fundamento en la palabra de Dios revelada, que abre hacia un horizonte sobrenatural y ofrece los medios necesarios para conseguirlo. Se trata de una larga tradición que ha cristalizado en casi todos los manuales. Sin embargo, la insistencia y el énfasis que se ponga en cada uno de estos elementos (fe y razón) da lugar a un doble planteamiento, que se ha convertido en motivo de discusión por sus implicaciones prácticas. c) Moral autónoma Busca una respuesta adecuada a las exigencias de la cultura moderna, en la que se subraya con fuerza la dimensión racional del valor ético. Su conocimiento no requiere, como condición previa, la fe religiosa. Una persona honesta está capacitada para sentir su llamada e invitación, a pesar de los múltiples factores que condicionan el descubrimiento de la verdad y del bien. Por eso, no cree que la moral cristiana tenga que distinguirse de otras por una serie de contenidos éticos, reservados exclusivamente para una razón iluminada por la fe, como si la persona estuviese incapacitada, sin esta ayuda sobrenatural, para el conocimiento de ciertos valores. En este contexto, la enseñanza de la Iglesia tiene un significado especial. Como sacramento de salvación, tiene la función y el deber de enseñar también la doctrina referente a la moral que, aunque no pertenezca al depósito estricto de la fe, está vinculada con esta dimensión religiosa. La voluntad de Dios se manifiesta en todo lo que es justo y recto. El problema radica en saber cómo llega al descubrimiento de esta moralidad. Aquí los autores de esta tendencia insisten en que el magisterio de la Iglesia tampoco puede ahorrarse el esfuerzo y la reflexión racional. Para ofrecer las respuestas éticas, que no están explícita y directamente solucionadas por la revelación, no tiene otra vía de acceso que la racionalidad, el único camino ofrecido a cualquier otra persona. La fe descubrirá al creyente que esa autonomía le ha sido dada como regalo de Dios, y encontrará en ella una ayuda y complemento para la justificación de los valores, pero sin que destruya los presupuestos sobre el origen y destino de la autonomía ética. Hoy son muchos los que prefieren superar esta división entre ambos conceptos, no sólo por su misma etimología clásica, sino para insistir en una visión más armónica y complexiva. El ser humano, en efecto, siente la necesidad, por su propia condición antropológica, de darle un destino y orientación a su existencia, ya que sus propios mecanismos naturales, a diferencia de los que existen en el reino animal, no se encuentran ajustados con la realidad. La ética tiene, como función primaria, crear un estilo y manera de vivir coherente con el proyecto que cada uno se haya dibujado. Por su parte, la moral no es sino la traducción latina del vocablo griego que busca el mismo objetivo. Las diferencias introducidas con posterioridad no encuentran fundamento en sus raíces etimológicas. Es verdad que la moral, desde una perspectiva teológica, no busca sólo la autorrealización del ser humano como persona, sino que, a ese nivel, lo que preocupa e interesa es vivir como hijos de Dios y responder a su llamada, pero lo que Dios manda y quiere en el campo de la conducta es fundamentalmente lo que la misma persona descubre que debe realizar. Los otros aspectos trascendentes y sobrenaturales que pertenecen a la revelación no tienen por qué cambiar los contenidos éticos de una valoración racional, aunque no dejen de tener otras influencias importantes en el mundo de la praxis. De esta manera, la exigencia de cualquier valor auténtico se convierte para el cristiano en el eco de una llamada suprema que le invita a realizarse también como hijo de Dios. Así se comprende mucho mejor cómo la dimensión humana y religiosa de la moral no son dos fuerzas incompatibles y antagónicas que intentan apoderarse de ella para convertirla, como si se tratara de una victoria, en una ciencia secular o profana. No hay que elegir una para dejar en el olvido la otra. Para el creyente la ética y/o la moral son más bien dos aspectos complementarios de una misma realidad. Es humana en cuanto que existe la capacidad de descubrirla con la razón, de hacerla comprensible a otras personas, de justificarla con motivos que revelan su carácter humanizante. Y se hace religiosa cuando se vive como respuesta a un Alguien que está más allá del valor, cuando lo que impulsa a su cumplimiento es el amor a una persona, cuya voz resuena escondida en cualquier exigencia ética. Así se da consistencia a lo humano, pero sin cerrarse en una pura autonomía secular, que se hace inadmisible para la fe. Y esta apertura a la trascendencia no elimina, limita o contradice la urgencia y seriedad en la búsqueda humana del bien. .
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